Una casa sin reflejos
Capítulo 21
Olga observó curiosa cómo Jota reubicaba el mobiliario del salón. Se le notaba un fervor que rara vez había apreciado en él y que justificó por una notable pasión por su profesión. Lo inusual le sedujo, a la vez que alertó sus sentidos.
Jota preparó el salón como la primera vez que realizó la sesión, con la tranquilidad de saber que nadie les molestaría en toda la noche. Su madre le había confirmado, mediante un mensaje, que se quedaría a dormir en casa de Víctor y por una vez no puso ninguna objeción.
—Creo que ya está todo —dijo Jota, observando de forma minuciosa la escenografía.
—Parece que vayamos a invocar a Verónica… — apuntó Olga intentando relajar el ambiente, mientras notaba un escalofrío.
—¿Tú crees en estas cosas? —preguntó Jota mientras acercaba una de las sillas de la mesa del comedor hasta la parte trasera del butacón.
—No, nunca he creído —respondió Olga, acercándose al espejo y mirando a Jota través del reflejo —. Y ¿qué o a quién esperas ver?
—No lo sé. A mi padre, supongo —dijo Jota con un tono melancólico y volviendo de un estado casi letárgico al que había llegado al observarse durante un rato en el espejo —. ¿Empezamos ya?
Jota apagó las luces del salón, dejando la estancia a oscuras, salvo por la luz de la vela. Se sentó en el butacón y comprobó que, una vez reclinado, ya perdía de vista su propio reflejo. Solo alcanzaba a ver la oscuridad del pasillo y el titileo de las sombras de los cuadros colgados en la pared.
Olga se sentó en la silla, justo detrás de Jota. Desde su posición podía ver su propio reflejo en el espejo, pero evitó mirarse en todo momento.
Visualizó la imagen sesgada de ella misma, inclinada hacia el borde
derecho del butacón para poder hablar con Jota mientras realizaban la sesión de relajación.
—¿Estás preparado? —preguntó Olga, con un perceptible cambio en la entonación de su voz, que se había vuelto más grave, pero a la vez más profunda y susurrante.
Jota asintió, se acomodó el asiento reclinado y colocó sus manos entrelazadas sobre su abdomen.
—Ahora quiero que cierres los ojos.
—Prefiero mantenerlos abiertos —dijo Jota, con un hilo de voz entrecortado que denotaba cierto nerviosismo.
—Luego podrás abrirlos, pero ahora tienes que cerrarlos para relajarte.
Jota cerró los ojos y Olga se inclinó un poco más hacia él.
—Quiero que escuches mi voz y que sea la única referencia que tengas del entorno. Quiero que te aísles de todo lo demás y que te dejes llevar por ella.
La voz de Olga desprendía una dulzura que se podía paladear y que Jota no había apreciado nunca antes.
—Vas a empezar a respirar lenta y profundamente — continuó Olga—, y vas a visualizar mentalmente tu propio cuerpo: dónde se encuentra, en qué posición está…
Jota comenzó a respirar de forma profunda, pero todavía acelerada.
—Más lentamente… —susurró Olga—. Una vez que hayas visualizado tu cuerpo, vas a concentrarte en los dedos de los pies. No los muevas, no intentes mandar señales desde tu cerebro. Solo vas a centrarte en esa parte.
Céntrate en los pies y rodéalos con tu mente como si de un guante invisible se tratase.
Jota reguló el ritmo de la respiración poco a poco, haciéndola más profunda y pausada.
—Una vez hayas envuelto tus dedos y tus pies con la mente, vas a ir subiendo despacio… Muy lentamente. Siente cada uno de los dedos, sube recorriendo el empeine, pasa por los tobillos y sube sin prisa, poco a poco, pierna arriba hasta llegar a las rodillas. Siente tus rodillas, pero sin moverlas.
La respiración de Jota delataba que la relajación iba haciendo efecto en él.
—Recorre tus muslos, pasa por la pelvis y llega hasta el abdomen…
Siempre muy lento. Siente cómo tus órganos van trabajando cada vez más lentos. Siente cómo tu pecho se eleva y desciende a un compás cada vez más suave. Llenando tus pulmones…
Olga observó que la respiración de Jota se había vuelto profunda y con un ritmo muy pausado, cada vez más cercano al ritmo del sueño.
—Eso es —prosiguió bajando cada vez más el volumen del tono de voz —. Desde tu pecho extiende ese velo hasta tus brazos y haz que llegue hasta los dedos de las manos. Recorre cada uno de ellos, hasta las uñas.
Después regresa a tu pecho, haciendo el camino inverso, y sube por tu cuello hasta la cabeza. Mantente ahí. Relajado… Has cubierto todo tu cuerpo con una capa de relajación. Y ahora que eres consciente de todo tu ser físico vas a dejar a tu mente que descanse. Tu cuerpo seguirá funcionando sin sus órdenes. Vas a permitir que la mente se quede en negro.
Sin ninguna atadura a tu cuerpo. Respira…
La respiración de Jota se hizo aún más profunda, aceptando las órdenes sin resistencia.
—Ahora vas a abrir los ojos muy lentamente… y se van a quedar fijos en un punto. Van a ser ellos los únicos receptores de tu mente.
Jota abrió los párpados como si cada uno pesara una tonelada, dejando los ojos fijados en un punto del oscuro pasillo, reflejado en el espejo.
—Mantén la vista fija en ese punto. Sin mover los ojos. Intenta no parpadear y, poco a poco, todo lo que está alrededor de ese punto va a empezar a desaparecer…
La vista de Jota empezó a oscurecer los bordes periféricos de su campo visual, tal y como Olga iba indicando con su susurro. Las sombras ondulantes de la vela iban desapareciendo y toda su visión se centró en la oscuridad del pasillo.
—Tu mente ahora está allí, en ese punto. Y tu cuerpo va a empezar a sentirse cada vez más ligero. El contacto de tu cuerpo con el sillón va a empezar a desaparecer. Va a tirar de tu cuerpo esa capa que lo recubre y que
tú has creado. Notarás que no pesas. Que eres levedad y que tu cuerpo está bajo control mientras tu mente sigue en ese punto: libre…
Jota comenzó a entrar en una especie de trance. Tenía los ojos abiertos, pero ya no veía nada. La voz de Olga se fue haciendo cada vez más lejana y parecía proceder desde el otro lado de un cristal. Comenzó a notar como si su cuerpo en realidad no pesara, como si se estuviera elevando y acercándose al reflejo.
De repente, Jota comprobó que, de entre las sombras del pasillo, empezó a materializarse una figura humana. Un rostro lleno de claroscuros generados por la luz de la candela, con un cuerpo semiencorvado que lo observaba desde detrás del sillón. Justo detrás de Olga, por encima de su cabeza.
La respiración de Jota empezó a sufrir cierta aceleración y Olga lo miró extrañada. Alzó la vista hacia el reflejo, observando el pasillo, intentando ver lo que parecía que estaba viendo Jota con los ojos abiertos de par en par.
Jota observó que la figura se hacía cada vez más nítida en el reflejo y su expresión iba cambiando con las oscilaciones de la vela. La cara parecía tener movimiento, como si se tratase de una acuarela. Las sombras dotaban al rostro de unas facciones grotescas y sinuosas. Su mente intentó reconocer a aquella figura, que poco a poco iba adquiriendo facciones humanas.
Aguantó con los ojos abiertos hasta que de sus ojos vidriosos se desprendió una lágrima que le hizo parpadear. Tras el parpadeo se hizo la oscuridad absoluta.
Las formas ondulantes del salón fueron apareciendo de nuevo de forma gradual ante sus ojos. Jota estaba ahora de pie en el pasillo oscuro, pero algo había cambiado, que hacía que el lugar fuera distinto. Seguía en ese estado de levedad que le impedía sentir conscientemente su propio cuerpo y no percibía ningún tipo de sonido a su alrededor. Notó una presión en sus oídos que le recordó a la sensación de estar buceando.
Jota se dio la vuelta y se vio a sí mismo tumbado en el butacón, con los ojos abiertos y con la percepción de que él mismo se estaba observando. Le vino una sensación de vértigo similar a cuando uno está a punto de caer desde lo más alto de una montaña rusa. Su cuerpo no se había
acostumbrado aún a mantener el eje vertical por el que había luchado minutos antes.
Vio a Olga, que ya no le hablaba, sino que le observaba inmóvil desde el reflejo, con los ojos desencajados, y una expresión de pánico fijada en el rostro, como si ella hubiera visto también a alguien en el pasillo.
Avanzó lento con la sensación de que se deslizaba sin rozar el suelo.
Intentó controlar lo que sabía que era un juego de su mente y el corazón se le aceleró cuando fue consciente de que había conseguido lo que se proponía.
Caminó por el pasillo y percibió que tanto los cuadros, como las puertas de las habitaciones no estaban en su posición real, sino en la simétrica; como en un reflejo. Jota se detuvo frente a la puerta del baño y observó su propio reflejo en el espejo frontal del aseo. Delante de su propia imagen se materializó una sombra que no le permitía verse por completo. Jota dio un paso hacia el interior para acercarse al espejo, y la sombra, antropomórfica, se movió y desapareció en la oscuridad de la estancia, dejando visible un reflejo distorsionado y ondulante de Jota, atenuado por la luz de la vela y que le otorgó a su propio rostro unas facciones deformadas y grotescas.
Jota observó en el reflejo que la sombra atravesaba el pasillo justo detrás de él y dirigió la mirada en la dirección hacia la que se había desplazado. Continuó andando hacia el final del pasillo hasta alcanzar el dormitorio de su madre.
La luz que llegaba de la vela del salón era cada vez más tenue, pero el dormitorio principal estaba iluminado por las farolas de la calle, cuyo ventanal entreabierto delimitó la silueta de un hombre que lo observaba inmóvil.
Jota entró en el cuarto con la sensación de que todo su cuerpo era un corazón bombeante y que palpitaba con un ritmo cada vez más acelerado.
Se detuvo junto al umbral y observó la figura, cuyo rostro seguía cambiante hasta que volvió a adquirir unas facciones en las que quiso reconocer a su padre, que se hallaba desdibujado bajo las capas superpuestas de su memoria.
—Papá… ¿Eres tú?
Jota escuchó el grito de un niño cuyo origen era incapaz de determinar, creyó que venía de lejos al tiempo que tuvo la sensación de que procedía de lo más profundo de su cabeza. El grito le hizo girarse hacia el pasillo, pero no vio más que la escenografía de su propia sesión de psicomanteum: donde se pudo reconocer a sí mismo sentado en el butacón y a Olga atenta a su figura.
Volvió a mirar hacia la ventana del dormitorio de su madre, pero la sombra ya había desaparecido. Buscó por toda la estancia sin éxito. Se acercó a la ventana y se asomó al patio interior: había alguien tumbado en el suelo.
En ese momento, Jota comenzó a notar una presión en la garganta que iba en aumento hasta sentirla como algo brutal. Quiso llevarse las manos al cuello para aliviar el dolor, pero la motricidad de sus brazos parecía no responder bien. La presión se fue intensificando y su mente le mandaba mensajes claros de que se estaba asfixiando.
Jota, ya casi sin respiración, se giró de nuevo hacia el pasillo, buscando auxilio, pero se dio cuenta que la sombra encorvada estaba ahora frente a su yo real con sus indefinidas manos que rodeaban y apretaban su cuello, mientras su cuerpo permanecía aún recostado sobre el butacón. Logró avanzar un poco a trompicones antes de caer al suelo. Una punzada atravesó su garganta y el dolor era ya tan intenso que casi lo tenía al borde de la inconsciencia. En el suelo, Jota miró hacia el butacón y observó impotente que la figura no retiraba las manos de su cuello. Intentó gritar, pero no pudo. El leve sonido que emitieron sus cuerdas vocales fue imperceptible para una Olga que parecía estar fuera de juego. Se arrastró por el pasillo y, a medida que se acercaba hasta el butacón, fue apreciando que la figura desfigurada se hacía cada vez más nítida.
Pensó que debía ser él mismo el que tenía que salir lo antes posible de aquel estado mental y despertar, por lo que se concentró en su ser físico, e intentando controlar el dolor, cerró los ojos y trató con la mente de hacer el camino inverso al que, minutos antes, le había guiado Olga.
La figura encorvada giró su rostro y se le quedó mirando, con los ojos entornados, mientras seguía apretando su cuello.
Jota lo miró pidiendo misericordia y volvió a cerrar los ojos cuando ya estaba a punto de perder el conocimiento. Quiso poner toda su atención mental en su cuerpo y empezó a notar la tensión de su piel, que parecía estar a punto de quebrarse por todas partes. La tirantez se hacía insoportable y a la boca empezó a llegarle un regusto a metal. Se imaginó que moría allí dentro de esa regresión sin haber obtenido respuestas a sus preguntas.
Jota dio una bocanada de aire, acompañada de un fuerte espasmo corporal, con cuyo movimiento hizo tambalear también el escritorio de Nerea y provocó a su vez que el espejo reclinado cayera al suelo y se resquebrajara en dos. Se incorporó y se llevó las manos al cuello, respirando de forma acelerada, aunque la sensación de dolor había desaparecido por completo. Se miró los brazos y se levantó la sudadera para ver su pecho. Unas viejas estrías rojas atravesaban todo su torso, pero no había rastro de sangre.
Se quedó unos instantes recuperando el hálito y observando el pasillo, intentando comprender lo que había sucedido. Miró a su alrededor buscando a Olga, que ya no estaba a su lado. Se levantó del sillón y la vio sentada en el suelo, en un rincón, apoyada en la pared y con la cabeza oculta por las rodillas.
—Olga, ¿estás bien? —preguntó Jota, con el fino hilo de voz con el que le permitieron hablar sus cuerdas vocales.
Ella evitó mirarle y trató de levantarse. Tenía la mirada perdida e intentó limpiarse las lágrimas, pero sus temblorosas manos le complicaron la tarea.
—Olga, ¿qué te pasa? ¿Qué has visto? —preguntó insistente Jota, incorporándose y acercándose a ella.
Jota se agachó e intentó ayudarla a levantarse pero ella rechazó su mano.
Olga consiguió levantarse con torpeza y, aún aturdida, cogió su chaqueta y su bolso, a pesar de que las piernas parecían no responderle.
—Mírame. Dime qué ha pasado —insistió Jota.
Olga evitó en todo momento el contacto visual con Jota y apenas se incorporó fue hasta la puerta y la abrió sin mediar palabra.
—¿Has visto a alguien? —preguntó Jota con desesperación —. ¿Me has visto? ¿Al otro lado?
Olga salía del apartamento y caminaba por el pasillo hasta la puerta del ascensor. Pulsó el botón de llamada y esperó apoyada en la pared contigua con la mirada como perdida.
Jota siguió observándola con preocupación desde el umbral, esperando alguna respuesta por su parte.
—Lo has visto también, ¿verdad? —insistió Jota, ávido de respuestas.
Olga alzó la vista y sus ojos, llenos de lágrimas, lo miraron con un desprecio y una ira contenida que hacían imposible reconocerla.
Las puertas del ascensor se abrieron y Olga se acercó decidida a entrar pero, al verse reflejada en el espejo interior, frenó en seco y reculó hasta hacer chocar su espalda con la pared. Un grito sordo y desesperado invadió el rellano.
Jota se acercó para tranquilizarla, pero ella lo apartó de su lado con un manotazo, como si fuese el mismo diablo el que se estaba aproximando.
Olga le golpeó con los puños repetidas veces en el pecho al tiempo en que gemía y lloraba desesperada, y después de mirarlo con una incomprensión absoluta, como alguien a quien le acaban de herir de muerte en el alma, bajó corriendo las escaleras del bloque, agarrándose a la barandilla para que la inercia de su velocidad no la hiciera caer.
Jota observó su propio reflejo en el espejo del ascensor hasta que las puertas se cerraron.
Entró de nuevo en su piso y, ya con las luces encendidas, comenzó a recoger y poner en orden el salón. Observó el cristal del espejo quebrado en dos por la mitad, por suerte no se había desprendido del marco, lo que hubiera provocado que se hiciera añicos con el golpe. Su preocupación ahora no tenía que ver con la rotura del espejo o las explicaciones que tendría que dar, sino con lo que había visto y sentido esa noche y lo que Olga había podido ver. Aún seguía en un estado irreal donde no podía explicarse bien lo que había sucedido.
Procuró creer que esa presencia que encarnaba a su padre intentaba mandarle un mensaje relacionado con lo que había ocurrido aquella noche de 1999, aunque era más lógico que, lo que acababa de revivir, no fuera más que una proyección del subconsciente y de los traumas afectados por los recuerdos sesgados.
Sin embargo la sensación había resultado demasiado vívida. Podía haber dudado más de sí mismo, y de lo que había visto esa noche al otro lado, pero el hecho de que Olga hubiera visto algo también fue lo que le despejó cualquier tipo de dudas.
No podía tratarse de un folie au deux, porque no habían hablado antes del tema, no se habían contaminado con expectativas ni aspiraciones. Olga no sabía nada y sin embargo había visto «algo». Algo que le había desconcertado tanto que le había impedido articular palabra.
Pensó que intentaría hablar con ella cuando estuviese más tranquila. Se había asustado y eso le levantó en él un sentimiento de culpa, aunque no de arrepentimiento.
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