Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 23 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 23

En apariencia la casa volvía a estar vacía, silenciosa y en calma; despertando como de un extraño letargo y, sin abrir los ojos, se percibía esa quietud capaz de acentuar los sentidos. Jota tenía cierto reparo a abrir los ojos. Guardaba el temor a que en el momento en que los abriera todo sería posible.

A pesar de la intensa experiencia de la sesión de la noche anterior, había logrado dormir de un tirón. Al despertar se le había quedado esa sensación de irrealidad que a veces nos sucumbe al despertar, y que dura tan solo unos instantes hasta que se disipa la vigilia, son esas extrañas imágenes, esas raras coincidencias, esas inverosímiles mezclas de los planos de espacio y tiempo, que son solo posibles en el mundo de los sueños.

Al incorporarse notó el punzante dolor alrededor del cuello, que se le extendía hacia la parte posterior de la cabeza y la espalda. Intentó tragar saliva y tuvo que detener la deglución a la altura de la faringe, porque el movimiento automático de los músculos del cuello bloqueó la entrada de la secreción al esófago. Agobiado se llevó las manos al cuello y continuó con la ingestión, intentando aplacar los intensos pinchazos musculares.

La sensación de que todo lo sucedido podía haber sido fruto de una invención era inevitable que viniera a su mente, pero el dolor era real, al igual que el recuerdo de las imágenes aún grabadas en su memoria. Aunque cómo iba a fiarse de su memoria. Uno no puede fiarse de lo que no tiene, pensó.

Fue consciente de que, de una manera onírica o mental, había atravesado la pantalla reflectante de aquel espejo y se había enfrentado a algo, o a alguien, representado por la imagen especular de su propio padre.

Aquel rostro indefinido había aparecido desde la oscuridad del reflejo y sin

mediar diálogo ejerció la violencia sobre él. Aquel «ser» parecía no estar dispuesto a permitir la injerencia de un «intruso».

Podía tratarse de una escenificación de su mente, una representación de lo que, con toda seguridad, había sucedido en su antigua casa aquella noche de verano, cuando su padre le encerró en el baño. Pero ¿qué sentido tenía que su mente quisiera reconstruir aquel recuerdo? No le había aportado nada nuevo, salvo dejarle claro lo que él, como niño, pudo haber sentido aquella noche.

Salió de su dormitorio y al pasar por el de su hermana Nerea se quedó observando el espejo del tocador. No recordaba haberlo colocado de nuevo en su lugar, pero reparó, de inmediato, que ahí estaba la enorme grieta cruzando el espejo de arriba a abajo. Tendría que pensar en una buena excusa para justificar aquel destrozo.

Jota se vio reflejado y al alzar el mentón se vio el cuello amoratado, y vio también, porque aún eran visibles, las marcas como de unos dedos que hubieran ejercido una fuerte presión a su alrededor. Enormes ojeras ensombrecían sus pómulos hundidos y su rostro estaba pálido como el hueso de una calavera.

Se acercó hasta el escritorio y tocó la grieta que dividía el reflejo de su rostro en dos. A través del reflejo observó la oscuridad del pasillo y se quedó paralizado al ver detrás una figura que lo observaba desde la sombra.

La piel se le tensó al instante y el cuello quedó como bloqueado, mientras el pulso se le aceleraba nuevamente. Como no podía girar la cabeza intentó abrir la boca todo lo que pudo para liberar la tensión de las mandíbulas.

La figura permanecía difusa en la penumbra sin moverse. No era fácil reconocer el rostro en aquel reflejo al fondo en la penumbra del pasillo.

Parecía estar envuelto en una especie de gasa, que poco a poco se fue difuminando hasta dejar entrever al fin el rostro. Jota se dio cuenta de que aquel era su propio rostro, que parecía sonreírle desde aquel otro lado que ya conocía.

Al fin consiguió recuperar algo de movilidad y se giró hacia el pasillo con la esperanza y el convencimiento de que allí no habría nadie. Y así era, la figura ya había desaparecido, pero eso no impidió que un temor irracional

invadiera su mente y le provocara una enorme ansiedad. Tuvo la intuición de que a partir de ese momento posiblemente iba a tener que convivir con aquella presencia.

Recordó entonces haber soñado con retazos de la noche del cumpleaños de su hermano Yago: la acampada en medio del salón, la linterna, las historias de miedo… Fruto del mecanismo reactivado de su inconsciente.

—Una casa sin reflejos… —murmuró Jota pensativo, volviendo a poner la vista en el espejo roto del tocador.

Aquella noche uno de los amigos de su hermano había contado una historia que recordaba de forma vaga, pero que por algún motivo le había marcado profundamente.

—Solo con una llama, la llama te lo mostrará — repitió como un mantra.

Jota volvió a su dormitorio y buscó el título en el navegador del portátil.

El primer resultado remitía a una historia volcada en una página de relatos de terror al más puro estilo de creepypasta, pero escritas en castellano. Jota pinchó el enlace y el relato apareció en letra blanca sobre fondo negro, encabezada por ese título que había regresado a su memoria en sueños: «Una casa sin reflejos», autor: anónimo.

Jota se sentó en su cama y, acomodando su espalda con la almohada, comenzó a leer el relato, asumiendo que su subconsciente le estaba ayudando a recomponer su fragmentada cronología.

La historia iba de un chaval que tras una apuesta accede a pasar una noche en una casa abandonada, donde había tenido lugar un terrible parricidio tras la guerra civil. Al parecer, un padre había matado a todos los miembros de su familia y se había suicidado, tras, previamente, haber ahumado todos los espejos y ventanas de la casa, con el fin de espantar a los espíritus malignos que, según él, se habían adueñado de las almas de sus seres queridos.

Jota quedó intrigado por las similitudes de la historia con la de su propia familia y continuó leyendo tras sentir un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.

Andrés, el chico que protagonizaba el relato, no había pegado ojo en toda la noche, recorriendo todos los rincones de esa casa abandonada, provisto tan solo de un mechero que le servía para iluminar cuando lo

necesitaba. Había pasado las horas deambulando por todas las habitaciones, matando el tiempo con el ánimo siempre puesto en que llegara la hora del amanecer. En cierto momento se encontró con una estancia cerrada; la única en toda la casa. Se accedía a través de un viejo lavadero en el que aún se mantenía en pie una alberca de ladrillo enmohecido, pero la puerta de esa estancia no cedía ante sus intentos de invasión. Alentado cada vez más por una enorme curiosidad, y tras un forcejeo con la oxidada e hinchada puerta metálica, consiguió abrirla.

Una vez dentro, Andrés encontró varios anaqueles con aperos de labranza y un olor intenso a excrementos de animal. Las paredes de la estancia estaban decoradas con grafitis y pintadas que representaban pentáculos y otras simbologías que no entendía, mientras que en el suelo quedaban rastros de varias fogatas que habían tiznado gran parte de las paredes y el techo.

Según la historia, en una esquina de la estancia, Andrés se había encontrado una mochila de deporte descolorida y cubierta de mugre y hollín. Le llamó mucho la atención pues era un elemento que destacaba en aquel ambiente siniestro.

Dentro de la mochila había encontrado una grabadora que contenía una cinta de casete TDK. Intentó ponerla en funcionamiento sin éxito, comprobando que las pilas se encontraban hinchadas y las conexiones oxidadas.

La mochila contenía también un cuaderno de notas con dibujos de aquellos mismos símbolos de las paredes, además de varios párrafos de lo que parecían ser salmos de algún tipo de invocación. Bajo los indescifrables textos en latín, rezaba un título subrayado: «Ritual frente al espejo para descubrir la verdadera naturaleza del alma humana».

En otra de las páginas del cuaderno, Andrés encontró el dibujo de un espejo circular de mano, con un pentáculo pintado en su superficie y bajo el que rezaba una consigna:

Nadie es quien es;

nadie es quien dice ser.

Solo Él lo sabe.

Solo Él lo refleja:

el reflector.

Solo el otro lado,

solo dirá la verdad.

Solo con una llama,

la llama te lo mostrará.

Jota dejó de leer el relato y se quedó pensativo. Aquellos versos le trajeron un recuerdo vívido evocándole una imagen de sí mismo delante de un espejo, cuando una vez entonó aquella misma tonada sujetando una vela en la mano. El recuerdo fugaz le heló la sangre, pero continuó leyendo intrigado.

La historia se completaba con la parte en la que Andrés ponía en práctica aquel ritual, llegando a obsesionarse con la idea de que le mostraría cómo era la gente que le rodeaba.

Leía continuamente aquellos versos frente al espejo circular de mano y con la luz de una vela, convirtiendo su vida de adolescente en un auténtico infierno. Andrés llevaba el espejo consigo a todas partes y observaba a sus familiares y amigos siempre a través de él, para saber cómo eran en realidad.

Nadie es quien es;

nadie es quien dice ser.

Poco a poco el espejo fue distorsionado el aspecto de todas las personas, sin excepción, que Andrés observaba a través del reflejo. Aquello lógicamente desembocó en la ruptura de cualquier tipo de relación social.

Fue perdiendo contacto con amigos, familiares y conocidos.

Jota llegó a un momento de la historia en donde la madre de Andrés acababa escondiendo el espejo, angustiada por el estado físico y mental de su hijo, que había dejado de comer y dormir, obsesionado solo con mirar la realidad a través de los reflejos del espejo.

Pero ocurrió que Andrés ya sin espejo siguió viendo los verdaderos rostros en los que se habían convertido sus familiares y amigos, hasta el

punto en que una noche vio al mismísimo diablo en el rostro de su padre. Y

convencido de que su padre era el diablo trazó un plan para matarlo.

La noche que intentó acabar con la vida de su padre, su madre consiguió convencerle, ofreciéndole de nuevo el espejo si así calmaba su ira.

Andrés sucumbió a la necesidad de tener el objeto en sus manos y aceptó el trato, pero el joven que no podía evitar mirar la realidad a través del espejo, al tomarlo y observarse después de tanto tiempo nuevamente a sí mismo, vio de repente la cara de la muerte reflejada en su rostro, de manera que vino a morir en ese preciso instante en que se vio reflejado, mientras que el espejo caía al suelo y se rompía estallando en mil pedazos.

Jota terminó de leer este relato y volvió a recordar aquel cumpleaños de su hermano, aquella noche de verano en la que algo dentro de su cabeza hizo «click», algo que le provocó un cambio sustancial en el modo de entender el mundo y las personas de su alrededor.

El relato, leído ya desde la perspectiva de una edad madura, no tenía nada especialmente siniestro, más bien un trasfondo dramático. Aunque entendió que para un niño de cinco años, y en un contexto determinado, debía de haberle marcado tal como lo hizo.

Gabriel (Jota recordó el nombre del amigo de su hermano) no la había contado con tanto lujo de detalles, pero su versión resumida había sido suficiente como, para sin ser consciente, traumatizarle de por vida.

Jota se dio cuenta de que él había hecho aquel mismo ritual frente al espejo, aunque no lo recordaba. De hecho, no recordaba haber visto nada después, quizá porque era demasiado pequeño o por el empeño de los psicólogos que lo trataron tras la muerte de su padre por borrar y anular cualquier recuerdo de su pasado infantil. Al repetir la sesión con Olga había despertado esa parte de su memoria que hasta ahora estaba hibernando a la espera de ese despertar.

Pensó que algo oscuro podría haber aflorado en su mente, de forma irremediable y debido a su empeño por saber la verdad y contactar con su padre… pero ¿y Olga? ¿Qué había visto ella? ¿Por qué había reaccionado de aquella manera?

Tenía que hablar con ella e intentar aclararlo, y sobre todo pedirle perdón por la imprudencia de someterla a aquella experiencia a la que, al

fin y al cabo, le había implicado sin darle mucho lujo de detalles sobre sus consecuencias.

Jota cerró su portátil y alcanzó su teléfono móvil. Mientras escribía un mensaje a Olga en la cabeza de Jota no dejaba de resonar aquella tonada: Solo el otro lado,

solo dirá la verdad.

Solo con una llama,

la llama te lo mostrará.

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