Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 11 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 11

Jota entró en el salón del apartamento y vio a Eric colocando un micrófono digital sobre el atril de madera que habían dispuesto frente a los asistentes a la charla. Se cargó la cámara al hombro y, tras las indicaciones de una chica con gafas y pelo rizado, se situó en uno de los extremos de la sala.

El salón estaba atestado de gente: alrededor de unas treinta personas esperaban sentadas en pequeñas sillas plegables de plástico negro y una decena más lo hacían de pie, apoyadas en las paredes. Solo quedaba un espacio libre en una de las esquinas de la estancia, junto al ventanal; el lugar dónde se hallaba colocado un gran espejo inclinado, unos 45 grados, sostenido por un caballete de madera. Frente al espejo se encontraba un gran butacón imperial con los brazos de madera dorada y el tapizado color burdeos, a la derecha del trono habían dejado una mesita tipo café, con una vela apagada encima que remataba la escenografía. Ese atril, donde Eric había colocado el micrófono digital, completaba la decoración pretendidamente extravagante y poco natural. A Jota todo aquello le pareció una cosa cutre y profana.

Saúl alzó la mano, llamando la atención de Jota y, mediante un gesto, le indicó que se acercara. Señaló una silla vacía justo a su lado; en un extremo de una de las filas, junto a la pared en la que una vez hubo colgada una lámina del Guernica y varias secciones a lápiz de la cúpula del Panteón de Agripa.

Jota rodeó perimetralmente a los asistentes, pasando frente a los que esperaban de pie apoyados en la pared, hasta llegar a la silla reservada con la vieja chaqueta de punto de Saúl.

Desde su sitio, Jota tenía una visión lateral del espejo. Vio de soslayo a la doctora Medina, sentada en primera fila junto a Carlos Navas. Un

hombre se acercó al presentador de Alerta 51 y le susurró algo al oído, mientras otra chica, en primera fila, tomaba apuntes en una libreta cahier de bolsillo color kraft.

Saúl ya con la chaqueta en su regazo observó atento al muchacho, que no paraba de examinar todo a su alrededor, y empezó a comprender que su manera de analizar el entorno iba más allá de la mera curiosidad periodística. Saúl volvió a centrar su mirada en Lourdes Medina, que ya se había levantado y dejaba unos papeles sobre el atril.

Se imaginó que dentro de un rato podrían hablar en calma, tomándose una cerveza y recordando viejos tiempos. Hablarían de trabajo y de sus conferencias por todo el mundo; de sus proyectos y últimas investigaciones, y por supuesto imaginó que hablarían en un tono más personal de sus vidas, y se reprocharían cariñosamente el tiempo que llevaban sin verse, cosa que no debía volver a repetirse.

Lourdes Medina volvió a ocupar su asiento y tras comentar algo con el organizador, este se levantó y se colocó frente a todos los asistentes tras el atril, a la vez que comprobaba la hora en su reloj digital.

—Bueno… —carraspeó el organizador—. Buenas noches a todos. ¿Se me oye bien? ¿Verdad? — algunos asintieron y otros rieron ante la pregunta

—. Bueno, el sitio no es muy grande… siento que estemos un poco apretados, pero estoy seguro de que la charla de la doctora Medina nos hará olvidar estas incomodidades menores.

El organizador miró sonriendo a Lourdes, que le devolvió la sonrisa y los asistentes del fondo alzaron sus cabezas para observarla al tiempo que la doctora se giraba hacia atrás asintiendo con elegancia. Un aplauso espontáneo inundó todo el salón.

—Lo cierto es que la doctora en un contexto como el de hoy no necesita presentación alguna… aun así, haré los honores —dijo el organizador mientras se colocaba las gafas y acudía a sus notas del atril—. Bueno…

pues, ante todo, os queríamos dar las gracias a todos por estar presentes hoy aquí en estas cuartas Jornadas del Misterio de Vista Alegre. Os doy las gracias en nombre de la asociación que represento. Ya algunos nos conocéis y para otros creo que es la primera vez… Esta asociación de amigos de lo paranormal de Vista Alegre cuenta cada año con más seguidores y acoge a

más y más gente aficionada al mundo del misterio. Personas que poco a poco se van uniendo por las redes y van haciendo crecer nuestra asociación.

Estamos contentos porque en las ediciones anteriores hemos tenido bastante éxito en todas y cada una de las charlas y temas propuestos. Este año, pues… queríamos estar a la altura, ¿verdad? Y creo que lo hemos conseguido, en mi humilde opinión. Sin duda, todo es gracias a vosotros, y a vuestra asistencia e insistencia, para que tratemos temas cada vez más interesantes y traigamos a verdaderas eminencias en estas materias. Este año… no vamos a ser menos y lo hemos dado todo. Hoy empezamos con un tema… bueno, seguramente, para muchos de vosotros será la primera vez que oigáis hablar de él, pero tranquilos que no va a quedar duda tras la charla. Desde la asociación quisimos investigar un suceso que tuvo lugar en este enclave y ver si tenía algo que ver con el tema que hoy se trata aquí.

Contactamos con Felipe, que está por ahí atrás… — Jota se giró buscando con la mirada al que había reconocido como su antiguo vecino— Felipe se unió a la asociación y nos ayudó en la investigación. También le agradecemos que nos deje compartirlo, aquí mismo, en la jornada inaugural.

Bueno, el tema en cuestión es el psi-co-man-te-um. Espero haberlo dicho bien…

Varios de los asistentes rieron ante el comentario del organizador y este les devolvió la sonrisa con complicidad, poniendo especial atención a la primera fila. Lourdes Medina se acercó al presentador de Alerta 51 y le sopló algo al oído, tras lo que ambos empezaron a reír.

—Y para que nos explique qué es eso del psicomanteum — continuó el organizador— y el motivo por el que hacemos la charla en este preciso lugar, en este salón, tenemos hoy aquí a una de las mayores eminencias en el campo de la neuropsiquiatría. Experta en este campo y amiga de la asociación. Antes de darle la palabra quería avisaros que después de la charla habrá una demostración práctica, aunque, por razones obvias que ustedes entenderán, será ya a puerta cerrada, y podréis disfrutar del resultado de la sesión muy pronto a través del reportaje que van a preparar nuestros amigos del programa Alerta 51. Nuestros invitados especiales que hoy nos acompañan. Los demás, al acabar la conferencia podremos

encontrarnos de nuevo en el bar para comentar y charlar con unas cañas y unos pinchos.

—¿Y crees que nosotros podremos quedarnos a ver la sesión?

— preguntó Jota acercándose al oído de Saúl.

—No lo sé —contestó Saúl indiferente y seco.

—Bueno, y sin más… —continuó el organizador — doy paso a nuestra invitada de hoy. Es un honor, y un privilegio, que haya podido estar esta noche aquí, con todos nosotros, la doctora Lourdes Medina. Cuando quiera doctora.

El organizador extendió los brazos invitando a salir a la doctora Medina y todos los asistentes comenzaron a aplaudir mientras ella se colocaba tras el atril. Su altura hizo que el atril pareciera más bajo de lo que había aparentado ser cuando el organizador oraba tras él.

Lourdes Medina asintió agradecida. Tras retirarse el pelo, rubio casi blanco y despeinado, de la cara, se colocó las gafas y organizó unos papeles en el atril. Observó a la audiencia muy seria, mirando por encima de sus lentes, generando un momento de gran silencio y expectación ante toda la audiencia.

—¿Qué es el psicomanteum? —preguntó la doctora, dejando una larga pausa dramática llena de miradas atónitas entre los congregados.

Jota la miraba como quien está delante de alguien que le va a revelar la gran verdad sobre el secreto de la creación del universo.

—El psicomanteum —continuó la doctora— no es más que una herramienta sagrada, cuyo origen se remonta al año 500 a. C. y que ha permitido la exploración de lo más profundo de nuestra conciencia humana.

Un nexo interdimensional entre los diferentes planos de la conciencia y la realidad. Una unión invisible… intangible, que nos permite ponernos en contacto directo con nuestro yo profundo, gracias a visualizaciones y al conjunto de energías físicas o psíquicas proyectadas por nuestra mente en un receptáculo: un reflector. — Y en ese momento la doctora se acercó hasta el espejo y colocó su mano sobre él—. Un elemento cargado de fascinación y misterio, que a lo largo de la historia han generado toda una literatura propia.

Jota observó atento a la doctora mientras se movía a lo largo de la primera fila, ante una sala que guardaba absoluto silencio.

—El doctor Raymond Moody, fascinado por este elemento y sus posibilidades — continuó la doctora—, descubrió cómo de útil podría llegar a ser ese arquetipo, implantado por siglos en nuestra psique. Se fijó en los cambios espirituales y psicológicos de aquellos que habían sufrido una experiencia cercana a la muerte. Personas que relataban que habían tocado esa frontera tan frágil, que a menudo se representa por un túnel, o luz adimensional, a través del cual aseguran llegar a ver a sus seres queridos ya fallecidos.

La doctora hizo una señal a un joven que permanecía de pie, junto a la puerta, y este apagó las luces, mientras ella tomó un pequeño mando del atril y pulsó uno de los botones.

Una proyección azul apareció en la pared del fondo del salón, junto al ventanal. Unos segundos después, apareció en la pared una imagen desenfocada de una esfera de cristal, que poco a poco se iba haciendo más nítida. La proyección mostraba la imagen en blanco y negro de una bola de cristal sobre una mesa con un paño y varios abalorios de lo que parecía ser las herramientas de trabajo de alguna pitonisa.

—Tan antiguo como el propio Oráculo de Delfos — nombró Lourdes Medina, rompiendo de nuevo el silencio de la sala—, donde la pitonisa, en un estado alterado de consciencia, profetizaba y satisfacía las plegarias de los antiguos peregrinos en busca de un sino mejor.

Medina accionó el mando del proyector y la imagen de un cuadro con una pintura del Oráculo de Éfira apareció en la pared.

—O el Oráculo de los muertos de Éfira, al que acudían en peregrinación para contactar con los seres queridos ya fallecidos y así mostrarles un último respeto.

La doctora pulsó de nuevo el mando y se proyectó en la pared la imagen del rostro del doctor Raymond Moody.

—El doctor Raymond Moody investigó todas aquellas técnicas de contacto con otras realidades para aplicarlo a su Teatro de la Mente. El teatro de las sombras. Un espacio para encontrarse con uno mismo y los conflictos propios. Para vencer los trances y duelos, abriendo esa puerta

interdimensional… pero a través de la técnica de la que hoy vamos a hablar.

Nació así la versión moderna de lo que hoy día llamamos psicomanteum.

En un principio no era más que una técnica del doctor Moody para superar la muerte de los seres queridos; organizando una verdadera despedida, que permitiera, a los sujetos del experimento, vencer sus duelos y desprenderse del dolor que les había causado la marcha repentina.

La doctora Medina pulsó de nuevo el mando del proyector y apareció en la pared la imagen de una estancia a oscuras en la que se veía un espejo inclinado frente a un butacón también reclinado, tal y cómo mostraba la escenografía preparada para ilustrar la charla.

—Una estancia con las paredes en penumbra — prosiguió la doctora, ante la mirada atenta de la audiencia—, apenas solo un poco de iluminación. De una vela, a ser posible. Un lecho relajante y una superficie especular. El nuevo caldero de bronce, el recipiente de agua del siglo veinte.

La copa de plata del antiguo testamento. El espejo, en su versión moderna.

La superficie más pulida y reflectante: el vehículo hacia el mundo de los muertos.

Medina hizo de nuevo una señal al joven de la puerta y las luces del salón se encendieron. La doctora se acercó al espejo y observó a la atenta audiencia a través del reflejo, girándose con cierta teatralidad.

—La escenografía es bien sencilla —explicó la doctora —. Solo hace falta un asiento cómodo, ligeramente reclinado, y un gran espejo colocado de manera oblicua, formando unos cuarenta y cinco grados. Bueno, y la vela que es un elemento importante. Es crucial también que el sujeto no se vea a sí mismo reflejado en el espejo, sino que al tumbarse observe solo lo que tiene detrás, sobre su cabeza. El fondo que observe el sujeto tiene que ser lo más oscuro y austero posible, para que no haya lugar a distracciones.

Hay que buscar y mantener un nivel de relajación absoluta para alcanzar un estado alterado de consciencia, para que la inmersión dentro de la sesión sea plena y satisfactoria. ¿Y con qué motivo? Poder aislarse del mundo real y poder dejar fluir el subconsciente. Hacerse traslúcido y poroso, para que refleje y proyecte todo aquello que le perturba, o que le inquieta. Y así poder ver a esta entidad incorpórea que viene a despedirse, o que viene a advertirnos a través del cristal.

La doctora se quitó las gafas y observó a la audiencia que la escuchaba atenta y sin pestañear. Jota miró hacia el ventanal cerrado y observó el reflejo de todos los asistentes. Un escalofrío le recorrió de arriba a abajo el cuerpo. Estaba bastante nervioso. Quería saberlo todo acerca del psicomanteum y lo que en realidad había sucedido en esa casa, que era en verdad su antigua casa. Necesitaba respuestas y allí había varias personas que podían llegar a dárselas.

—Pero vamos a hacer las cosas bien —continuó Lourdes Medina—.

Porque todo esto que os he contado está muy bien, pero lo vamos a entender mejor si lo vemos escenificar — Medina apartó el atril hacia un lado, con la repentina ayuda del organizador—. Para eso voy a pedir algún voluntario o voluntaria que se atreva.

En el salón se formó un pequeño revuelo y los asistentes comenzaron a murmurar y a mirarse unos a otros riéndose con cierto nerviosismo.

—No va a ser una sesión de verdad, solo vamos a escenificar, ojo. Que nadie se asuste — aclaró la doctora—. ¿Algún voluntario o voluntaria?

Jota levantó la mano sin titubear y Saúl lo observó extrañado y sorprendido.

La doctora Medina dirigió la mirada hacia la primera fila, sin reparar en nadie más, y señaló a una joven sentada en primera fila. Jota bajó el brazo decepcionado y se quedó pendiente de la joven elegida. Esta se levantó de su silla y al girarse para dejar su chaqueta reconoció a su amiga Valentina.

Mientras toda la sala había comenzado a aplaudir a la joven, Jota se había quedado paralizado por la sorpresa.

—Valentina Molina —susurró Saúl al oído de Jota —, una de las nuevas colaboradoras de Alerta 51.

Jota aplaudió con retraso mientras asimilaba aquella surrealista escena.

—Tranquila va a ser solo un simulacro —dijo la doctora, mientras acompañaba a Valentina hasta el butacón.

Lourdes le indicó que se tumbara y Valentina se acomodó, colocándose el pelo con una delicadeza que extrañó a Jota. No la había reconocido de espaldas, pero pensó que tampoco la hubiera reconocido de frente, con aquel aspecto tan cuidado y formal que llevaba. Parecía recién sacada de un tribunal de una tesis doctoral de una facultad de Derecho.

—Es muy importante que la persona esté relajada — apuntó Medina—.

Así podrá llegar más fácilmente hasta ese estado alterado de consciencia que permite que la mente se vaya liberando, poco a poco, del cuerpo. La mente tiene que eliminar todos los arquetipos a los que está atada y estar receptiva. Si no, no hay nada que hacer. Esto es importante.

La doctora Medina se colocó detrás de Valentina, que no paraba de hacer muecas nerviosas dando a entender que le asustaba la situación.

Medina agarró la cabeza de la muchacha y la colocó para que quedara recta ante el espejo y en la inclinación adecuada. Movió levemente la butaca y se sentó en una silla tras la chica mientras encendía la vela que estaba colocada en la pequeña mesa anexa.

—Raymond Moody concluyó un método de diez pasos para llegar a ese estado mental de total relajación y alcanzar el estado alterado de consciencia. Son diez pasos que nos van adentrando en nuestra psique mientras observamos el reflejo en el espejo. Es cierto que hay personas que tienen más capacidad que otras para llegar, y lo alcanzan de una manera más automática, como por ejemplo el caso de los miembros de la familia que habitaba esta misma casa hace ya casi veinte años.

Jota sintió un nuevo estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo y observó a todos los asistentes. Se sentía como un intruso, incluso pensaba en la posibilidad de que todos allí estuvieran conchabados y que en cierto momento se girarían sabiendo que estaban hablando de él y de su familia.

Jota, que necesitaba urgentemente respuestas y que ya no podía quedarse paralizado por más tiempo, interrumpió a la doctora Medina:

—¿Y qué motivación podría tener esa persona para hacerlo?

— quedando la sala en silencio por lo inesperado de la pregunta.

Saúl miró a Jota con gesto de desaprobación mientras la doctora Medina buscaba de dónde provenía la pregunta. Toda la audiencia ya había dirigido su mirada hacia él.

—¿Por qué alguien haría una de esas sesiones? — remarcó Jota.

—Las preguntas las dejaremos para cuando acabe la charla — indicó el organizador alzándose levemente de su silla.

La doctora Medina se puso en pie e hizo un gesto al organizador para indicarle que no había problema por su parte.

—¿Habría mayor motivo que poder ver a un ser querido ya fallecido?

— preguntó retóricamente la doctora Medina—. Verlo por última vez y poder despedirse para cerrar el duelo.

—Me refiero al hombre que vivía en esta casa — insistió Jota con la voz temblorosa—. ¿Había perdido él a alguien?

La doctora Lourdes Medina tomó aire, mientras Valentina se incorporó lo suficiente como para reconocer ya a su amigo.

—El hombre que vivió en esta casa no había perdido físicamente a nadie — indicó Medina—. Fue un caso de uso distinto, ya que la hizo la sesión para ayudar a sus hijos a superar un trauma.

—¿Un trauma? ¿Qué ocurrió después de hacer esas sesiones? ¿Qué le pasó a la familia?

—Jota, por favor… —murmuró Saúl incómodo.

—Será mejor que avancemos —dijo el organizador poniéndose de pie —. Después de la charla abriremos el debate con una rueda de preguntas…

—Al hilo de lo que sucedió en esta casa… — continuó Medina, interrumpiendo al organizador, que volvió a sentarse—. Ese padre de familia no lo practicó para comunicarse con ningún ser fallecido, ni para superar un duelo. No la usó para su propia sanación, y ahí reside la peculiaridad de este caso concreto, que lo diferencia de todos los demás estudiados por el doctor Moody. Lo hizo para entender qué era lo que veían sus propios hijos en todos los reflejos de la casa, después de que practicaran de forma involuntaria una de estas sesiones como si de un juego se tratase.

Jota escuchó petrificado a la doctora.

—Los niños —prosiguió Lourdes Medina—, siendo muy pequeños, hicieron un juego delante del espejo llevados por historias y leyendas contadas en el patio del colegio o en alguna acampada nocturna. Realizaron una de estas sesiones por curiosidad, sin ser conscientes realmente de lo que hacían. Sin prever las consecuencias que tendrían para ellos y para su psique… y para el resto de su familia. Lo que sucedió a partir de aquella primera sesión improvisada fue una auténtica pesadilla. Los niños comenzaron a ver seres en los espejos de esta misma casa, pero también en cualquier reflejo.

Jota se quedó paralizado en su silla y notó cómo se le engarrotaba el cuello de la impresión.

—El pequeño de los niños logró identificar a su propio padre como el ser que se le presentaba en cualquier superficie reflectante. Pero lo curioso era que en todas las representaciones, el padre, intentaba hacerle daño. Un daño, que aunque solo se producía en el reflejo… era psicosomatizado por su mente, llegándole a afectar también en lo físico, causándoles un dolor real y por tanto un temor que los condujo a ambos a la paranoia. El mayor de los hijos no veía lo mismo, por lo que se descartaba que fuese una invención, o la consecuencia de una historia o leyenda urbana en particular… El mayor veía a una niña, que también le acechaba con la intención de infligirle dolor. Aquella situación desesperada llevó al padre de familia a buscar alternativas a la psicología y la psiquiatría, pero estas habían fracasado durante semanas… y decidió jugar al mismo juego que sus hijos, imaginamos que para poder llegar a entender ese sufrimiento.

—¿Y lo hizo? —preguntó Jota dándose cuenta que la cámara le estaba grabando y que toda la sala estaba pendiente.

—Lo hizo. Pero lejos de comprender lo que veían sus hijos, el padre comenzó a tener también esas visiones… y se volvió violento, agresivo; y esa misma noche, intentando sofocar la situación, prefirió lanzarse por ese ventanal antes de hacerle daño a su hijo pequeño. Ese es el poder de la mente. Más peligroso que enfrentarnos al espejo es el cómo asumimos lo que vamos a ser capaces de ver. Esta técnica, que hoy os mostramos, no afecta por igual a todo aquel que la practica. Hay quien la lleva a cabo y no le supone ningún trastorno, porque lo realiza en un entorno controlado. Pero hay quien la realiza sin supervisión, con los peligros que ello conlleva. Hay quienes se dejan llevar por lo que creen que ven y otros que no. Esto tiene una explicación neurológica, pero básicamente es lo que yo llamo «el chasquido».

La doctora hizo un chasquido con los dedos que resonó en todo el salón.

—En algunas personas se produce este chasquido mental — prosiguió la doctora—. Un cambio en la mente del que no hay marcha atrás y que hace que desde ese momento empiecen a confundir lo que es real y lo que no.

Jota observó el ventanal en un estado próximo a la persona que sufre apnea, apenas podía respirar.

—Estoy a tiempo de echarme atrás, ¿verdad? — dijo Valentina en tono cómico, al tiempo que observaba preocupada a Jota.

Toda la sala rio la ocurrencia de la colaboradora.

—Demasiado tarde —indicó la doctora siguiendo el tono jocoso —.

Continuemos con la explicación.

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