Una casa sin reflejos
Capítulo 51
Entrar en aquel local le transportó, de inmediato, a otra etapa de su infancia, previa a la que acompañaba al trauma, y que también tenía olvidado. No supo muy bien el porqué, pero su memoria latente le envió la imagen vívida de una tarde soleada en la que un pequeño perro callejero se colaba en aquel mismo local, aprovechando la salida de uno de los clientes. El perro había corrido asustado por la continua tromba de cohetes de las fiestas de Santiago hasta esconderse en el patio trasero del edificio; donde él y su hermano Yago solían jugar y guardaban las bicicletas. El chucho se refugió tras el amasijo de hierros que formaban los cuadros de las bicicletas y permaneció allí hasta que Ángela apareció con una vieja tarrina de helado en la que había vertido un poco de agua, mientras que, con la otra mano, agitaba un trozo de salchicha a modo de reclamo.
Jota volvió al presente cuando un cliente le pidió permiso para poder salir de la copistería. Se había quedado sin darse cuenta bloqueando la puerta mientras aquel recuerdo le había invadido por completo.
Jota avanzó hacia el mostrador del local y observó, a su paso, el enorme tablón de anuncios que enmarcaba la pared lateral. Allí, perdido entre varios anuncios de alquileres de habitaciones, ventas de motos y demandas de trabajo doméstico, aún resistía el cartel anunciador de las jornadas del misterio del barrio. Entendió que había sido allí mismo de dónde habían salido las copias de los trípticos y esos mismos carteles anunciadores. El nombre del grupo de organizadores rezaba en la esquina inferior derecha.
Jota observó el nombre de la organización, coronado por el logo de un ojo con tres círculos alrededor, y de cuyo iris emergían unos rayos zigzagueantes hasta las esferas.
«Kokoro», escribió Jota en su cuaderno, intentando reproducir aquella imagen.
El dueño de la copistería terminó de cargar un rollo de papel de tamaño A0 en el plotter y observó al joven mientras este estaba apuntando en su cuaderno.
—Dígame, qué desea.
Jota cerró el cuaderno y se acercó al mostrador preparándose mentalmente para lanzarle el cuestionario.
El hombre, con una espesa barba y una gorra que parecía apoyarse directamente en las enormes gafas de no pocas dioptrías y de cristal casi opaco, puso en marcha el plotter mientras esperaba expectante a que el joven le dijera.
—¿Puedo preguntarle algo? ¿Conoce usted a los vecinos de este bloque? — preguntó Jota, sin esperar a que el hombre le diera el permiso que solicitaba su primera pregunta.
—¿Qué quieres saber? —preguntó el hombre con desconfianza y sin dejar de observar con atención a Jota.
—Me gustaría hablar con alguno de los vecinos.
—Si es por lo del programa le advierto ya que no quieren hablar más de ese tema. Está zanjado.
—¿Vive usted en el portal de aquí al lado? ¿En el número catorce?
—Eres otro de esos investigadores, ¿no?
—Sí, bueno, soy periodista, justamente, pero no es por eso por lo que…
—Ya se te ha adelantado esta mañana una chica y hace un rato han llamado de nuevo. Una de las vecinas se ha tenido que encarar con otra pareja que vino anoche y que intentó colarse haciéndose pasar por repartidores comerciales. Les tuvo que dejar las cosas claras y no sé si les llegó a devolver los móviles.
—¿Es la vecina que vive en el 2.º A? ¿Sabe si está ahora en casa? He llamado pero no…
—Mira, chico… Todo lo que quieras saber lo han sacado ya en ese programa y no hay nada más. Dejadnos a los vecinos en paz. Todo aquello pasó hace mucho tiempo… se le está dando más importancia que la que en
realidad tiene. Venís buscando morbo para vuestros blogs y vuestros canales… pero no hay más. Ya tenéis lo que hay.
—¿Vivía usted aquí entonces?
El hombre exhaló, mientras colocaba un acetato sobre un fajo de papeles para su encuadernación.
—A mí no me metas en esto, muchacho. Si no vas a comprar nada te voy a pedir que te marches, porque voy a cerrar y tengo tarea por terminar aquí.
Jota observó la vieja fotocopiadora, junto al mostrador de cristal, le dio la sensación que se trataba de la misma con la que su madre sacaba los dibujos que ilustraban sus historias. Se fijó con más detalle en la fotocopiadora y dudó que hubiese soportado el paso de tantos años sin ser renovada.
Volvió a pensar en el perro que se había colado aquella tarde de verano, mientras él, sentado en aquel mismo mostrador, ayudaba a su madre a sacar impresas las invitaciones para el cumpleaños de Yago. Observó el distribuidor donde se situaba la puerta metálica que daba paso al patio trasero vecinal y recordó que el pequeño pasillo daba acceso a un pequeño aseo del local.
En ese momento un grupo de cuatro niñas entró en la copistería, cargadas con mochilas, y generando un alboroto que rompió el clima tenso y silencioso que había generado con su entrevista con el dueño.
—¿Podría usar su aseo? —preguntó Jota, aprovechando que las niñas empezaron a copar todo el frontal del mostrador, sacado cuadernos y libros con un revuelo creciente.
El dueño asintió desconfiado y señaló en dirección al distribuidor lateral. Soltó la caja de canutillos de encuadernación, para atender la algarabía, sin dejar de observar al joven con mucha atención.
Jota intuyó el patio a través de los traslúcidos cristales de la puerta metálica que coronaba el pasillo distribuidor. Tras la puerta del aseo, el inodoro se encontraba enmarcado por cajas apiladas de material de oficina, algunas con marcas evidentes de humedad y combadas, dando la sensación que las torres se caerían de un momento a otro. El austero lavabo le pareció mucho más pequeño de lo que recordaba.
El murmullo de las chicas continuaba en el mostrador y Jota aprovechó para agarrar la manilla metálica de la puerta de hierro que daba acceso al patio y hacer girar la oxidada llave que debía permanecer insertada en la cerradura desde siempre. La llave cedió con dificultad, pero pudo hacerla girar tras emitir un leve chirrido que, por suerte, pasó desapercibido en el resto del local.
Jota estaba fuera de la visión del dueño, por lo que aún tenía margen para inspeccionar el patio y trazar su plan, pero desde su posición él tenía una visión directa de la entrada del local. Comprobó que estaba oscureciendo y que una patrulla del Cuerpo Nacional de Policía aparcaba frente al portal del edificio.
Sin perder más tiempo Jota salió al patio y cerró la puerta a su paso.
De nuevo le pareció que los espacios habían encogido con los años.
Recordaba aquel mismo patio mucho más amplio. A la izquierda de la puerta, una reja enmarcaba el portal de acceso a las zonas comunes del bloque número catorce. Jota se acercó y comprobó que la reja estaba cerrada por medio de un cerrojo sin llave.
De los arriates de la fachada trasera emergía aún la gran bignonia que recordaba como entonces tupía majestuosamente todo el frontal con sus flores color magenta. Ahora, parecía desnuda por la llegada del invierno. En su base, continuaba viva la salvaje zarza que se enredaba sobre su seco tronco y que, debido a la falta de atención, colonizaba casi un tercio de todo el patio trasero y ascendía hasta el primer piso, dando un aspecto aún más abandonado a aquel ya aciago paisaje.
En una esquina, y entre la maraña desde la que crecía la zarza, Jota observó que asomaban unas viejas y oxidadas bicicletas que mágicamente parecían haber sido atrapadas por el arbusto hasta formar parte de su estructura. La vieja copiadora que le había parecido reconocer dentro del local estaba allí, apoyada contra el desnudo muro medianero.
Ningún reflejo acompañaba a Jota en aquel umbrío lugar, hasta que alzó la vista hacia las ventanas del segundo piso y allí le pareció ver algo, evidenciado por la luz proyectada de la luna que ya hacía acto de presencia y se reflejaba en la ventana entreabierta del 2.º A.
Solo había una forma de subir y descubrir lo que ocultaba aquel apartamento (su verdadero antiguo piso) y no pudo evitar trazar un plan de subida, tras analizar la estructura orgánica de la vieja bignonia.
Aquel pensamiento, que le situaba a unos diez metros de la meta, le provocó un estímulo neurológico que comenzó a tensar toda la piel de su cuerpo, hasta el punto que tuvo que remangarse para ser testigo de que su epidermis no se había resquebrajado por completo.
Jota miró un instante hacia la puerta metálica de acceso al local, donde aún se escuchaba el murmullo de las muchachas y se evidenciaban las luces de la patrulla, para volver a mirar hacia aquella fachada trasera y buscar un hueco entre las zarzas, enredadas entre la celosía de hormigón que le separaba del patio interior de las viviendas.
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