Una casa sin reflejos
Capítulo 14
Cuando se despertó seguía con la ropa puesta y el ordenador portátil, abierto aunque ya sin batería, peligraba al borde de la cama. Jota calculó que habría dormido un par de horas, después de haber estado dándole vueltas al asunto. Su mente no había parado de escudriñar en las honduras de su memoria para tirar del hilo de los recuerdos perdidos de la infancia.
Se incorporó sintiendo un dolor en las articulaciones, consecuencia tal vez de haber estado sobre la cama sin taparse del frío de la madrugada.
Cerró el ordenador, recordando que le habían dado las tantas buscando información en internet sobre el psicomanteum, o alguna referencia del caso en las noticias de la época, a través de la página oficial de la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica del Ministerio. Había indagado en foros extraoficiales, enviado correos electrónicos a sus fuentes más fiables, dentro del departamento de criminalística de la guardia civil, y consultado a varias webs de referencia relacionadas con el mundo de lo oculto. Todo ello con la vana esperanza de encontrar alguna clave que arrojase algo de luz sobre el caso. Pero no encontró nada que hiciera referencia a aquella fatídica noche, fechada por sus cálculos a mediados de septiembre de 1999. Su padre debió ser, a nivel informativo y estadístico, un suicida más.
Especuló con la idea de que debía existir alguna investigación alternativa sobre el suceso, ya fuera en los informes policiales o por parte de grupos cercanos a lo parasicológico y sobrenatural, especializados en temas que, por alguna razón, habían permanecido ocultos a la luz y a los taquígrafos. Alguien debía saber algo, aunque, con mucha probabilidad, los mayores conocedores debían ser algunos de los asistentes a la charla de la doctora Medina.
Jota estructuró un plan de investigación en su cuaderno negro. Apuntó a su madre y a su hermano Yago al principio de la lista, aunque subrayó a la que colocó en tercer lugar: Lourdes Medina.
No existían muchas noticias claras en la red que explicaran qué era el psicomanteum y, si se acotaba el filtro con alguna referencia a su padre, el resultado se reducía aún más.
Navegó usando el nombre de su padre «Juan Gris» más el término
«espejo», pero las únicas referencias que encontraba eran sobre el pintor cubista y su cuadro Naturaleza muerta con espejo. Nada que estuviese relacionado con su familia o alguna historia truculenta de apariciones en reflejos. En la noche infinita de internet no había rastro de que esa noche concreta hubiera existido.
Apuntó en su lista a Valentina y pensó en ir a visitarla a su casa, porque debía ser la única persona de confianza que podía llegar a descubrir, o aportar algo sobre el tema, estando trabajando en Alerta 51. Ahora estaba metida de lleno en ese círculo y, con toda seguridad, tendría que seguir investigando para el programa de la semana siguiente. Jota incluso cayó en la cuenta de que ella ya debía tener material recopilado que podría resultarle de utilidad.
Le vino a la mente Felipe, su antiguo vecino, que parecía formar parte del grupo de aficionados a la parasicología y que algún cargo tenía en la organización de las jornadas.
Jota pasó a otra página de su cuaderno y fue apuntando todo lo que había empezado a recordar: su calle, su antiguo piso; recuerdos de su infancia con su hermano, eventos, viajes con la familia… Quería llegar al fondo de la cuestión, pero sabía que debía ser muy discreto, seguir manteniendo el anonimato, pues a toda costa había que evitar que él se convirtiera en la noticia.
Estudió las estrategias a seguir para obtener información tanto de Valentina, como de Felipe; sin olvidarse de su hermano Yago, o de su propia madre. De entre todos los miembros de la lista, su madre sería, sin ninguna duda, la persona más inaccesible y la que menos información le aportaría.
Pensó que podría ser buena idea empezar por visitar a su hermano aprovechando que estaba en Madrid y que, al fin y al cabo, después del adiós de Saúl, se le había quedaba el fin de semana libre. Su hermano se había ido convirtiendo en un desconocido para él, en cualquier otra circunstancia no se le hubiera ocurrido de qué poder hablar con él, pero ahora sí tenía un motivo.
Por eso mismo agarró el teléfono y lo llamó. De repente el pulso se le aceleró y empezó a notar un frenético bombeo en el pecho mientras iban dando los tonos de llamada. Al ver que no había respuesta al otro lado el ritmo cardíaco volvió a su normalidad y Jota sintió cierta decepción.
Recogió sus cosas y salió del hostal sin disfrutar del desayuno que incluía la estancia. No le apetecía encontrarse con Saúl en el comedor. Y
más que hambre tenía ganas de aprovechar el día en la capital. Empezaría visitando a Valentina teniendo cuidado de no irse de la lengua y exponerle a ella los verdaderos motivos de sus preguntas, porque, aunque era su amiga, conocía bien el gremio y no sería raro que, tarde o temprano, ella misma pudiera intentar utilizarle para obtener un suculento reportaje para el programa Alerta 51. Pensó que nadie, por muy amigo suyo que fuera, podría resistirse a tener al protagonista de una historia de esas características y no intentar sacar tajada de ello, y menos en los tiempos televisivos que corrían. Se convenció de que no ocultárselo no era una cuestión de confianza sino de cautela.
Mandó un mensaje a Valentina desde el aparcamiento, preguntándole si podía verla para charlar un rato antes de volver a Jálivas, y ella le respondió de inmediato mandándole la ubicación de su nuevo piso. Jota le insinuó en un nuevo mensaje que le debía una explicación tras su aparición estelar en la grabación. Ella le respondió con dos emoticonos: el del pulgar hacia arriba y el del beso. Cuando Jota estaba a punto de arrancar el coche recibió un nuevo mensaje de Valentina:
«Me siguen encantado los palos de nata de la cafetería de la facultad…
te pilla de camino». Y con una sonrisa de felicidad Jota arrancó el coche.
Valentina le abrió la puerta de su apartamento en Lavapiés y una luz cálida inundó el estrecho y oscuro rellano. Recibió a Jota con una sonrisa y un abrazo tan fuerte que mientras se abrazaban él sintió cierto
remordimiento por haber pensado que ella podía ser capaz de traicionarle.
De todas formas la decisión ya estaba tomada, pasara lo que pasara, no le contaría nada.
Aplaudió emocionada dando pequeños saltos cuando Jota le enseñó el paquete con los dulces. Agarró el fardo de palos de nata y miró muy seria a su amigo.
—Espero que lo de ayer tenga una explicación médica… — dijo ella mientras le invitaba a pasar y cerraba la puerta—, que puedas achacarlo a un tumor en la cabeza que te esté presionando la masa cerebral, de lo contrario…
—Sí, pero tranquila que es benigno.
—Pues no me vale, así que búscate otra excusa — dijo Valentina apartando de una patada una aspiradora aparcada en medio del pasillo—.
¿Quieres café? Estoy de zafarrancho de sábado por la mañana y esperando que sean las doce para tomarme la primera cerveza.
—Vale. Yo me sentaré aquí tomándome el café mientras veo cómo limpias, porque eso sí que es noticia.
Valentina lo miró amenazante, mientras recogía varios cojines del suelo y pasaba la mopa por debajo del sofá.
—Es lo que tiene compartir piso. No me puedo escaquear y vivir en mi propia mierda.
—Una pena, claro. Pues… me gusta tu piso — indicó Jota, observando a su alrededor—. Así que… ¿sigues compartiendo piso?
—Sí. Tengo un compi que se llama Rober… que por cierto no sé dónde está. Trabaja de bailarín en el musical de El rey león. Es muy majo y a las vecinas les encanta. Se creen que estamos casados. Me parto con ellas.
Valentina apoyó la mopa contra la pared y se acercó a la barra americana, secándose el sudor con la manga de la sudadera. Metió una cápsula en la máquina y comenzó a sacar los dulces del envoltorio.
—Tú eras de café solo, ¿verdad?
—Sigo igual.
—Bueno, eso de que sigues igual… Estás estropeadillo, perdona que te diga.
—Es lo que tiene trabajar por la noche.
—Ya, Saúl. Que te da muy mala vida —dijo Valentina, chupándose la nata de los dedos —. Volviendo al tema… Si lo que querías era salir en el programa ya podías haber hecho algo más llamativo. No sé… aparecer en pelotas delante del espejo… No sé…
—Pues mira, no se me ocurrió…
—¿Tú te has quedado tarado con la vuelta al pueblo o qué? Menos mal que te echaron rápido, que si no se podía haber liado.
—Gracias por cubrirme.
—¡Me acojonaste tío! Se suponía que era una simulación. Yo estaba toda concentrada y conteniendo la risa con lo de la relajación. Y de repente veo a alguien aparecer por la rendija de la puerta del baño en plan Posesión Infernal. No grité de milagro… aunque eso les hubiese encantado.
—¿Entonces no viste nada? ¿A parte de mí?
—¡Qué va! Todo era puesta en escena para el programa. Yo ni por asomo alcancé el supuesto estado alterado de consciencia. Pero bueno, ya lo verás en el programa. Y a ver cómo queda. Espero que no muy ridículo, porque va a ser mi primera aparición en la tele.
Valentina puso el café delante de Jota y dio otro bocado a uno de los pasteles.
Jota se sirvió una pizca de azúcar y observó a su amiga disfrutando del festín.
—Entonces, ¿te han encargado a ti la investigación de ese tema? ¿Lo del psicomanteum y lo que ocurrió con la familia de esa casa?
—¡Sí! ¿Qué te parece? Estoy que no me lo creo. Es mi primer reportaje.
—Y… ¿Tienes ya mucha información?
—De momento no mucha —dijo ella, limpiándose los dedos y cogiendo otro dulce —. He entrevistado a la doctora Medina y estoy poniéndome en contacto con otros miembros de su antiguo grupo de parasicología y que al parecer hicieron más sesiones de este tipo.
—¿Crees que alguno llegó a conocer a la familia? ¿O si ayudaron al padre a hacer la sesión?
—Pues no lo sé aún, pero por lo que me comentó la doctora… Este hombre actuó por su cuenta. No era miembro del grupo.
—¿Y la doctora tampoco tuvo algún tipo de relación con él?
—Según me dice: no.
—Y… ¿vas a volver a entrevistarte con ella?
—No, ya no. Ayer cerramos la entrevista en las jornadas porque hoy se iba de viaje a Barcelona, a una ponencia sobre psiquiatría infantil. Creo que vuelve directamente para la grabación del programa al final de la semana que viene.
—Vaya. Hubiese sido interesante hablar con ella… Ayer me quedé con las ganas.
—Pues sí que te ha despertado interés el asuntito, ¿no?
—Estoy un poco sorprendido, la verdad.
—De momento en el próximo programa se hará una breve introducción al tema con las imágenes de la sesión de ayer y una entrevista en plató con la doctora Medina a propósito del psicomanteum, pero no se ahondará en quién era esta familia, o dónde están ahora, pues de momento nada se sabe.
Eso sí que sería un pelotazo descubrirlo…
Jota clavó la mirada en la oscuridad de su café y dio un sorbo.
—Lo que me han pedido es que siga investigando para ver si se puede ampliar el tema para un segundo programa. Y en eso estoy — comentó Valentina con naturalidad, mientras reparaba en Jota y su cara de preocupación.
—¿Estás bien? Te has quedado un poco blanco.
—Estoy bien —dijo Jota reaccionando con lentitud —. Ya te lo he dicho… Es por trabajar por las noches… Y por este café que me has puesto, claro.
—Si encuentras tú algo podríamos colaborar. Podría comentárselo a los de Alerta 51 — apuntó Valentina.
Jota apartó la mirada de su amiga y se levantó de repente del taburete en el que estaba sentado, dejándolo caer al suelo.
—Tengo que irme ya —se excusó Jota, mientras levantaba el taburete —. Tengo que ir a comprarle un regalo a mi hermana antes de volver a casa.
Valentina observó atenta a Jota.
—¿Cómo van las cosas por Jálivas?
—Bien, bien…
—¿Qué tal tu madre y tu hermana?
Jota se quedó paralizado un momento y con la mirada perdida. Cuando reaccionó miró a Valentina que lo observaba extrañada.
—Oye… ¿hay alguna tienda de instrumentos musicales por aquí cerca?
Valentina acompañó a Jota hasta una pequeña tienda de música de su barrio. Tras la compra de una flamante flauta travesera nueva para Nerea, pasearon y charlaron recordando batallas de los años de la facultad y se pusieron al día con todo lo que sabían de los antiguos compañeros. Jota mayormente se limitó a escuchar porque había perdido el contacto con todos ellos.
—Esa flauta travesera va a encantarle a tu hermana — dijo Valentina, mientras se tomaban una cerveza fría en un velador al sol.
A Jota le reconfortó pensar que al menos podría pasar el día del cumpleaños con su hermana Nerea. El cambio inesperado de acontecimientos traería algo positivo y asintió pensando en la cara que pondría cuando le viese aparecer con el regalo.
—Estás raro.
Jota miró a Valentina con los ojos entornados por la claridad. Era una mañana de sábado demasiado soleada para la época del año en la que estaban, y le recordó a las cervezas que se tomaban en el campus después de clase de Fundamentos de la Comunicación.
Jota dio un sorbo a la cerveza y se reclinó en la silla de plástico.
—Madrid me está trayendo demasiados recuerdos — respondió Jota, acompañando el comentario con un suspiro.
—Pues vente de nuevo —dijo Valentina tajante.
—No puedo. Ahora no.
—Jota y sus misterios. Si es que sigues igual. Qué trabajito te cuesta…
¿Siguen esos cabos sueltos en Jálivas?
—Ahora más que nunca.
Hablaron durante más de una hora. Valentina le contó su última y desconcertante relación con una yudoca profesional, que terminó con ambas en urgencias. Le confesó que desde entonces había cambiado hasta su forma de vestir y su peinado, para alejarse de aquella relación tóxica que la dejó diezmada.
Le contó que gracias a su blog, en el que escribía bajo un pseudónimo sobre temas paranormales había conocido a Carlos Navas. El director de Alerta 51 le había mandado un correo electrónico, tras leer varios de sus artículos, donde le contaba que le gustaba mucho su estilo y su profesionalidad. Llegó en el momento justo, pues por esos días se estaba pensando si volver también a su pueblo natal en el Aljarafe sevillano, que a decir verdad, hubiese sido un suicidio programado.
Jota la escuchó durante todo ese rato de charla, aunque a veces la cabeza le jugaba una de las suyas y se enredaba en sus propios pensamientos. Él no le contó nada de Jálivas. Nada le mencionó de su encuentro fortuito en la gasolinera con Olga, ni tampoco nada sobre cómo se había sentido, a pesar de que la piel casi se le rompía, al verla con otro chico en la puerta de un teatro, saliendo del ensayo de la obra que dirige su propia madre y en la que ella era la protagonista. No le contó nada de sus cabos sueltos. Ni siquiera de los flecos.
—Bueno, pues nos vemos pronto.
—Sí claro, pero llámame de vez en cuando, ¿quieres?, o al menos escríbeme — le decía intuyendo que tal vez él se sentiría más cómodo así.
Jota no sabía cómo, pero quería pedirle que compartiera con él toda la información que fuese encontrando sobre el caso del piso de la avenida de los Descubrimientos, pero no quería dar pie a posibles sospechas. Valentina era lista.
—Estaré pendiente de tu trabajo. Ahora que estás por la tele podré verte más — dijo Jota en un intento de sacar el tema que le interesaba.
—Si descubres algo del tema ya sabes, ¿vale? — dijo Valentina.
—Lo mismo te digo —replicó Jota, apenas sin pensar, mientras la abrazaba.
En su camino de regreso a Jálivas, Jota aparcó delante del bloque de pisos de la avenida de los Descubrimientos y observó el ventanal del balcón del 2.º B desde dentro del coche. El edificio parecía diferente a la luz el día y pudo reparar en que, tanto la calle como el propio bloque de pisos, tenían un aspecto más descuidado de lo que había vislumbrado bajo la luz de las farolas.
Los recuerdos se hicieron vívidos de nuevo y se sintió poderoso pensando que su familia no tenía ni idea de dónde estaba en ese preciso momento y lo que había descubierto. Pensó que el Jota que verían a su regreso no sería el mismo, ni ellos serían ya los mismos para él. Fuese cual fuese la verdad, un muro se había caído ante ellos y los había hecho más vulnerables, pero también los había acercado a él como nunca antes había sentido. No sabía si de esa unión surgiría un refuerzo o acabaría con ellos para siempre, pero ahora, justo en ese momento, sentía estar junto a ellos.
No sentía rabia por no saber más de aquellos acontecimientos. No sintió furia contra su madre por ocultárselo a un niño de cinco años, pues qué no haría una madre por proteger a sus hijos, aunque eso hubiera supuesto separarlos y esconder una verdad vergonzosa e innecesaria para una mente inocente e inmadura. Pero ya no eran unos niños. No sintió ningún reproche, pero quería saber la verdad.
Jota sacó su teléfono móvil y buscó a Yago entre sus contactos, sin dejar de observar la puerta del bloque de pisos, por si aparecía la señora Delfina o su hijo. Pulsó el botón verde, tras vacilar varias veces, y esperó a escuchar el tono. Durante los tonos de espera Jota recordó la antigua tienda de reparaciones informáticas de su padre, ahora convertida en copistería. Se vio jugando en la calle con Yago y los amigos de su hermano, a los que admiraba porque tenían una peonza de madera que bailaban en la acera y a la que sacaban punta para que girase estática en un mismo punto. Recordó el cumpleaños de Yago de aquel verano del 1999 y se estremeció al oír el mensaje automático que indicaba que estaba apagado o fuera de cobertura.
Jota volvió al presente y salió del coche para acercarse directamente al portal del bloque de pisos. Observó el telefonillo y marcó, durante unos segundos, el pulsador del 2.º A sin obtener respuesta.
Se quedó observando el escaso trasiego de la copistería y reparó que Felipe se encontraba detrás del mostrador, y junto a él un señor mayor con barba y enormes gafas. Se acercó a la puerta y desde antes de entrar ya notó la penetrante mirada de su antiguo vecino.
Felipe salió de detrás del mostrador en un intento de que Jota no llegara a adentrarse en el local. Y antes de que este le dijera nada Jota se adelantó:
—Eres el hijo de Delfina, ¿verdad?
—Soy Felipe —contestó el muchacho con recelo.
Jota percibió por la forma de hablar de Felipe que tal vez podía tener cierto trastorno en el desarrollo intelectual y recordó entonces que, aunque era algunos años mayor que su hermano, siempre se relacionaba con niños más pequeños.
—Soy… —Jota hizo una pausa. Consideró que no debía revelar su identidad —. Estuve en las jornadas de ayer…
—Ya lo sé. ¿Qué quieres?
—Me gustaría hablar contigo…
—¿De qué? —preguntó Felipe, esquivo y mirando a su alrededor con desconfianza.
—Tú vivías aquí cuando sucedió, ¿no?
—Yo no sé nada.
—Pero, tú estás en la organización de las jornadas… Algo tienes que saber.
—No sé nada. Yo no sé lo que pasó.
—¿Y quién lo puede saber? ¿Tu madre, quizás?
—Nadie. Nadie estaba aquí cuando pasó. Lo que se sabe es lo que dijo la doctora ayer… Yo no sé nada más.
—Y… ¿No escuchaste nada?
—Mi madre te dijo que te fueras… Vete, tengo que volver al trabajo.
Felipe se giró y caminó desgarbado hacia la tienda.
—Algo tienes que saber… Tienes que acordarte de algo. ¿Viste algo?
—Nadie vio nada.
—Y entonces… ¿por qué tanto interés como para reunir aquí a un programa de televisión?
Felipe se giró y se acercó de nuevo a Jota.
—Porque no paraban de preguntar. ¡No nos dejaban en paz! ¡Queremos estar en paz! Ese hombre se tiró y nadie sabe qué paso. Solo él y su hijo.
Estaban solos… no había nadie más.
—¿Nadie? —preguntó Jota extrañado—. ¿Y dónde estaban la madre y el otro hermano?
—En el hospital. Pero no había nadie más. No paráis de hacer las mismas preguntas una y otra vez. Queremos que nos dejéis en paz. No nos
molestéis más. Nos dijeron que sería solo una vez y que ya no preguntaríais más…
—¿Os han ofrecido algo a cambio?
Felipe caminó hacia la tienda y entró, dejando que la puerta de cristal golpeara con fuerza.
Empezaba a oscurecer y Jota quería llegar a su casa esa misma noche, aunque aún tenía por delante unas cuatro horas de camino. Su hermano no había respondido a sus llamadas, por lo que decidió poner rumbo de nuevo a Jálivas.
Paró en una gasolinera y se compró un sándwich de atún, un paquete de patatas fritas y una lata de refresco. Se llenó el depósito de combustible (esta vez de su bolsillo) observando los últimos rayos del día, con el fondo hipnótico y musical del sonido de los coches pasando a toda velocidad por la carretera.
Se comió el bocadillo en tres bocados y abrió el paquete de patatas a la vez que daba un sorbo a la lata y, al entrar de nuevo al coche, vio luz en la pantalla de su teléfono. Jota agarró el móvil dejando caer como pudo los víveres en el asiento del copiloto.
—¡Yago! —exclamó con incredulidad.
—Jota. Acabo de ver tus llamadas —respondió Yago, con ese característico tono suyo, siempre tan calmado —. ¿Qué ha pasado?
—Nada. No pasa nada. Era tan solo por hablar.
Ambos se quedaron en silencio, pasaron unos segundos que se hicieron eternos. Se conocían lo suficientemente bien como para saber que nunca antes se habían llamado solo por charlar y que una llamada siempre suponía algo más y, por norma general, algo malo.
—¿Cómo estás? —preguntó Yago tomando la iniciativa.
—Bien. No quería preocuparte. Era tan solo que… Estoy en Madrid y…
tenía pensado parar en Reinalto y, bueno… pensé que si tenías tiempo igual podría pasarme a verte un rato.
Se hizo de nuevo un silencio en la comunicación.
—Me has pillado echando el día fuera… He estado de ruta por la sierra y no tenía cobertura. Me han saltado las llamadas ahora. El viernes que
viene es el estreno de la obra de mamá, ¿no? Nos veremos allí, así no tienes por qué desviarte.
—Ya… bueno… es que…
—¿Ha pasado algo?
Jota quiso contarle lo que había descubierto y explicarle cómo se sentía, pero se dio cuenta de que estaba hablando con un desconocido y la frialdad en el trato bloqueó sus intenciones. Prefería hablarlo en persona porque aquella situación podría dar lugar a más mentiras.
—No, no ha pasado nada.
—¿Va todo bien? ¿Qué haces por Madrid?
—He venido por un tema de trabajo. ¿Tú qué tal? ¿Sigues trabajando en la residencia?
—Sí.
—Oye, y… ¿dónde estás ahora? ¿Estás en tu piso? — preguntó Jota, tras carraspear su voz para hacerle la pregunta.
—Pues me iba a meter ya en la cama. Ya sabes los horarios que tenemos aquí en el centro… — indicó Yago con total normalidad—. Mañana me toca guardia muy temprano.
Jota asintió y se frotó la frente cerrando los ojos con fuerza.
—Ya…
Los hermanos guardaron un nuevo silencio, más largo aún que los anteriores, hasta que Yago se decidió a romperlo, siendo consciente de la verdadera razón de la conversación.
—¿Vas a decirme qué es lo que pasa?
—Me gustaría verte…
—Tengo que trabajar, Jota… No puedo. Nos veremos el viernes para el estreno. Estaré allí varios días y tendremos tiempo de sobra para hablar de lo que quieras.
—De acuerdo…
—Mañana es el cumpleaños de Nerea, ¿no? —dijo Yago, cambiando de tema —. Dale un beso fuerte cuando la veas. Dile que ya le daré su regalo el viernes.
—Se lo diré —dijo Jota con pesadumbre.
—¿Todo bien con mamá?
—Bien…
—Nos vemos pronto Jota.
—Sí.
Yago cortó la llamada y Jota se quedó pensativo mirando el móvil por unos segundos… casi no acertaba a saber si la llamada había sido real o no.
Aún estaba en la conversación, analizando las palabras de su hermano y asimilándolas. Sintió a su hermano a años luz de distancia emocional de él.
Yago tenía cosas enterradas en su mente como las tenía él, pero tal vez su hermano, mayor que él, no había olvidado todo lo que les había sucedido, y por eso aún seguía huyendo; en una fuga tanto física como mental.
Jota condujo toda la noche de un tirón hasta llegar a Jálivas de madrugada. No había parado de darle vueltas a la cabeza. Había viajado sumido en un letargo mental y apenas recordaba el recorrido.
En casa, su madre y su hermana, dormían plácidamente, pero Jota no pudo esa noche conciliar el sueño. Notó la pesadez de su cuerpo y el cansancio acumulado en sus músculos, pero su mente estaba muy despierta, activa y en alerta.
Jota comenzó a buscar, en los grandes cajones del mueble del salón, los álbumes de fotos que su madre guardaba junto a las garantías de los electrodomésticos y las facturas de teléfono, la luz o el agua. Sacó todos los álbumes que encontró, los sobres de cartón de las distintas casas de revelado y los montones de fotos sueltas en el fondo del cajón. Comenzó a pasar las fotos con gran rapidez, mientras las iba apilando en la mesa de centro.
La mayor parte de las fotos pertenecía a la época en que Nerea era pequeña, de su nacimiento y sus primeros años, con Víctor, su padre, pero ni rastro de fotos más antiguas. Miró en los álbumes de fotos de anillas que imitaban las cubiertas de un libro viejo. Revisó todas las imágenes, pasando las páginas casi con esquizofrenia y provocando que algunas de las fotografías se desprendieran del adhesivo y se colaran por el cobertor de plástico que las protegía. Los álbumes de anillas no tenían muchas páginas, y cada página contaba con algún hueco, limitando la exposición de fotos a una muestra muy escueta y simple de lo que la vida de su familia debía haber sido.
No encontró ni una sola fotografía de su padre; ni una que se hubiese colado por error, en la que apareciese el piso de la avenida de los Descubrimientos o hiciera referencia a esa época.
Jota halló una imagen suya con su hermano Yago que ubicó próxima a esa época borrada. La fotografía era de la celebración de un cumpleaños, al principio no tenía claro si era suyo o de su hermano. Escudriñó la foto en busca de pistas en el fondo de la imagen, pues como buen periodista que era sabía que buena parte de la información fundamental suele ocultarse en los detalles de fondo, que a menudo se pasan por alto, y no en lo que se supone que debe captar nuestra atención. A pesar de su pormenorizada revisión solo pudo corroborar que estaba hecha ya en la misma casa en la que vivían ahora en Jálivas; la casa de su abuela Florencia, ya fallecida. Por el número de velas, en la tarta de galletas y chocolate, la instantánea era posterior a la muerte de su padre.
Su madre parecía haberse dedicado a borrar meticulosamente toda posible huella del pasado. Ni una referencia a su padre, ni al piso de Madrid. Como si el pasado vinculado a su infancia no hubiera existido y todos hubieran vuelto a nacer después de aquella fatídica noche de verano.
Jota guardó de nuevo todos los álbumes, y los sobres con las instantáneas, salvo la imagen de cumpleaños con su hermano Yago.
Y no conforme con aquel registro en los archivos fotográficos familiares acabó revisando, aunque sin éxito, todos los libros de la estantería, por si alguno fuera que contuviese entre las páginas alguna foto extraviada que diera información de aquella época.
Ahora sí, Jota se desmoronó decepcionado en el sofá y, mirando su propio reflejo en el televisor, se quedó dormido.
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