Una casa sin reflejos
Capítulo 16
Jota durmió durante toda la mañana y parte de la tarde del domingo. Había dormido un total de dos horas en los últimos dos días y no escuchó nada cuando su madre y Nerea salieron del apartamento. Su hermana le había dejado una nota adhesiva pegada en la pantalla del televisor, indicándole que se iban a comer a la feria. Estaba firmada con una enorme cara sonriente dibujada y dos corazones rojos por ojos. Mientras la observaba, la nota adhesiva se desprendió de la pantalla cayendo al suelo. Jota observó su reflejo y se vio tumbado en el sofá, del que aún no podía levantarse ni moverse.
Un golpe de realidad empezó a hacer mella en su mente. Se acordó que ya no tenía trabajo y que hoy se celebraría el último día de las jornadas.
Saúl, Eric y su amiga Valentina estarían juntos celebrándolo como si de una broma del destino se tratase, la vida los había unido mientras a él le dejaban al margen.
Tuvo la intención de llamar a Eric para que le contase cómo había ido la grabación de las sesiones, y disponer de él como de un informante más, pero no quería causarle problemas justamente ahora que estaba en medio de un periodo de pruebas. Pensó que Eric podía llegar a ser clave un poco más adelante, y pensando en estos cálculos cayó en reflexionar si con todo este asunto no se estaba convirtiendo él en una persona que exclusivamente se empezaba a mover por interés personal. No quiso profundizar mucho más sobre esto, pues en realidad había llegado a un punto en donde le daba igual, porque nada estaba por encima de ese interés por descubrir la verdad sobre su familia, lo que había ocurrido aquella noche en la que, estando a solas con su padre, este intentó «presuntamente» matarle.
Volvió la vista a su propio reflejo en el televisor y pensó que conociendo ya la técnica del psicomanteum, pues la había leído en el libro de Moody y había sido testigo de la puesta en escena en la ponencia de la doctora Medina, no veía descabellado intentar practicarla por su cuenta para supuestamente tratar de contactar con su padre.
Un pensamiento se apoderó de la mente de Jota: si una vez había sido capaz de ver algo más allá del espejo, podría volver a verlo. Puede que los niños tengan, como se cuenta, más facilidad para «ver» este tipo de cosas, pero si también su padre lo había conseguido, ¿por qué no él?
Si los vivos no estaban dispuestos a contarle mucho más acerca de una verdad que había sido erradicada de su vida, por qué no probar con los muertos. Jota estaba solo en casa, cualquier otro veinteañero hubiese optado por ponerse porno y masturbarse, pero Jota, que no se quitaba el asunto de la cabeza, pensó en cómo montar una sesión de psicomanteum allí mismo sin necesidad de ayuda. En realidad tan solo necesitaba un espejo grande y una vela colocada en una mesita. Necesitaría también oscuridad absoluta y mucho silencio para poder alcanzar un estado de relajación cercano al trance que le alterara el estado de consciencia al que todos se referían con tanta significación.
Jota se levantó del sofá y fue a la habitación de su hermana. Agarró el tocador de Nerea y lo arrastró hasta el salón colocándolo delante de uno de los sillones. Pasó por la cocina para proveerse de una de las velas de aroma a dulce de leche que su madre guardaba en uno de los cajones. Ya con toda la puesta en escena lista cerró la persiana de la ventana del salón y encajó todas las puertas que daban a la cocina y al pasillo para quedarse totalmente a oscuras. Encendió la vela y se acercó al espejo al tiempo que su corazón empezaba a galopar. Se sentó en el sillón y apoyó la vela sobre la mesita sin dejar de observar su propio reflejo, que por el efecto de la luz de la vela casi convertía el espejo en una especia de bandera ondulante. Se acomodó en el respaldo y lo reclinó hasta que perdió de vista su propio reflejo, observando tras de sí la oscuridad del pasillo y la tenue silueta en movimiento de los marcos colgados en las paredes blancas teñidas del leve fuego de la candela.
Jota apoyó la cabeza en el sillón y empezó a hacer respiraciones profundas, cerrando los ojos para concentrarse al máximo posible y calmar
enteramente sus nervios. Con la uña del dedo índice comenzó a tirar de la agrietada uña de su dedo pulgar hasta llegar a la cutícula. No se percató de ese gesto automático hasta que se arrancó un trozo de piel y la sangre brotó acompañada de un desagradable escozor. Se chupó la sangre con los ojos cerrados y volvió a colocar las manos sobre los reposabrazos, esta vez con los puños cerrados, señal de que todavía sostenía una fuerte carga de tensión. Continuó con los ejercicios de respiración tratando de alcanzar un ritmo cada vez más pausado iba exhalando todo el aire que cabía en sus pulmones y luego los vaciaba muy lentamente hasta que no quedaba ni la más mínima señal de aire dentro. Esos segundos sin oxígeno Jota los iba prolongando en cada respiración y era lo que le servía para relajar poco a poco los músculos de su cuerpo y liberar su mente de otras preocupaciones.
Así estuvo hasta que pasados unos minutos abrió los ojos y sintió una leve sensación de mareo. Las palmas de las manos, que ya estaban abiertas, descansaban sobre el sofá como dormidas. Miró hacia el reflejo, observando las formas hipnóticas de las luces y las sombras. Intentó no parpadear y el efecto de la luz fue desapareciendo, generándose poco a poco la oscuridad a su alrededor. Pero su corazón comenzó de nuevo a acelerarse y notó como la presión en su caja torácica iba aumentando, dejándole sin respiración. Las manos y brazos se tensaron y se incorporó tocándose el pecho, asustado. Notó que se había debido quedar pálido porque hasta un sudor frío le recorría la frente. Se frotó la cara en un intento de ayudar para recuperar la circulación de la sangre y notó que sus manos le temblaban. Se dio cuenta que en cierta forma estaba perdiendo el control de su propio cuerpo cuando intentó ponerse de pie y al instante volvió a caerse en el sillón como si le hubieran fallado las piernas.
Jota ahora se quedó echado con las manos posadas sobre el pecho. Tenía la boca muy seca y continuamente necesitaba tragar saliva, el pulso seguía galopándole a una velocidad que él no podía controlar del todo. Pensó en la posibilidad de beber un trago de algún licor de la alacena que le ayudara a terminar de calmarse, pero tuvo el temor de que pudiera influir negativamente en la posible visión.
Llegado a un punto, Jota logró levantarse, tras recuperar el control de su capacidad motora, y se dirigió hasta el mueble de las bebidas. Agarró la
primera botella que vio, que era de vodka, y le dio un trago largo al más puro estilo Bukoswki, gesto que acabó siendo algo ridículo y cómico cuando se vio en el espejo la mueca esperpéntica que se le quedó en la cara al bajar la botella y sentir esa quemazón recorriéndole todo el esófago como una llamarada. Se dejó caer en el sillón y siguió bebiendo.
El sonido del móvil le despertó una hora más tarde.
OceanofPDF.com