Una casa sin reflejos
Capítulo 48
Ángela entró en el patio de butacas empujando las puertas oscilobatientes y llamando la atención de Maite y el técnico de luces, que hablaban haciendo grandes aspavientos encima del escenario, sumidos en una notable discusión fruto de la tensión acumulada.
Maite miró a Ángela desde su atalaya y soltó una descarga de aire, dejando caer los brazos y los hombros y echando el cuello hacia atrás con dramatismo. Sus ya relajadas manos dejaron caer los apuntes que sostenía en forma de rulo.
—Me va a dar algo… —dijo Maite, sonando aún más dramática de lo que pretendía desde su enclave.
Ángela recorrió el pasillo central a paso ligero hasta el extremo del escenario. Soltó su bolso y el manuscrito de la obra sobre el escenario y se remangó.
—Cuéntame… —dijo Ángela, retomando el ritmo normal de su respiración y con la actitud de quien quiere recuperar el tiempo perdido.
—¿Por dónde empiezo? —preguntó Maite con sorna —. Iván ya está abajo en camerinos preparándose con la maquilladora. Hemos revisado también el sonido y ahora estaba aquí con Juan Carlos probando el mecanismo de la hamaca, que… al final hemos pensado bajarla de forma manual.
Ángela subió al escenario por la escalera lateral y miró hacia las tramoyas, desde donde colgaba la hamaca de tela de sábana blanca suspendida sobre el escenario.
—¿Y eso será seguro? —preguntó Ángela.
—El mecanismo automático ha fallado un par de veces cuando la hemos probado esta tarde — indicó el técnico, arqueando las cejas.
—¿Lo habéis probado con peso? —incidió Ángela, buscando una solución.
—¿Y si dejamos lo de la hamaca y empezamos con Olga aquí abajo directamente? — comentó Maite con preocupación.
—Manualmente no hay problema —insistió el técnico, alargando las palabras —. Yo puedo aguantar el peso.
—¡No puede estar en dos sitios a la vez! — profirió Maite, en un arrebato de lógica aplastante.
—Probaremos de forma automática de nuevo y si falla… la dejamos aquí abajo y ya está. Yo le necesito en cabina con las luces — indicó Ángela
—. ¿Qué hay de las luces?
—Las luces están… aunque las probaremos ahora de nuevo con la directora, ¿no? — dijo Maite dirigiéndose al técnico, que asintió apretando los labios y arqueando las cejas, ya ajeno a la conversación—. Pero de Olga ni rastro. Me queda un diez por ciento de batería, con eso te lo digo todo.
—Yo tampoco sé nada de ella —dijo Ángela con gesto de asombro y preocupación.
—Estaba muy inestable estos días, Ángela. Y muy reservada. Más de lo habitual. Algo le ha tenido que pasar porque no le ha cogido el teléfono a nadie.
—¿Tú no te sabes el papel?
—¡Me cago en la…! ¡No me vaciles que ya tengo bastante! ¿Y tú por qué has tardado tanto en venir? ¿Dónde estabas?
—Con mis hijos —contestó Ángela, después de permanecer unos segundos observando el vaivén de la hamaca suspendida.
—Ah, muy bien. Muy bonito todo. Pues todavía hay que montar el Roll-Up en el vestíbulo, preparar la taquilla y las entradas… Y en media hora empieza a llegar ya la gente.
—¿Y dónde están los demás?
—Abajo están todos, ya te lo he dicho, con el maquillaje, el vestuario…
Si somos cuatro gatos.
El técnico desapareció entre las bambalinas y volvió con el control remoto con el que activó el mecanismo de la polea automática, que provocó el lento descenso de la hamaca.
—Parece que baja bien —indicó Ángela, sin perder de vista el elemento de la escenografía y su entorno.
—Perfectamente —contestó Juan Carlos, con cierto aire de indignación.
—¿Lo habéis probado con alguien dentro? —preguntó Ángela.
—Aún no —dijo Maite—. ¿Con quién quieres que lo pruebe? Si yo peso el doble que Olga…
—¿Puedes bajarla hasta aquí Juan Carlos? — demandó Ángela, marcando la altura de su cintura con la mano.
Juan Carlos apretó, de nuevo, el control remoto y la hamaca de lona blanca descendió hasta la altura indicada por la directora.
Ángela se quitó los zapatos, se sentó en la hamaca y se tumbó quedando envuelta como una larva en su pupa.
—Vamos a probar conmigo dentro.
—¡No va a hacer falta! —interrumpió la voz de Olga desde la entrada al patio de butacas —. Ya pruebo yo.
Ángela se incorporó y vio a su actriz principal acercándose con determinación al escenario por el pasillo central, con su ropa deportiva y su mochila. Le pareció además que se acercaba sonriendo y con muy buen aspecto.
Olga subió de un salto al escenario por la parte central.
—Perdón por el retraso —dijo Olga abrazando a Maite.
—Ahora no me vengas con abracitos… que lo que tendría que hacer es echarte una buena bronca.
Ángela se acercó a Olga y esta le dio un abrazo fuerte y sentido.
—¿Estás bien? —preguntó la directora.
Olga asintió sin hablar. Con una sonrisa tan grande como eran las ganas que tenía de echarse a llorar por tanta emoción contenida.
—¿Por qué no te vas preparando? Ya están todos abajo.
—¿No queréis que pruebe lo de la hamaca?
—No hay tiempo. Prepárate primero y luego lo probamos.
Olga volvió a asentir, cogió su mochila y atravesó el escenario corriendo; desapareciendo entre las cortinas laterales de las bambalinas con la gracilidad de una pluma.
Ángela y Maite la observaron preocupadas.
—¿Tú crees que…? —preguntó Maite.
—No lo sé —respondió Ángela, mirando a Maite sin poder esconder su preocupación.
—¿A qué hora quieren abrir las puertas? —preguntó Juan Carlos.
Ángela miró su reloj.
—En veinte minutos.
—Pues tenemos que preparar rápido todo lo que falta — indicó Maite, recogiendo sus papeles del suelo.
—Hay que probar las luces de nuevo… y el sonido. Y en cuanto esté lista Olga, probamos la hamaca.
—La hamaca funciona perfectamente —masculló el técnico, mientras se alejaba por el pasillo central cargado con su caja de herramientas.
—Maite, yo voy a subir ya a cabina con el técnico para probar las luces.
Dile a alguien que te ayude con el Roll-up y la taquilla. Si me necesitáis me dais un toque.
—Sí, como si en este grupo la gente mirase sus móviles alguna vez
— dijo Maite refunfuñando, mientras bajaba a los camerinos.
Ángela siguió al técnico hasta la cabina de control. Desde lo alto pudo disfrutar de una excelente panorámica del escenario con la escenografía montada. Quiso tomar conciencia de la importancia del momento: estaba allí, aunque parte de su mente no había llegado a ese día de estreno con ella.
Sentía que no iba a poder saborear el propósito último, y expiatorio, de aquella obra porque la situación familiar había dado un giro inesperado desde que Jota empezara a tratar de componer el puzle de su pasado. ¿Qué sentido tenía ahora estrenar esta obra? Muchas cosas cambiarían aquella noche en diferentes puntos geográficos y emocionales de su vida, y no estaría plenamente presente en ninguno de ellos.
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