Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 29 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 29

Nerea nació en plena adolescencia de Jota y a este siempre le pareció un incordio; una presencia extraña que perturbaba el ambiente de quietud en la familia. Su sorprendente llegada se convirtió para él en un símbolo presente y tangible de que Víctor estaba unido a sus vidas para siempre.

Jota entonces había huido a Madrid cuando su hermana se estaba haciendo ya una niña. Antes de esa etapa no había hecho esfuerzo alguno por mostrar gran afecto hacia ella. En realidad fue a la vuelta de su etapa universitaria cuando Nerea se convirtió para él en una responsabilidad complaciente, descubriéndole un vínculo que nunca antes había sentido, ni tan siquiera con Yago.

Nerea se mostró ante él como un ser fascinante, autosuficiente y cabal; que le necesitaba a su lado para crecer, pero con una fuerza inusual y admirable. Ella era a su vez su cuidadora y protectora, manteniéndole en el lado de la realidad más tiempo del que nunca había pasado antes, Jota casi sin querer decidió quererla y asumir la responsabilidad de hermano mayor que había descuidado durante tantos años. Nerea era el ser más puro y amable al que se podía acercar y del que podía aprender. Sin miedo a ser engañado por la candidez de su inocencia. Ella no estaba impregnada de ese pasado del que todos los demás parecían huir y, a pesar de que Ángela y Víctor se hubieran separado, Nerea seguía sorprendiéndole por su fortaleza y la forma de superar sus barreras con tanta decisión y madurez. Por eso Jota sintió que debía una explicación a su hermana. Sabía que un último día no iba a compensar nada, pero la idea de pasar juntos una tarde le calmaba y podría servir como recuerdo hasta la próxima vez que se vieran.

Esperaba apoyado en la señal de paso de peatones, al otro lado de la fachada del colegio. Estaba agotado por la falta de sueño de los últimos

días. Miró su reloj digital y cruzó la calzada. Llamó al telefonillo de la puerta principal del colegio y esperó a que le respondieran metiéndose las manos en los bolsillos. Mientras se quedó observando el patio de recreo vacío y miró también hacia el cielo poco nublado. Pensó en la felicidad de los chavales ante las buenas previsiones de una tarde de miércoles soleada que iba a permitir levantar el forzado arresto domiciliario.

Tardes de deberes y juegos en el parque. Jota intentó hacer memoria pero no encontró en su mente nada parecido a esa idílica imagen. Ni siquiera pudo recordarse a sí mismo de camino del colegio a casa. No había reparado en ello antes. Su empeño en desvincularse de todo lo que había vivido, previo a marcharse a estudiar, parecía haber borrado todos sus recuerdos. En un triple salto mortal, intentó recordar si algo de aquellos recuerdos habían existido antes de marcharse o, si por el contrario, ya los tenía olvidados previamente.

—¿Sí? —indicó la voz metálica que salió del interfono como un estruendo, interrumpiendo los pensamientos de Jota.

—Hola… Soy hermano de Nerea Prada. Vengo a recogerla… por una urgencia familiar.

—Un momento por favor —indicó la voz metálica —. ¿Cómo dice que se llama?

Jota se dio cuenta de que no estaría en la lista de autorizados para recoger a Nerea… ya no estaban en los noventa.

—Soy su hermano… Sé que no estoy en la lista, pero es una urgencia.

—Lo siento. No estoy autorizada.

La intercomunicación se cortó en seco tras un estridente zumbido.

Jota vio peligrar su tiempo con Nerea. Se presentaba una tarea difícil si tenía que negociar con Víctor. Sabía de sobra cuál iba a ser su respuesta, ya que no permitiría que su hija faltase a la clase de flauta, o que no dedicara el resto de la tarde a hacer los deberes y a practicar los ejercicios de logopedia.

Tendría que explicarle que se marchaba de nuevo a Madrid y no le apetecía darle explicaciones y aguantar sermones. Era lo último que necesitaba.

Volvió a apoyarse en la señal y esta vez a notar un calor húmedo que desprendía su cuerpo al contacto con el mullido forro de su cazadora. Poco a poco empezaron a aparecer padres y madres cargados con paraguas y

chaquetones. Él se sentía observado por todos, como si fuera un intruso en aquellos dominios. Jota recordó que la salida del colegio se producía a las dos, pero que Nerea llegaba a casa a las cinco porque después de clase se iba directa al comedor y luego a las clases extraescolares. Pensó que sería un buen momento para interceptarla.

El conserje abrió las puertas, puntual como un reloj digital, y Jota contempló la horda de padres y madres acercándose hasta el límite de la entrada, construyendo un muro orgánico del que ningún infante podría escapar. Observó, desde la distancia, intentando descubrir si podría ver a Nerea antes de que se la llevasen al comedor.

El comedor no se encontraba en el mismo edificio, con lo que intuía que algún responsable acompañaría a los niños cruzando la calzada. Aquel sería el momento de inventar una excusa y acometer la emboscada para llevarse a su hermana.

Jota siguió esperando, cabeceando entre la multitud.

Nerea se puso su chaquetón verde manzana, se colgó la mochila y se quedó sentada y con la cabeza apoyada en sus puños cerrados, presionado sus mofletes hasta casi dejarse cerrados los ojos. No le apetecía mirar a nadie y no se levantó hasta que no vio a todos sus compañeros colocados en la fila para salir, alterados por la inminencia del sonido del timbre. Nerea se levantó la última y se colocó al final de la fila, con el cuello torcido hacia atrás y la cabeza hundida en los hombros. Había sido un mal día.

La maestra Carolina guardó en su portafolios el fajo de exámenes con el que estaría entretenida parte de la tarde del miércoles. La otra parte ya había decidido dedicarla a llevar a su gata al veterinario para que acabase, de una vez por todas, con su agonía.

Se acercó al final de la fila de alumnos y se colocó tras Nerea.

—A mí me ha gustado tu cuento, Nerea —comentó la maestra, esperando la salida como una más de ellos.

Nerea se dio la vuelta hacia la maestra, girando la cabeza con dramatismo.

—Pero me ha dado un poco de miedo —apuntó Carolina, tras agacharse y ponerse a la altura de la niña para hacerle la confesión.

—Gemma dice que me he copiado —dijo Nerea indignada.

—¿Y lo has copiado? —preguntó la maestra, entornando los ojos con suspicacia para parecer exageradamente cómica y que Nerea no apreciara sus verdaderas sospechas.

Nerea miró muy seria a su maestra de infantil y volvió a girarse hacia la fila, con la cabeza gacha, resoplando y esperando al sonido de su liberación.

La verdad era esa. Nerea había copiado el cuento que la señorita Carolina había encargado que redactasen. Pero aun así, la niña sintió una gran frustración cuando Gemma la acusó en público, al terminar de leer el relato.

Durante toda la semana habían leído en clase diferentes cuentos de los hermanos Grimm y la seño les había mandado, como actividad para ese miércoles, escribir un pequeño cuento que no ocupara más de una carilla.

La temática era libre, pero tenía que incluir un protagonista, que se enfrentara a un reto que debía superar, y un antagonista que se lo pusiera muy difícil. Un ejercicio que en principio no debería resultar complicado para alumnos de segundo de primaria, pero que sin embargo a Nerea se le había atragantado.

A Nerea le había tocado leer en la clase el cuento de «Juan sin miedo» y desde entonces no se le quitaba de la cabeza. Esa historia sobre un niño que no tiene miedo a nada y que se va de aventuras, para poder encontrar el miedo, le había resultado fascinante. Nerea no entendía por qué ese niño querría hacer algo así, porque ella se consideraba muy miedica. Al leerlo, y comprobar que el protagonista se llamaba Juan, lo imaginó con la cara de su hermano. Pensó que, al igual que el protagonista del cuento, su hermano también se iba de aventuras a sitios con fantasmas, en mitad de la noche, y que nunca sentía miedo. Para ella, su hermano, era la persona más valiente que conocía.

Lo adoraba y aunque él no lo sabía, ella se sentía como su verdadera protectora. Su madre le repetía una y otra vez que tenía que cuidar de su hermano mayor, que si en algún momento observaba algo fuera de lo normal, o si se comportaba de forma extraña o diferente a lo que hacía a diario, debía avisarla de inmediato. No podía llamar a nadie más, solo a ella, y que ella se encargaría de todo. Debían protegerlo entre las dos.

Había estado muy distraída durante todo el fin de semana de su cumpleaños y no se había quitado de la cabeza la velada de San Martín, por lo que se le olvidó por completo que tenía que inventarse un cuento para el miércoles. Había dedicado su tiempo de ocio a practicar con el regalo que Jota le había traído de la capital. Su nueva flauta travesera sonaba mejor que la que le dejaban en el conservatorio y no pudo parar de reproducir las melodías que ya controlaba y que le hacían sentir libre. Se sentía más cómoda expresándose con la música que con su propia voz.

Fue la noche del martes, colocando el libro de Lengua y Literatura en la mochila antes de irse a dormir, cuando se acordó que tenía que escribir la historia. Abrió incluso el cuaderno rojo donde hacía los ejercicios con la esperanza de que el cuento ya estuviese escrito como por arte de magia, pero el cuento no estaba allí y se le vino el mundo encima.

Aquella noche su madre estaba sentada en el salón aplicando la crema de betún negra a unos viejos zapatos que quería dejar impecables para el día del estreno de la obra de teatro. Nerea se fue acercando a ella por el pasillo, observando cómo su madre cogía el móvil de la mesa y hacía una llamada.

Nerea la abrazó por la espalda y Ángela, tras dar un respingo, dejó de nuevo el teléfono sobre la mesa. El abrazo repentino delataba su delito y buscaba una expiación a un inconfesable olvido que, sin duda, le traería problemas en la próxima tutoría con la maestra.

—Métete ya en la cama que es tarde —dijo Ángela, pasando su mano sobre el pelo ondulado de la niña, que permanecía con la cara hundida en su espalda. En su otra mano aún sostenía el zapato de tacón negro a medio lustrar —. ¿Te has lavado los dientes?

Nerea alzó la vista y observó el zapato.

—¿Qué haces, mamá?

—Intentar que estos zapatos parezcan nuevos — dijo Ángela, con una exhalación.

La niña observó el bote de crema negra sobre la mesa de cristal y la caja en la que aguardaba la pareja del calzado.

—Porque yo sé de una niña… a la que le gustaba mucho ponerse mis tacones y arrastrarse con ellos por el suelo… — dijo Ángela, con un tono cantarín que intentaba no sonar a reprimenda.

Nerea volvió a abrazar a su madre y observó la caja de zapatos que tantas veces había trasteado en el armario de su madre. Se acordó de esas primeras sensaciones de notar los tacones y caminar con ellos por el pasillo.

También se acordó de la bronca que le echó su madre cuando vació todas sus cajas de zapatos por el suelo de la casa, incluyendo aquella que contenía cartas y fotografías que aún guardaba escondida en lo más recóndito del armario. Había también dibujos y fichas del colegio de sus dos hermanos y algunas de las historias que Jota solía escribir de niño y que su madre tenía archivadas en una carpeta azul de elásticos.

Aquella noche, mientras abrazaba a su madre, y veía aquella caja de zapatos negros de tacón, se acordó de aquella otra caja de recuerdos que escondía su madre. Allí estaría todavía aquella carpeta azul con los cuentos escritos por Jota.

Nerea besó a su madre:

—Hasta mañana, mamá.

Corrió hasta el umbral de la puerta de su cuarto y en cuanto observó que su madre volvía a agarrar el teléfono móvil, cruzó en silencio el pasillo y se metió en el dormitorio principal. Los calcetines sobre la tarima amortiguaban el ruido de sus pasos. No tuvo que hacer ningún ruido al tirar de los pomos del armario empotrado, porque las puertas ya estaban entreabiertas.

Escondidas tras los vestidos largos al fondo del armario estaban las cajas de zapatos. Recordaba que era una caja blanca y que, además de los cuentos, contenía fotos familiares del pasado. Ya su madre en aquella ocasión le advirtió que todos esos recuerdos no podían volver a salir a la luz. Esta vez tendría cuidado y todo quedaría en el mismo sitio.

El acceso al colegio se fue despejando. Los coches, aparcados en doble fila, fueron yéndose dejando libre la carretera. Solo habían pasado cinco minutos desde que el conserje anunciara las dos de la tarde con la apertura de la cancela, como si de la torre de la iglesia se tratase marcando el compás del día.

Un grupo de niños y niñas se acercaba a la salida, caminando en fila por el borde pavimentado que dividía el patio del recreo y la zona edificada.

Una mujer vestida con un chaleco reflectante les marcaba el paso y

controlaba que ninguno se entretuviera arrancando las ramas de los parterres.

Cuando Jota vio a Nerea, entre el enrejado de alambre, cruzó la calzada con las manos en los bolsillos y se acercó a la puerta. Esperó a que su hermana estuviera lo suficientemente cerca y levantó la mano para que Nerea se percatase de su presencia.

Nerea vio a su hermano y se quedó paralizada. La sorpresa hizo que frenara en seco y que su compañero de detrás de la fila chocara con ella aplastando su cara contra la mochila de ella. La señora del chaleco reflectante le hizo una señal para que continuara andando y la niña comenzó a moverse sin dejar de mirar a su hermano y saludando sonrojada.

La delgada y encorvada señora que guiaba a los niños se percató del gesto y miró con desconfianza a Jota. Los frenó antes de salir y siguió el protocolo antes de cruzar la puerta.

—¡Todos en fila! Venga, poneos todos en orden que hacemos recuento.

¡Vamos rápido!

—¡Disculpe! —interrumpió Jota sobrepasando la cancela de entrada.

—No me distraiga a los niños —indicó la señora, al percatarse de que Jota intentaba llamar la atención de la niña.

—Soy hermano de Nerea Prada… ha habido una urgencia familiar y necesito que venga conmigo.

—¿Tiene autorización?

—Soy su hermano…

—Es la primera vez que le veo por aquí.

—Ya… Pero soy su hermano. Puede preguntarle.

—La tutora no me ha comentado nada, así que no tengo autorización para dejar ir a la niña con usted. Lo siento.

—Ha sido algo inesperado, no…

—Tendríamos que llamar a los contactos para hacérselo saber. Hoy tiene comedor y los tutores legales tienen que haber indicado en la agenda expresamente que la niña va a faltar.

—Ya. Le estoy diciendo que ha sido a última hora. Soy su hermano…

Nerea observó la escena con cierta angustia.

—Es su madre, o su padre, quienes pueden venir a buscarla…

—Tan complicado le resulta dejar que me la lleve. Quiero comer hoy con mi hermana porque me voy de viaje.

Nerea miró preocupada a Jota en silencio.

—¡Y tan complicado te resulta a ti entender que no puedo dejar que se vaya con cualquiera que me lo pida! Con la de cosas que pasan…

—¡Pero soy su hermano!

—¡Si no hay autorización no puedo dejar que se la lleve!

—Me duele la bad-diga —dijo Nerea cortando la discusión.

Jota se agachó para observa a Nerea de cerca.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —preguntó Jota preocupado.

—Quie-do idme a casa con mi hed-mano — dijo la niña, mirando desafiante a la señora del chaleco reflectante.

—Te llevaré al médico, ¿te parece bien? —dijo Jota con templanza.

Nerea asintió y Jota se incorporó, volviendo a ponerse a la altura de la mujer.

—Pero… —balbuceó la señora.

—Voy a llevármela al médico —dijo Jota, mirando amenazante a la mujer que no sabía cómo reaccionar —. No creo que en este estado le vaya a sentar bien comer en el comedor. Así que…

—Tendré que notificarlo a su tutora y que ella se lo diga a sus padres.

—Claro, hágalo, pero ahora se va a venir conmigo.

—Deme un momento mientras lo consulto…

Jota agarró la mano a su hermana y cruzó la calzada ante la mirada atónita de la mujer, que intentaba centrarse en el grupo de niños que aún tenía a su cargo.

Nerea miró hacia la fila y se sintió bien por primera vez en ese maldito día.

—He dicho una menti-da —confesó Nerea a su hermano, mientras se alejaban del grupo.

—Ya lo sé —indicó Jota, sonriendo para quitarle la cara de preocupación a su hermana —. Ha sido por algo bueno. ¡Soy tu hermano!

—¿A dónde vamos? —preguntó Nerea, sin estar del todo satisfecha con su acción. Habían sido demasiadas mentiras para un mismo día.

—¿Tienes hambre? Yo tengo mucha hambre.

Nerea asintió intentando parecer contenta.

—¿Has llamado a Víc-tod?

—Luego le aviso —contestó Jota, sin prestar atención al comentario —.

¿Quieres pizza?

Comieron pizza en el restaurante italiano La Giudecca, que seguía igual desde los tiempos en que lo visitaba con Olga.

—¿Qué tal hoy en el cole? —preguntó Jota, después de un lapso en el que no pudo evitar acordarse de la sesión y de Olga.

Nerea se encogió de hombros y dio otro bocado a la porción de pizza primavera.

—Bien —dijo la niña para salir del paso.

—¿Te lo has pasado bien en el recreo? ¿Con quién has jugado?

La niña torció el gesto como para indicar que la conversación era un poco incómoda para ella.

—Con nadie.

—¿Qué es lo que habéis hecho hoy?

Nerea empezó a sentirse mal y soltó el trozo de pizza en el plato. En ese momento no podía saber que estaba experimentando un principio de ansiedad. No le apetecía hablar del tema. No quería contarle nada a su hermano de su incidente con el cuento que había copiado. Hablar de eso supondría hablar de dónde lo había encontrado. Supondría romper la promesa que le hizo a su madre. Supondría que su hermano podía enfadarse con ella porque le había robado una de sus historias. Supondría que su hermano la quisiera un poco menos. Decidió permanecer callada. No le importaba haber jugado sola en el recreo. No le importaba que Andrea se hubiera metido con ella porque su cuento era malo y feo. No le importaba que su mejor amiga se hubiera reído cuando no había pronunciado bien las erres al leer el cuento del Señor Tiritas. Lo único que quería era ver a su hermano feliz, porque cuando a él se le veía feliz todo era mucho mejor en casa.

—Tengo que haced debe-des —dijo Nerea, cuando terminó el último trozo de pizza.

Jota puso las manos sobre la mesa y le dedicó una sonrisa. Ella se la devolvió con la esperanza de que volvieran lo antes posible a casa. La

culpabilidad no dejaba de atormentarla y quería redimirse y volver a tomar el control, empezando por hacer los deberes de mañana.

—Esta noche me voy a Madrid.

Nerea asintió conforme. Estaba acostumbrada que tanto su hermano como su padre y su madre viajaran de un lado a otro. Nunca había supuesto un drama para ella. Su hermano se había marchado de su lado el fin de semana de su cumpleaños. ¿Por qué no cualquier otro día?

—¿Tienes que ta-da… ta-da…?

Jota esperó impaciente la pregunta y observó el reflejo de su hermana en el servilletero, que le miraba sonriente y pronunciaba a la perfección:

«¿Tienes que trabajar en Madrid? ¿Verdad?».

Jota volvió a mirar a su hermana confundido y asintiendo.

—Pero… Esta vez voy a irme por una temporada.

—¿Cómo cuando fuiste a la uni… uni…?

—Universidad… No. Bueno, no lo sé —dijo Jota, perdiendo la mirada en el distorsionado reflejo del servilletero —. Tengo que aclarar algunas cosas.

—Vale.

Cuando Jota se había ido a la universidad Nerea no tenía ni tres años.

Sus primeros recuerdos eran solo con su madre y con Víctor. Sabía que tenía dos hermanos y que de vez en cuando venían a visitarles, y aunque le encantaba esa sensación de que ellos existieran, en realidad no vivió una infancia con hermanos.

Desde que Jota había vuelto de la capital todo su mundo había cambiado. Le encantaba tenerlo cerca, pero el ambiente en casa siempre estaba tenso. Incluso Víctor y su madre se habían distanciado. Desde que había regresado a casa también lo habían hecho los silencios, los viajes a escondidas; la tensión y la presión de no enfadarle. Las pequeñas mentiras y los pequeños secretos.

Con la vuelta de Jota, el vínculo entre su madre y ella se había visto entorpecido, porque todo se había convertido en un manual para sobrellevar a Jota.

Nerea se sentía responsable de su hermano, de no hacerle enfadar, de que no descubriera la verdad… y ahora se sentía mal por haber abierto

aquella caja y usar la historia del Señor Tiritas que él había escrito. De alguna manera, al enterarse de que se iba a Madrid ella sintió cierto alivio…

la tensión se relajaría y su madre probablemente ya no estaría con el enfado a flor de piel, y hasta puede que sus padres dejaran de discutir y se volvieran a acercar el uno al otro.

—Vámonos ya… tengo que haced los debe-des.

La ficha de Lengua no le estaba resultando complicada, incluso decidió alargarla para sentirse más atareada. Se tomó un tiempo extra para mejorar su letra al colocar los elementos, desdibujados por la mala calidad de la fotocopia, en el grupo del género correcto. De vez en cuando se le iban los ojos hacia el espejo que tenía delante. Le había extrañado la raja que lo atravesaba de arriba a abajo, pero no dijo nada porque había descubierto a su hermano observándose en el espejo al volver ella del baño y él no había hecho ningún comentario cuando había vuelto en sí.

A través del reflejo observaba a Jota metiendo algo de ropa en un macuto. No le pareció muy grande, lo que le hizo pensar que quizá no se fuera por mucho tiempo. Jota estaba más raro de lo habitual y no podía dejar de plantearse si algo tenía que ver con ella, si era responsabilidad suya.

Cuando terminó la ficha de Lengua y hubo repasado las tablas de multiplicar, Nerea organizó los libros y cuadernos para el día siguiente. Se sabía de memoria el horario. Colocó su nueva flauta sobre el escritorio, preparada para la clase de esa misma tarde, y abrió el cajón superior de su tocador de donde sacó el método de logopedia que seguía a rajatabla para mejorar su dicción. Recordó cómo su amiga se había reído de ella delante de toda la clase y aquel pensamiento la mortificaba al tiempo que le daba fuerzas para sacar la voluntad necesaria.

—Ta-dá, ta-dá, ta-rá —repitió Nerea, delante del espejo con exagerados movimientos de la lengua.

Mientras doblaba una camiseta, Jota observó atento a su hermana.

—Ta-rá, ta-rá, trá…

Jota metió la camiseta en el macuto y atravesó el pasillo hasta el cuarto de Nerea.

—Tra, tra, tra-ba-jo —completó la niña.

Jota se sentó junto a su hermana y ambos se miraron a través del reflejo.

Jota volvió a reparar en la raja y su mirada se perdió por completo.

Nerea se dio cuenta de que su hermano se había ido.

—Tra-ba-jo, tras-te… tras-te-do, tras-te-ro.

Jota observó a su hermana a través del espejo y vio cómo algo había cambiado en ella. La niña lo miraba sonriendo, con un gesto que le dio un escalofrío.

—Trabajo, trastero, trapecio —dijo Nerea a la perfección a través del reflejo, sosteniendo una sonrisa un tanto siniestra y desconocida para él.

Jota miró a su hermana con temor y preocupación. Su cara se había transformado, aunque sus facciones seguían siendo las mismas.

—¡El perro de San Roque no tiene rabo, porque Ramón Ramírez se lo ha cortado! — dijo una Nerea amenazante a través del reflejo y con el rostro cortado y deformado por la fisura del cristal.

—¿Cómo…? —masculló Jota sorprendido.

Nerea rio a través del espejo, mientras sus miradas no se separaban en ningún momento.

—Tengo un secreto… —dijo la niña, llevándose el dedo índice a la boca.

Jota reposaba su mano apoyada en la silla de Nerea y la fue subiendo poco a poco por su espalda, hasta su cuello.

—Un secreto que no te puedo contar —continuó la niña desde el espejo y con una dicción perfecta.

Jota volvió a sentir la tensión en la piel del pecho y cómo el dolor se desplazaba hacia las extremidades, poniéndole la piel tirante y provocándole el temor de que se llegase a desgarrar.

—Pero no te lo puedo contar yo… —continuó el reflejo de Nerea —.

Vas a tener que preguntarle a él.

El reflejo de Nerea señaló hacia la puerta de la habitación y allí apareció el Señor Tiritas, que se acercaba a ellos con una caja de zapatos en las manos.

Jota, paralizado por la imagen, detuvo su mano en el cuello descubierto de Nerea. Cerró su palma, rodeándolo con sus dedos muy lentamente.

El espejo palpitaba por su fisura, deformando aún más el rostro de su hermana.

Jota siguió apretando el suave cuello de la niña.

—¿Jota? —dijo Nerea, intentando devolver a su hermano a la realidad.

Pero la expresión de Jota le heló la sangre. Su consciencia parecía estar metida dentro del reflejo y no reaccionaba.

—¿Sabes que mamá no quería tener más hijos? Por eso me sorprendió cuando decidió tenerte.

Nerea empezó a notar la presión tras su cuello y una gran fuerza empezó a acercar su cara hacia el cristal.

—¡Jota, me haces daño! —indicó Nerea llorando, aunque sus palabras más que una queja parecían una súplica.

Jota hundió los dedos en la nuca de Nerea, agarrando la cabeza como si se tratara de una pieza de fruta. Sus dedos se tensaron, sus articulaciones empezaron a crear una presión que estaba a punto de liberarse. Su mirada seguía perdida en la grieta.

—¿Sabes lo que trae? ¿El Señor Tiritas? —preguntó el reflejo de Nerea —. Si quieres tener secretos… los tienes que guardar bien.

Jota escuchó atento, ajeno a la realidad.

—Yo también te he mentido, Jota. He cogido tus cuentos y los he copiado… Ese cuento feo del Señor Tiritas…

La piel de Jota siguió tensándose hasta provocarle un dolor que parecía quebrarle por dentro.

Jota, intentando retener su impulso, siguió apretando el cuello de Nerea, que cada vez se acercaba más al palpitante espejo. Jota cerró sus dedos agarrando un mechón de pelo que le impidiera moverse.

Nerea seguía suplicándole angustiada que la soltase, aunque Jota ya había dejado de escuchar de ese lado de la realidad. El Señor Tiritas se acercó dejando un rastro de apósitos que dejaban entrever su ondulante mirada.

El puño de Jota temblaba de la tensión, con el rostro de la niña a pocos centímetros de la grieta del espejo.

De repente el sonido de unas llaves rompió el hipnótico momento.

—¡Nerea! —gritó Víctor a lo lejos.

Tras el sonido del batir de la puerta de entrada del apartamento, Jota aflojó su fuerza y la tensión de sus dedos, volviendo en sí y notando que toda su piel se destensaba rápidamente.

Nerea se echó hacia atrás y rompió a llorar, llevándose las manos a la nuca por el dolor y sin comprender qué había sucedido.

Víctor apareció por la puerta del cuarto de Nerea con la cara desencajada al ver a la niña.

—¡Dios, estás aquí…! —dijo Víctor, llevándose la mano al pecho.

Nerea se levantó, dejando caer el taburete, y se abrazó a su padre.

—Jota, ¿por qué no me has dicho que ibas a recoger a Nerea? ¿Tienes idea de lo que he llegado a pensar cuando he ido al colegio y me han dicho que se la habían llevado? ¡Eres un inconsciente! Vámonos Nerea, recoge tus cosas. ¿Qué ha pasado?

Nerea miró con temor a Jota, que parecía seguir en estado de trance, observándolos a través del espejo, y volvió a abrazarse a su padre cuando este cogió la mochila del colegio y abrió el cajón de su ropa interior.

—Estás demasiado acostumbrado a hacer lo que te da la gana… sin que nadie te diga nada — dijo Víctor, mientras metía la ropa en la bolsa de viaje de Nerea—. La culpa es de tu madre por meterte en una burbuja. Hace mucho tiempo que tenían que haberle puesto fin a todo esto. Tenían que haber tomado medidas drásticas contigo, porque se les ha ido totalmente de las manos. Te tenían que haber encerrado como a tu hermano.

En ese momento Jota se levantó agarrando la flauta travesera de Nerea y, apartando a su hermana, asestó un golpe a Víctor en la cara que le reventó el cristal izquierdo de sus gafas. A razón seguida le propinó un segundo golpe, esta vez en la cabeza, que lo empujó hacia atrás, provocando que se golpeara la nuca sobre la cómoda y que perdiera totalmente el equilibrio hasta caer de espaldas contra el suelo. El golpe fue brutal y la sangre no tardó en brotar del cuero cabelludo.

Jota miró a Nerea, que observaba atemorizada, soltó la flauta y contempló a Víctor tirado en el suelo sin reaccionar.

Nerea dejó de llorar de golpe al recordar de repente lo que su madre siempre le había dicho acerca de su hermano. Se acercó a Jota, e intentando mantener la calma, le agarró de la mano.

—¿Estás… bien? —le preguntó la niña, procurando controlar los sollozos.

Jota pareció reaccionar, miró a los ojos de su hermana y se puso de rodillas junto a Víctor. Tenía sangre en el ojo y brotaba también del cuero cabelludo. Hizo como que le tomaba el pulso.

—Está bien, Nerea… Tu padre se pondrá bien — dijo Jota, con la voz entrecortada y temblorosa.

Nerea lo observaba inmóvil, asintiendo temblorosa, mientras apoyaba su mano en el hombro de Jota.

—Llama a mamá. Yo… tengo que irme ahora.

Jota, aún trastornado, miró a su hermana con una expresión de desconcierto que Nerea no era capaz de comprender.

—Yo… nunca te haría daño. Nunca te haría daño, Nerea. Te quiero.

Llama a mamá. Ya sabes lo que tienes que hacer. Tu padre se pondrá bien.

Coge su móvil y llámala. Vendrá enseguida. ¿De acuerdo?… Pero antes dime, Nerea… ¿dónde está la caja?

La niña mostró a través de sus ojos una expresión de pánico que la delataba.

—¿Qué caja?

—Ya sabes cuál…

Nerea negó con la cabeza y arrugó la frente, agachando la vista.

Jota la agarró del brazo y observó cómo los ojos de la niña volvían a alzarse y dirigían su mirada hacia el cuarto de su madre.

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