Una casa sin reflejos
Capítulo 32
No recordaba cómo había llegado hasta su casa tras el ensayo y dio gracias a que su subconsciente la había guiado para no acabar perdida en algún descampado. Olga cruzó el umbral de la puerta de su casa con la mirada perdida. Volvió en sí cuando encendió la luz del recibidor y aquella falta de control de su propio cuerpo le produjo, de nuevo, ansiedad. Una angustia que aumentaba de forma exponencial cuando advertía en sí misma la alerta constante que no le permitía, ni tan siquiera, iniciar unas pautas básicas de relajación; aquellas que le solían ayudar a retomar las riendas de sus emociones.
Encendió todas las luces del apartamento, a medida que iba adentrándose en las diferentes estancias. Quería evitar que cualquier sombra, cualquier reflejo indeseado, proyectara en ella un indicio de temor que desembocara en un nuevo estado de zozobra descontrolada. Ya conocía ese estado muy bien.
Se acordó del viaje en autobús desde Barcelona a Jálivas, varios años atrás, viendo el amanecer con la cabeza apoyada en el cristal de la ventana del ALSA; después de pasar toda la noche sin dormir tras recibir la noticia de que su madre había sido ingresada de urgencia. Aquel miedo le devolvió a su niñez, cuando era capaz de dejar sus juegos y sus sueños por salir corriendo para ser abrazada por su madre.
Olga se quitó los botines, se sentó en el sofá del pequeño apartamento que compartía con Pedro y comenzó a repasar el texto de la obra de teatro tapada con una manta de pachtwork tejida, en los buenos tiempos, por su madre. Con una mano sostenía el libreto y con la otra tiraba de la manta hacia su cuello, observando de vez en cuando su entorno. Intentó prestar toda su atención a la lectura de los diálogos, haciendo hincapié en esa
última parte con Iván, la que le resultaba más compleja de afrontar tras la experiencia con la visión de la figura en el espejo. Esa parte en la que no había podido controlar su emoción y que se había convertido en su espada de Damocles.
Llevaba más de un día completo sin dormir y las frases empezaban a mezclarse ante sus ojos. Hizo un esfuerzo por concentrarse en la lectura, pero no pudo evitar rendirse a un sueño profundo; de esos que llegan sin avisar y nos toman desprevenidos a pesar de nuestra resistencia.
Cuando Olga volvió a abrir los ojos, la imagen borrosa de un rostro deforme se materializó frente a ella. Olga dio un grito.
—Tranquila, soy yo —susurró Pedro, tocándole el hombro para tranquilizarla.
A medida que regresaba del sueño el rostro de Pedro fue cobrando nitidez y Olga se abrazó a él con todas sus fuerzas.
—¿Sabes que te has dejado encendidas todas las luces de casa?
— preguntó Pedro con cautela y extrañeza.
—Déjalas así… —murmuró Olga al oído de Pedro, sin deshacer el abrazo.
—Está bien. Tendremos que subarrendar el piso y mudarnos al parque para pagar la luz, pero bueno…
Olga miró a Pedro y sonrió, aunque en realidad lo que tenía era ganas de romper a llorar. Por unos instantes se sintió afortunada por haber encontrado a alguien como él. Se abrazó de nuevo, pero la sonrisa desapareció cuando observó su propio reflejo en el cristal de la mesa del salón. Reflejo que le llevó a pensar de nuevo en Jota y en aquella figura que la perseguía desde aquella noche. En cada reflejo, en cada cristal, en cada superficie que dejase refractar la luz… allí podía estar él. Olga lo notaba, lo sabía y ahora solo deseaba que desapareciese para siempre.
Comenzaron con el ritual de cada noche: entraron en el dormitorio a ponerse el pijama, luego fueron al baño para lavarse los dientes, cada uno se encargaba de aplicarle un poco de pasta en el cepillo al otro. Esa noche Olga prefirió saltarse ese paso y mandó a Pedro para que fuera él quién se asegurara de que estaban cerradas todas las puertas y ventanas de la casa.
Se taparon con el nórdico y se acurrucaron, la una contra el otro, para batallar así el frío inicial de las sábanas.
—Voy a apagar mi luz —susurró Pedro medio dormido.
Olga asintió y Pedro se volvió hacia el extremo de su lado para apagar la lámpara de su mesita de noche. Acomodó su almohada, se cubrió de nuevo con el nórdico y se durmió, como solía, casi al instante.
Olga se había desvelado después de la larga cabezada en el salón.
Intentó leer, pero ni si quiera su libro de cabecera, que hablaba de las técnicas de Ayurveda, le conducía nuevamente al reino de los sueños.
Confió en que, al menos, el rato que había dormido en el sofá le hubiera servido para reponer algo de fuerzas y renovar el sistema neuronal.
Olga apagó su luz, pero se quedó con los ojos abiertos de par en par observando como poco a poco su vista se iba acostumbrando a la oscuridad y empezaban a aparecer las figuras, formas y siluetas del mobiliario.
Vislumbró que la cortina estaba descorrida y que parte del cristal de la ventana quedaba al descubierto, generando algunos reflejos provenientes de la luz de la calle y que se colaban por las rendijas de la contraventana de madera.
Olga se levantó, despacio y con cuidado, sin dejar de mirar a Pedro para asegurarse que no se despertara. Se acercó a la ventana y corrió completamente las cortinas ocultando por completo los cristales de la ventana.
Volvió a la cama de puntillas, pero justo antes de volver a protegerse bajo el plumón, Olga observó que la puerta del cuarto de baño se había quedado abierta y que desde su posición sentada en la cama corría el riesgo de poder observarse en el espejo del lavabo.
Se tumbó en la cama con delicadeza, girándose hacia Pedro y dándole la espalda a la puerta del baño. Un escalofrío recorrió toda su espalda. Cerró los ojos y llevó sus manos hasta el extremo del edredón para cubrirse todo lo más que alcanzaba.
De repente, en el silencio de la noche, empezó a escuchar un sonido de gotas de agua contra el cristal. Olga no recordó que hubiera previsión de lluvia para la madrugada, pero ya no se extrañaba de esos giros a los que
creía que a veces incurrían los meteorólogos a posta para que nuestras vidas tuvieran un margen menos predecible.
Puso toda su atención en la música de las gotas, que cada vez caían con más frecuencia, pero le extrañó la procedencia del origen del sonido. Olga dormía en el lado de la cama opuesto a la ventana, pero el sonido provenía de su propio lado, por lo que permaneció aún más atenta y cada vez más extrañada. Las gotas se empezaron a escuchar con más frecuencia y mayor intensidad. Olga se colocó cabeza arriba y observó la negrura del techo, para dejar libres los dos pabellones auditivos y orientar el sonido.
Comprobó que el agua no procedía de la ventana que daba a la calle, sino del cuarto de baño. Pensó que debían haberse dejado algún grifo abierto, pero aquello no sonaba como el goteo de una ducha o la fuga de la cisterna.
Se giró, muy lenta, para poder definir mejor la procedencia del constante rumor y solo entonces observó que infinidad de gotas de agua chocaban con estrépito sobre la superficie del espejo del baño. El espejo se había convertido en un enorme charco vertical sobre el que seguían cayendo gotas de lluvia en un plano perpendicular a su eje… en una posición imposible.
Olga se giró hacia Pedro y apretó la cara contra la almohada, tapándose el oído que le quedaba libre con el edredón. Pero esa inquietante lluvia no remitió, incluso parecía que por momentos arreciaba con más intensidad.
En lugar de avisar a Pedro, en un absurdo acto de valentía decidió levantarse para cerrar la puerta y atenuar el incesante repiqueteo de las gotas sobre el espejo.
Se puso de pie con la cara girada hacia el colchón, evitando observar la escena, a la que no quería dar categoría de real debido a su cansancio y a su falta de sueño. Pero tenía el vello erizado y notaba que su pulso se aceleraba. Se dirigió hacia la puerta del baño con los ojos cerrados, intentando guiarse por su orientación, y estiró todo lo que pudo el brazo para agarrar el tirador metálico. Agarrada al pomo de la puerta se sintió ridícula e infantil. Volvía a perder el control de la situación y trató de recuperar el ritmo de su respiración habitual, convenciéndose que, fuera lo que fuese todo aquello, no podía hacerle daño porque no podía ser real.
Olga comenzó a cerrar la puerta lentamente, pero antes de que esta encajara por completo no pudo reprimir la morbosa curiosidad y abrió los ojos. Allí estaba de nuevo la figura observándola, suspendida entre la lluvia perpendicular al plano del espejo y acercándose hacia ella ondulante. Su posición desafiaba cualquier ley física: flotando en un plano imposible desde el que se precipitaba sin remedio. La figura chocó contra el espejo, impactando con su rostro. La imagen de los ojos ensangrentados y la mandíbula desencajada, hizo que Olga reaccionara cerrando la puerta de golpe y tirándose al suelo; reculando hasta la cama y agarrándose a ella como a un bote salvavidas.
Pedro se despertó con el portazo, sobresaltado y aturdido, y se extrañó de no ver a Olga en la cama, fue a encender su luz y la escuchó gimiendo a los pies de la cama. Rápido se levantó para abrazarla, calmarla y tratar de saber qué había pasado. Dirigió la vista hacia la misma dirección a la que Olga miraba con pánico. Pero más allá de la puerta del baño nada le era visible.
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