Una casa sin reflejos
Capítulo 50
El murmullo del gentío se intensificaba por momentos y al otro lado del telón Iván deambulaba por el escenario haciendo círculos; concentrado y con la mirada perdida, ajeno al patio de butacas.
Olga apareció de entre las cortinas de los bastidores ataviada con un camisón blanco de algodón. Tenía el pelo humedecido y recogido hacia atrás, con la cara lavada y el efecto de unas leves ojeras marcadas con precisión por la maquilladora. Se sentó, apoyándose en su propia pierna, en una de las sillas colocadas en los laterales del escenario; ocultas por las cortinas, situadas de forma estratégica para que los actores pudieran descansar al salir de escena. Estaba descalza y se apretó el pie que le colgaba del asiento. Observó a Iván, tan concentrado que no se había dado cuenta de su llegada, mientras no paraba de dar vueltas por el escenario aprovechando para realizar los ejercicios previos de respiración.
El telón se abrió por el lateral derecho y apareció Maite entornando los ojos. El pesado telón verde de terciopelo aislaba de la luz y los rumores, por lo que su entrada alteró a los actores. La escenógrafa observó la hamaca y revisó la mesa de noche situada en la vertical. Encendió la luz de la lamparilla y cerró los ojos dando un resoplido. Miró su reloj y abrazó a Iván cuando este pasó a su lado. Antes de volver a salir, buscó con la mirada y vio a Olga con los ojos cerrados y sentada sobre la silla en la posición de loto. Se acercó a ella y se arrodilló tocándole las pantorrillas.
—Vamos allá —dijo Maite, con una sonrisa nerviosa.
Olga abrió los ojos y le devolvió la sonrisa. Colocó sus manos sobre las de Maite y las apretó con fuerza.
—Ángela está en el control —dijo Maite con talante serio —. Va a estar contigo en todo momento, ¿de acuerdo?
—Estoy bien… —Olga asintió—. De verdad.
—No quiero ponerte nerviosa, pero… ya ha llegado Pedro con tu madre.
Olga miró hacia el tupido telón que le separaba de sus seres queridos, como si pudiera sentirlos. Respiró hondo y miró emocionada a Maite.
—No, al revés. Estoy así más tranquila —dijo Olga tomando aire e irguiendo la espalda.
Juan Carlos apareció por el otro extremo de la cortina moviendo la cabeza hasta que dio con Maite.
—Hay que subirla ya —dijo el técnico, a la vez que entraba al escenario con el mando de la hamaca. Apretó el botón y la hizo descender hasta la posición acordada.
Maite esperó junto a la mesa de noche, para comprobar que la lámpara no entorpecía el descenso de la hamaca.
Mientras tanto, Olga se acercó hasta el centro del telón y abrió una rendija para observar al público. Comprobó que ya estaban casi todas las butacas ocupadas. Buscó entre los asistentes y vio a Pedro y, junto a él, a su madre. Estaban sentados junto al pasillo central. Su madre sonreía como una niña y miraba en todas direcciones obnubilada.
—¡Iván, a posiciones ya! Abrimos en cinco minutos — dijo Maite, mientras llamaba con la mano a Olga.
—Mucha mierda —dijo Iván abrazando a Olga.
Olga se acercó hasta la hamaca y se tumbó en ella, dejándose envolver como en una crisálida.
Maite le apretó la muñeca intentando transmitirle seguridad y el técnico pulsó el botón que comenzó a elevar la estructura.
Olga puso la mente en blanco y cerró los ojos mientras ascendía, sorprendida de su propia entereza.
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