Una casa sin reflejos
Capítulo 36
Yago salió de su apartamento para avisar al coordinador que su hermano se quedaría esa noche allí a dormir con él. Lo cierto es que Jota no tenía otro lugar a dónde ir y, aunque no le apetecía la compañía, entendió que no debía dejarlo solo después de la conversación que habían mantenido.
Jota se quedó dándose una ducha y Yago además aprovechó para hacer una llamada a su madre y ponerle al corriente de todo. La política de la empresa no era estricta con los empleados, pero Yago prefería hacer las cosas bien. Le gustaba, y necesitaba, demasiado su trabajo.
En el módulo residencial convivían «pacientes» en régimen abierto, pero también vivían allí algunos empleados que habían preferido acogerse al contrato laboral del «todo incluido»: alojamiento y dieta completa y la nómina a primero de mes. Para Yago no era un problema pasar allí metido todo el día. No existía un lugar en el que se sintiera más seguro que su lugar de trabajo.
Tras obtener la autorización de la jefa de personal, Yago se refugió en la salita de los celadores y buscó en la escueta agenda de su móvil el número de Ángela.
—¿Y cómo está Nerea? —preguntó Yago, intentando calmar su frustración, después de que su madre le contara el incidente con Víctor el día anterior.
—Está bien. Un poco asustada, pero tranquila. Tu hermana… me sorprende cómo maneja estas situaciones.
—Es muy pequeña para tener que pasar por todo esto. Hay que hacer algo mamá. He estado hablando con él y… no está bien. Dice que ha vuelto a ver a papá. Como antes.
Ángela se quedó en silencio, paralizada, analizando la última frase de su hijo.
—Me ha mencionado incluso que nota como si algo estuviera cambiando dentro de él. Y después de lo que me has contado que le ha hecho a Víctor… Tal vez ha llegado el momento de…
—Víctor ha puesto una denuncia. Van a ir a buscarlo.
—¿Van a venir a por él? ¿Aquí?
—En cuanto se emita la orden. Si está allí… es probable que lo dejen ingresado directamente.
—¿Por qué no hablas con Víctor? Convenceré a Jota de que se venga conmigo mañana a Jálivas y allí lo hablamos todo tranquilos… Es el momento de aclararlo con él. Aunque pensásemos que no haría falta nunca.
—¿Y crees que vas conseguir convencerlo de que vuelva después de lo que ha hecho?
—Tú céntrate en el estreno. Yo me encargo de Jota.
—Pensaba que esto de la obra me iba a ayudar de alguna forma, pero ahora no le veo sentido. Me hace sentir expuesta e igual que antes.
—Yo estaré allí contigo. Lo superaremos, mamá. Estamos en el sitio adecuado. Convenceremos a Jota de que se ingrese de forma voluntaria, antes de tomar medidas más drásticas. Habla con Víctor. Dile que Jota está aquí y que se va a someter a tratamiento. No creo que sea buena idea que lo ingresen a la fuerza, otra vez.
—Hablaré con él.
—Bien. Es el momento. Aquí hay buenos profesionales. Ya lo sabes.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Yo estoy bien, mamá.
—No dejes que te afecte a ti…
—No. Tranquila.
Ángela supo que ya no había vuelta atrás. Ahora o nunca era el momento de extirpar el pasado, de afrontar lo que bien por miedo o por comodidad había ido retrasando. Volver a pensar en los interminables días de terapia llenó de frustración a Ángela, que sintió que los años de esfuerzos y sacrificios no habían servido para nada, sintiendo que había
fracasado. Pero si no actuaba a tiempo alguien más podía salir perjudicado por esa falta de determinación suya.
Yago notó que aquella carga atravesaba las ondas telefónicas y pidió a su madre que se tranquilizara. Le dijo que, después de la conversación que acababa de mantener con su hermano, y de haberse sincerado, lo había notado más receptivo. Habían conversado como nunca antes lo habían hecho y se había sentido cercano por primera vez, en mucho tiempo, a él.
Sin embargo, cuando colgó se vio en la difícil situación de ser el encargado de convencer a Jota (o contenerle si fuera el caso) de que volvía a necesitar ayuda psiquiátrica.
Él sabía perfectamente cómo funcionaba el ala psiquiátrica. Yago ingresó en su momento para librarse allí de los recuerdos traumáticos y las visiones que perturbaron su crecimiento mental y emocional en la niñez; para poder deshacerse del sentimiento de culpa de la muerte de su amiga Mayra; para superar el terror a los espejos que le atormentaban tanto que un día no pudiendo más decidió tomarse una caja completa de pastillas para acabar drásticamente con su sufrimiento. Entonces menos mal que su madre apareció en el momento justo para provocarle de la manera más ruda los vómitos que expulsaron todas aquellas pastillas antes de que hicieran su efecto letal al mezclarse en el estómago.
Aquel fue un punto de inflexión. Desde entonces, aunque sobrevivió, empezó a sentir que algo dentro de él había muerto. Un no sé qué que le incapacitaba para enfrentarse a la vida fuera de aquella residencia, a conocer a alguien que pudiera quererlo aceptando sus taras mentales. Atrás habían quedado los excesos con el alcohol y las drogas. La residencia era su casa, el lugar donde se sentía seguro de aquellos malos recuerdos y de aquel pasado oscuro al que no quería volver a enfrentarse por miedo a perder el control. Allí al menos estaba a salvo.
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