Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 34 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 34

Jota revisó el díptico promocional que había tomado de la recepción y leyó el eslogan propagandístico:

«Centro de bienestar emocional Reinalto: Cuidamos de tus seres queridos mientras ellos se cuidan a sí mismos».

Contempló indiferente las idílicas imágenes de unos modelos haciéndose pasar por parte de un equipo médico con batas blancas; vio la imagen corporativa, que en realidad hacía pensar más en un laboratorio científico de un campus universitario que en un centro psiquiátrico. Toda una imagen eufemística que intentaba alejarse del concepto de institución mental clásica, para presentarlo como un centro de retirada y recuperación emocional.

Tal y como indicaba el panfleto, el centro era una propuesta novedosa, ya implantada en otras ciudades, para el tratamiento de enfermos mentales y personas con problemas de adicción. Funcionaba como hospital psiquiátrico abierto. Un centro de día para personas que padecen depresión, ansiedad, trastorno de la personalidad, esquizofrenia o bipolaridad; con un servicio especializado de consulta externa formado por un equipo de psiquiatras y psicólogos de guardia.

Era una residencia de régimen abierto y en los apartamentos vivían los propios pacientes, lejos de esa antigua sensación de encierro habitual en tiempos pasados. Esa opción abierta era exclusiva para los pacientes que ya estaban tratados y que habían demostrado que cierta libertad les procuraba un progreso en su recuperación y el objetivo final: la integración total en la vida cotidiana.

Ese era el caso de Yago. Su hermano había ingresado en el centro a los diecisiete años debido a una doble adicción: clonazepam y alcohol. Fue

tratado en varias ocasiones debido a sus continuas recaídas, hasta que le aconsejaron continuar con el seguimiento en el ala residencial, para poder controlarlo después del tratamiento. Ya nunca más quiso salir de allí. Yago estudió auxiliar de enfermería y solicitó plaza en el centro, incapaz de enfrentarse al mundo exterior, donde se encontraban sus temores.

Era la hora del tentempié de la media mañana y Yago, con su filipina blanca de enfermero y su logotipo corporativo en el pecho, arrastraba un destartalado carro que hacía tintinear las jarras de zumo y los termos de café a su paso. Comenzaba la ronda del mediodía, que solía alargarse hasta la temprana hora de la comida. Yago recorría todo el edificio, desde la zona de ingreso, donde los pacientes no podían salir de sus habitaciones, hasta la zona residencial, aquella en la que los residentes con mayor autonomía podían disfrutar del sol en el patio central. Era el tramo preferido de Yago y le gustaba dejarlo para el final.

Se acercó, sin poder atenuar ese escandaloso chirrido del carro, al señor Luis Pascual, que hablaba animoso con Esperanza Sánchez, que era viuda.

Sacó de un cajón de melanina dos vasos de plástico y los colocó sobre la bandeja de servicio del carro. Agarró la jarra de zumo de piña y sirvió la bebida, mientras los dos residentes, simulando ser ajenos al ritual, hablaban con una inusual alegría sobre sus preferencias estacionales para morirse.

—Para morirse uno… mejor que sea en invierno — comentaba Pascual con solemnidad, pero sin un atisbo de drama—, porque hace fresco y los cuerpos aguantan más.

—Sí, yo también lo prefiero —replicaba Esperanza con convencimiento —. Si me muero que sea antes de la primavera. Que me dan mucho asco los bichos.

—¿Y va a ser usted capaz, don Pascual, de no aguantar hasta que se acabe la liga? — comentó Yago, poniéndose a la altura de la conversación en afabilidad y humor negro.

—El Atleti va penúltimo. Espero morirme antes de que baje a segunda.

Doña Esperanza rio a carcajadas con el comentario de su compañero de charlas y Yago alargó el brazo para acercarle el vaso de zumo.

—Otro que no le tiene miedo… —apuntó doña Esperanza al observar la calavera tatuada en el antebrazo de Yago.

Yago agarró de nuevo su carro y al alzar la vista, para seguir con la ronda por el patio, vio a la recepcionista del centro junto con su hermano Jota, que oteaba los alrededores. Frenó en seco y se agarró al manillar con un espasmo muscular involuntario que le trasmitió una incontrolable rigidez hasta los codos.

Jota entró en el apartamento de Yago, situado dentro del complejo residencial de Reinalto, después de que su hermano mayor abriera la puerta y le invitara a entrar sin mucho entusiasmo. Cruzó el umbral pensando aún en la fría recepción que había mostrado su hermano al verle. Jota se esforzó en justificar que aquella reacción era comprensible pues, a fin de cuentas, ambos eran casi dos desconocidos.

Yago desapareció, sin mediar palabra, por el pasillo de su apartamento, dejando que su hermano analizara el pequeño y austero habitáculo que hacía las veces de hogar. Un cubículo que se esforzaba en parecer normal, dentro de un entorno que pretendía simular cordura.

Jota miró a través del gran ventanal que daba al patio central, enmarcado por los dos bloques: el residencial y el ambulatorio. Una cocina americana cubría toda la pared frente al ventanal: un espacio en hornacina que podía cerrarse con una puerta en acordeón que se ocultaba por completo al plegarse. Sobre la encimera, los botes de pastillas colocados en fila hacían las veces de especiero. Reparó en la sobria decoración, más corporativa que hogareña: varios cuadros de motivos insulsos y tan solo un viejo póster del grupo Soundgarden, colgado en la única pared que quedaba libre del pequeño salón, frente a un pequeño sofá de dos plazas.

Yago entró de nuevo en el salón, sin dar ningún tipo de explicación de a dónde había ido. Abrió una mininevera, escondida en un recodo de la cocina americana tras una pila de sillas plegables de plástico, y se quedó observando casi con la mirada perdida.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó Yago, sin llegar a resultar hospitalario.

Jota negó con el dedo y volvió la vista de nuevo al póster.

—Me encantaba este grupo —dijo Jota, señalando el póster.

Yago cerró la puerta de la nevera de golpe, tras corroborar que estaba vacía.

—A ti nunca te ha gustado Soundgarden —apuntó Yago incorporándose y sin saber hacia dónde dirigir su mirada y sus pasos en su propio apartamento.

—¿No fui una vez a un concierto de ellos? — preguntó Jota extrañado.

—No. Fui yo quien estuvo en ese concierto.

Jota arqueó las cejas. La extrañeza duró lo que tardó en reparar en un libro de astronomía colocado en la pequeña mesa de café del centro que tomó como para ojear.

—Entonces debes de habérmelo contado.

—Sí, unas cuantas veces.

Ambos hermanos se miraron durante un momento, de pie; rígidos y tensos.

Yago intentó evitar la mirada directa en todo momento, mientras se agarraba un brazo en un gesto inconsciente de tensión.

—¿Cómo están mamá y Nerea? —preguntó Yago.

Jota había olvidado el incidente de la noche anterior y no pudo evitar desviar la mirada al recordarlo. La vergüenza le llevó a mirar de nuevo por el ventanal.

—Bien. No saben que estoy aquí… contigo.

—¿Ah, no?

—No.

—Y… ¿Has venido otra vez por trabajo…?

—Jota soltó el libro sobre la mesa y comenzó a deambular de nuevo pegado al ventanal. Se detuvo al reparar en un viejo telescopio situado en una pequeña terraza, colocado junto a un termo de agua caliente oculto tras una celosía de hormigón. Agachó la cabeza y tomó aire, a la vez que daba una risotada seca.

—He venido a hablar con la doctora Medina.

—¿La doctora Medina?

—¿No te acuerdas de ella? —preguntó Jota, empezando con su plan.

—No.

Jota dobló su espalda, apoyando sus manos en las rodillas. Sin perder el contacto visual con su hermano, a sabiendas de que le estaba mintiendo.

—¿Qué es lo que pasa, Jota? ¿A qué has venido?

Jota se incorporó con una clara conciencia de cómo la sangre fluía desde su cabeza y regaba el resto de su cuerpo.

—El otro día… me quedé con las ganas de que charlásemos — indicó Jota cuyo rostro había dejado de gestualizar y casi se había convertido en una máscara inerte—. Fui muy prudente, porque… No pensé que te acordaras de nada, al igual que yo. Pero… no sé. Hay cosas que no me encajan. Casualidades que no comprendo.

Yago se sentó en el sofá y tomó aire para poner en orden sus próximas palabras.

—Ve al grano, Jota.

—No sé… me dio la sensación de que no querías verme el otro día.

—Ya te dije que…

—Ya.

—Y bueno… tampoco hemos hablado mucho en los últimos años.

—Pero quería verte. Hablar contigo.

—Eso era lo sorprendente.

Jota agarró una de las sillas plegables de la cocina americana y se sentó frente a su hermano.

—Solo quería saber cómo estabas. Saber qué es de tu vida — dijo Jota, soltando otra fría risotada.

—Tengo días buenos y días menos buenos, como todo el mundo

— vaciló Yago, poniéndose a la defensiva.

—Te veo bien aquí, Yago. Trabajando… Integrado. Alejado de tu familia. Sin tener que dar explicaciones…

—No era un buen momento para vernos, Jota.

—¿Y te viene bien ahora?

—¿Por qué tienes ahora ganas de saber de mí, Jota? ¿Qué pasa?

Estuviste estudiando en Madrid cinco años… Cinco putos años a menos de cinco putas paradas de autobús y ahora… ¿vienes a joderme porque el otro día no me apetecía verte? ¿Qué cable se te ha cruzado ahora? Dime de una vez lo que quieres y deja de hacerme perder el tiempo.

Jota, que se había reclinado hacia atrás con la silla, se echó ahora hacia adelante y se acercó a muy pocos centímetros de la cara de su hermano.

—He estado en nuestra antigua casa, Yago. — Y en lo que le dijo puso un tono amenazante.

Yago miró a su hermano expectante, sin recular ni un milímetro.

—¿Y?

—La casa donde vivimos de niños. De la que nos tuvimos que marchar después de…

—¿Después de qué, Jota? ¡Dilo de una puta vez!

—¡Escúchame!, Yago —dijo Jota tajante, mientras agarraba del brazo a su hermano —. El viernes pasado fui a unas jornadas sobre misterio que se celebraron, casualmente, en nuestra antigua casa, y en las que se habló de nuestra familia y de lo que allí pasó. Yo no me acordaba de nada. ¡De nada!

¿Y sabes cómo me sentí al descubrirlo? Descubrir que estaban hablando de nosotros, saber por otros que aquella era nuestra casa, sentir cómo brotaban todos esos recuerdos bombardeándome la cabeza… En esa charla, con esa doctora, descubrí que papá había hecho una sesión delante de un espejo para saber algo, para comunicarse con… sabe dios qué o quién… y me entero que nosotros, que tú y yo, la habíamos hecho antes. Lo que hizo que empezásemos a ver… rostros y caras por todos los putos rincones de la casa…

—No deberíamos estar hablando de esto, Jota.

—Y ahora sé lo que yo veía en esos reflejos… porque lo he vuelto a ver…

Yago se quedó petrificado ante la confesión de Jota.

—He visto a papá… al otro lado. Y he recordado lo que también veía entonces. Y parece que sigue con las mismas intenciones…

—Jota, eso no es real…

—¡¿Que no es real?! ¡Tú también lo veías!

Yago logró liberar su brazo de las garras de su hermano y sintió como si se le rompiera el pecho en dos mitades. Apartó la vista de Jota, que lo miraba con ojos furibundos.

—¿Qué viste tú, Yago? ¿A quién viste? ¿Fue a aquella amiga tuya?

Yago dio un salto del sofá y tomó distancia de su hermano.

—Vete de aquí, Jota.

—No voy a marcharme hasta que no me cuentes la verdad. ¡Quiero saber lo que pasó en realidad! ¡Si no me lo dices tú, buscaré a la doctora Medina para que me lo explique!

—Sabes… en el fondo… te envidio… creo que tuviste mucha suerte con lo de poder olvidar.

—¡Joder! ¡Estoy harto de vuestra psicología! Lo que yo veo es real. Lo veo en cada espejo, en cada reflejo… ¡Y no quiero ir a más! — dijo Jota mientras se derrumbaba—. Intenta hacerme daño… Me está haciendo cambiar… hacer cosas. No puedo controlarlo… Y tiene que ver con lo que vivimos en aquella casa… y hasta que no lo sepa no voy a poder…

—Lo sé…

—¡Estoy harto de que me lo ocultéis!

Jota se dejó caer al suelo y Yago se sentó junto a él.

—¿Cuándo va a acabar esta pesadilla, Yago? ¿Por qué lo hizo? ¿Y por qué sigue apareciéndose en mi cabeza?

—No lo sé… ojalá yo lo supiera.

—¿Qué fue lo que hicimos? —preguntó Jota abatido.

Yago se quedó pensativo mientras se reclinaba contra la pared.

—Sé que hicimos algo en el espejo de nuestro armario aquella noche…

después de mi cumpleaños. Y que desde entonces empezamos a ver cosas.

Tú empezaste a decir que veías a un hombre que se acercaba a ti y que te hacía daño. Cuando aparecía, decías que notabas un dolor en el cuello porque él te lo agarraba hasta dejarte sin respiración. Nos contabas que era un hombre con un rostro extraño, pero que se parecía a papá. Recuerdo aquello con mucho terror. Y no sé si fue sugestión o qué… pero yo también empecé a ver a alguien a partir de entonces.

—Una niña… —apuntó Jota.

—Sí.

Yago tragó saliva de nuevo tras quedarse con la voz quebrada.

—Empecé a decir que veía a mamá, porque tú decías que veías a papá.

No sé si era por las historias que escribías, pero empecé a verla. Con el tiempo yo me fui olvidando y fue desapareciendo todo. O casi todo…

Jota alzó la vista y miró a su hermano.

—¿Tú te acuerdas de Mayra? —preguntó Yago con solemnidad.

Jota se quedó pensativo, mientras aquel nombre le abría la cabeza en canal.

—Y claro que yo recuerdo a la doctora Medina — prosiguió Yago.

Mamá nos llevó a su consulta después de lo de papá, tras irnos de Madrid.

Una vez nos habíamos mudado ya a casa de la abuela. Después de varias sesiones, me dio su diagnóstico: la muerte de mi amiga Mayra unido a tus extrañas visiones me habían producido un trastorno de estrés postraumático, directamente relacionado con la culpa por la muerte de Mayra. Concluyó que yo veía esa imagen… como proyección del trauma de aquel día. El día de mi cumpleaños, ¿te acuerdas? Tú ya estabas despierto y te vi guardar una vela en el armario. Cuando volví del baño, todos mis amigos se fueron despertando. Todos menos Mayra. Al principio pensamos que era una dormilona. Desayunamos, hicimos jaleo… y ella seguía sin despertar. Hasta que papá se acercó a su saco y la tocó. Le tomó el pulso en el cuello y…

jamás olvidaré la cara que puso en ese momento.

Jota miró a su hermano, atónito ante la revelación de un acontecimiento que había olvidado por completo.

—No te acuerdas, ¿verdad? Y estabas allí. Todo cambió entonces…

Quiero decir… algo cambió en nosotros y entre nosotros. Cuando nos mudamos a Jálivas tú lo olvidaste todo muy rápido. Pero yo no. Me costó años olvidarme de aquello, Jota. Era tan real. Tan real que, si volviera a ver esa imagen de nuevo, la cara de esa chica… no podría soportarlo. Me costó mucho superarlo — Jota se incorporó y miró a su hermano indulgente. Yago continuó—. Después de la noche del cumpleaños, papá y mamá estaban muy preocupados por nosotros, por nuestra salud mental. Aquello no era normal. Nuestras visiones… No dormíamos, ni comíamos… Papá quiso saber lo que nos pasaba y es verdad que hizo una de esas sesiones para tratar de entender lo que veíamos. Mamá y papá no sabían por qué esas presencias aparecían y no solo eso, por qué decíamos que nos hacían daño.

Tú llegaste a no poder ni mirar a papá a la cara. ¡Creías que era él quien te atacaba! Pero parece que esa sesión que hizo papá le cambió. Es verdad…

Hasta el punto de que…

—Intentó hacerme daño… —terminó Jota—. La noche que me encerró en el baño.

Yago tomó aire y asintió.

—¿Y qué pasó de verdad aquella noche?

—No estábamos allí, Jota. Mamá y yo estábamos en el hospital.

Estabais solos los dos.

A Jota le recorrió un escalofrío por la espina dorsal que bloqueó sus movimientos. Se quedó pensativo y volvió a él la imagen de Víctor en el suelo, con la cabeza ensangrentada y la mirada preocupada de su hermana Nerea.

—¿Crees que yo tuve algo que ver? —dijo Jota, asumiendo que era posible que él fuera más responsable de lo que pensaba en toda aquella historia, y que quizás estaba removiendo algo que su madre y su hermano se habían esmerado demasiado en ocultar. Algo que podría perjudicarle si se supiera.

—Nadie tiene una versión completa de lo que pasó, Jota, porque es imposible estar en la cabeza del otro. Déjalo estar.

Y un nuevo pensamiento de culpa invadió la consciencia de Jota. Y si hubiera tenido un arrebato como el que había experimentado la noche anterior con Víctor. Pero solo era un niño, pensó. Un niño no podría hacer caer a un adulto por una ventana. ¿O sí?

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