Una casa sin reflejos
Capítulo 45
El dueño de la panadería, con la persiana a medio bajar, accedió a atender a Yago por su insistencia, ofreciéndole la única opción que quedaba en la vitrina: una empanada de pulpo. No era su relleno favorito, pero al menos serviría para acabar con esa voraz sensación de hambre que se le había ido avivando a lo largo del pesado viaje en autobús.
El camino de ida y vuelta de la casa a la panadería le sirvió a Yago para apreciar los cambios realizados en el centro de la ciudad y, sobre todo, para pensar en las palabras de su madre. La charla le había dejado más reflexivo de lo habitual, ya que no había podido evitar sentirse culpable por haber dejado que el espacio y el tiempo se interpusiera entre él y su familia. Pero cuando se es joven, pensó, uno no es consciente de la mayor parte de sus actos y del significado que cobrarán en el futuro, y por eso a menudo lo habitual es agarrarse a aquellos que proporcionan una calma, un bienestar o una felicidad de una forma más rápida y fácil.
En su caso, el camino hacia la felicidad había comenzado en el centro de bienestar de Reinalto, con una terapia y un tratamiento regulado y ortodoxo que chocó de bruces con su desarrollo hormonal en la pubertad.
Aquella etapa de desorden farmacológico dio lugar a un proceso de rebelión de lo que había supuesto su hogar, que a su vez había sido un presidio para él. Una huida de lo que para él representaban los vínculos con su pasado y el desarrollo como persona. Había decidido escapar, con la consiguiente obligación de buscar la felicidad por otras vías alternativas, que fueran directas a su central de dopamina, alimentando su sistema de recompensa a su antojo. Yago apenas recordaba ya nada de aquellos años viviendo en las calles de Madrid, pero la verdad, nunca se plantearía reconstruir aquella parte tan autodestructiva de su existencia.
Pensar en Reinalto, en su asidero emocional, le obligó a detenerse en el camino. No llevaba ni unas horas fuera del centro y ya empezaba a sentir que le faltaba la respiración. Comenzó a notar una presión en el pecho, propia de los primeros síntomas de sus ataques de dependencia. Quiso culpar de su descontrol emocional a la visita de su hermano y al resurgir del pasado.
Yago se apoyó en un portal por el que pasaba. Se sentó sobre el poyete de mármol y dejó a su lado la empanada, mientras trataba de concentrarse para recuperar el ritmo normal de su respiración. Empezaba a notar que le fallaba la visión periférica y decidió cerrar los ojos pues preveía, que de un momento a otro, irrumpiera un repentino mareo en su cabeza que le hizo sentir como si estuviera metido en una centrifugadora. Es el chasquido, pensó.
No recordaba la última vez que los tres habían comido juntos y le sorprendió lo relajada y cómoda que había resultado la reunión familiar frente a la empanada, a pesar del pulpo. Hablaron de trivialidades, comentaron anécdotas del trabajo, del colegio… Nada oscureció aquel momento. No se sentían con la necesidad de arreglar nada en esa sobremesa. Ocuparon sus mentes con historias cotidianas que les brotaban de forma natural y les hacían reír. Rieron tanto como aquella vez después del funeral de la madre de Ángela, cuando les dio a todos un ataque de risa al ver un perro como acompañante trasero en una moto. Iba sentado en el asiento y agarrado al pecho de su dueño, mientras su larga lengua le bailaba por efecto de la velocidad. Entonces nadie pudo disimular la risa durante el trayecto de la iglesia hasta el cementerio. Llegó un momento en que lágrimas se habían solapado con las sonrisas, enmascarándose aquel momento de duelo.
Ángela disfrutó de la compañía y la charla de sus hijos. Se limitó sobre todo a escuchar y observar a Nerea y Yago, mientras estos se reían de sus propias tonterías. No recordaba la última vez en la que se había sentido tan a gusto en su casa; algo que al mismo tiempo le hacía sentir un poco triste.
Amaba a sus hijos y, por un momento, sintió que no había sido tan mala madre.
Aquel contundente pensamiento le devolvió a una realidad de la que intentaba escabullirse sin éxito. Pero a cada rato sentía un martilleo en la cabeza que rompía el silencio y le devolvía de forma inmediata al aquí y ahora. Solía sentirse mal por pasar buenos momentos y por no echar de menos a sus hijos, o por haber tratado de ocultar a toda costa su oscuro pasado. Sintió entonces que su obligación como madre también era estar allí con Nerea y con Yago en ese instante, y disfrutar de esos momentos, no solo estar pendiente de Jota, tal y como siempre había hecho hasta entonces.
Aquel clima familiar le ayudó a despertar de su pesadumbre y a recordar que su grupo de teatro necesitaba de ella como apoyo moral para el estreno. Pensó en Olga y en las inseguridades que había mostrado en los últimos días, pensó que si la obra arrancaba sin estar ella presente, el equipo de actores no podría disimular cierta inquietud y preocupación. No es que ella se sintiera indispensable, sino que pensó en la importancia de su responsabilidad dentro del grupo, y que no podía fallar. Todos habían depositado su confianza en ella y ella sentía que debía responder como mínimo con todas sus fuerzas.
Después de los postres, Nerea estaba tan contenta con la visita de Yago que olvidó sus ejercicios de logopedia y se entregó al juego con su hermano mientras Ángela terminaba de prepararse en su dormitorio.
El tono de llamada del móvil hizo regresar a Ángela de sus pensamientos.
—Olga no me coge el teléfono —dijo Maite al otro lado del teléfono, cuando se le empezó a entender tras los balbuceos provocados por los nervios —. No me responde y tenía que haber llegado hace ya una hora.
—Se habrá retrasado por lo que sea —respondió Ángela, intentando trasmitir calma a pesar de sus propias dudas.
—¿Y tú dónde estás? —preguntó Maite, con cierto tono de preocupación.
—Estoy terminando de prepararme.
—Pero… vienes ya, ¿no? Te necesito aquí, que yo sola no puedo, Angie.
—Enseguida salgo. Y tranquila que tú puedes con todo y más — dijo Ángela, sin que se le pasara por la cabeza contarle las intenciones que tenía
un rato antes.
—Vale —dijo Maite tranquilizándose—. Prueba tú también a llamar a Olga, por favor, a ver si a ti te coge el móvil.
—La llamo ahora. Si tengo noticias te digo. Nos vemos en breve.
Se duchó lo más rápido que pudo y se puso el conjunto que tenía reservado desde hacía varias semanas. Todo estaba apartado y pensado, por lo que no tardó mucho en estar lista para salir.
Ángela abrió el armario para coger sus tacones reparados. Observó el desorden entre las cajas de zapatos y extrañó aquella blanca en la que guardaba los pocos recuerdos que le quedaban de Juan y su anterior vida.
Yago y Nerea seguían jugando cuando Ángela apareció ya arreglada y preparada para su estreno.
—¡Guau! ¡Impresionante! —dijo Yago al ver a su madre entrar en el salón.
—¡Qué guapa, mamá! —añadió Nerea, con los ojos abiertos de par en par.
—Yo voy a ir adelantándome para terminar de prepararlo todo en el teatro. Vosotros iros preparando y no tardéis mucho en salir. No se os ocurra llegar tarde.
—Entonces… ¿Vamos a i-d todos al est-deno? — preguntó Nerea emocionada.
Ángela asintió y miró a Yago, que le devolvió la sonrisa.
—Claro que sí, cariño.
—¿No decías que es pa-da mayo-des?
—Yo quiero que vengas —dijo Ángela llena de energía y convencimiento —. Ahora llamaré a Víctor para decírselo. ¿De acuerdo?
—Me parece genial —apuntó Yago.
—Chicos… —dijo Ángela, agachándose y poniendo a su altura —. Os quiero mucho.
Todos los acontecimientos que habían tenido lugar en esa semana la habían precipitado a su «yo» de veinte años atrás. Veinte años desde que su vida se había alejado por completo de lo que había imaginado junto a Juan y los niños.
Dicen que uno puede ir como atesorando la felicidad que siente cuando es consciente para poder recuperarla en los malos momentos. Ya no le quedaban reservas y por primera vez notaba que estaba consiguiendo rellenar el vacío.
Sin poder evitarlo, volvió a recordar el momento en el que todo se había torcido y ella había perdido el control sobre unos niños que jugaban a ser mayores y a encarar los nuevos miedos propios del paso de la infancia a la edad adulta, sin aún haber vencido los miedos a la oscuridad.
El momento en el que su hogar se había convertido en una casa sin reflejos y por tanto sin recuerdos a los que acudir. Una casa en la que mirar tu propia imagen se había vuelto un acto imposible y temerario. En la que la sugestión y la curiosidad habían perturbado la mente de unos niños con el cerebro demasiado confiado como para asimilar ciertas historias labradas en la oscuridad de unas cavernas. Historias pensadas para alejarnos de todo lo malo que podría amenazarnos; creadas para poder identificar al mal y separarnos de él sin remordimiento. Un terror transmitido, de unos a otros, para nuestra propia supervivencia. Terror que si llega demasiado pronto a nuestras vidas puede asimilarse como algo natural.
El terror puede llegar a ser un enemigo incontrolable para unos padres que lo único que intentan es proteger a sus hijos, a los que ve tan indefensos ante una vida que se antoja a veces tan salvaje. Ese terror vive en la oscuridad, pero también demanda la luz que le es necesaria para poder filtrarse por los reflejos que devuelve la plata. Luz para hacerse visible en el fondo de un pozo o implorar su presencia en el filo de un cuchillo. El terror no es nada si no lo ves. Busca anidar en las mentes más porosas y asentarse en ellas durante todo el tiempo que dura la inocencia. Anhela generar un chasquido sordo en la psique que le permita convertirse en la auténtica realidad de las mentes inmaculadas, y no hay betún en el mundo que pueda proteger a los niños del reflectante pulido de una superficie iluminada por la luz de la noche. No existe venda que pueda cubrir la impronta del horror en unos ojos contagiados por la sugestión de una imagen perturbadora, un sonido inquietante, o un escrito con capacidad para perturbar. Elementos que usa el terror para poder expandirse en un acto desesperado de seguir existiendo.
Ángela salió de su casa confiada y reforzada; con el ánimo puesto en la esperanza de una nueva etapa que requeriría tener mucha fuerza de voluntad y la verdad como estandarte.
—¿Jota es malo?
Yago miró a su hermana extrañado mientras terminaba de abrocharse los botones de la camisa. Se quedó pensativo mientras su hermana pequeña esperaba la respuesta.
—No lo sé —contestó Yago, casi sin pensar y sin estar plenamente convencido de qué responderle —. Creo que no. Pero no lo sé.
Nerea ya estaba vestida y preparada para ir al teatro y observaba el ritual de acicalamiento de su hermano mayor. Yago se había afeitado y peinado, y era tal el cambio que casi parecía otro.
Yago se sentó en la cama de Nerea y se colocó los zapatos negros recién lustrados con betún. Se anudó los cordones con fuerza y estiró sus calcetines. Intentó disimular su nerviosismo, pero sus ojos rojos empezaban a delatarle.
Nerea se sentó a su lado en la cama y lo observó analizando su cara.
—No quie-do que te vayas.
Yago giró la cabeza para mirar a su hermana y sonrió mientras su flequillo se mecía al vaivén de su movimiento.
—A lo mejor me quedo unos días.
—¿Sí? —dudó la niña, observando el sudor de la frente de su hermano.
—Claro…
—No te vayas…
—No… no me voy a ir. ¿Por… por qué lo dices?
Nerea se puso seria mientras observaba la tez cada vez más pálida de Yago.
—Te puedes que-dad en la habitación de Jota.
—¿Y cuando vuelva él?
Nerea se quedó en silencio.
—Yo no quie-do que vuelva… Me gusta más cuando estás tú aquí. Y
mamá… está más contenta.
Yago volvió a sus zapatos, notando cómo la ansiedad volvía a hacer su presencia.
—No sé… ya veremos —dijo Yago en un tono más serio.
—¿No quie-des vivid aquí?
—No es eso… es que tengo que trabajar, Nerea.
Yago se puso de pie y se metió la camisa por dentro del pantalón con cierta brusquedad. Miró a su hermana que le observaba preocupada.
—Jota no va a volver haceros daño. Lo de Víctor fue… Él necesita ayuda…
—Ya lo sé. Me lo ha dicho mamá. Tenemos que ayu-dad-le… aunque le haga daño a alguien.
Yago se agachó y se puso a la altura de su hermana.
—Mira, Jota ha hecho cosas… y puede que las siga haciendo. Pero ya es mayor y si ha hecho algo malo… tiene que asumir las consecuencias. A ti no va a hacerte daño. No tengas miedo.
—¿Él hizo algo malo de pequeño? —preguntó Nerea, con la timidez de alguien que sabe que está entrando en un terreno inexplorable.
—¿Por qué piensas eso?
—Es… pod-que vi algunas cosas de Jota.
Yago sonrió con complicidad.
—En una caja, ¿verdad?
Nerea asintió con sorpresa. No esperaba que su hermano supiera de lo que le estaba hablando.
—¿La que guarda mamá en su armario? —preguntó curioso Yago —. Yo también encontré esa caja hace tiempo. Mamá guarda en esa caja sus secretos, pero la pone en un sitio fácil para que los demás la podamos encontrar.
—¿Pod qué?
—Porque a veces los mayores tienen secretos que no pueden contar, pero que quieren compartir. Porque piensan que no les hace tanto daño si hay más gente que los conoce.
—¿A ti te hizo daño? ¿Por eso te fuiste?
—Cuando uno es pequeño… a veces, se hacen cosas malas sin ser conscientes, y sin mala intención. Y luego esas cosas se te meten en la cabeza y te dan miedo… Y te hacen ver cosas que no existen…
—¿A una niña?
—Sí —asintió Yago con la mirada perdida, mientras tragaba saliva.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—¿Ya no la ves?
—Ya no…
—¿Y quién eda? —insistió Nerea.
Yago observó a su hermana y se limpió el sudor de la frente, mientras asimilaba que ella estuviese al corriente de todo aquello.
—No lo sé. Pero lo importante es que dejé de verla.
—¿Y pod qué no volviste a casa? Cuando ya no la veías…
—Porque estaba un poco enfadado.
—¿Con quién?
—Con Jota… y con mamá. Mamá me contó una cosa que había pasado con mi padre y con Jota y yo me enfadé con ella y me fui otra vez. Hay que decir siempre la verdad. Es importante saber la verdad, aunque nos duela.
Pero no hay que pensar más en eso. ¡Venga! ¡Vámonos!, que vamos a llegar tarde al estreno y entonces sí que se va a enfadar mamá.
Nerea abrazó a su hermano y Yago le dio un beso en el pelo. Al mirar por encima del hombro de su hermana se vio reflejado en el espejo de la cómoda. Comprobó que el sudor frío no era solo una sensación, sino que su frente estaba plagada de gotas que le habían empapado el pelo y que le daban un aspecto descuidado y sucio. Tenía la cara pálida y comprobó que el temblor de su mano solo le era perceptible a través del espejo. Yago dejó de sonreír cuando observó que en la grieta, que cruzaba el espejo de arriba a abajo, había colocada una tirita.
—¿Por qué has puesto esa tirita en el espejo?
Nerea se giró y observó la tirita en el cristal.
—Pod que está do-to…
Y entonces a Yago le pareció ver a alguien que los observaba desde la oscuridad del pasillo.
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