Una casa sin reflejos
Capítulo 10
Jota se acercó a los soportales, mientras su mente empezaba a recibir estímulos y sensaciones que escapaban de su comprensión. Se detuvo frente al negocio que había junto a ese portal, un reducido y estrecho escaparate le hacían pensar que se trataba de una copistería, dentro había numerosos carteles impresos que indicaban precios por copias, anuncios de encuadernación y material de papelería para la vuelta al colegio, etc. Se acercó pegando los morros al cristal y, tapando los reflejos con las manos alrededor de los ojos, intentó reconocer aquel espacio que permanecía a oscuras.
Aquel lugar le resultaba demasiado familiar, pero seguía sin entender las señales que recibía de su subconsciente, que en esos momentos era una válvula bombeando continuamente los sensores del recuerdo instalados en su cabeza. Jota volvió a alzar la vista hacia las galerías de las viviendas del bloque y la familiaridad se adueñó de su análisis. Entonces supo, sin lugar a dudas, que había estado allí antes.
El portón del bloque se abrió de repente y su sonido, pesado y metálico, le devolvió a la realidad. Vio cómo el grupo de personas, que estaban entorno al bar entraban ahora en el edificio seguido por Saúl, que miró a Jota antes de cruzar el portal. Saúl sostuvo la puerta y le invitó a pasar con un leve gesto.
—Van a empezar ya —dijo Saúl mostrando por primera vez ante él una sonrisa que se parecía a un gesto amable.
—Ahora… ahora subo yo. Voy a estirar un poco las piernas que las tengo entumecidas del viaje — indicó Jota con un leve gesto de sufrimiento.
—¿Te encuentras bien muchacho?
Jota asintió, con la sensación de que Saúl aún no se había aprendido su nombre.
—Estoy bien, solo un poco cansado por el viaje.
Saúl entró en el portal, dejando que la puerta se cerrara sola tras su paso.
Jota sintió como si alguien lo hubiese recortado de un álbum de cromos y lo hubiese colocado allí. Se quedó paralizado y esa tensión en la piel volvió a apoderarse de él. Su cabeza falseó una cierta sensación de ingravidez que le provocó náuseas, acompañadas de un repentino vértigo que le obligó a apoyarse en la luna del escaparate.
Jota no entendió la forma en la que respondía su cuerpo, pero a la vez empezó a comprender que la tirantez de piel tenía el origen en una resistencia mental suya, había algo en el entorno que le producía algo parecido a una reacción alérgica.
Miró hacia la acera y recordó el alcorque donde se cayó persiguiendo al perro de sus vecinos y que le dejó una cicatriz de seis puntos en su rodilla.
Recordó la tapia del solar aledaño. Aquel en el que se colaba con Yago y en cuyos huecos guardaban las monedas que se encontraban en el sofá para luego ir al quiosco a comprar Polo Flash de fresa y pizquillas, que les dejaban los dedos rojos.
Recordó el día en que un ladrón se había colado en la casa del señor Canales, y al que su padre retuvo en el portal hasta que, al fin, llegó la policía. Evocó el momento en el que vio que el ladrón se escondía un reloj en el calcetín y él se acercó tímidamente a su padre para decírselo.
Visualizó a su padre, cuando se lo comentó a uno de los policías que sostenían al ladrón por el brazo. Ambos lo miraron a él y le sonrieron, asintiendo orgullosos. Recordó a la mujer del señor Canales abanicada por las vecinas, mientras se tomaba una tónica sentada en una de las mesas del bar. Recordó que lloraba desconsolada, y que volvía a llorar, pero de alegría, cuando la policía había vuelto al día siguiente con las joyas y el reloj que el ladrón se había escondido en el calcetín. Se acordó que aquella tarde le habían preparado una merienda, de pan con chocolate, en agradecimiento, y que los vecinos le habían regalado una cadena de plata con una pequeña cruz ensartada; a la que ella había rezado para que lo
protegiera siempre. Jota recordó haberla perdido ese mismo verano saltando la tapia del solar para coger las monedas.
Los recuerdos iban brotando de forma descontrolada y Jota se vio desbordado. La memoria pétrea, estática y congelada había sido rajada en dos por la tensión que estiraba su frente y su pecho; y cientos de imágenes brotaron a la vez sin control.
En su mente aparecieron los olores de la bignonia del patio, resonaron los chirridos de la vieja verja del bar por las mañanas; surgieron las voces que llegaban indiscretas por el ojo patio, como campanas de un carrillón.
Ya no le quedaba duda de que había estado allí antes, de que había vivido allí. Aquella había sido su calle en algún momento de su vida, pero no podía recordar cuándo.
La imagen de su padre se había empezado a materializar en aquel recuerdo con el ladrón, pero su cara había aparecido de forma difusa; como cuando vemos la imagen de alguien a través de un cristal doble; borrosa e indeterminada.
Jota de repente pudo frenar en seco la locomotora de sus recuerdos cuando vio que estaba a punto de caer al suelo en un estado cercano al trance. Tenía dificultades para respirar y un dolor le había desgarrado la garganta. Siempre había sabido que su familia ocultaba un pasado oscuro, pero de ese tema nunca se hablaba. La información de que su padre había muerto cuando él no había cumplido aún los cinco años la tenía, y sabía que esa muerte había ocurrido en unas circunstancias extrañas, pero nunca llegó a preguntar y probablemente hacia ese olvido iban dirigidas todas las horas de terapia a las que habían tenido que asistir él y su hermano Yago.
Jota tomó conciencia de la frialdad con la que la mente puede borrar los recuerdos que no le interesan a un niño, seguramente con el fin de protegerle; para poder seguir avanzando y sobrevivir.
La aparición de todos aquellos recuerdos, nuevos para él, hacía que Jota se sintiera aún más desorientado dentro de su propia línea temporal de vida.
No dejaban de ser imágenes montadas sin aparente orden, unas detrás de otra, pero que no trazaban un camino coherente y general de los acontecimientos vividos.
Quiso asociar todos esos recuerdos a la motivación última de por qué había venido a estas jornadas y trató de buscar un hilo convencido de que no había sido producto de la casualidad. Jota recuperó el aliento y, tras volver a mirar hacia las ventanas del segundo piso, se acercó al portal y pulsó el botón del telefonillo del 2.º B.
El tintineante y agudo sonido fue precedido del recuerdo de una voz que resonó, como un mazazo de realidad en su cabeza: «Está abierto, capullo».
Era la voz de Yago que se interpuso en el hilo de sus pensamientos antes de que el chasquido metálico abriese el portón de la entrada al bloque. Jota no reaccionó mientras aguantaba la pesada puerta; una voz, esta vez de mujer, preguntó si la puerta ya se había abierto.
Jota entró en el portal, activando a su paso el sensor automático de la luz que hizo aparecer, por etapas, el rellano de la escalera.
Como si de un astronauta se tratase, fue avanzando lentamente, dejando a un lado los buzones repletos de publicidad descolorida. La boca del buzón sin nombre del 2.º B rebosaba de papel arrugado que nadie se había molestado en retirar.
A parte de la luz automática, y el tono más rojizo de las paredes, nada había cambiado en el rellano. El suelo ya no mostraba el pulido de entonces y junto a los tres escalones que salvaban el primer desnivel, habían colocado una rampa de acceso fabricada con una estructura de madera cubierta de una goma antideslizante. El edificio no contaba con ascensor, por lo que Jota pensó que la rampa se había colocado para acceder hasta el primer desnivel, espacio donde se encontraba la puerta del cuarto de instalaciones, los trasteros y la salida al patio; donde, su hermano y él, solían guardar las bicicletas.
Jota siguió avanzando lo más rápido que sus recuerdos le permitían y comenzó a subir los cuatro tramos de escalera que conducían hasta el distribuidor de la segunda planta. Ya no había rastro de las inscripciones secretas en las paredes de yeso, ni rastro del pasado, ni de nada que delatara lo que allí había ocurrido años atrás. Todo el espacio tenía un aspecto antiguo y desfasado y, a pesar de las capas de pintura, daba una enorme sensación de dejadez. Habían desaparecido las cartelas que indicaban cada una de las plantas, se adivinaban que había estado porque quedaba aún el
testigo en forma de espiche, con un trozo de plástico todavía enganchado a los tornillos.
Llegó al rellano de la segunda planta que distribuía los dos pisos por nivel. Le pareció pequeño en relación a lo que su mente le había ido avanzando durante el trayecto. Tanto las puertas como los zócalos seguían siendo los mismos, pero con la pátina de los años sobre ellos.
Escuchó un murmullo que salía de la puerta que estaba entreabierta y se acercó con cautela a la entrada del apartamento. Pocos recuerdos quedaban de aquel espacio en su memoria, pero los pocos que iban resurgiendo le hicieron darse cuenta de que la mente almacena los espacios de una manera aproximada e imprecisa, y que los va modificando a medida que los adapta a la realidad, sustituyéndolos casi de forma inmediata.
Empujó la puerta y contempló la entrada de la que había sido sin dudarlo ya su casa; invadiéndole una enorme sensación de nostalgia y extrañeza.
El apartamento estaba acorde a la línea de abandono y decadencia del resto del bloque. La humedad inundaba los encuentros entre las paredes desnudas y los techos y bombillas colgaban a la vista sin ningún adorno. Su mente se encargó de colocar de forma espontánea los cuadros y las lámparas, rellenando así los vacíos.
Si los viajes en el tiempo existieran, pensó, las sensaciones debían ser como las de este momento. Todo parecía ir a una velocidad decelerada, y aunque tenía los ojos abiertos, no era el tiempo presente el que veía, sino en el pasado.
Jota quiso cruzar la entradita en ese estado de hipnosis sin percatarse de que a su derecha, donde solía estar el taquillón donde dejaban las llaves y los zapatos, estaba ahora colocada una mesa, donde una señora mayor sentada escribía en un cuaderno de anillas cuadriculado con una pequeña caja de caudales de color azul. La señora mayor alzó la vista cuando el joven pasó por su lado con la mirada perdida.
—Aquí se paga la inscripción —dijo la señora, sin un ápice de amabilidad.
Jota reaccionó a la indicación y bajó la vista para localizar a la señora menuda, y que en principio le resultó inquietante por sus marcadas arrugas
y su pelo gris recogido en una cola baja. Tras esos surcos, curtidos por el tiempo, reconoció a su vecina Delfina. Su expresión, aunque envejecida, seguía siendo la misma, y su mente consiguió ubicarla dentro de aquella vorágine de nuevas capas de su pasado.
Se preguntó qué pintaba allí su antigua vecina al cargo del registro de inscripciones de unas jornadas sobre misterio, que iban a celebrase en la casa donde él vivió.
—Son ocho euros —indicó Delfina, devolviendo de nuevo a Jota a la realidad.
La mujer no había reconocido al joven que un día fue su vecino. Él había cambiado mucho más que ella. Y por un instante Jota estuvo a punto de delatarse, pero pensó que conseguiría saber más si se mantenía en el anonimato, como un testigo más, como un investigador o curioso con ansias de morbo.
Jota echó mano de su credencial y se la mostró pensando que quizá al ver su nombre Delfina le reconocería. Pero la mujer se limitó a comprobar en su cuaderno si era uno de los periodistas que acudían invitados a las jornadas.
Delfina marcó su nombre con un nervudo punto, situado bajo el nombre de Saúl Aranda, y con un gesto de cabeza le confirmó que podía pasar.
Jota avanzó por el pasillo con la mirada de Delfina clavada en la nuca.
En el pasillo estaban congregados varios grupos de personas, pero la mayor parte de los asistentes ya estaban dentro del salón o se agolpaban a la entrada del mismo. Jota avanzó, sorteando a los asistentes, hasta la altura de la puerta de la cocina, donde vio a un joven corpulento, cuya mirada bizqueaba, colocando cajas de refrescos en el suelo.
El joven soltó la caja al percatarse de que Jota lo estaba observando y a pesar del bizqueo le devolvió una mirada hostil que pilló de sorpresa a Jota.
—¡La comida y la bebida se servirá después de la charla! — anunció Delfina desde su mesa, mirando a Jota.
Jota miró a Delfina y volvió a observar al joven, cuyo ojo extraviado relacionó con el de su antiguo vecino, que era hijo de Delfina. Debía tener ya unos treinta años, pero su cara, cuando no mostraba ese gesto hostil, parecía la de un niño perdido. Jota no recordó su nombre.
Alzó la vista y, dentro del salón, vio a Saúl reunido con Carlos Navas, el presentador del programa nacional Alerta 51, y varios de sus colaboradores.
Charlaban de forma animada e intentó acercarse hasta la puerta de entrada al salón, pero antes no pudo evitar detenerse en la puerta del cuarto de baño.
La puerta estaba abierta y alguien había dejado la luz encendida. Jota observó el interior del baño, que le pareció diminuto gracias, de nuevo, a los juegos de su mente. Entró en el cuarto de aseo y cerró la puerta. Abrió el grifo y se refrescó la cara varias veces. Al alzar la cabeza comprobó que ya no quedaba rastro del espejo empotrado en la pared. Solo una pequeña esquirla asomaba de entre la cenefa del alicatado.
El recuerdo de aquella noche no se hizo esperar. Jota dio un paso atrás con violencia, siendo frenado únicamente por la pared a su espalda. Le pareció verse reflejado en un inexistente espejo cubierto de alguna sustancia oscura que aceleró su respiración. Fue plenamente consciente de que justo allí una noche había visto algo.
Jota descorrió la mugrienta cortina plástica de la ducha y observó el ventanuco que daba al hueco de ventilación y por el que pudo escapar esa noche de aquello que estaba encerrado con él. Empezó a notar cómo la piel volvía a tensarse por segunda vez desde que había llegado, y que esa tensión se reflejaba en su cuello hasta tirar de sus folículos capilares.
Agarró el pomo de la puerta y abrió de golpe, encontrándose de frente a un hombre delgado, de pelo oscuro y larga barba canosa hasta el pecho.
—¿Has terminado ya? —preguntó el hombre con voz rota.
Jota asintió y salió del baño apartándolo, buscando un hueco despejado donde poder recuperar el aliento. Avanzó por el distribuidor entre la gente agolpada en la entrada del salón y, al mirar de soslayo hacia el interior, vio a Saúl hablando con la doctora Lourdes Medina, justo delante del gran ventanal por el que aquella noche su padre se habría lanzado al vacío.
Aquel recuerdo se le hizo más vívido que ningún otro y le dejó paralizado.
Tras un momento de letargo, Jota volvió en sí y siguió avanzando por el distribuidor en forma de L y que daba paso a los dormitorios. Consiguió llegar hasta el que había sido su cuarto y se escondió en él, dando una gran bocanada de aire que le llenó de nuevo los pulmones. Se apartó el pelo de la
frente húmeda de sudor y se apoyó en la pared, mientras frotaba sus brazos intentando relajar su piel.
Jota abrió los ojos y observó la habitación vacía. Visualizó, mentalmente, su cama, y la de su hermano. Ubicó el ropero y los juguetes en los estantes. Vio su colección de pins pinchados en fila en las cortinas, las cajas llenas de Tente en el suelo y el escritorio lleno de pegatinas de Los Rugrats y Bob Esponja. Nada estaba allí, pero su mente lo había guardado en secreto, como en un viejo arcón que nunca se abre, y se preguntó con qué otros recuerdos podría llegar a sorprenderse. La única manera de saberlo era seguir abriendo cajones mentales.
Saúl apareció por el umbral de la puerta del dormitorio y observó a un Jota extrañado que no se inmutó ante su presencia.
—¿Estás bien? —preguntó Saúl colocándose dentro del campo de visión de la mirada perdida de Jota, que reaccionó y vio a Saúl mirándole a su lado.
—Va a empezar la sesión —indicó Saúl, escudriñando la cara de Jota —.
¿Te pasa algo muchacho?
—No, nada. Solo que todavía me noto un poco cansado.
—No tardes porque te vas a quedar sin sitio — le advirtió Saúl mientras se daba la vuelta.
—¿Qué hacen aquí los de Alerta 51? — preguntó Jota, haciendo una pequeña pausa entre las palabras.
—Van a grabar la sesión para su programa — respondió Saúl girándose de nuevo hacia Jota.
—¿Van a hacer aquí una sesión de psicomo…?
—Sí. De psicomanteum. La harán después de la charla de la doctora Medina, pero ya a puerta cerrada.
Saúl se volvió a girar hacia la puerta con la intención de irse.
—¿Por qué en este sitio? —preguntó Jota—. ¿Por qué aquí? ¿Qué pasó?
—Ahora te enterarás.
Saúl salió del dormitorio y Jota volvió a observar el cuarto, de nuevo vacío y húmedo.
«Mi papá se murió en un accidente», decían siempre a quienes les preguntaban. Sin dar más explicaciones. Y esa frase, de tanto repetirla, se
había convertido hasta ahora en la única verdad.
Al salir de su antigua habitación y pasando ya a la altura del dormitorio de sus padres, una mano apareció y le tocó el hombro. Jota se giró y vio a Eric, a oscuras, oculto tras el umbral de la habitación también vacía.
—¿Eric? —preguntó Jota atónito—. ¿Qué haces tú aquí?
Eric se puso el dedo en la boca para indicarle que guardara silencio.
—Me han traído aquí para hacer la prueba — susurró mientras oteaba el pasillo—. Hay que joderse…
—¡¿Qué?! —dijo Jota sorprendido—. ¿Estás haciendo las pruebas de cámara con los de Alerta 51?
—Sí, tío… puta mala suerte —contestó Eric, angustiado.
Eric se adentró en la habitación, seguido de Jota que entró en el dormitorio observando a su alrededor e inundándose de nuevos recuerdos.
—¿Qué hago? —preguntó Eric, dando vueltas por el perímetro.
—¿Qué haces de qué? ¿Y qué estás haciendo aquí escondido?
—¿Tú que crees? No quiero que Saúl me vea. Cuando lo he visto entrar en el piso me he escondido aquí.
—¿En serio? Pero Saúl va a estar ahí dentro y tú tendrás que estar grabando. Te va a ver de todas formas.
—Joder, joder… Qué marrón. De todos los sitios donde podía hacer las prácticas tenían que mandarme a las malditas Jornadas del Misterio de Vista Alegre.
Mientras Eric hablaba, Jota se acercó al armario empotrado del dormitorio y lo acarició con parsimonia.
—¿Y a ti qué coño te pasa? —preguntó Eric ante la pasividad de Jota —.
¿Por qué tienes tan mala cara? Has dejado que conduzca Saúl, ¿verdad? Es un loco al volante, no sabe que hay que frenar en las curvas. La última vez vomité tres veces por el camino y encima… le tuve que decir que era culpa mía, porque me había sentado mal el desayuno.
—No me pasa nada —contestó Jota, mientras abría las puertas empotradas y observaba el interior oscuro y vacío del hueco donde antes estaban las cajoneras de madera —. Oye, Eric… ¿Estás al tanto de por qué hacen la charla en este piso? ¿Te han dicho algo los de Alerta 51?
—Al parecer este apartamento fue de un tipo ese que intentó matar a su familia y que luego se suicidó tirándose por la ventana. Dicen que antes había hecho una sesión de esas de psicomantiqum…
— Psicomanteum —le corrigió Jota casi en estado de choque.
—Eso mismo. Se conoce que después de hacer la sesión se le fue la cabeza. Al parecer empezó a ver cosas raras… Pero no sé nada más. Me han mandado montar la cámara en el salón para una sesión que incluirían en el programa.
Jota se acercó a la ventana y observó el patio trasero del bloque, cubierto por una zarza salvaje que había crecido sin control y que cubría casi por completo la vieja bignonia que trepaba hasta aquella altura. Volvió a su mente el recuerdo de haber jugado en aquel patio con su hermano, el trepar por el muro medianero y rasgarse la piel con aquella misma zarza. Su piel parecía conservar una mejor memoria que su propia mente y comenzó de nuevo a tensarse.
—Tienen preparado todo el tinglado en el salón con el espejo y demás
— continuó Eric, mientras miraba el reloj—. Joder, va a empezar ya.
Eric agarró a Jota del brazo y ambos salieron del dormitorio, encontrándose de frente con Saúl, que caminaba apresurado por el pasillo hacia ellos. Ambos frenaron en seco ante la mirada inquisidora de su jefe.
—¿Qué tal está tu prima Eric? —dijo Saúl con aires de triunfo y socarronería.
—¿Quién? —respondió Eric descolocado.
—La novia. Estoy impaciente por besarla y felicitarla — Eric se puso rojo y empezó a balbucear, antes de que pudiera decir nada Saúl se adelantó
—: Venga, te están esperando para empezar ya, no me hagas quedar mal después de recomendarte.
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