Una casa sin reflejos
Capítulo 18
Apenas durmió esa noche recordando y analizando su infructuosa sesión delante del espejo del día anterior, así como la extraña experiencia dentro del laberinto con su hermana. Fuera lo que fuese que hizo frente al espejo del tocador de Nerea no había funcionado en absoluto, y no se acercaba ni por asomo a lo que debía ser una autentica sesión de psicomanteum. Aquel análisis lo situaba de nuevo en el punto de partida.
Empezaba a sospechar que en su casa de Jálivas podía quedar, suelto por algún rincón o alguna esquina olvidada, aunque fuera, un recuerdo de su anterior vida. Al igual que su mente, que a priori parecía no guardar ningún recuerdo, y que poco a poco, al ir removiéndose después de pulsar el resorte exacto, había ido recuperando contenidos del pasado, así con la casa, más tarde o más temprano, podría aflorar alguna pista de algo escondido. Nadie se deshace por completo de sus recuerdos.
Los pensamientos se iban haciendo cada vez más claros a medida que despertaba del duermevela en el que se encontraba. Se había quedado dormido en el salón leyendo el libro de Raymond Moody. Por la noche había dejado anotado algunos pasajes que le habían parecido interesantes, pero aún seguía sin encontrar las verdaderas claves para realizar con éxito una sesión de psicomanteum y poder contactar con el otro lado.
Cada vez se le presentaba más estimulante, al tiempo que absurda, la creencia de que podría llegar a comunicarse con su padre y que este le explicaría con detalles lo que sucedió aquella noche del mes de septiembre de 1999. ¿Qué motivación había detrás de aquel impulso que acabó destrozando su familia? El hecho de pensar en esa posibilidad de comunicación a Jota por momentos le parecía ridícula, pero al mismo tiempo no dejaba de parecerle posible, real y tangible, una herramienta que
tenía en su mano y que podía ofrecerle una mínima luz, un resquicio de entrada a la verdad, y si eso era así, se aferraría a ello hasta el final, aunque tuviera que ignorar el martilleo constante y siempre prudente de la razón.
Mientras Jota estaba entregado en esos pensares apareció Ángela en el salón hablando por el móvil y soltando su bolso de cuero marrón sobre la mesa del comedor. Se le veía descansada y relajada, y dentro de su aparente y habitual caos lo parecía tener todo bajo control. Nerea se había quedado a dormir con Víctor y ella había aprovechado para tomarse una de sus pastillas mágicas que le ayudaban a dormir del tirón toda la noche. Ahora hablaba con Víctor para asegurarse de que todo había ido bien y que la niña había pasado buena noche y ya estaban preparados para ir al colegio.
—¿Mañana? —preguntó Ángela con el móvil en la oreja, mientras guardaba en su carpeta una carpeta llena de láminas corregidas —. Como ella quiera. Bueno… yo me paso esta tarde por tu casa y ya vemos lo que hacemos. No, yo no voy a quedarme allí, Víctor. Luego hablamos, ¿de acuerdo? Venga, no lleguéis tarde. Adiós.
Colgó la llamada como si nada y siguió preparando sus papeles. Intentó meter la carpeta con la resma de láminas pero volvió a posarla en la mesa y comenzó a buscar dentro del bolso, relatando algo ininteligible en voz baja.
Sacó el manuscrito de su obra de teatro de la bolsa con la portada doblada.
Estaba encuadernada con un canutillo en espiral y con una portada de acetato traslúcido en la que se podía leer: La muerte lúcida.
El manuscrito servía también para dar refugio a un montón de otros papeles, que eran notas, albaranes, fotografías de los ensayos y marcadores adhesivos de colores; colocados sin orden aparente por el costado. Ángela soltó la obra sobre la mesa y todo el contenido anexo se desparramó por la superficie, con el consiguiente bufido de la responsable del desbarajuste.
Jota se quedó mirando los papeles esparcidos sobre la mesa y reparó en una fotografía grupal de la compañía. Se veía claramente a Olga sonriente en primera fila, sentada sobre la tarima del teatro en la posición de loto.
Ángela agarró la obra, y todos sus anexos, con ambas manos, y con varios golpes secos sobre la mesa volvió a poner orden dentro de su caos, dejando todos los documentos de nuevo dentro.
—¿Y tu nariz?
—Bien, ya no me duele —indicó Jota, volviendo de su estado ausencia.
—Te ha bajado el chichón de la frente. Por cierto, ¿qué vas a hacer hoy?
¿No tienes que ir a trabajar?
—Mmm, sí… —contestó Jota, desviando su atención hacia el libro.
Pensó que no era el momento para iniciar la conversación sobre su
«despido». Había intentado sacar el tema cuando llegaron a casa, pero su madre no tardó en quedarse dormida tras tomarse una pastilla —. Me quedaré aquí leyendo y luego seguiré con una investigación de la que estoy encargándome… pero desde casa.
—¡Ah!… —respondió Ángela, sin prestar mucha atención mientras se colgaba la cartera y el abrigo —. ¿Y sobre qué tema?
Jota observó a su madre en silencio y cerró el libro con decisión.
—Oye, mamá… ¿Dónde hay fotos de cuando mi hermano y yo éramos pequeños? — preguntó Jota, obviando la pregunta previa de su madre.
Ángela lo miró extrañada mientras buscaba las llaves de la casa.
—Estarán en los álbumes. Supongo.
—Ya he buscado ahí, pero… ¿No hay alguna foto de nuestra antigua casa?
—¿De cuál de ellas? —respondió Ángela, empezando a sentirse incómoda —. Hemos vivido ya en unas cuantas.
—La de Madrid, la de la avenida de los Descubrimientos.
Ángela se detuvo en seco y se dio la vuelta para mirar a Jota de frente.
—No lo sé. Tendría que buscarlas hijo —respondió intentando aparentar normalidad —. Si no están en los álbumes será porque se las haya podido llevar tu hermano.
—¿No hay ninguna de papá?
Ángela detuvo su desesperada búsqueda y miró muy seria a Jota. Ya se había dado cuenta por dónde iba el interrogatorio que estaba iniciando su hijo y se puso en guardia.
—No —contestó Ángela tajante y seria—. Ya sabes que no.
Ángela se dio la vuelta y se puso en marcha hacia la puerta.
—Me voy ya al instituto. Luego tengo ensayo y después iré a recoger a Nerea a casa de Víctor. Prepárate tú algo, ¿vale?
Ángela antes de salir de casa se dio media vuelta y se quedó en silencio mirando a Jota durante unos segundos, Jota hizo lo propio, y de repente aquella escena tenía algo de partida de dominó: cada uno se había quedado esperando para ver qué ficha dejaba caer y permitía completar la figura final.
Jota volvió a abrir el libro, observando pensativo la mesa en la que su madre había dejado caer la fotografía del grupo de teatro. De repente cayó en la cuenta, al recordar a Olga en la foto en posición de loto, que ella quizás podría ayudarle a alcanzar ese estado alterado de consciencia que tan ansiadamente buscaba.
Empezó a pensar en cuál podría ser la estrategia para que Olga le ayudara, pues iba a tener que remover arenas sentimentales si realmente quería que fuera ella. Se sintió ruin por un momento, por querer utilizarla para aquel propósito, máxime después de todo lo que él le había hecho años atrás, por no contar lo que ni siquiera había hecho él por ella. Desde luego, no iba a ser tarea fácil convencerla. No se trataba de pedirle un favor a una amiga cualquiera, iba a tener que darle muchas explicaciones acerca de cuál era su verdadero objetivo por alcanzar un estado cercano al trance delante de un espejo. Olga no era ni mucho menos como Valentina o como Eric en ese aspecto. Nunca había entendido el interés de Jota por esos temas paranormales y fue uno de los motivos de su distanciamiento, aunque no el único.
Aquella idea de recurrir a ella le hacía sentirse aún más miserable: pedirle ayuda a cambio de nada. Fantaseó con la posibilidad de contarle toda la verdad acerca de su pasado y su familia, y se imaginó que ella empatizaría al instante con él y volvería a amarle y a pedirle que volviera con él. Pero más allá de esas fantasías la intuición le decía que aquello podía traer consecuencias catastróficas.
Y en el mismo tiempo en que Jota andaba pensando en Olga, esta estaba acariciando la mano de su madre, dormida en la cama articulada del hospital y con la piel de un gris plomizo que nada bueno hacía presagiar.
Olga observó el rostro de su madre y le limpió un punto de sangre que brotaba de uno de los poros abiertos tras darle un repaso con la pinza de depilar. Disfrutaba esos pequeños momentos de tranquilidad, de lucidez y sin espasmos.
Apoyó su cabeza en el colchón, junto a la mano de su madre y cerró los ojos.
Pedro apareció por la puerta de la habitación con un vaso de plástico y un pequeño sobre con medicación. Observó a Olga recostada sobre la cama e intentó no hacer ruido, pero Olga abrió los ojos.
—¿Habéis hablado algo? —susurró Pedro acercándose a la cama.
—Apenas nada —respondió Olga incorporándose —. Ha dicho algunas palabras… pero luego ya nada. Se ha dormido.
—Tiene días así. Pero son momentos. Hay otras veces que está muy lúcida y habla con todos nosotros.
—Ojalá pudiera venir corriendo cuando está así — dijo Olga mirando a su madre.
—Me han dicho mis compañeras que esta mañana ha estado hablando de ti.
—¿De mí? —preguntó Olga con curiosidad. Los ojos se le pusieron vidriosos, pero sin perder la sonrisa.
—Bueno de ti y de mí.
—¿En serio?
—Al parecer le ha dicho a la enfermera que aquí no hacíamos nada, que nos teníamos que ir todos a Barcelona.
—Ya… —masculló Olga con desdén—. Típico de ella.
Olga miró el reloj y tomó aire.
—Me voy ya, tengo que irme a trabajar —dijo Olga con desgana.
—¿Quieres que salgamos esta noche a tomar algo?
—Esta tarde tengo ensayo y luego hemos quedado donde siempre.
Podemos vernos allí, ¿te parece?
Pedro asintió y se incorporó a la vez que Olga.
—Llámame con lo que sea —dijo Olga tras darle un beso a Pedro.
Olga salió de la habitación del hospital y comenzó a realizar ejercicios de respiración. A medida que caminaba respiraba profundo y exhalaba el
aire muy lentamente, conteniéndolo hasta llegar al ascensor. De esa manera, poco a poco, iba deshaciendo el nudo de su garganta.
Aprovecharía las clases de yoga para despejar la mente y no pensar.
No pensar en Barcelona, no pensar en la maldita enfermedad de Huntington que, poco a poco, estaba acabando con su madre. No pensar en que acabaría postrándole en una silla de ruedas, sin poder hablar ni tragar.
No pensar en que la enfermedad iría borrando sus emociones o la conciencia de su entorno, que llegaría a un punto en el que su propia madre dejaría de reconocerla. No pensar en que esa enfermedad era hereditaria y que ella tenía un cincuenta por ciento de probabilidades de poder desarrollarla a partir de los treinta años. Y aunque solo fuera una probabilidad, según le repetía continuamente Pedro, era fácil de diagnosticar atendiendo a unos valores concretos en una analítica de sangre a la que ella se negaba a exponerse.
Olga no quería pensar y por eso ponía toda su conciencia en los movimientos de su cuerpo. No pensar mientras interpretaba a otra persona y desahogaba sus frustraciones y miedos.
No pensar en Jota, cuyo recuerdo le había visitado varias veces durante el fin de semana, con una mezcla extraña de alegría y enfado. No le guardaba ningún rencor, ni si quiera le había dado importancia como para que le pudiera generar un conflicto interno. La presencia de Jota a estas alturas no podía reabrir ningún tipo de heridas, ya pasadas y cicatrizadas.
Simplemente había vuelto cuando ya se había acostumbrado a su total ausencia.
Respiró e intentó no pensar, pero lo cierto es que no consiguió lograrlo.
OceanofPDF.com