Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 56 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 56

El comportamiento extraño de los dos niños había comenzado a evidenciarse después del trágico final del cumpleaños. Los psicólogos infantiles, tanto el que aportó el propio colegio como al que acudieron de forma privada, coincidieron en que los terrores nocturnos, pesadillas y

«supuestas presencias» en el cuarto de los chicos eran normales estando dentro de un periodo de asimilación traumática. Los dos hermanos acabaron confesando que antes de dormirse habían estado contando historias de miedo, detalle que, unido a la muerte repentina de la pequeña Mayra, determinó las conclusiones de los especialistas, que achacaron el problema a un caso de inmadurez mental donde se habían combinado dos hechos, creando una fantasía que ambos proyectaban en los espejos: por una parte la muerte de Mayra y por otra las historias sobre las invocaciones delante de espejos para ver a los muertos o para descubrir la verdadera naturaleza de nuestros seres queridos.

Jota parecía ir progresando mejor, a pesar de que no era capaz de dormir por las noches. Y era Yago quién mostraba indicios de que las secuelas podrían llegar a ser catastróficas para su mente si no se trataban a tiempo. A demás de no dormir, Yago había dejado de comer, de hablar o de expresar casi cualquier tipo de emoción, más allá del llanto desconsolado y de un pavor que le dejaban sin sentido. Era capaz de desplomarse cuando le embestían los pensamientos oscuros y se le presentaban las imágenes que, supuestamente, le mostraban a una niña al otro lado del espejo. Una niña de la que solo hablaba entre los delirios que le provocaba la fiebre nocturna.

Una noche, dando tumbos por el cansancio de los días sin dormir, Yago apareció por el pasillo y comenzó a balbucear palabras sin sentido. Juan y Ángela, que dedicaban las horas nocturnas a calmar las fiebres y a velar por

los niños, sintieron aquella noche un escalofrío que solo el verdadero terror te hace sentir.

—Que se vaya… —susurró Yago, en los brazos de su madre y con la mirada perdida.

—¿Quién, cariño? —contestó Ángela entre lágrimas, mientras miraba desconsolada a Juan.

—Está ahí… —dijo Yago entre sollozos, mientras señalaba el armario entreabierto que les mostraba sus propios reflejos sobre la cama.

—Cariño… Soy yo —dijo Ángela, como si una daga le hubiese atravesado la garganta.

Jota comenzó a chillar justo en ese momento. Un chillido desgarrador y desesperado mientras su cuerpo se movía sin control aparente, con una extraña descoordinación en brazos y piernas, mientras se revolvía con extrema violencia por la colcha que le cubría.

Juan intentó inmovilizarlo pero aquella reacción perturbó aún más al pequeño, que comenzó a golpearle en la cara con una fuerza inesperada para un niño de su edad. Casi podía leerse la palabra furia escrita en sus ojos. Juan tuvo que hacer uso de bastante fuerza para aplacar y controlar al niño.

—¿Qué es lo que veis? ¿Qué es lo que veis? ¿Qué es lo que veis?

— gritó Juan, rompiendo a llorar y liberando la tensión de toda una semana.

Jota había entrado en una especie de trance psicótico. Ángela miró aterrada a Juan mientras abrazaba a Yago, que ya parecía haberse calmado.

Ambos compartieron miradas y entendieron que eran incapaces de sostener aquella situación, y que se les estaba yendo de las manos.

Por recomendación del psicólogo intentaron entretener durante el día a los dos niños con todo tipo de actividades físicas y deportivas, con el fin de agotar su rendimiento al máximo para que durmieran bien por la noche. Por su parte, el pediatra también intentó tranquilizarles indicando que era muy común tener ese tipo de pesadillas a la edad de entre cuatro a siete años.

Época en la que el cerebro del niño sufre unos cambios hormonales muy drásticos y que cualquier perturbación se engrandece en el subconsciente para acabar siendo materia prima de los sueños que luego resurgen a la

noche. Intentó normalizar la situación asegurando que aquel episodio era pasajero y afirmando que ningún niño mantiene sus miedos para siempre.

Poco convencidos con aquellas inocentes explicaciones decidieron no volver nunca más a ese pediatra y buscar ayuda especializada en temas de psiquiatría infantil. Mientras buscaban recomendaciones y se asesoraban por su cuenta en el tema, el problema se fue agudizando. Yago ya no quería salir a la calle, había dejado de comunicarse. El día que Juan y Ángela llevaron a los niños al colegio, después de varios días de ausencia, les costó un ataque de pánico de Yago. Se habían quedado tomando un café en un bar frente al colegio, con la previsión de que pasara algo, cuando recibieron la llamada de su tutor indicando que Yago había perdido el conocimiento al ir al aseo, llegando en el incidente a dejar de respirar.

Yago estuvo faltando gran parte del primer trimestre. No había día que no llorara sin explicación y sin que se le pudiera dar consuelo. Hasta que una noche dejó de llorar, y fue cuando la imagen de la niña que tanto espanto le producía atravesó el espejo del ropero de su dormitorio y se abalanzó sobre él. Esa noche Yago, sometido ya a un estrés mental que no podía sostener, decidió coger el bote de tranquilizantes de su madre y se fue echando, masticando una a una, todas las píldoras que contenía hasta quedarse dormido.

Lo llevaron al hospital y tuvieron que hacerle un lavado de estómago.

Juan se quedó esa primera noche con él en el hospital, tiempo donde inesperada y paradójicamente pudo aprovechar para recuperar un poco la tranquilidad y poner en orden sus ideas. Debían tomar una determinación: llegar al fondo de todo aquel asunto y descubrir qué era lo que provocaba los temores de sus hijos; qué extraña fuerza era aquella que hacía que un niño de tan solo nueve años quisiera quitarse la vida porque no era capaz de afrontar sus propios miedos. En realidad, estaban frente a unos miedos incomprensibles para el mundo de los adultos, cuya distancia quedaba ya lejos de comprender o empatizar con esos temores infantiles.

En esos días de incertidumbre Ángela se quedó en casa con Jota comprobando como poco a poco conseguían conciliar juntos el sueño. Sin los temores compartidos por los hermanos e intentando superar la culpa por haber dejado al alcance de Yago su bote de pastillas.

Debido a los notables progresos por ambas partes, decidieron mantener esa distancia temporal y espacial durante el ingreso, tanto entre los hermanos, como entre Jota con su padre; lo que, casi sin esperar, supuso el mayor avance en las dos últimas semanas.

A Ángela le tocó dejar a un lado, de forma temporal, el duro golpe que había supuesto que Yago hubiese ingerido las pastillas. Ya no quedaba ninguna en la casa y no le habían hecho falta para dejarse llevar por el agotamiento.

—¿Se va a poner bien? —le había preguntado Jota, preocupado porque su hermano estuviese separado de él por primera vez en toda su vida.

—Sí. Está con papá.

Ángela comprobó que aquella respuesta no tranquilizaba mucho al pequeño, a quien se le había quedado un extraño rictus de horror.

—Tranquilo. Yago está bien con papá. Va a cuidarle… como yo a ti.

Jota hundió su cara en el pecho de su madre, ocultando sus incipientes lágrimas.

—¿Papá va a volver? —balbuceó Jota, entre la camisola de su madre.

Ángela agarró la cabeza de su hijo y miró sus ojos congestionados.

—Escúchame. Papá no te va a hacer daño. Te lo prometo. Sé que tienes miedo. Esas cosas que crees ver y que dices que escuchas son solo historias que te tienen cogidas de miedo. Pero no son reales, nada de eso es verdad…

Jota alzó la vista y miró temeroso a su madre.

—No os va a pasar nada, cariño. No hay nada en los espejos. Nada de lo que ves puede hacerte daño…

Jota miró hacia la puerta entreabierta de su armario y Ángela siguió el trayecto de su mirada, vidriosa y perdida.

—Pero… —continuó Jota con voz entrecortada—. A mí me duele. Me duele aquí — dijo Jota señalándose el cuello—. Y no puedo respirar y me mareo. Y papá… no me suelta. Y aprieta más.

Ángela miró hacia la puerta del armario y observó el fino hilo de cristal que dejaba entrever la apertura. De repente, en ese instante, pensó en Delfina y en la historia que no hacía mucho le había contado. Pero ella no creía en esas cosas. Su pragmatismo le impedía empatizar con cualquier sentimiento religioso o espiritual, cuando menos con historias de fantasmas

o visiones espectrales. La mente, para ella, era capaz de escudarse en el imaginario colectivo con tal de no afrontar una realidad que intentaba camuflar, como método de supervivencia, para no dejar una huella indeleble en su desarrollo.

Juan nunca les había puesto una mano encima a los niños, era incapaz de hacer algo así; sobre todo habiendo sido él mismo víctima por parte de su propio padre de una violencia injustificada. Ángela creía conocerlo hasta ese punto, aunque pensó en la posibilidad de que de alguna manera el maltrato que sufrió por parte de su padre fuera un trauma aún no superado, y que las reacciones estuvieran como en un estado latente, de manera que apenas encontraran un resquicio para salir podrían aflorar y proyectarse hacia afuera saliendo de su propio enquistamiento.

—Papá… ¿te ha hecho daño alguna vez? —preguntó Ángela con temor —. Pero no en el espejo… fuera. ¿Te ha hecho daño, cariño?

Pero Jota no respondió y se quedó mirando a su madre con desconcierto, sin saber aún si ella se estaba refiriendo a un dolor físico o al emocional.

Cada vez que Ángela iba a visitar a Yago al hospital dejaba a Jota con su vecina Delfina, para evitar que el pequeño fuese testigo del estado de su hermano, o que la visión de su padre le hiciese retroceder todo lo que habían conseguido avanzar en los días previos.

Yago había recuperado el apetito y mostraba mejor color. Tres días sostenido a base de suero empezaban a arrojar síntomas de mejoría, a pesar de que las cuencas oculares estaban aún teñidas por un tono violáceo, recuerdos de unas ojeras aún más marcadas en los días anteriores.

Juan también tenía mejor aspecto, se notaba que todos estaban durmiendo mejor, aunque jamás mencionaron ese hecho por el motivo que les había llevado a ello.

Yago se había quedado dormido, y aprovechando que Juan había subido dos cafés de la máquina, salieron al pasillo para poder hablar tranquilos.

Ambos se pusieron al día en cuanto a los avances que habían hecho por su cuenta, aunque en sus conversaciones desde lejos se traslucía el agotamiento físico y mental, además de un desgaste inusual para unos padres jóvenes.

Ángela le contó a su marido las sensaciones con Jota: sus pesadillas, lo que le había confesado la noche anterior acerca de su temor y el dolor que sentía cuando tenía esas visiones lúcidas en el espejo. Incluso le contó a Juan la historia de Delfina con su hijo, que por lo visto le había afectado más de lo que creía porque no se la quitaba de la cabeza.

—¿Y qué quieres decirme con esto? —preguntó Juan ofendido.

—No lo sé, Juan. No sé por qué ven lo que ven.

—Ya nos lo dijeron los psicólogos… son miedos habituales después de lo que pasó con Mayra y… esas historias.

—Ya, pero no me digas que es normal. Cuántos niños no se cuentan historias de miedo o viven muertes cercanas… Es que… no puedo más. No sé si voy a poder con esto. Me está superando.

—¿Por qué no te quedas tú aquí esta noche? Yo hablaré con Jota en casa.

—No sé si es buena idea…

—Hazme caso. Hablaré con él y dormiremos juntos para que vea que no pasa nada. No puedo vivir sabiendo que mi hijo me tiene ese miedo. ¡No puedo! Descubriré qué es lo que le pasa. Tú quédate hoy aquí y pasa unas horas con Yago, que también te echa de menos.

Ángela se dejó llevar, y al fin y al cabo también ella quería echar tiempo con su otro hijo.

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