Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 20 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 20

Esperó bajo la marquesina a que el grupo saliera. Jota, que sabía que tras el ensayo iban a tomar algo al bar de enfrente, tenía decidido quedarse esa noche con ellos para poder hablar con Olga. Lo ideal para él era que no apareciese su novio, situación que podría impedirle charlar con tranquilidad y explicarle lo que tenía en mente. Después del encuentro en la gasolinera se sentía más preparado para desenvolverse en una conversación coherente.

Varios miembros del grupo salieron por la puerta de la Casa de la Cultura y se agruparon bajo la marquesina. Olga apareció del brazo de Iván, otro de los actores de la compañía, con el que hablaba y reía de forma amistosa. Se quedaron un momento esperando a que todo el grupo hubiese salido y una vez reunidos empezaron a moverse.

Jota, que estaba apoyado sobre el expositor retroiluminado de la taquilla, esperó a que el grupo pasase a su lado. Olga lo observó extrañada y se acercó a él, cerrándose la chaqueta mientras el resto del grupo cruzaba la calle.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó arrugando la nariz, entre sorprendida y extrañada —. ¿Eres el que ha estado antes ahí dentro? Me había parecido que eras tú, pero…

—Sí, era yo —respondió Jota, de forma escueta.

Olga miró a Jota, esperando alguna información más que aclarase la situación, aunque su experiencia en este tipo de conversaciones con Jota le indicaba que esa información no llegaría, o que no sería demasiado clara.

—Ángela… es mi madre —masculló Jota.

—¿Cómo? ¡¿Tu madre?! —preguntó Olga, sorprendida tanto por la revelación como por la simplicidad de la explicación —. ¿En serio?

—Sí.

—No tenía ni idea.

—Yo tampoco sabía que tú estabas en la obra — mintió Jota.

—¡Perdona! Estoy flipando un poco ahora mismo…

—Ya…

—Y… ¿has visto algo del ensayo? ¿Te ha gustado? — preguntó Olga, intentando desviar la conversación.

—No he visto mucho, la verdad.

—¿Y tu madre sabe algo? De mí… contigo, quiero decir.

—No mucho. A ver… sabe quién eres pero… nada más. Dice que eres muy buena.

Olga sonrió nerviosa. Aún estaba atónita.

Jota le devolvió una sonrisa tímida, pero cargada de emociones inconscientes, incluso sexuales. Se había excitado un poco al ver los dientes de Olga, pues le recordaron las muchas veces que su lengua los había rozado. Adoraba aquella sonrisa y le vino también el recuerdo de las escasas veces que ella se la había mostrado antes de irse a estudiar a Barcelona.

Ángela salió del edificio y cerró con llave la puerta metálica acristalada mientras se encendía un cigarrillo y se colocaba el bolso. El chirrido oxidado de la hoja metálica alertó a los jóvenes de su presencia. Ángela los miró y se hizo un silencio incómodo.

—Ángela, están todos en el Góngora, ¿os apuntáis a tomar algo? — dijo Olga rompiendo el violento momento que se había generado.

—No, hoy no, voy a recoger a Nerea a casa de Víctor y cenaré algo con ellos.

Jota y su madre se miraron un segundo, lo suficiente como para saber que no volverían a hablar del tema en todo lo que quedaba del día.

—¿Cómo has venido Jota? —prosiguió Ángela, aparentando naturalidad —. ¿Quieres que te acerque a casa?

—He venido andando, pero no te preocupes, tal vez me quede a tomar algo —Ángela miró con reprobación a Jota y este esquivó su mirada inquisitiva—, aunque no conozco a nadie más — apuntó Jota.

—No te preocupes, yo te presentaré al resto del grupo — dijo Olga.

—Entonces nada, que os divirtáis… —apuntó Ángela mientras caminaba acera abajo.

Ángela alzó la mano a modo de despedida, sin girarse, preocupada y sorprendida por el hecho de que su hijo accediera a quedarse a tomar algo con el grupo. Le pareció extraño, porque Jota solía rehuir ese tipo de reuniones sociales, y más complicada le parecía la situación al estar Olga en el grupo. Le extrañó también la forzada naturalidad con la que se había expresado Jota y eso levantó ciertos presentimientos. Conocía muy bien a su hijo y sabía que era de los que no da nunca puntada sin hilo.

Ángela desapareció calle abajo y Jota y Olga cruzaron la calle.

—Es muy raro —dijo Olga.

—¿El qué?

—No sé… La situación. Que Ángela sea tu madre. Vernos ahí los tres…

Que yo esté haciendo la obra con ella… Me resulta extraño.

—Lo es —dijo Jota tajante.

—Ahora veo raro que en el tiempo que estuvimos juntos no hubiera conocido a tu madre…

Jota miró al otro lado de la calle incómodo.

—Perdona… —dijo Olga—. No sé porque lo he dicho. No quería ponerme en ese plan ahora.

—No pasa nada.

Ángela pasó junto a ellos con el coche y tocó el claxon. Ambos le saludaron y se quedaron parados frente a la puerta del Bar Góngora.

—Podemos hablar si quieres —dijo Jota con un sentimiento confuso, generado por la sensación de no saber si realmente quería hablar de todo lo que habían dejado atrás sin resolver, o si lo había dicho únicamente para lograr su objetivo con Olga esa noche. No quería estropearlo, por lo que decidió dejar su orgullo a un lado y disfrutar de su compañía, por muy doloroso que le resultara estar junto a ella, notando su pecho abierto en canal.

—Pues sí que has cambiado —dijo Olga en un tono de camaradería que marcaba una cierta distancia entre ellos.

Olga entró en el bar y Jota lo hizo tras ella, dirigiéndose sin titubeos hacia un grupo de personas que estaban sentadas en un sofá al fondo del

local. Había también una pequeña mesa de cristal en el centro y entorno a esta había más compañeros sentados en los taburetes. Jota pudo distinguir a alguno de los integrantes del grupo de teatro, pero otras caras eran nuevas para él.

—Como siempre la última —dijo Pedro, el novio de Olga, al verla venir.

Pedro se levantó del taburete y recibió a Olga con un beso en la boca.

Jota se detuvo en seco y se quedó bloqueado sin saber muy bien cómo reaccionar. No contaba con que el novio de Olga pudiera estar desde el principio esperándole. Le invadió un sentimiento de ridículo, de sentirse fuera de lugar. No conocía a nadie más de ese grupo y por primera vez cayó en la cuenta de que la idea que había elaborado en su mente era absurda.

Estuvo a punto de dar la vuelta y huir sin decirle nada a nadie.

—Jota —dijo Olga, devolviéndole a la tierra.

Y Jota miró a Olga como si no fuese con él.

—Te presento a Pedro —dijo Olga, con la misma sonrisa que le había dedicado en la puerta del teatro —. Pedro, él es Jota.

Pedro se acercó inclinando el cuerpo hacia Jota y le extendió la mano.

—Encantado, Jota.

Jota parecía un robot, extendió de manera un poco ortopédica su mano y acompañó el saludo con un leve gesto de cabeza, tan forzado y con tan poca naturalidad como le permitió el engarrotamiento de su columna vertebral.

Todo muy lejos de lo que una persona educada para vivir en sociedad hubiera hecho.

Con la excusa de que iba a pedir algo de beber, Jota se fue a la barra del bar y se sentó en uno de los taburetes. Como la televisión de plasma estaba encendida decidió mirarla con interés para aparentar normalidad y evitar tener que entablar contacto visual o mantener alguna conversación trivial con nadie. En la barra se quedó tomándose una cerveza. El grupo no hacían más que hablar de la obra, ajenos a lo que ese texto había supuesto para él en su adolescencia. Él nunca había ido a ver un ensayo, ni siquiera había mostrado interés. Se negaba a estar al tanto de la recreación dramática y terapéutica de un episodio tan vergonzoso para su vida. Se trataba del

testimonio de lo que su madre estuvo a punto de llevar a cabo cuando se vio sobrepasada por los trágicos acontecimientos familiares en Madrid.

De repente pensó que si su madre se hubiese suicidado hubiera sido muy probable que hubiese terminado viviendo en el pueblo con su abuela, de manera que no hubiera tenido ocasión de estudiar y ni siquiera de descubrir lo que ahora le atormentaba. Fantaseó con esa idea de un tipo de felicidad basada en la ignorancia absoluta de su propia historia. Estaría simplemente ejerciendo una profesión rural y le bastaría de sobra para tener la mente ocupada y no pensar en lo supuestamente importante, salvo pagar la gasolina de la camioneta y quitar las malas hierbas de la huerta. Viviría mejor así, lejos de aquel malestar que estos últimos días había derrumbado los frágiles cimientos sobre los que descansaba la mentira de su vida.

Jota empinó la jarra y se bebió el último sorbo de cerveza. Ya iba a sacar el monedero para pagar la consumición e irse a la francesa, pues se había dado cuenta de la necedad de querer involucrar a Olga en su cruzada.

Pensó que lo mejor sería seguir manteniendo la distancia, tal y como hasta ahora habían hecho.

Al levantarse del taburete para sacar la billetera alguien le tocó el hombro y se colocó a su lado.

—Bueno, Jota… —dijo Pedro extendiendo de nuevo su mano al tiempo que al girarse se sorprendió de verse de nuevo frente por frente con el novio de Olga— encantado de conocerte — continuó Pedro—. Yo me voy ya que tengo guardia. Nos vemos otro día.

Jota solo pudo alzar la mano y estrechársela sin hacer nada más para mejorar la imagen patética de sociópata de manual que estaba dando.

Pedro volvió de nuevo al grupo y después de darle un beso a Olga se despidió de todos. Jota observó las sonrisas, atenciones y amabilidad con la que se despidieron de este. Olga se volvió a sentar en el sofá tapizado, mientras Pedro salía por la puerta del local. De repente, volvió a dudar si quedarse un rato más. Ahora que Pedro se había ido el conflicto volvía a su cabeza y cambió de idea, volvió a creer que Olga podría ayudarle. Quería hablar con Olga y pedirle con franqueza y con la verdad por delante que le facilitara esa transición que él necesitaba. Se pensó honesto al tiempo que

injusto… no hacía más que intentar engañarse a sí mismo. Abatido por sus propios pensamientos decidió pedirse otra cerveza.

—¿Estás bien? —preguntó Olga, cuya voz surgió como aparecida para despertarle de un sueño.

Jota reaccionó a la pregunta girando la cabeza y mirando a Olga, no sin sentir una especie de mareo que le puso el estómago casi al borde de la garganta.

—Perfectamente —respondió Jota, sin un ápice de convencimiento.

—Nadie lo diría —comentó Olga, más para sí misma que como un apunte crítico, aunque una vez dicho le sonó prepotente y juicioso —. ¿Por qué no te sientas con nosotros?

—Creo que voy a marcharme ya —indicó Jota sin soltar la jarra de cerveza.

—Venga ya, quédate un rato. No hemos hablado nada.

—Es mejor que me vaya… No quiero cortarte el rollo con tus amigos.

—Jota…

Y Jota percibió que el tono de voz y la expresión de la cara de Olga habían cambiado. Al instante se dio cuenta que ese comentario de mártir le había molestado y reconoció en esa cara otros tantos comentarios inoportunos del pasado, siempre barnizados de esa pátina antisocial, que a ella particularmente la sacaban de quicio. Ahora, más que antes, se sentía ridículo por estar allí, por haber pensado en la posibilidad de pedirle un favor a Olga, por adentrarse en aquel bar en donde no pintaba nada, por perder el control de la situación.

—Tengo que… que… —balbuceó Jota intentando buscar una salida.

—¿Tienes que trabajar? ¿Tienes que estudiar? — preguntó Olga con un tono escéptico que ya rozaba el sarcasmo—. ¿Qué tienes que hacer Jota?

Solo te estoy ofreciendo tomar algo y charlar. Y te aseguro que no tengo la necesidad de hacerlo. No tenía la necesidad de haberte invitado a tomar algo, pero lo he hecho y me dijiste que sí. Ni siquiera te has acercado a la mesa, ni has hablado con ninguno de los que están ahí sentados. Y yo ya no estoy para cubrirte Jota.

Jota intentó mirar de nuevo a Olga pero no pudo levantar la mirada de pura vergüenza que sentía. Había ofendido a Olga y ella no había tardado en

poner de manifiesto lo ridículo de la situación. Le había invitado por pura cortesía. Su vida parecía estar ya encaminada. Tenía un buen trabajo, también tenía el papel de protagonista en una obra de teatro y un novio de los que no perdía la compostura y se despedía incluso de los ex de su pareja… Una vida en la que sus comentarios de mártir ya no tenían cabida.

Una vida madura alejada de los traumas de una familia que no dejaba de interponerse en su camino. Primero él, luego su madre, y de nuevo él.

—Perdona, Olga… tienes razón.

Olga, que ya se había girado para volver a la mesa con sus compañeros, le miró con incredulidad.

—Venga… ya nos veremos, Jota. Que te vaya bien — dijo Olga, lanzando esas palabras como quien lanza un dardo con desgana.

Olga se sentó de nuevo con sus compañeros y tras mirarla de soslayo, Jota volvió su mirada vencida al camarero. Pidió la cuenta y, mientras se ponía la chaqueta, el televisor captó un instante su atención. Como si estuviese esperando al momento justo, el plasma le mostró una imagen sin sonido de Saúl Aranda. Jota observó con atención dejando a medias la operación de ponerse la chaqueta vaquera. Se trataba de una promoción del programa Alerta 51 que se emitiría el domingo siguiente.

—¿Podrías darle un poco de voz? —preguntó Jota al camarero de una forma casi imperceptible para el oído humano, pero que supo acompañar bien señalando primero su oreja y luego imitando con un gesto de su dedo pulgar que manejaba un mando a distancia.

El camarero dejó la bandeja humeante del lavaplatos sobre el fregadero y, tras secarse las manos con el trapo apoyado en su hombro, cogió el mando de la televisión, colocado en la estantería más alta junto con las bebidas de importación. La pantalla mostró gradualmente cómo iba subiendo el volumen y Jota fue captando el mensaje de la promo. La voz en off acompañaba las imágenes de la sesión de psicomanteum en la que se había colado. Su amiga Valentina apareció en pantalla con los ojos cerrados, tumbada frente al espejo.

—«… El equipo de Alerta 51 ha tenido acceso exclusivo a la casa donde tuvieron lugar estos hechos aún sin resolver. Con la ayuda de la doctora en psiquiatría Lourdes Medina y el asesoramiento del gran

investigador y divulgador de fenómenos paranormales, Saúl Aranda, hemos recreado una sesión de psicomanteum, cuyos resultados sorprendentes podremos ver en el próximo programa de Alerta 51. Yo soy Carlos Navas y les espero el próximo domingo aquí, en Onda Siete».

La imagen de Carlos Navas desapareció dando paso al anuncio de un coche atravesando un campo de trigo, dejando las marcas de su paso y formando el símbolo del infinito. Jota recuperó la movilidad de su cuerpo y terminó de ponerse la manga de la chaqueta vaquera. Pensó que era un iluso creyendo que la noche no podría empeorar, dándose cuenta de que la sincronicidad del universo le volvía a lanzar un mensaje. Por dentro le quemaba una olla de sentimiento de ira y furia, que tuvo que contener.

Empezó a tener náuseas.

Miró a Olga, que charlaba amenamente con sus compañeros, y tomó la decisión de volver a intentar hacer la sesión, aunque fuese sin ella, tal vez si echara mano de un catalizador pudiera alcanzar más fácilmente el estado alterado de consciencia, y pensó que algún estupefaciente suave, unido a la cerveza que había tomado, sería la combinación perfecta.

—Amigo, ¿puedo bajarle ya la voz al televisor? — preguntó el camarero, devolviendo a Jota una vez más a la realidad.

—Sí, por mí puedes apagarla —contestó Jota, aún con la frustración contenida.

Jota se quedó observando al joven camarero mientras metía los vasos de tubo en el lavaplatos.

—Oye… me pones otra cerveza por favor —dijo Jota decidido a acometer esa misma noche su plan. Cuando el camarero se acercó a él con la jarra le hizo un gesto para que se acercara un poco más —. ¿Tú sabrías decirme dónde puedo pillar por aquí algún tipo de…? ¿Sabes si en el viaducto siguen vendiendo?

—¿Perdona? —contestó el camarero retirándose con un gesto de extrañeza.

Jota se sorprendió de haber hecho esa pregunta, pero decidió que era el momento de dejarse guiar por la deriva de los acontecimientos y fue más explícito en su petición.

—Estoy buscando algo… ya sabes. Me vale un poco de maría o alguna pastilla.

El camarero lo miró muy serio.

—¿Estás de coña?

—Solo preguntaba…

—Lárgate ahora mismo del bar, gilipollas — espetó el camarero quitándole la cerveza que le acababa de poner.

—Tranquilo —dijo Jota, sorprendido por la reacción y por su propia insistencia. Por tercera vez en lo que iba de noche se apoderaba de él un fuerte sentimiento de estar haciendo el ridículo.

—No, tranquilo tú. La mierda te la buscas fuera de aquí. Así que lárgate cagando ostias si no quieres que te parta la cara — dijo el camarero, poniendo ambos puños sobre la barra y elevando el tono de la conversación.

Olga reparó en la pequeña disputa de la barra y observó a Jota con los brazos en alto, como muestra de aceptación y rendición. Jota se alejó de la barra no sin antes tropezar con su propio taburete metálico y dejarlo caer al suelo. Olga, que ya se había levantado y adelantado, agarró por los brazos a Jota antes de que perdiera el equilibrio.

—Jota, ¿qué pasa? —preguntó Olga, mirando amenazante al camarero.

—Dile a tu amigo que no vuelva por aquí buscando mierda porque me va a buscar una ruina. Así que ya te lo estás llevando.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Olga extrañada.

—Que aquí no trapicheamos con nada, así que a pillar a la puta calle.

Olga agarró a Jota y, aún con la cara desencajada, se lo llevó fuera del bar.

Jota se sentó en la acera intentando guardar el equilibrio y se puso las manos en la frente con el propósito de paliar el latente dolor de cabeza que empezaba a invadirle. Guardó silencio, ignorando la pasiva búsqueda de argumentos de Olga ante una situación que seguía yéndose de las manos.

—Jota… ¿De qué iba todo eso? —dijo Olga, sentándose a su lado y notando la fría humedad a través de sus pantalones vaqueros —. ¿Qué te pasa?

—Nada —masculló Jota, levantándose de golpe y perdiendo levemente el equilibrio —. Me voy a casa.

—Déjame que te acompañe.

—No, no hace falta…

—No deberías volver así tú solo, estás mareado, Jota.

—Cogeré el autobús. Quédate con tus compañeros… No voy a…

fastidiarte la noche, Olga.

—Por favor, deja de comportarte como un imbécil por un momento…

—No entiendes nada —dijo Jota, dejando escapar una risotada que sonó condescendiente.

—Pues explícamelo… porque la verdad es que no entiendo nada.

—Tenía un plan…

—¿Un plan? —preguntó Olga extrañada.

—Lo tenía todo pensado. Encontrarme contigo en la puerta del teatro…

venir al bar donde quedáis después de los ensayos…

—¿De qué estás hablando? ¿Un plan para qué?

Jota comenzó a reír llevándose las manos a la cabeza y tapando sus ojos avergonzado porque los ojos comenzaban a ponerse vidriosos. Quería desahogarse con ella, contarle todo lo que había descubierto los últimos días. Pero no quería y no podía hacerlo. No con ella y no en ese momento.

—Pero… ya no te necesito.

Olga observó a Jota con cierta melancolía y con una mirada que denotaba que las palabras que Jota le acababa de decir habían generado una mella en su memoria, también escondida.

—Lo que necesitas es comer algo, creo que no te ha sentado bien beber

— dijo Olga intentando no sentirse dolida.

Dentro del autobús iban comiendo el kebab en completo silencio. Se habían sentado separados, cada uno en un extremo de la misma fila de asientos, y ambos apoyados a su ventanal, mirando las luces de la ciudad reflejadas en los charcos. Una señora se sentó cerca de ellos y sacó de su bolso Como agua para chocolate de Laura Esquivel, y ajeno a ellos, se puso a leer.

Ambos la observaron y se miraron con una complicidad que consiguió relajar el ambiente.

Se bajaron en la parada más cercana a la casa de Jota, que seguía avergonzado, ahora porque Olga hubiese tenido que acompañarlo en esas circunstancias.

—Bueno, aquí te dejo, sano y salvo, yo me voy ya también a casa

— dijo Olga cuando llegaron al portal de la casa de Jota tras caminar unos metros desde la parada.

—Me sabe mal que te vayas ahora tú sola.

—No te preocupes, mi parada está justo en la siguiente esquina y el autobús me deja en la puerta de mi casa.

—Lo siento —dijo Jota, con un aire más recuperado y calmado.

¿Quieres pasar un rato? Y… hablamos…

—No, mejor que no…

—Podría explicarte algunas cosas… de por qué estoy así…

—No, no voy a pasar, Jota. Estoy un poco confundida. La forma en la que te comportas. La forma en la que me miras… Me mandas mensajes contradictorios que no sé cómo tomarme. Y quiero dejarlo claro… No sé qué plan es ese que tenías pensado para hoy, pero quiero que sepas de antemano no va a suceder. Hasta ahora he sido educada contigo… pero si tengo que dejártelo más claro… Yo tengo mi vida, mi novio, mi trabajo y mis amigos. No tengo la menor intención de meterte de nuevo en mi vida porque, mientras formaste parte de ella… no fue bueno para mí, Jota.

Jota se quedó en silencio tratando de encajar las duras palabras de Olga que le habían producido un desgarro interior. Quiso creer que no había sido esa su intención, pero ella estaba en lo cierto. Podía haber optado por cualquier otra opción antes que recurrir a ella y se avergonzó de reconocer que quizá en el fondo su objetivo final no era alcanzar un «estado alterado de consciencia» sino retomar una relación que estaba ya perdida.

—Ni siquiera te has preocupado por saber cómo estoy yo… — dijo Olga emocionada y algo arrepentida por sus duras palabras—. No has mostrado interés en qué ha sido de mi vida en estos años… No has cambiado en nada, al contrario, parece que estés peor. Siempre he pensado que para muchas cosas tenías una cortina delante que te impedía ver bien… ¡ahora tienes un muro! No tendría que decirte esto, pero si sigues por ese camino nunca serás capaz de conectar con nadie… de querer a nadie de verdad.

Jota, dolido en su orgullo, comenzó a caminar hacia el portal de su casa.

Olga lo había terminado de rematar.

—Lo siento… —dijo Olga.

Llegó al portal del edificio y ya con el manojo de llaves en la mano tomó aire. Vio su propio reflejo en los cristales, entre las balaustradas, y se giró.

—No tiene nada que ver con eso.

Olga lo observó resignada. Empezaba a intuir que le dijera lo que le dijera él no iba a entender, y ni mucho menos serviría para que aprendiera en su forma de relacionarse y comunicarse. Era un objetivo perdido, y en el fondo un misterio sin resolver. Sintió lástima, pero también alivio de no ser ella la persona que debiera acompañarle en ese proceso de cambio, si es que quería cambiar.

Jota observó la expresión de Olga y comprendió que no había nada que hacer. Tenía que aceptarlo, pero en ese momento volvía a tener la piel tan tensa como la madera, y empezaba a sentir un nudo en la garganta que le impedía respirar con normalidad. Se llevó las manos al pecho en un ataque de pánico, volvió a girarse para evitar que Olga fuera testigo de ese desagradable malestar.

—Jota, ¿estás bien? —La voz hueca de Olga parecía venir del otro lado del reflejo. Tan lejana como ella misma.

Jota levantó su brazo derecho y lo utilizó como apoyo para su cabeza.

Se vio ridículo por lo melodramático de su gesto. Pero el dolor de su pecho era tan real como el frío húmedo de sus pies.

Jota se incorporó con cierta dignidad y trató de encajar la llave en el bombín de la cerradura, pero el desequilibrio en la coordinación motora provocó que cayeran al suelo.

Olga se acercó al portal y se agachó para ayudar a Jota a recoger las llaves. Ambos en cuclillas se miraron y a pesar de los malos rollos se podía distinguir un gesto de complicidad familiar que no podría entender nadie, salvo aquel que haya vivido una montaña rusa emocional con otra persona.

En el fondo, Olga sabía que lo conocía, que había llegado a conectar con él en un nivel que, posiblemente, nadie más podría hacer. Intuía que Jota sabía que eso era así y que sería difícil volver a tener una conexión con alguien

tan fuerte como la que se llega a tener en la adolescencia. Sentía haber sido tan dura con él, pero ya habían entrado en una edad adulta que les exigía dejar toda aquella ingenuidad atrás. Les exigía ser sinceros y dejar las cosas claras para evitar confusiones. Aún en cuclillas, Olga miró a los ojos a Jota y le pasó la mano por el pelo. Jota aún se agarraba el pecho con su mano, presionándolo.

—Estoy bien —dijo Jota tratando de darle un ritmo controlado a su respiración.

—Me quedaré contigo hasta que te encuentres mejor. Hablaremos tranquilos. Lo dejaremos todo claro, Jota. Hablaremos de lo que hemos hecho en todo este tiempo: de trabajo, de familia, de nosotros. Será la última vez que lo hagamos, y lo dejaremos todo claro para que no nos vuelva a pasar lo mismo que la otra vez. ¿De acuerdo?

Jota miró a Olga y asintió, sintiéndose avergonzado como un niño al que su madre le da una charleta después de hacer la trastada.

Ambos subieron al apartamento de Jota y hablaron durante horas.

Olga le contó que había tenido que dejar las clases de arte dramático en Barcelona, después de que a su madre le detectaran aquella enfermedad degenerativa. Le confesó, diciéndolo por primera vez en voz alta, su preocupación por la probabilidad de poder heredarla ella también.

Le habló de Pedro, un enfermero que había conocido en la residencia donde estaba su madre ingresada, y que ahora debía estar haciendo guardia a su lado. Pasando más tiempo con su madre que ella misma.

Cuando a Jota le llegó el turno de hablar se quedó callado. No sabía por dónde empezar. Olga estaba siendo sincera con él y hubiera sido una gran liberación para él contarle todo lo que ahora mismo borboteaba en su cabeza. Pero no podía contarle la verdad sobre él y su familia. Aún no lo había digerido él mismo y no estaba preparado para abrirse de esa manera con nadie. Pensó que sería mejor enfocarlo todo a su trabajo y justificar así su comportamiento de la noche.

—Antes en el bar… —dijo Jota argumentativo — perdí un poco los nervios. Estoy pasando unos días… difíciles, la verdad. De muchos cambios. Y eso me tiene un poco alterado. El viernes me echaron del trabajo…

—¿En serio? —interrumpió Olga tratando de empatizar.

—Sí, bueno, trabajo trabajo no era… en realidad no me pagaban nada, estaba de becario en la televisión local, pero me gustaba. Estaba haciendo prácticas con Saúl Aranda.

—¿El que salía en la tele cuando éramos pequeños?

—Sí, ese. Yo lo he admirado mucho, desde siempre, y sabía que tenía un programita muy cutre aquí en Jálivas y decidí mandarle una carta ofreciéndome como colaborador.

—¿Y por qué te ha echado?

—Bueno… asistí a una charla en la que hicieron una sesión… para contactar con el más allá…

—¿De espiritismo?

—No exactamente. Es más como una sesión delante de un espejo para contactar con personas ya muertas. Una especie de terapia de duelo controlada. La sesión era a puerta cerrada para un programa de Onda Siete, pero yo, sin permiso y saltándome todas las restricciones, me colé en la sesión y casi echo a perder la grabación. Y esta noche en el bar al ver la promo del programa con esa sesión donde me echaron, al ver a Saúl Aranda de colaborador, no sé, bueno, fue un poco… difícil.

—Ya… Vaya, lo siento. Pero… encontrarás algo mejor. Algo por lo que te paguen.

—Sí… supongo que sí.

—¿Estás buscando algo?

—Ahora mismo estoy investigando por mi cuenta.

—Pero… ¿Y qué te pasó con el camarero?

Jota se echó para atrás desperezándose y creando una pausa dramática.

—Se me fue un poco la olla… Creo que así sin comer nada la cerveza no me cayó muy bien.

—¿Y qué mierda le pediste para que te echara del bar?

—Le pedí a ver si me vendía algo… para relajarme…

—¿En serio? —dijo Olga, echándose hacia atrás en el sofá, entre sorprendida e indignada —. ¡No me lo puedo creer! Con las broncas que me echabas cuando me veías a mí fumando…

—Ya… no sé en qué estaba pensando…

—Estaba bien cabreado, tuviste suerte de que no te pusiera un ojo morado.

—Creo que si no hubieras venido a mi rescate lo hubiera hecho.

—Pero… ¿en serio querías colocarte? No te pega nada Jota. Pero aun así te hubiera sido más fácil pillar algo de maría si hubieras estado con nosotros, entre actores siempre hay quien se toma más a pecho lo del faranduleo.

—¿En serio?

—Y tanto —dijo Olga, riendo y balanceando su cuerpo.

—¡Qué patético! No sé ni pillar.

—¿Y por qué querías colocarte? Si no has fumado nunca…

Jota se quedó pensativo y se puso serio.

—Era para mi investigación.

—Ya… por el periodismo de investigación.

—En serio. Quería hacer yo la sesión por mi cuenta.

—¿La del espejo? —preguntó Olga, recuperando la seriedad.

—Sí —dijo Jota tajante—. Lo intenté ayer por mi cuenta y no conseguí nada. Por un momento pensé que me ayudaría darle unas caladas a un porro.

—Probablemente…

—Pero no por eso, sino porque hay que conseguir un estado de relajación. Un estado alterado de consciencia. Y pensé que la maría me lo proporcionaría.

—No hace falta colocarse para alcanzar un estado alterado de consciencia. Se puede hacer con ejercicios de relajación. He hecho algunos cursos sobre el tema y lo he practicado alguna vez en mi trabajo. No es algo muy extendido, pero es relativamente habitual para clientes en terapia.

En ese momento Jota se dio cuenta de que había llegado al punto de destino de todos sus propósitos. No había sido de la forma en que lo había previsto, pero si de alguna manera los acontecimientos de la noche lo habían llevado a esa conversación, que tantas veces había planeado en su mente, no había que desaprovecharla.

—¿Tú me ayudarías a hacerlo?

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