Una casa sin reflejos
Capítulo 37
Después de secarse había dejado la toalla cubriendo el espejo. Se puso la única muda limpia que llevaba en su macuto. Comprobó que su hermano aún no había regresado al apartamento y sintió hambre. Bajó a la cafetería para ver qué podía picar. La charla con su hermano no le había aclarado las cosas y seguía sintiéndose frustrado, pero el mero hecho de haberse sincerado le había producido una leve sensación de alivio. Las sospechas, aun así, no habían hecho más que aumentar. Si algo le había quedado claro, desde la noche en las Jornadas del Misterio, era que tanto su madre como su hermano se habían encargado de borrar cualquier rastro del pasado familiar para ocultarle la verdad. Al mismo tiempo se lamentaba por no haber sido consciente de que era él quien tenía que poner remedio a aquel desapego absoluto a su propia vida pasada y a su propia historia. Se justificaba pensando que la culpa era de aquel ocultismo y la separación de la familia, tanto física como sentimental; de no tener contacto durante tantos años con su hermano y del abismo emocional que le separaba de su madre, que se había hecho más notable desde su vuelta a casa.
Todo este desbarajuste mental iba ofreciendo a Jota ciertas pinceladas que iban trazando más nítidas una imagen completa de la noche en la que salió por el hueco de ventilación del baño para escapar de aquella siniestra figura que le acechaba en el baño. Dudó: ¿Y si el peligro estaba realmente fuera? ¿Y si su padre solo pretendía salvarle del verdadero horror que se hallaba en el exterior de aquella estancia? ¿Y si escapar fue lo que desencadenó los dramáticos sucesos que vinieron? ¿Y si él tenía un papel más protagonista del que recordaba?
Por más que escudriñaba en sus recuerdos no podía hallar la clave. ¿Le estaba protegiendo? Y entonces… ¿Por qué intentó hacerle daño? ¿Qué o
quién se lo dictaba? ¿Y por qué ahora seguía haciéndolo? Pensó que su padre, desde aquel otro lado, aún continuaba queriendo silenciar la verdad.
Mientras iba camino de la cafetería Jota ordenaba aquel caos de preguntas para las que él no tenía respuesta. Era el momento de localizar a la doctora Medina, quien tal vez pudiera colaborar a rellenar todas aquellas lagunas mentales. Al pensar en la doctora se acordó que esa misma noche emitían Alerta 51 con el reportaje especial sobre el psicomanteum. Como Yago no tenía televisor en su apartamento en la cafetería podría matar dos pájaros de un tiro: llevarse algo sólido al estómago y ver el programa completo.
Para llegar a la cafetería había que atravesar una gran sala donde los residentes solían pasar buena parte del tiempo jugando a las cartas o viendo la tele. Al cruzar el gran salón comunal, Jota, se percató de que el televisor estaba encendido y que un grupo numeroso de residentes estaban precisamente pendientes de la emisión de Alerta 51. Se acercó en silencio y se quedó de pie tras el grupo de pacientes y trabajadores que comentaban señalando la pantalla.
La doctora Medina apareció en la imagen y varios de los trabajadores comenzaron a exaltarse y a comentar de forma animosa. Jota intentó escuchar la entrevista y se acercó un poco más al televisor, situándose en primera fila, ante la extraña mirada de algunos concurrentes. Llamado y casi hipnotizado por una fuerza invisible que tiraba de él estaba ajeno al murmullo de su alrededor.
—¡Ahí está otra vez! —gritó una enfermera de mediana edad —. ¡La doctora Lourdes!
—¿Pero qué? ¿La conocéis? —preguntó uno de los pacientes más jóvenes.
—Trabajaba aquí en la residencia —apuntó otra enfermera mayor —.
Antes de hacerse famosa pasaba aquí consulta.
A Jota le pareció que todo empezaba a oscurecerse a su alrededor, salvo el recuadro de luz que enmarcaba la imagen del televisor. Reconoció de inmediato la escena: la doctora Medina realizaba el simulacro de psicomanteum con Valentina, justo en el momento en el que le explicaba a
su audiencia cómo debían componerse los elementos para la singular escenografía, necesarios para la sesión de contacto con los muertos.
«¿Por qué estamos aquí?, —preguntaba de forma retórica la doctora Medina—. ¿Porque es importante el lugar donde hacer la sesión? Porque el velo que conecta las dos realidades, el velo de nuestra mente, se hace más fino».
Jota escuchaba atento mientras Carlos Navas presentaba la mesa de tertulianos, entre quienes se encontraban la doctora Medina y Saúl Aranda, que trajeado para la ocasión rezumaba, por los cuatro costados, una enorme satisfacción por estar de nuevo después de tantos años en un plató de verdad. Tras la presentación de la mesa, el moderador dio paso a una recreación dramatizada, que mostraba una interpretación, al entender de los expertos, de lo que podría haber ocurrido aquella noche en la que un joven padre de familia había intentado matar a su familia por los demonios que había empezado a ver en los espejos. La dramatización concluía con la misma versión que de momento manejaba, el padre al darse cuenta de su intención, decidió lanzarse por el balcón atravesando los cristales y cayendo al vacío. Carlos Navas no dejaba de repetir que aquella era una reconstrucción hipotética de los acontecimientos en base a lo poco que se conocía, y advertía que realmente no se tenía constancia de muchos de los detalles de lo ocurrido.
Jota se indignó al ver aquella dramatización, que no era más que una mala copia de El resplandor de Kubrick, y trató de disimular su dolor al ver al actor que hacía de su padre interpretando el papel penosamente como un loco que había perdido los estribos por hacer una invocación delante de un espejo. Un personaje estereotipado que había perdido la cordura por conjurar al demonio con una vela y cuya consecuencia había sido que esas figuras demoníacas le alentaban a hacerle daño a su familia. Sobre todo a su hijo pequeño, él único que le había hecho frente porque estaba conectado, poco menos que con el maligno. Un niño pequeño que, asustado, se acercaba al ojeroso actor, quien de repente lo agarraba del cuello, tras tumbarlo en el suelo, mientras una sombra que salía de un enorme espejo se acercaba al él y parecía susurrarle algo al oído.
La voz en off del locutor indicaba que aún era un misterio el por qué el padre de familia se había lanzado por la ventana, dando a entender que, tal vez, una fuerza sobrehumana podría haberlo empujado hasta la muerte.
Jota no pudo seguir viendo aquella pantomima. Salió de la sala apartando a todos los que se habían agolpado tras de sí formando un corro frente al televisor.
Notó una bajada de tensión y se sintió mareado. Necesitaba respirar para no vomitar. Se le había cerrado el apetito y las ganas de comer algo, así que atravesó de nuevo el jardín central hasta el bloque de apartamentos y se detuvo cuando una arcada le obligó a apoyarse en la pared. De repente le vinieron unas ganas, que nunca antes recordaba haber tenido, de estar junto a su hermano para contarle lo que había visto, y confesarle que necesitaba hablar con la doctora Medina para que le ayudara a entender lo que le ocurría.
Jota subió de nuevo al apartamento de Yago. Empezó a trazar un nuevo plan: recogería sus cosas e iría a hablar con Lourdes Medina. Tal vez podría localizarla en casa de Carlos Navas donde supuestamente todo el equipo estaba viendo el programa. Hablaría con Valentina y le pediría ese gran favor, que le diera la ubicación para poder presentarse allí y aclararlo todo.
De nuevo, Jota, impaciente, no podía esperar más, aquella burda representación, peor que cualquier leyenda urbana, le había puesto de los nervios.
Ni una semana había transcurrido desde la noche en la que asistió a la sesión de psicomanteum en las jornadas del misterio, pero tenía la sensación de que en realidad había pasado mucho más tiempo.
El instinto era uno de los pocos sentidos a los que Jota aún podía aferrarse; como si de un salvavidas en medio de las gélidas aguas del ártico se tratase. El interior de Jota se asemejaba a una morrena que acumula los restos de piedra, arena y barro que poco a poco va erosionando y arrastrando el glaciar encargado de tensar su piel desde dentro. Acumulando los restos fundidos de hielo, que flotan a la deriva, en las gélidas aguas de su memoria.
«El instinto es el refugio de los desmemoriados», pensó Jota, sin poder evitar acordarse de Valentina. Le sonaba a una de esas frases que le hubiera
dicho para devolverlo a la realidad. Aunque también era más probable que la hubiera leído en el muro de la red social de alguien. En cualquier caso, poco podía fiarse ya de su memoria, ni de lo que oía o veía a su alrededor.
Si algo le quedaba aún vivo era ese instinto primigenio, más viejo que su propia razón, que le servía de guía hacia un lugar que aún no se le revelaba.
Jota trataba de seguir escudriñando las partes de su memoria aún soterradas, pero ya empezaba a notar las fatigas de las noches sin dormir y de una alimentación poco regular; las preguntas se le amontonaban unas encima de otra, le venían ahora dudas sobre aquellas técnicas de superación de traumas de la doctora Medina, quien entonces posiblemente estaba más interesada en experimentar con la mente de aquellos dos niños, que en rescatarles del laberinto en el que se encontraban. Jota sentía que todos esos recuerdos aún permanecían latentes, en las zonas más remotas y oscuras de su mente; dándole la espalda y escondiéndose, tratándole como a un intruso en su propia psique. Lo que Jota no iba a permitir era que aquellas imágenes dramatizadas de su pasado ocuparan el lugar de la realidad. Como cuando creemos recordar nuestra niñez por medio de una fotografía.
Jota buscó en su macuto su teléfono móvil para llamar a Valentina.
Marcó su número pero no contestó. Tampoco lo hizo Eric. Pensó que estarían demasiado ocupados comentando el éxito del programa.
Miró el cielo recortado en la silueta de los pretiles de la ciudad a través del cristal del ventanal del apartamento de Yago. Allí en un reflejo generado por las luminarias de la calle vio al Señor Tiritas, que le observaba como acechando de pie a su espalda. Jota le devolvió la mirada a través del cristal y soltó el móvil en el sofá.
El Señor Tiritas se fue acercando hasta el respaldar del sofá, deteniéndose junto a él, observándole sin ninguna prisa a través del reflejo, a pesar de que sus ojos eran inapreciables entre las decenas de apósitos que cubrían su rostro. Colocó sus manos llenas de esparadrapo sobre los hombros de Jota.
Jota notó esa leve presión. Observó a su visitante, esta vez sin alarmarse, tratando de no mostrarse nervioso. Hasta aquel momento nunca lo había tenido tan cerca, salvo en las primeras pesadillas originadas por su padre, que se había inventado aquel personaje y aquella historia
supuestamente para tranquilizarle. Recordó de nuevo la noche que cayó por la vieja bignonia hasta la zarza que le arañó todo el cuerpo, a partir de entonces, y de la historia de su padre, empezó a protagonizar sus cuentos tan a menudo como eran las visitas que el Señor Tiritas le hacía en el espejo del armario de su dormitorio.
Y allí lo tenía otra vez, tal y como lo imaginó en sus historias. Su instinto volvía a imponerse y ahora le indicaba que aquella representación no era más que la muestra de que estaba en el camino correcto; que «ese otro lado» no hacía más que mostrárselo.
Jota observó su propio rostro en el reflejo del cristal del ventanal y no se reconoció. Vio su rostro alterado por el rictus de una mueca deformada y hosca, que movía su piel alrededor de los ojos dejando al descubierto gran parte de su esclerótica y dándole un aspecto perturbado. Un movimiento de sus propias facciones que le produjo náuseas.
Ya no supo si era el sueño acumulado, o si era el hambre, lo que corrompía la percepción de sus ojos. Ya no sabía si veía o solo sentía lo que su mente le ordenaba. Pero el Señor Tiritas andaba cerca, y tal vez él podría darle respuestas.
—¿Qué quieres? —susurró Jota a su visitante nocturno.
Del cuello reflejado de Jota empezó a brotar un hilo de sangre que se volvió más intenso al contacto con su camiseta. Jota se llevó las manos al cuello y apartó de su garganta las ásperas manos del invitado. A este lado no había nada. Allí con él no había nadie, pero él sin embargo podía sentir que ese tacto textil y plastificado de las manos inertes que lo agarraban y presionaban su cuello era real.
Se agachó, empujado por la fuerza invisible que le retenía, pero consiguió resistirse y levantarse, llevándose, con un rápido movimiento, las sombras del intruso que había generado el reflejo.
Jota intentó recuperar el aliento tras apartarse a una de las esquinas de la estancia, después de caer al suelo. Apoyado en un rincón del apartamento comenzó a recuperar la respiración sin dejar de observar el ventanal. Las luces de la noche fueron mitigando los restos.
Como si se tratase de un latigazo, Jota recordó que en aquel mismo apartamento fue donde el Señor Tiritas le había acompañado siendo un
niño. Dónde había escrito su historia y donde ahora le estaba esperando.
Ya no había rastro de sus historias pero los demonios plasmados seguían acechando.
Jota, agachado en aquel oscuro rincón tras el sofá, perdió el conocimiento tal vez debido a su falta de alimentación y sueño o tal vez como consecuencia del fuerte dolor en el cuello.
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