Una casa sin reflejos
Capítulo 55
Los llantos y gritos nocturnos se convirtieron en algo habitual en el rellano del segundo piso. A Delfina no le interesaba hacer preguntas indiscretas, porque las preguntas siempre llevan a intercambios sociales que rara vez le habían interesado. Desde que se casó con el ser más despiadado de toda Toluca de Lerdo había sufrido tanto que creía ya no le afectaban las riñas entre padres e hijos, ni los matrimonios convalecientes, y que le daban igual las perversiones sexuales que pudieran tener los vecinos con los que cruzaba sonrisas en el rellano del bloque. Pero el desesperante ritual de lamentos y quejidos que cada noche se producía al otro lado del hueco de ventilación se había vuelto insoportable incluso para ella. Aquellos llantos no sonaban a disputa o a vulgar paliza. Eran gritos diferentes: de miedo, terror y desesperación rompiendo cada noche la profunda calma de la madrugada.
Intrigada, Delfina, había intentado en varias ocasiones forzar un encuentro con sus vecinos para obtener alguna clave de lo que podría estar ocurriéndole a esos chicos, pero tanto Ángela como Juan deambulaban por las escaleras como dos zombis que ni siquiera contestaban los saludos de cortesía a la entrada o salida del bloque. Por su aspecto, intuía que debían llevar sin dormir varias noches seguidas (las mismas que ella y su hijo llevaban sin dormir de un tirón). Una hipótesis de Delfina era relacionar aquel comportamiento con la muerte trágica y repentina de aquella pobre niña en la fiesta de cumpleaños, noticia que se extendió como la pólvora por todo el vecindario.
Una de aquellas noches, a principios de otoño, en las que salía un rato a pasear a Canica, se encontró con Ángela apoyada sobre la cancela de su establecimiento de informática. La mujer tenía la mirada perdida y fumaba
un cigarrillo. De su mano derecha, abrazada a su abdomen, colgaba una diminuta bolsa de farmacia.
Delfina soltó el mosquetón que unía la correa al collar de la perra, y se apoyó contra la fachada para sin ser demasiado invasiva espiar cada gesto de su vecina, mientras Canica iba a desahogarse en el alcorque más cercano. Luego, la perra se acercó a Ángela y comenzó a olisquearle sus botines de ante.
—¡Canica! ¡Ven! —masculló Delfina—. No molestes.
Canica hizo un amago de acercarse a su dueña, pero volvió para ponerse a dos patas sobre Ángela.
—¡Canica! No seas pesada —dijo Delfina, mientras se acercaba para cogerla en brazos.
Ángela bajó la vista, tiró el cigarrillo y acarició la cabeza del animal.
Delfina enganchó la correa en el collar y tiró de la perra para que bajase las patas del muslo de Ángela.
—Lo siento. Es muy pesada…
—No pasa nada. Si no es por ella casi me quedo aquí mismo dormida.
Delfina sonrió y se llevó a la perra de nuevo hacia el árbol.
—Están teniendo malas noches, ¿no? —preguntó Delfina tras titubear.
Ángela miró a su vecina y el amago de gesto relajado que le había proporcionado la interrupción de la perra de repente se tensó. Tiró el cigarrillo al suelo y se dirigió hacia el portal directa como si llegara tarde a una cita.
—Lo siento, no quería meterme… —se disculpó Delfina avergonzada.
—No, no se preocupe —dijo Ángela, mientras buscaba las llaves —.
Soy yo la que lo siente. No era consciente de que les estábamos molestando.
Le pido disculpas…
Ángela miró a su vecina con una mezcla de vergüenza y desesperación.
Y tal vez una mirada de auxilio sordo y de demanda de comprensión.
Delfina sonrió, de nuevo, de forma cortés a su vecina, pero aquella mirada, cargada de desesperación, le heló la sangre.
—Están teniendo muchas pesadillas… —dijo Ángela.
—Es duro ver así a los hijos —apuntó Delfina queriendo crear un tono de confidencia.
—Sí, es duro… —contestó Ángela, intentando mantener la compostura.
—Y no sabemos de lo que somos capaces… —continuó Delfina —. Nos gustaría poder meternos en sus cabecitas y quitarles todas esas cosas que les hacen sufrir. Y que, a veces, nosotros mismos hemos puesto ahí dentro.
Ángela se quedó pensativa y desvió la mirada.
—Pero para ayudarles… —continuó Delfina—. Para eso tenemos que saber lo que les pasa y eso sí que es complicado. Siempre hay algo. A veces no lo vemos… pero siempre hay algo.
—Son solo pesadillas…
—Que así sea… no más.
—Pero sí… Ojalá lo supiéramos —dijo Ángela casi sin voz.
—La primera palabra que aprendió a decir mi hijo fue Cha’a, que significa abuelo en Mazahua, la lengua indígena de mi padre.
Ángela miró a Delfina intrigada y sin saber hacia dónde iba aquella conversación.
—En las ciudades, allá en México, ya casi nadie utiliza la lengua indígena. Ni yo misma la conozco — prosiguió Defina—, pero en un viaje a Michoacán para ver a mi madre, mi hijo Felipe se pasó todita la noche llorando y sin poder dormir. No sabíamos qué le pasaba, si estaba enfermo o con algún dolor… Él dormía solo en un cuarto, con una cama que improvisamos con muchos cojines en el suelo, y la primera noche no paró de berrear. Yo me lo tuve que llevar a mi cama y, para estar más cómodos, el papá de Felipe se mudó a la cama del otro cuarto. Mi hijo lloraba y, entre sollozos, repetía esa palabra. Yo no sabía… creía que era algo gutural o del dolor, pero mi hijo decía cha’a… abuelo. Yo no lo podía relacionar con nada. Fue entonces cuando regresó mi esposo, frío como un témpano, y se metió de nuevo en nuestra cama anunciando que no se podía dormir porque allá, en el otro cuarto, había visto a mi padre, que hacía años que ya había fallecido. Estaba allá junto a él, asomado a la cama observándole.
Ángela, que había permanecido atenta a la historia, aunque intentando disimularlo, agarró las llaves del portal y reaccionó a su letargo.
—Yo no creo en ese tipo de cosas…
—Así supe yo lo que le pasaba a mi Felipe… No volvió a dormir en ese cuarto y no volvió a llorar más en todo el viaje.
Ángela entró en el portal del bloque despidiéndose con una sonrisa más cortés que amable y desapareció.
Delfina se sintió expuesta tras la confesión. No estaba acostumbrada a sacar a relucir pasajes de su antigua vida, pero creyó que la ocasión lo merecía si así podía ayudar a calmar la desesperación de aquellos niños.
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