Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 39 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 39

Se sintió zarandeado y todos sus sentidos comenzaron a encenderse de nuevo. El tacto frío en sus hombros y el sonido que poco a poco se hacía más comprensible, así como la nitidez con la que a sus ojos se empezaba a definir todo a su alrededor. Había perdido el conocimiento y se había quedado apoyado en la pared en una postura calamitosa para su columna vertebral, que ahora que intentaba moverse se notaba que había quedado engarrotada. Trató de estirarse para mitigar aquel entumecimiento. El dolor, al poco, se trasladó a su garganta.

—¿Qué haces aquí tirado? —Fue la primera frase comprensible que codificó su cerebro mientras entendía que era su hermano Yago, quien en cuclillas, le preguntaba y le observaba expectante —. ¿Por qué no estás en el sofá? Anda, levántate.

Yago tiró del bíceps de Jota, mientras este apoyaba la palma en la pared para tomar impulso. Cuando logró incorporarse, Yago lo acompañó hasta el sofá y lo dejó caer a plomo.

—Voy a dormir un rato. He hablado con mamá y… quiere que vuelvas.

Jota miró a su hermano, aún aturdido.

—No pienso volver.

—Saldremos temprano. Iremos juntos al estreno y hablaremos cuando todo esté más tranquilo. ¿Te parece?

—No puedo…

—Necesitas ayuda.

—Te lo ha contado, ¿no?

—Jota…

—No sigas por ahí. No voy a volver.

Jota se quedó con la mirada perdida mientras observaba el gran ventanal.

—He recordado algo… De la noche después de tu cumpleaños.

Yago soltó la manta con la que pretendía cubrir el cuerpo helado de su hermano y se detuvo para escucharlo atentamente, no sin cierto temor por lo que podría revelarle.

—De cuando murió aquella amiga tuya…

—Eso fue hace mucho, Jota.

—Me está volviendo todo ahora… a la cabeza. Lo había olvidado todo.

La acampada, la muerte de…

—Mayra.

—Mayra, sí. Las discusiones de papá mamá, lo que vimos en el espejo del armario…

—Todo esto está removiéndote cosas en la memoria, pero algunas no son verdad y otras… otras es mejor no recordarlas.

—He visto otra vez al Señor Tiritas. Aquí mismo.

—¿De qué estás hablando?

—¿Por qué ha vuelto? ¿Tú has vuelto a ver a aquella niña?

—Ya te he dicho que no. Desde que terminamos la terapia no he vuelto…

—¿Y por qué yo sí?

—Recordar… no te ha venido bien. Nos llevó mucho olvidarnos de toda esa mierda, Jota.

—Con la doctora Medina, ¿no?

—Sí.

—Trabajaba aquí cuando éramos niños. Y fue aquí mismo donde pasamos una temporada, ¿verdad? Puede que hasta en esta misma habitación.

—Si no hubiese sido por ella…

—¿Y por qué sigues tú aquí? ¿Cómo puedes?

Yago apartó la vista avergonzado.

—Aquí estoy bien.

—¿No sales?

—A veces me voy un día… o dos, como mucho. Me escapo a la sierra con el telescopio… A veces incluso acampo para ver las estrellas. Pero no me alejo mucho de aquí.

—¿Por qué?

Y a la insistencia de Jota por saber hubo primero un silencio largo antes de que Yago se atreviera a responder:

—Tengo miedo a recaer. A volver a intentar destruirme, Jota. Siempre que me he alejado de este sitio… he acabado haciéndome daño, como cuando era adolescente. Este sitio es como un refugio para mí, un lugar seguro. Quizás no lo entiendas, pero a mí este sitio me salvó. Y lo sigue haciendo.

—¿Y vas a ir al estreno?

—Tengo que hacerlo, Jota. No me importa en este caso correr un riesgo si es por mamá. Y por eso te pido por favor que vengas conmigo. No quiero ir solo.

—No puedo… o la joderé otra vez.

Jota se levantó del sofá, agarró su macuto y metió todas sus cosas en él.

—¿A dónde vas?

—A buscar a Medina. Tengo que hablar con ella. Sé que está aquí en Madrid. Ayer tuvieron una fiesta durante la emisión del programa, así que buscaré donde pasa consulta y la esperaré el tiempo que haga falta.

—Y por qué no te quedas aquí… hablamos con los especialistas del centro.

Jota se colocó los zapatos y se puso de pie. Abrazó a Yago como seguramente no había hecho desde que era un niño. Y este no pudo evitar sentir un pinchazo en el estómago, y estuvo a punto de detenerlo para explicarle algunas cosas más, pero no se veía con el valor, los argumentos y las fuerzas necesarias. Por otra parte, en realidad el proceso ya estaba en marcha y creía que era mejor dejar a su hermano descubrir la verdad por sí mismo.

La verdad avanzaba como un glaciar dispuesto a encallar en la orilla, destrozando todo lo que a su paso se encontrara. Yago pensó en aquella canción de John Grant que hablaba sobre ello: el dolor como un glaciar que

se dirige hacia ti, abriendo grandes valles, pero a su vez generando nuevos y espectaculares paisajes.

Nada podía parar a su hermano, salvo la verdad. Y la verdad solo podía revelársela una persona.

Se oyó jaleo al otro lado de la puerta.

—Vienen a buscarte, Jota.

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