Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 9 de 62

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Una casa sin reflejos

III. Psicomanteum

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9

Se acercaba el día de Santiago Apóstol y eso era sinónimo de celebración en casa. Yago cumplía nueve años ese 25 de julio de 1999, el mismo año que Juan tenía previsto abrir su nuevo negocio de reparaciones informáticas y venta de equipos nuevos y de segunda mano. El local, ubicado junto al portal del bloque, había quedado vacante después del intento del señor Canales, vecino del 1.º B, en mantener su negocio de medias, imposible tras la proliferación de las fabricadas en poliéster y de importación. Decidió dejar de perder dinero y liquidó el remanente aquella misma primavera antes de pasar el estrago que suponía, cada año, la llegada del verano para el negocio de los calcetines.

El auge de la demanda informática era imparable y el continuo chorreo de reparaciones de equipos de sobremesa fueron el detonante para que la familia se liara la manta a la cabeza y pidiera un crédito para abrir un pequeño negocio; sede donde concentrar toda la actividad profesional que Juan venía desarrollando en los alrededores. Juan se había dedicado, en los últimos años, a la reparación de ordenadores a domicilio, ofreciendo un servicio rápido de posventa a todos aquellos usuarios noveles en el mundo de la informática e internet. El grueso de su trabajo consistía en instalar antivirus, software de ofimática, formatear equipos o acoplar algún que otro hardware adicional, como el prolífico CD-ROM, y la ampliación de memorias: discos duros, tarjetas gráficas o modems de 56 Kbps.

En la mayoría de los casos, Juan terminaba el trabajo en el propio domicilio del cliente, pero si el problema tenía que ver con la placa base, o se complicaba la reparación, debía llevarse el equipo completo y terminar el trabajo en casa, lo que, en la mayoría de los casos, le suponía permanecer despierto en medio del salón de su casa hasta altas horas de la noche.

El piso no era demasiado grande. Contaba con salón, cocina de tubo y tres dormitorios, uno de los cuáles servía de almacén y espacio de reparación de los equipos informáticos; acumulando auténticos muros formados por torres de alimentación y pantallas, que apenas dejaban un pequeño hueco para una mesa de trabajo de madera y un flexo. Colgada frente a la mesa, Juan había conseguido colocar una estantería repleta de herramientas; con cajas de todo tipo de hardware y software y cientos de disqueteras.

El espacio era cada vez más reducido, tanto en el cuarto de almacenaje como en el propio apartamento, por lo que Juan tenía que ir seleccionando material de trabajo y mudarse al salón para, una vez que los niños se habían dormido, trasladar su centro de operaciones a la mesa del comedor; mientras Ángela se relajaba viendo algún episodio de reposición de Doctor en Alaska.

Los niños ya no eran tan pequeños; Yago cumplía nueve años y Jota pasaba de cinco, por lo que Ángela y Juan empezaron a plantearse el habilitar aquel improvisado taller como dormitorio para Jota, y dejar a Yago un espacio de estudio para él solo. La idea de abrir el local era inevitable e improrrogable.

Ángela tenía su plaza en el IES Puerta Bonita, como profesora del Ciclo de Grado Medio en Preimpresión Digital, lo que les permitió tener acceso a un préstamo para alquilar y preparar el local y poder tirar con cierta holgura en los comienzos. El negocio de las reparaciones iba lo suficientemente bien como para que pudieran plantearse aumentar la hipoteca del piso e incluir aquel necesario riesgo en sus finanzas domésticas.

Ángela volvía una tarde del instituto cuando se encontró con su vecina Delfina en el portal hablando con la mujer de Canales. Escuchó, de casualidad y mientras retiraba el correo de su buzón, que la hija de ambos finalmente se mudaba con su recién estrenado marido a Pamplona. Canales había previsto jubilarse y dejar el negocio a su hija y a su yerno, para que le dieran otro aire, pero estos no querían saber nada de medias ni de calcetines y ya habían decidido por su cuenta y riesgo trasladar su empresa familiar y la futura crianza de sus hijos a la capital de la Comunidad Foral. De manera que al señor Canales no les quedaba ya otra que traspasar el negocio o

alquilar el local a la desesperada. Ángela se lo contó de inmediato a Juan, y ambos no dudaron en hablar con el banco, tras negociar con el señor Canales las condiciones del arrendamiento.

Decidieron que abrirían el negocio después del verano, coincidiendo con el nuevo curso escolar, aunque ya desde junio, Juan fue trasladando los equipos al local y preparando las estanterías para tenerlo todo a punto para su apertura. Consiguió, a buen precio, el mostrador que dividiría el espacio entre la zona de atención al público, que no sería muy amplia, y la zona de almacenaje y reparación. Él mismo había terminado de poner a punto la instalación eléctrica, la iluminación y algunos arreglos de fontanería para desatascar el váter del pequeño cuarto de baño que daba al patio trasero del bloque.

La semana del 25 de julio el local estaba casi listo y a Ángela se le ocurrió que podría ser buena idea hacer una merienda allí para celebrar el cumpleaños de Yago. Todavía estaba todo despejado y la mesa de trabajo aún tenía un aspecto limpio, por lo que tendrían espacio suficiente para los invitados.

A Juan no le pareció mala idea, y a Yago le entusiasmó, incluso les propuso a sus padres que la noche previa se quedaran a dormir en la casa algunos de sus mejores amigos. Ese año el cumpleaños coincidía en domingo y podían aprovechar todo el fin de semana.

Juan instaló en el mostrador del local el ordenador principal del negocio, donde llevaría el control de las cuentas y las fichas de clientes.

Había comprado una impresora, entonces último modelo, con la que en principio iba a imprimir las facturas, pero que acabó dando muchísimo juego.

La impresora era una atracción para los niños, que se quedaban asombrados viendo cómo grababa y escupía los distintos documentos.

Ángela, que había instalado en el ordenador un programa de diseño, pudo hacer de las suyas para colocar carteles por todo el local. Se familiarizó muy pronto con el programa y empezó a utilizarlo para otras ocurrencias, como por ejemplo imprimir modelos de diplomas que entregaba a Yago cuando sacaba buenas notas en los exámenes o a Jota cuando se comía todo

el plato de lentejas. Especialmente a Yago le hacía una ilusión tremenda estos diplomas, que iba coleccionando en una carpeta azul de gomillas.

Mientras Juan preparaba el local, Jota se pasaba las mañanas de verano dibujando con el ratón, y cuando decidía que había terminado su obra de arte, le pedía a su madre que se la sacase por la impresora para colgarla en su nuevo dormitorio.

—Se me acaba de ocurrir una cosa —dijo Ángela mientras Jota esperaba paciente a que la impresora fuese dejando ver su dibujo —.

Podríamos sacar unos carteles para el cumpleaños de Yago, ¿qué te parece?

Jota abrió los ojos y arqueó las cejas con un sobreactuado gesto de sorpresa.

—¡Sí, sí, sí! —respondió Jota, brincando y dando palmas.

—Podemos sacar una letra en cada folio hasta formar «F-E-L-I-Z

C-U-M-P-L-E-A-Ñ-O-S» — dijo Ángela, bajando el volumen y acercándose al oído de su hijo—. Las unimos con cinta adhesiva y se lo podemos colgar por todo el local. ¿Te gusta? Pero… tiene que ser una sorpresa.

Jota asintió sin dejar de dar brincos junto a la impresora.

Yago apareció en el local sorprendiéndolos a los dos.

—Mamá, ¿podrías hacer unas invitaciones para mis amigos?

— preguntó Yago, sin prestar mucha atención a la efusividad de Jota.

—¿Unas invitaciones? —respondió Ángela, a la vez que miraba a Jota con complicidad.

—Sí, que ponga que les invito a dormir a mi casa y todo eso…

—Claro, las podemos sacar ahora.

—¡No! Yo quiero dibujar —balbuceó Jota, intentando dar lástima.

—¡Pero si tienes tu cuarto lleno de dibujos de cubos y rayas! — dijo Yago.

—Jota, será solo un momento —dijo su madre sacando el dibujo de Jota de la impresora y entregándoselo a su hijo pequeño.

Este lo cogió y lo observó como si del mapa de un tesoro se tratase.

—¿Qué quieres que ponga la invitación? —preguntó Ángela.

Yago dio la vuelta al mostrador y se colocó junto a su madre mirando la pantalla pensativo.

—Pues… que les invito a dormir a mi casa el sábado y que el domingo es la fiesta.

—Vale —respondió Ángela poniéndose manos a la obra.

Ángela abrió un archivo nuevo y una hoja en blanco apareció en la pantalla del ordenador. Pinchó en el menú superior del programa, eligió una plantilla de invitación y comenzó a escribir en ella.

—Habrá que poner la fecha y la dirección para que sepan dónde es.

—¡Sí! Es verdad —dijo Yago efusivamente—. Pon la dirección.

Ángela continuó rellenando la plantilla de la invitación, mientras Yago prestaba atención a la pantalla e iba leyendo todo lo que escribía su madre.

—Oye, os sabéis bien nuestra dirección, ¿verdad? — intervino Juan para sondear a los niños.

—Yo sí, papá —respondió Yago.

—¿Y tú? ¿Te sabes la dirección de casa? —dirigiéndose a Jota, que dejó de observar su dibujo por un momento y miró a su padre dubitativo, mientras este empujaba una vieja máquina de coser en dirección al patio.

—¿No la sabes? —preguntó Yago burlón.

—¡Muy mal! ¿Y si un día os perdéis? Hay que saberse la dirección de casa de memoria. A ver, Yago, dímela que vamos a ponerla en la invitación.

Y tú atento, Jota.

—Avenida de los Descubrimientos, número 14, segundo B — dijo Yago de carrerilla.

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