Una casa sin reflejos
Capítulo 8
Llegaron a Madrid media hora antes de que empezara la primera charla inaugural de las jornadas. Saúl tenía planeado pasar antes por el hostal para dejar allí las bolsas y acomodarse un poco antes, pero el viaje se había alargado un poco más de lo previsto, en parte porque el acceso a la ciudad había resultado más confuso de lo esperado en cuanto había caído la noche.
Decidieron ir directamente a la charla, concluyendo que ya tendrían tiempo de descargar las maletas y descansar cuando todo hubiese terminado.
Una de las partes más interesantes de aquel tipo de jornadas era siempre la previa a la inauguración, cuando uno podía atender a los incondicionales seguidores y reencontrarse con los viejos compañeros de profesión y mandarles un claro mensaje de: «Eh, que aún estoy vivo, hijos de puta».
El renacer del género coincidió con una renovación de los formatos televisivos, en plena era de las plataformas digitales y los cientos de canales donde elegir. Saúl había vivido la época dorada de la televisión, cuando su programa alcanzaba puntos de audiencia impensables en la actualidad. Si Saúl Aranda estaba en la pantalla, todo el país lo veía y lo comentaba al día siguiente, cualquiera que fuese el tema tratado en su programa. Ahora todo se había diversificado en mil ramajes. Sabía que aquellos días ya no volverían, pero aún le producía cierto resquemor haber sido referente durante tanto tiempo y que ahora nadie o casi nadie le echara de menos; o que ni se preocuparan de saber si aún estaba vivo o muerto. De hecho, Saúl pensaba que a todos aquellos, que un día le siguieron y le admiraron, les interesaba más que estuviese muerto, para que sus libros firmados se revalorizaran en los mercados de las ferias del libro de segunda mano.
Su ausencia mediática, en un principio obligada y relegada por los nuevos rostros de la parrilla, se había convertido casi en un retiro voluntario
y, con el paso del tiempo, en un aislamiento total. Saúl no volvió a escribir libros, ni artículos; y no intervino en ninguna charla, conferencia o programa de radio durante años, quedándose al margen de la maquinaria del gremio. Se retiró a su casa natal de Jálivas, viviendo austeramente de los ingresos de las ventas de sus libros y de los alquileres de algunas viviendas y locales de la ciudad que había comprado con la inversión de sus ahorros.
Se había retirado poco antes de su jubilación y estuvo seis años sin tomar de nuevo contacto con el mundo del misterio. Dejó de leer y de estar al día de los nuevos sucesos paranormales, o los nuevos medios tecnológicos para su localización. Todo le aburría. Intentó escribir una novela sobre su infancia en Jálivas al lado de su hermano, desaparecido durante la guerra, pero nunca fue capaz de avanzar más allá de los primeros capítulos, porque la realidad le producía demasiado dolor. Nunca antes había intentado escribir sobre la realidad, y la realidad le era un entorno totalmente desconocido.
Saúl no se había casado nunca. Había tenido varias relaciones serias con compañeras de trabajo, lógicamente subordinadas, que se cansaban con gran rapidez de su introspección, de su dedicación plena al trabajo y de sus largos viajes por todo el mundo. Solo una de sus compañeras y amigas le había comprendido como nadie, la doctora en psicología Lourdes Medina, que era la encargada de abrir aquellas jornadas sobre misterio y parasicología con un tema que no les era ajeno a ninguno de los dos.
Durante los noventa habían formado un grupo de investigación de lo desconocido, junto con otros siete miembros, incluyendo al que por aquel entonces era el marido de Medina: Jaime Vallejo, actual conservador del Museo Arqueológico de Sevilla.
Saúl había seguido la pista profesional y personal de Lourdes durante los años de su retiro y ambos mantenían cierto contacto; en pos a su relación de culpa y lealtad mutua, y pese a que de forma tácita habían decidido no verse más para no complicarse la vida.
Lourdes a su vez estaba al tanto, por amigos comunes, que Saúl había retomado el trabajo con un nuevo proyecto televisivo local en su ciudad natal y por eso le había mandado las acreditaciones. Le había escrito un correo electrónico donde le advertía que la invitación no era un acto de condescendencia por su parte, ni de alarde de nada. Lejos de eso era un
gesto de homenaje y admiración hacia él, pues la charlaba versaba sobre una de las investigaciones a las que más tiempo dedicaron ambos durante la época del grupo de investigación. Le apetecía mucho poder compartir con él ciertas conclusiones y deseaba que estuviese allí para acompañarla.
La primera reacción de Saúl al leer el correo electrónico fue pensar en declinar la invitación. Pero retuvo el impulso de contestar de inmediato y esperó varios días hasta tener una excusa razonable, para que la respuesta pareciera pensada y no visceral. Pero esos días, que debían haberle servido para elaborar la excusa idónea, le recordaron el pasado, el grupo de investigación, la televisión, sus publicaciones, en definitiva un repaso por toda su trayectoria profesional. Echaba de menos todo aquello y, después de mucho tiempo, sintió la picazón de la ilusión perdida que aún puede recuperarse.
En cuanto entraron en la ciudad, Jota preguntó a Saúl por la dirección exacta de la sede de las Jornadas del Misterio de Vista Alegre.
—Avenida de los Descubrimientos, número catorce. Edificio Nao Santa María. Planta segunda, puerta B — respondió Saúl, mientras miraba por la ventanilla, intentando localizar algún cartel indicativo.
Jota, aprovechando un semáforo en rojo, introdujo la dirección exacta en el GPS. Se acordó que cuando leyó la dirección en el tríptico le había llamado la atención, precisamente porque parecía que se tratara de un piso residencial y no de una sede más adecuada a este tipo de reuniones. Suponía que era lo apropiado para unas jornadas de ese calibre.
La dirección le empezó a repiquetear en su cabeza como una mala melodía estival: «avenida de los Descubrimientos número catorce segundo be», «avenida de los Descubrimientos número catorce segundo be»,
«avenida de los Descubrimientos número catorce segundo be»…
Llegaron a una avenida poco iluminada y flanqueada por varios bloques de edificios residenciales ocultos tras los esqueletos de los árboles, ya sin hojas, de la alameda. Jota detuvo el coche en el primer semáforo de la avenida y Saúl preguntó a un joven, que paseaba a un enorme pitbull negro mientras iba atento a su teléfono móvil.
—Oye, ¿sabes decirme dónde queda el edificio Nao Santa María?
— preguntó Saúl, mientras el joven se alejaba tirado por su can.
—Es el primero de la avenida. Tenéis que llegar hasta el final
— respondió el joven, alzando la voz en la última frase, mientras intentaba contener la fuerza del animal.
Era una zona residencial algo muerta y con aire de abandono; en algunos de los bajos de las viviendas se veían locales con persianas metálicas cerradas, soportando carteles de «se alquila» o «se vende» que le daban al barrio un aire aún más decadente.
En el portal del último bloque, iluminado por la luz anaranjada del mercurio de las farolas, se había congregado un grupo de personas, charlando junto a la puerta de un bar, único local abierto en toda la avenida.
El bar mostraba un aspecto vetusto desde fuera, acrecentado por su enorme y descolorido cartel amarillo retroiluminado, con una tipografía negra adhesiva, y lo que parecía ser el skyline de una gran ciudad que formaba la palabra «Metrópolis».
—Tiene que ser ahí —indicó Saúl—. Sí, míralos, ahí están. Aparca por aquí mismo.
Jota paró el coche en el borde de la acera, observando el entorno con inquietud y una extraña sensación de familiaridad:
«Avenida de los Descubrimientos número catorce segundo be»,
«avenida de los Descubrimientos número catorce segundo be», «avenida de los Descubrimientos número catorce segundo be», resonaba sin parar en su cabeza.
Saúl salió del coche y se acercó al grupo.
Jota no reconoció a nadie de la reunión y se limitó a observar que recibían efusivamente a su jefe y como algunos buscaban ya para hacerse la foto con él. Salió del coche, mirando a su alrededor como si acabase de aterrizar en Marte. Una ráfaga de viento agitó fuertemente las ramas desnudas de la alameda y le vino un aire familiar que no supo describir.
Observó las aceras y la copistería situada al pie del portal del viejo edificio.
Elevó la vista y divisó el ventanal iluminado del piso de la segunda planta, del Edificio Nao Santa María, de la avenida de los Descubrimientos. Aquel lugar le era demasiado familiar y eso le heló la sangre.
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