Una casa sin reflejos
Capítulo 35
Permaneció inmóvil, con los ojos apretados, los brazos tensos y un sudor frío; en medio del escenario, a oscuras, enmarcada por la luz del cañón y en silencio. Las uñas de los dedos se le clavaban en las palmas; el dolor la acompañaba desde que el telón se había alzado para dar comienzo al último ensayo general. Olga abrió los ojos y dos lágrimas saltaron liberadas.
—No soy la de antes. Ya no me conoces —dijo Olga, con la voz entrecortada —. Ni siquiera yo me reconozco y… y voy a quedarme. Lo he decidido.
Iván respiraba frente a ella, muy cerca; amenazándola con una mirada de ira contenida y girando a su alrededor para intimidarla. Lo estaba dando todo en el que era su momento de gloria interpretativa.
—Sabes que esto no funciona así… —dijo Iván con socarronería, metido en su papel como nunca antes.
—No voy a irme contigo. Ya no. He cambiado de opinión.
—¿Y qué es lo que te ha hecho cambiar? —preguntó Iván, que seguía girando alrededor de Olga y con una sonrisa siniestra que se volvía grotesca bajo los efectos de la luz.
La chica se quedó bloqueada y cerró los ojos apretando tanto los párpados que parecía que fueran a darle la vuelta sobre los globos oculares.
Respiró hondo y abrió los ojos, intentando relajar las falanges de los dedos engarrotados.
—¡Tú me has hecho cambiar! —gritó Olga, con una desesperación que excedía a su propio personaje —. ¡Que estés aquí me ha hecho cambiar!
—Has sido tú quien me ha llamado, no lo olvides. ¿Te crees que esto es un juego? ¿Que puedes llamarme y ahora pedirme que me vaya a tu antojo?
—¡Ha sido un error! Me sentía perdida, sola y vulnerable. ¡Ya no quiero tenerte cerca! ¡Vete!
Olga dio un empujón a Iván, tan fuerte que lo tiró de espaldas.
Iván, desde el suelo, miró a Olga extrañado y luego observó de soslayo a la directora, que se había incorporado de su la butaca y les observaba absorta.
—Esto… esto no funciona así —continuó Iván, sacando rédito a la improvisación —. Ya es tarde.
—No lo es… Pude echarte una vez —dijo Olga, sumida en un llanto de agonía que no le dejaba hablar.
Olga dio un grito ensordecedor y levantó sus brazos, mostrando a Iván sus muñecas llenas de marcas ensangrentadas y cicatrices de atrezzo.
Iván se levantó de la tarima y se colocó tras la mesilla de noche de la decoración. Cogió el bote de pastillas vacío y le dio la vuelta de forma triunfante.
—Esta vez sí que es demasiado tarde…
—¡No! Ahora sé por qué tengo que luchar. ¡Te he dicho que te vayas!
Olga corrió hasta Iván y empezó a darle manotazos en la cara y la cabeza.
Iván se apartó de ella y huyo entre las sombras de las bambalinas.
La joven se dejó caer de rodillas sobre la tarima polvorienta, tocándose la barriga con gesto de dolor. Elevó los dedos índice y corazón de su mano derecha y se los metió en la boca con violencia. Tras una arcada quitó los dedos de su boca y se agarró la garganta con su mano izquierda, simulando empezar a asfixiarse. Tras varias bocanadas y estertores, Olga cayó al suelo con los ojos abiertos de par en par y un gesto grotesco que se fue tornando en sonrisa.
Ángela la observó sin perder detalle; emocionada y afligida por lo que acababa de presenciar.
Maite y el resto del equipo se acercaron al escenario, aún alterados y comenzaron a aplaudir emocionados.
Olga se incorporó sonriente, pero sin poder detener las lágrimas de la tensión que había soportado en las últimas horas. Se sintió triunfadora ante el ensayo; algo que le hubiera parecido imposible la noche anterior y la
otra. No confesó a nadie que iba a tirar la toalla antes de intentar ese ensayo general, pero ahora sabía que podía superar cualquier cosa. Se alegraba de sentirse fuerte. Lo necesitaba para pasar aquella noche y las siguientes.
—Muy bien… Has estado sensacional —indicó Ángela, mientras se sentaba de nuevo en su butaca de primera fila —. Otra vez. Desde el principio.
—Espero que salga igual mañana —dijo Olga en la puerta del teatro.
Ángela miró a la joven con un orgullo que hacía tiempo que no sentía por nadie y que la embriagó de emoción. Posó sus manos en los hombros de la chica y le transmitió su confianza.
—Mañana lo harás igual de bien. Eres tan fuerte y transmites tanta fuerza ahí arriba. Con todo lo que estás pasando con tu madre… es admirable. Es una suerte haberme cruzado contigo, Olga. Que hayas aceptado este reto… No tengo palabras.
—Para, por favor —indicó Olga, conteniendo las lágrimas y abrazando a Ángela —. Si estoy aquí es por ti. Por todo lo que esto representa para ti.
Por lo que has pasado tú también.
Ángela se separó de la joven y a miró a los ojos, extrañada y expectante.
—Sé quién eres —confesó Olga, obviando cualquier referencia a la persona que tenían en común.
Ángela volvió a abrazar a Olga.
—Y yo también sé quién eres tú —dijo Ángela riendo nerviosa, intentando frenar la emoción del momento.
Olga se quedó seria al pensar en Jota y en todo lo que eso suponía.
—Tienes tanto talento y tanto bien ahí metido… — continuó Ángela—.
Todo te irá bien y llegará tu momento. Porque sé que vas a triunfar. Te lo mereces. Te mereces ser feliz.
Ambas deshicieron su abrazo y se quedaron serias, una frente a la otra.
La presencia implícita de Jota en la conversación había contaminado el momento, tornándolo agridulce. Las dos lo habían notado.
—Mañana no pienses que esto se trata de mí — indicó Ángela—.
Siéntela y hazla tuya. Disfrútala con todo tu coraje. Este personaje planta cara porque sabe que sus miedos no son reales… y elige vivir. Elige seguir adelante y tomar decisiones que sabe que no van a ser bien vistas o
aceptadas por todo su alrededor. Pero decide seguir adelante, sin buscar gratitud. Sea lo que sea lo que nos pase en esta vida, te aseguro que se puede superar. Incluso viviendo con ello. Descansa y nos vemos mañana.
Ángela se alejó de Olga, despidiéndose con un leve gesto. Cruzó la calle y se montó en su coche antes de romperse delante de la joven.
Pedro se lavaba los dientes cuando Olga apareció por la puerta entreabierta del baño.
—¿Me pasas el cepillo y la pasta? —demandó Olga, con la dulzura que da el temor.
Pedro frenó el cartesiano ritmo de su cepillado y la miró con compasión.
—Por fa… —dijo Olga, intentando no sentirse avergonzada y patética por no querer entrar.
Pedro alargó la mano hasta el estante colocado a un lado del espejo, cogió el cepillo de color verde y el dentífrico recién estrenado.
—Deberíamos ir a ver a alguien —apuntó Pedro, intentando darle cierta normalidad al comentario.
—Se me pasará.
—Ya. Pero mientras tanto…
Olga extendió un poco de pasta en su cepillo, intentando evadirse de la conversación.
—Estaré bien.
—Estás pasando por mucha presión y te pueden ayudar a entender por qué estás teniendo esos sueños.
Olga se giró y se apoyó en la pared del dormitorio. Comenzó a cepillarse los dientes, intentando que no se notara que le había molestado el comentario. Había tenido suficientes sueños en su vida como para saber diferenciar lo que era real.
—No me apetece hablar de esto ahora…
Olga continuó cepillándose mientras recogía la ropa de encima de la cama.
Pedro se enjugó la boca y salió del baño.
—Perdona. Lo decía por la presión del estreno de la obra y tu madre…
—Deja de decirme lo de mi madre, por favor — dijo Olga, que empezaba a sentirse alterada e incómoda—. No tiene nada que ver con eso, joder. Llevo todos estos años con la enfermedad de mi madre en la cabeza, Pedro. No tiene nada que ver, créeme.
Pedro alzó las manos en son de paz.
Olga se dirigió a la cocina para enjuagarse en el seno del fregadero. Se sintió frustrada por sentirse reducida a un simple perfil estresado, que es capaz de hacer frente a la presión de un estreno o del cuidado de un familiar. Solo ella sabía que no tenía nada que ver con eso. Aunque quisiera contarle a Pedro todo lo que había vivido desde la sesión delante del espejo, no lo haría. Por la sencilla razón de que ese hecho, que ni ella misma entendía, podría cuestionarla por el resto de su vida, siendo asociado a algún brote de la enfermedad que, con toda probabilidad, ella heredaría. No dejaría que nadie la juzgara, por lo que se enfrentaría ella sola a lo que estaba experimentando. Al porqué de aquella terrible visión. Sacaría las fuerzas necesarias para hacerle frente y erradicarlo.
Por un segundo se le pasó por la cabeza llamar a Jota para que le ofreciera algo de luz de lo que había visto, pero aquel pensamiento le revolvió por dentro y al instante lo descartó por completo. Pensar en Jota, en cómo había vuelto a utilizarla para conseguir su fin le produjo un rechazo visceral. No quería volver a verlo, ni escuchar su voz. A pesar de que ya estaría vinculada para siempre a su madre y a un personaje desgarrado y dañado por su pasado y que, con toda probabilidad, mucho tendría que ver también con Jota. Ángela nunca le había hablado de su hijo, y eso era algo a considerar. Uno no habla de lo que quiere olvidar.
Tumbado en la cama, Pedro pensaba en decir algo que les hiciera volver a la normalidad. Cualquier cosa banal que diera una pista a Olga de que todo estaba bien.
—Voy a apagar la luz, ¿de acuerdo? —dijo Pedro arrimando su boca al hombro de Olga.
Olga se giró, lo miró y sonrió.
—Déjala un poco más, ¿vale? Solo un poco más.
—Vale. Lo que tú quieras. Qué descanses.
Pedro miró a Olga resignado y volvió a colocarse boca arriba con la cabeza en su almohada.
—¿Cómo estaba hoy mi madre? ¿Te ha preguntado por mí?
—Hoy no ha respondido.
Olga respiró con fuerza y la bocanada le pareció que no llenaba la calidad hueca de sus pulmones. Observó la luz encendida de la lámpara de la mesa de noche, comprobó que la puerta del baño estaba cerrada, chequeó que las tupidas cortinas estaban echadas y soltó todo el aire que guardaba dentro. Se giró hacia la lámpara y, finalmente, apagó la luz.
Pedro sonrió con los ojos cerrados.
Un par de horas más tarde, los dientes empezaron a castañetearle y fue la rigidez de su cuello lo que la despertó. Estaba destapada por completo y el frío le recorrió todo el cuerpo. Elevó un poco el cuello para buscar el extremo perdido del edredón nórdico y reparó en que la puerta del cuarto de baño estaba abierta en su totalidad. Poco a poco, el sonido de la lluvia contra la faz del espejo volvió. Observó atenta mientras un escalofrío recorría todo su cuerpo. Intentó levantar la cabeza y se dio cuenta de que no podía. Su cuerpo se encontraba rígido e inmóvil; sensación que le llenó de angustia. No podía gritar. No podía girar la cabeza, bloqueada en dirección al espejo. La lluvia sobre el reflejo se hizo más intensa, a la vez que aparecían luces relampagueantes que le mostraban. La lluvia comenzó a cruzar el cristal y le mojó la cara. Sintió el agua sobre su cara y su pelo. El frío le erizó la piel, que aún se mantenía rígida. Seguía sin poder moverse, ni emitir sonido alguno. Cerró los ojos, intentando hacer caso a las palabras de Pedro y despertarse de aquel sueño. Deseo que tan solo fuera eso, un mal sueño.
Cuando abrió los ojos la lluvia caía del techo. Estaba situada al otro lado de la cama y observó que el cuarto de baño había cambiado también su ubicación. Su entorno era un reflejo de la realidad que conocía. Miró hacia el espejo y vio a un hombre que la observaba desde su lado del cristal. El hombre se fue acercando como una sombra flotante y el tiempo pareció ir más lento. Olga intentó moverse de nuevo, pero le resultó imposible que su cuerpo siguiera las órdenes que le daba su cerebro. El hombre, del que solo era perceptible su mitad superior, continuó acercándose a ella, con su cara
ondulante y dos ojos que se iban definiendo y de los que manaba un hilo de sangre que recorría su silueta.
De repente el cristal del espejo del baño estalló en mil pedazos que se dirigieron hacia ella, atravesando a la figura que seguía aproximándose a su cara. Olga notó que la atravesaban las esquirlas y que la sangre brotaba por toda su piel. La figura se detuvo frente a su rostro aún inmovilizado y adquirió forma humana. La atravesó por completo con todo su cuerpo y ella sintió un dolor tan grande como si una bala le hubiera atravesado el estómago a bocajarro.
Olga dio una bocanada de aire y se incorporó palpando con angustia todo su cuerpo. Su voz reaccionó chillando. Estaba de nuevo en su lado de la cama.
Pedro se despertó y encendió la luz de la mesilla de noche. Abrazó a Olga, que aún permanecía temblando y conmocionada.
Olga miró de soslayo el espejo, de nuevo intacto, que les ofrecía el reflejo de ambos, abrazados y seguros, al otro lado.
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