Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 13 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 13

El piso estaba a oscuras y Jota sacó su teléfono para iluminar el pasillo y no tropezar con nada. En un primer momento avanzó lento y cauto, pasando por la puerta de la cocina donde habían apilado varias cajas de latas de refresco y cerveza. Ya envuelto de lleno en el subidón de adrenalina pensó que debía ejecutar su plan rápido y sin titubeos ante la posible opción de que regresara a la casa el hijo de Delfina.

La distribución de los dos apartamentos era idéntica, aunque simétrica.

El pasillo giraba en el sentido contrario y distribuía las estancias al revés.

La puerta de la habitación principal estaba abierta y de ella salía una luz cálida que se podía corresponder con alguna pequeña lámpara de noche. No recordaba que la señora Delfina estuviera casada, pero quién sabe después de tanto tiempo si podía haber una tercera persona en la casa.

Sin pensárselo dos veces Jota entró en el cuarto de baño. Cerró con cuidado la puerta y justo en ese preciso momento se oyó el leve chirrido de las bisagras de la puerta principal. Prestó atención tras la puerta y cayó en la cuenta que no había desactivado el sonido del teléfono móvil, así que en un gesto nervioso pudo dejarlo en modo silencio y bloquearlo para que la luz no le delatase. Notó cómo se le aceleraba el pulso mientras esperaba inmóvil detrás de la puerta tratando de no hacer ningún ruido. Pudo oír el claqueteo de las latas de cerveza, que fueron la antesala del cierre de la puerta y del seco estruendo del cerrojo y luego unos pasos que se acercaban por el pasillo.

Ya no había vuelta atrás. Retiró la cortina de la bañera con suavidad para que las argollas de plástico no hicieran ruido al rozar con la barra metálica que la sostenía. Miró hacia el pequeño ventanuco que comunicaba con el hueco de ventilación vecinal y se asustó al verlo más pequeño de

cómo lo recordaba, ahora no tenía tan claro que pudiera caber por el hueco para pasar al otro lado.

Jota introdujo los pies dentro de la bañera y abrió el pestillo de la vieja carpintería de madera astillada que sostenía el rugoso cristal esmerilado.

Desplegó la hoja de la ventana y, tras colocar el pie derecho sobre la grifería de la bañera, se impulsó hacia el hueco. Logró sacar medio cuerpo fuera y, a pesar del escaso ancho que le dejaba el marco, pudo pasar la pierna izquierda, quedándose a horcajadas sobre el pretil.

Jota alcanzaba a ver desde allí que la luz del otro aseo estaba apagada.

Por un momento volvió a recordar la noche en la que escapó del cuarto de baño y se coló por la ventana anexa de la despensa. Cayó en la cuenta de que ahora, muchos años después, la situación había cambiado, ya no escapaba, sino que intentaba volver al punto donde todo había comenzado.

Tras observar, a su alrededor, que ninguna de las ventanas que daban al hueco de ventilación estuviese abierta o con alguna luz encendida, Jota estiró el torso y el brazo derecho hasta llegar a la ventana del baño del piso adosado, lo que provocó que perdiera un poco el equilibrio y que necesitara agarrarse fuerte a la celosía de hormigón que separaba el patio de ventilación del patio trasero del bloque.

Jota miró hacia abajo y pensó que la caída sería considerable. Aún más teniendo en cuenta que caería encima de lo que parecía un almacén olvidado de bicicletas, bidones y restos de escombro.

Con el brazo izquierdo, aún metido en el baño en posición de agarre y su mano haciendo de ventosa en los azulejos del baño, Jota se dio cuenta que no podía llegar a abrir el ventanuco de enfrente con la mano derecha, de manera que pasó la pierna que colgaba del lado interior del baño y apoyó ambos pies en los huecos de la celosía y así se fue acercando a la fachada del otro piso, pasando poco a poco los pies entre los pequeños huecos de los bloques de hormigón prefabricado. Los huecos del dibujo de la celosía no eran muy grandes y debía hacer mucha fuerza con los dedos para agarrarse bien a ellos y no caer.

Una vez alcanzó su objetivo, Jota alzó el pie izquierdo y empujó el cristal del ventanuco con sus Converse, haciendo toda la presión que pudo.

No se atrevió a hacer la presión con la mano, porque supondría soltarse y quedarse agarrado únicamente con tres dedos de su mano derecha.

Presionó todo lo que pudo, hasta que la pierna se le quedó rígida como un tronco y notó que la carpintería de madera de la ventana empezaba a ceder. Colocó el pie en el marco de madera para evitar romper el cristal y tras un golpe seco de talón, el ventanuco se abrió hacia adentro, haciendo chirriar las bisagras oxidadas, que amortiguaron un golpe más aparatoso que delataría su presencia.

—Bien, y ahora… ¿qué? —pensó Jota, mientras el sudor le resbalaba de la frente hasta los ojos.

Volvió a alzar la pierna derecha y fue reptando poco a poco, hasta que logró meter el pie dentro del hueco abierto. Los tendones de los muslos empezaron a tensarse y a provocarle un dolor agudo en las ingles. La tensión del brazo y de los dedos de la mano derecha comenzó a provocarle un fuerte calambre.

Alzó la mano izquierda y sus dedos, arañados, buscaron como ramificaciones el marco de la carpintería del baño de enfrente. Reptó un poco más y consiguió que la mano se aferrase, al fin, a la pared interior, permitiéndole meter un poco más la pierna y dándole más estabilidad. Ya tenía medio cuerpo dentro, y solo se trataba de un juego sincrónico entre las dos partes de su anatomía.

Una vez que la pierna y la mano izquierdas estaban ancladas, Jota liberó de la agonía a sus extremidades derechas, que le provocaron un intenso dolor al verse relajadas. Con el pie izquierdo fue palpando y buscando la grifería del baño de destino, para soportar todo su peso, y poco a poco fue introduciendo el resto del cuerpo a través del hueco, en un ejercicio de puro contorsionismo.

El ir dejando caer su cuerpo arrastrándose por la vieja carpintería de madera hizo que le levantara la camisa y que se le clavaran algunas astillas en la barriga. Jota puso una mueca muda de dolor, pero siguió deslizándose, pareciéndole increíble que hubiese llegado a su destino.

Se sentó en el borde de la bañera y se levantó la camisa para arrancarse los trozos de astilla. Allí se hallaba de nuevo: encerrado y a oscuras como en la noche en que su padre pintó de betún el espejo ya inexistente. Pensó

en lo desesperado que debía sentirse aquella noche, como para arriesgarse a caer al fondo de ese patio de ventilación con tal de huir de alguien, o de algo, que le acompañaba y atemorizaba. En ambos casos le había merecido la pena el riesgo.

Jota se incorporó con un inesperado dolor muscular. Abrió, con extrema cautela, la puerta del cuarto de baño y observó que la sesión ya había empezado. Por suerte para él, habían dejado la puerta del salón abierta y desde su situación tuvo una visión privilegiada del salón.

El salón estaba iluminado por la vela apoyada en la pequeña mesa de café junto a la doctora Medina. Valentina estaba echada de nuevo en el butacón reclinado y permanecía con los ojos cerrados, mientras la doctora parecía susurrarle algo al oído.

Jota podía ver la cara de Valentina a través del espejo, colocado hacia la oscuridad del pasillo de la entrada, justo dónde él se encontraba.

Vio a Eric, cámara al hombro, lo suficientemente lejos de la escena como para no perturbar a los asistentes y no romper el clima que allí se estaba creando.

Carlos Navas apuntaba en su libreta sentado junto a Saúl, que observaba muy atento a Lourdes Medina.

Jota apenas contó unas diez personas en la estancia, que generaban unas grotescas sombras en las paredes del salón en penumbra. Sombras que se movían titilantes al compás del pábilo de la llama.

Valentina parecía realmente dormida, o acaso estaba en mitad de un profundo trance, hasta que la doctora volvió a acercarse a su oído. La chica abrió los ojos muy lentamente y observó el oscuro reflejo del espejo inclinado. Jota cerró, aún más, la puerta del baño, quedándose con un fino hilo de luz que apenas le permitía ver la acción.

La doctora se levantó de su asiento, volvió a susurrar algo a Valentina y se apartó de ella dando pasos hacia atrás, desapareciendo en la sombra.

Valentina ya tenía los ojos abiertos, pero su mirada parecía perdida.

Eric se acercó a ella, asistido por uno de los técnicos del programa.

Valentina comenzó a respirar profundamente y sus ojos se abrieron aún más. La respiración se le fue acelerando poco a poco, y la doctora Medina

apareció de nuevo desde la sombra de una de las esquinas observando muy atenta.

Jota volvió a abrir un poco la puerta, para tener una mejor visual, y notó la tensión que estaba transmitiendo su dolorida mano al pomo. Observó los expresivos ojos abiertos de par en par de Valentina que miraban justo en su dirección. Unos ojos totalmente idos, como si estuviese contemplando otra dimensión.

—Estoy viendo a alguien —masculló Valentina, con la voz cortada.

Medina se acercó y se colocó tras la chica, mirando el reflejo en el espejo, en la misma dirección que ella.

—¿Sabes quién es? —preguntó Medina manteniendo la calma.

Valentina aceleró la respiración y sus manos se aferraron a los brazos del sillón, clavando las uñas en la tapicería.

—Es un hombre…

Jota volvió a entornar la puerta, para hacer su apertura imperceptible.

Temía que Valentina pudiera verlo, pero le pareció imposible a esa distancia.

—¿Y qué está haciendo? —preguntó la doctora con curiosidad.

—Está en el dintel de la puerta —respondió Valentina asustada.

Todos los asistentes miraron hacia la puerta del salón y se formó un leve murmullo. La doctora levantó la mano para que nadie se moviese o formase jaleo. Todos volvieron a observar a la chica menos Saúl, que se quedó mirando hacia la puerta de entrada.

Jota no pudo resistirse y abrió de nuevo la puerta del baño y vio que Saúl ya lo miraba fijamente. La doctora Medina también se había percatado de su presencia y lo observaba con los ojos entornados. Tras mirar a Saúl, volvió a dirigirse hacia Valentina.

Saúl hizo el amago de levantarse de la silla.

—¿Qué está haciendo ahora ese hombre? —preguntó la doctora suspicaz, mientras dirigía su mirada hacia la puerta del baño.

Jota cerró la rendija lo máximo que pudo.

—Joder… —masculló Jota.

—Se está acercando hacia mí —contestó Valentina, captando de nuevo la atención de todos los asistentes y del propio Jota.

La doctora se desplazó casi flotando y se colocó frente a la chica.

—Y… ¿puedes verle ahora la cara? ¿Sabes quién es?

Valentina negó con la cabeza asustada, poniendo cierta teatralidad en el gesto.

Jota intentó abrir de nuevo la puerta para ver a su amiga, pero frente a él apareció la señora Delfina, que abrió la puerta de golpe y se metió en el baño, sin que él pudiera reaccionar.

—No puede estar aquí —le inquirió Delfina en voz muy baja, mientras apuntaba a Jota con el dedo de forma amenazante.

—Usted no puede echarme —le advirtió Jota poniéndose a la defensiva.

—¡Tiene que irse! ¿Cómo ha entrado en el piso? — preguntó Delfina, mientras golpeaba con su dedo el pecho de Jota.

Jota comenzó a dar pasos atrás hasta que tropezó con la bañera.

—¿Qué pasó aquí realmente? —preguntó Jota, intentando no perder el equilibrio —. ¿Usted vio algo?

—Si no se marcha, avisaré para que le saquen de aquí a la fuerza.

—Sé quién es usted. Sé que vive en el piso de al lado…

Delfina se dio media vuelta y salió del baño con la misma agilidad con la que había entrado. Jota se dejó caer, sentándose en el borde de la bañera.

La puerta del baño se abrió de nuevo. Esta vez fue Saúl quien apareció tras el umbral, quien con una mirada llena de furia, y sin decir ni una palabra, le indicó a Jota que saliera inmediatamente del baño.

Jota acabó saliendo hasta el rellano del segundo piso. Saúl le había acompañado para asegurarse que se marchaba.

—Tenía que estar ahí dentro —dijo Jota con firmeza y tras tomar aire.

Saúl se dio la vuelta y lo miró con desaprobación.

—Casi echas a perder la sesión y la grabación — dijo Saúl cabreado—.

¿En qué coño estabas pensando? ¿A quién crees que harían responsable?

Jota bajó la mirada y Saúl se acercó impetuoso.

—¿Eh? ¡Contesta! —gritó Saúl—. ¿Quieres joder mi regreso?

Jota levantó la vista y miró a los ojos de su jefe. Tragó saliva y contempló las grietas del suelo, avergonzado.

—Lo siento, Saúl. Pero, era importante para mí estar ahí…

—Ándate con ojo muchacho, porque si sigues por ese camino te vas a estrellar. Ahora recoge tus cosas y vete.

Jota sintió una gran frustración. No quería contarle el motivo por el que se había colado en la sesión y a la vez sintió una repulsa enorme hacia el hombre al que había admirado durante tanto tiempo.

—¿A qué hora quedamos para mañana? —preguntó Jota, tras tragar saliva.

—A ninguna.

—¿Cómo? Saúl, ya te he dicho que lo siento. No volverá a ocurrir.

—De eso estoy seguro. El lunes ni te molestes en aparecer.

Saúl entró en el piso y cerró la puerta con violencia a su paso.

A Jota no le dio tiempo a reaccionar ante la última frase de Saúl y se quedó paralizado en el rellano. Miró hacia la puerta cerrada de su antigua casa y fue como una bofetada de frustración, que a poco se tornó en ira contenida. Una contención que le había acompañado en los últimos años, pero que ya se había roto sin vuelta atrás.

Las imágenes difusas del recuerdo empezaban a tomar forma, mezcladas con la apariencia de engaño que genera una memoria incompleta. No había fotografías, no recordaba instantáneas del lugar o de la época. Por supuesto, ninguna imagen de su padre, en ninguna de las etapas de su infancia. No recordaba haberle visto nunca en los álbumes de casa o en un marco colgado en la pared. Su madre se había encargado de borrar cualquier referencia a ese hombre desde tiempos en los que ya no recordaba, y él, llevado por la inercia de un olvido impuesto, nunca se había esforzado en traerlo de vuelta desde lo más profundo del córtex cerebral. Su padre había sido enterrado tanto física como emocionalmente y atravesar esa membrana sería difícil, pero no imposible.

Ahora había descubierto algo más. Sabía que su padre había actuado de aquella forma llevado por el deseo de entender qué les había sucedido a sus propios hijos.

Dudó si realmente su hermano y él habían realizado aquella técnica, como si de un juego se tratase. Recordó de forma sutil lo que su hermano le contaba por las noches, sobre la presencia de una siniestra niña que lo

observaba desde el espejo y que le atemorizaba. Pero él no recordaba nada de su propia experiencia.

Aquella noche, en la que su padre pintó los reflejos con betún, sucedió algo que los cambió para siempre y, por muy oscuro y siniestro que fuera, se convenció que debía descubrirlo para poder completar esa fase de su vida borrada por completo.

Ya en el hostal, Jota, tumbado en la cama y aún con la ropa del día puesta, pensó que no dudaría en hablar con su madre y que llamaría también a su hermano Yago para empezar a coser los retales que le ofrecía su mente y crear una cronología fiel a la realidad. Lo haría echando mano de sutilezas y rodeando el asunto para que fueran apareciendo los detalles de manera natural y sin forzar. Era consciente de que si iba demasiado directo con su madre, esta se cerraría en banda y no le contaría nada. Como siempre había sido.

También se convenció de que la única forma de poder entender lo que había sucedido aquella noche era sometiéndose a una sesión de esa técnica del psicomanteum. Intuía que le ayudaría a abrir su mente y a navegar hasta arribar a lo más profundo y oculto de su propia psique.

Fantaseó, incluso, con la idea de que la sesión le ayudaría a encontrarse con su padre; poder hablar con él por última vez aunque solo fuese, como decía la doctora Medina, con el objetivo de superar el duelo. Un duelo que no atravesó cuando él murió y que debía forzar para poder superarlo. Un duelo necesario que le enfrentase a ese hombre al que desconocía por completo.

Jota pensó que al fin merecía una explicación, aunque en el fondo supiese que sería su propia mente la que, en un estado alterado de consciencia, se la proporcionase.

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