Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 30 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 30

Si había existido alguna remota posibilidad, por pequeña que fuese, de que Ángela y Víctor retomaran su relación, aquella misma noche se había diluido por completo.

Ángela acudió a la llamada desesperada de Nerea y se encontró a su hija de rodillas junto a Víctor, que yacía aún en el suelo del dormitorio junto a una mancha de sangre oscura.

El corazón le dio un vuelco. El pánico nubló su vista y su frente se cubrió de frías gotas de sudor. Sacó su móvil sin poder mediar palabra y marcó.

Nerea miró a su madre, y aunque los ojos los tenía enrojecidos por el llanto pudo dedicarle a Ángela una mirada cómplice, como delatando que algo que ya esperaban había sucedido al fin.

—Estoy bien —masculló Víctor, abriendo los ojos y volviendo su mirada hacia Ángela, que se cubría la boca con las manos.

Ángela se acercó a Víctor y notó su respiración entrecortada. Observó la herida de su cabeza que ya había formado un coágulo que frenaba el sangrado.

—Tranquila, se pondrá bien —dijo Ángela a Nerea, con la serenidad que le fue otorgando la sensatez —. Solo es un corte. Con unos puntos se le va a curar.

Ángela reparó en la flauta. Había aterrizado debajo de la cama y mostraba rastros de sangre en la boquilla.

Víctor intentó incorporarse y el leve movimiento del cuello le dibujo una mueca de dolor en el rostro.

—No te muevas. Estoy llamando a la ambulancia.

Ángela apoyó su mano en el hombro de Víctor e intentó transmitirle tranquilidad con la mirada, pero los ojos de su ex no disimulaban la frustración que sentía en ese momento. Y lo supo. Supo que aquella relación de confianza mutua, de secretos familiares, de aceptación de lo inaceptable, había llegado a su fin. Sabía que todo estaba desgastado, roto, pero confiaba en que Víctor nunca hablaría de aquello. Que no pondría en peligro a la que había sido también su familia. Ángela se dio cuenta de que quizá no había merecido la pena ocultar por tanto tiempo la verdad; que Víctor no debía haber sido cómplice de aquella ingenua estrategia, que no le había tratado con el respeto que se merecía en favor de sus propios intereses, y sobre todo de los de Jota.

Pensó que todo llegaba por una razón y que sería lo correcto, por fin, que su hijo descubriera toda la verdad.

—No hace falta una ambulancia… Podemos ir en el coche. No es más que un corte — respondió Víctor.

Desde su posición, Ángela intentó levantar a Víctor. Consiguió incorporarlo y, apoyado en su hombro, caminaron hacia el pasillo. Ángela observó las cajas de zapatos tiradas por el suelo de su habitación y comprendió lo sucedido.

—Tranquila —susurró Ángela dirigiéndose a Nerea que buscaba el indulto con su mirada.

Ángela acompañó a Víctor a la sala de suturas y esperaron a que llegase alguien para coserle la frente abierta. El oftalmólogo ya le había examinado el ojo, retirando los restos de cristal de su córnea. Había tenido suerte de no perder el ojo.

Desde la sala ambos podían ver a Nerea a través de la cristalera que comunicaba con la sala de espera. La sala estaba vacía y Nerea jugaba sentada con su koala de peluche.

—¿Estás mejor? —preguntó Ángela, observando el parche de su ojo.

—Aún algo mareado —respondió Víctor sin mirarla.

Los silencios se hacían eternos, pero ninguno quería sacar el tema.

—¿Por qué no os vais ya a casa, Ángela? Mañana hay colegio. Yo cogeré luego un taxi.

—No digas tonterías, Víctor.

Volvió el silencio entre ellos durante el ir y venir de enfermos por el pasillo de urgencias.

—Nerea dice que Jota se ha ido a Madrid —dijo Ángela, rompiendo el silencio y afrontando la conversación que tarde o temprano acabarían teniendo —. Tardará un tiempo en volver.

—No quiero que vuelva a acercarse a mi hija.

—No le ha hecho nada…

—Se acabó, Ángela. Es hora de que pongamos las cosas claras y seamos sinceros. Esto ya no se sostiene. Mientras tu hijo ha estado fuera hemos estado bien, a pesar de no estar juntos… Pero tengo que desvincularme de todo esto. Por Nerea y por mí…

—Hablaré con él…

—¿De verdad? ¿Y solo hablar servirá de algo? Tu hijo necesita ayuda y, además, saber la verdad.

—No es tan sencillo, Víctor. Ya lo sabes.

—Y mientras más tiempo pase, más difícil será. Pero está claro que es el momento. Está volviendo, ¿no lo ves? No pienso permitir que le haga daño a mi hija. No lo voy a consentir, te lo juro por Dios.

—También es mi hija.

—Pues actúa de una vez… ¡Joder!

—Hablaré con él, pero deja que lo haga a mi manera.

—No.

—¿No qué?

—Que ya no se va a hacer a esa manera. No con mi hija corriendo peligro.

—¿Qué quieres decir?

—Que voy a denunciarle. Voy a denunciar esta agresión, Ángela. No pienso pasar esto. Ya no.

La enfermera apareció con el material de sutura y ambos frenaron el tono de la conversación.

—Esperaré fuera con Nerea —dijo Ángela con la mirada perdida e intentando controlar la furia y la frustración que sentía en ese momento.

Se sentó junto a su hija y esta se le abrazó.

—Lo siento, mamá.

Ángela agarró la cara de su hija con dulzura y le miró a los ojos.

—Escúchame, cariño. Tú no has hecho nada malo, ¿de acuerdo?

—Encon-tdó la caja… yo no le dije nada.

—No pasa nada. Es mejor así. ¿Estás bien?

La niña asintió con los ojos de nuevo envueltos en lágrimas.

—Tu hermano te quiere mucho, pero… hay veces que es mejor que las personas que queremos estén lejos, porque es lo mejor tanto para ellas como para nosotros, ¿entiendes?

—Sí… ¿Cómo Yago?

Ángela asintió y abrazó a la niña, controlando su emoción.

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