Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 31 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 31

La fina lluvia, que no había parado de caer durante todo el día, cesó, dejando su plateado brillo sobre el asfalto. De camino a casa de Eric, Jota fue consciente de la gran cantidad de reflejos que uno encuentra a su paso durante un trayecto nocturno a pie por una ciudad iluminada. Brillos en los que uno no repara habitualmente, hasta que te devuelven la mirada y hacen que el simple vistazo de soslayo de tu propio reflejo en un escaparate se vuelva amenazante.

Jota pensó que ser consciente de que uno mismo es una amenaza debía restarle su poder, pero aun así (y por si acaso) evitó, a toda costa, encontrarse de nuevo con su propia imagen. Notó que algo cambiaba dentro de su cabeza. Un cambio que se potenciaba con la distorsión que le planteaba aquella realidad fingida, inocua para el resto de transeúntes.

Cerró los ojos en varias ocasiones durante el camino, sobre todo cuando veía que se aproximaba a algún charco que podía devolverle hacia ese otro mundo que ahora quería evitar. El acto de cerrar los ojos tenía que ver con la intención de atemperar a ese yo diferente que cada vez con mayor vehemencia se abría paso, y por supuesto con la vergüenza de haber sentido la incontrolable necesidad de hacerle daño a su hermana, por no haber podido mostrar resistencia a las directrices de ese otro yo que guiaba la fuerza de su mano. Vergüenza por haber descargado de aquella manera tan brutal su furia hacia Víctor. Vergüenza por haber perdido la confianza de la única persona en su familia por la que sentía que merecía la pena jugarse la vida.

Nunca hasta ahora había sido tan consciente del vacío que sentía. Solo le aliviaba el afán por descubrir la verdad, ese era el único motivo que le quedaba para seguir adelante. Puede que ese vacío hubiera comenzado a

germinar cuando era niño, o quién sabe si en la universidad, cuando se alejó de todo aquello que le ataba a la realidad. Ahora llevaba colgado en el hombro el macuto donde guardaba la caja con los restos arqueológicos de ese pasado que había encontrado en el armario de su madre. Era tan grande el ansia por conocerlo, a la par que tan poderoso el miedo a lo que podría encontrar, que aún no la había abierto.

Jota no quiso abrirla en su casa. No después de lo sucedido. Tampoco quería parar en mitad de la calle y comprobar su contenido en una esquina, como un ladrón que revisa su botín. No podía demorarse más. Eric le estaba esperando para salir esa misma noche a Madrid. Tenía la intención de llegar de madrugada y ver el amanecer de una nueva vida en la capital. La piel se le volvió a tensar y le dio la sensación que de ella se desprendían los apósitos de su dermis rasgada. Volvió a cerrar los ojos para no encontrarse con el Señor Tiritas.

Vibró el móvil en el bolsillo trasero de su pantalón, al comprobar que se trataba de su madre cortó la llamada y siguió caminando con los ojos entornados para evitar rápido los reflejos del camino.

Cuando llegó, ayudó a Eric a cargar las últimas cajas en la furgoneta.

Permaneció callado la mayor parte del tiempo. Aún estaba ausente, aunque hacía todo lo posible por disimularlo. Eric se limitó a organizar el espacio del maletero sin hacer más preguntas de las necesarias. Su amigo apenas llevaba ropa, en realidad, lo que más espacio ocupaba en el maletero de la Kangoo era su sillón de gamer y las cajas que guardaban su colección de cómics, libros y cedés de música. Su madre le había insinuado que podía dejar todo eso en casa, pero en realidad él necesitaba que Asimov, los héroes y villanos de sus tebeos, las letras de esas canciones preferidas le acompañaran en su viaje a Madrid. Se iba a instalar con todos ellos, porque eso era lo que le hacía sentirse estar en casa.

Jota sin embargo solo llevaba un macuto que cabía a sus pies. Nunca había sentido gran apego por las cosas, y ante la abrumadora carga de su amigo Eric dudó si precisamente ese rasgo de su carácter le hacía menos humano.

Durante la carga, a Jota le vibró varias veces más el teléfono móvil.

Tenía la esperanza de que alguna de aquellas llamadas fuera la de Olga,

pero al comprobar que se trataba siempre de su madre decidió dejar de mirarlo y lo acabó por apagar.

Esperó de pie junto a la puerta del copiloto a que Eric se despidiese de sus padres. Luego, su hermano menor, aún más corpulento que él, apareció por el portal cuando ya Eric se había alejado y estaba a punto de entrar en la furgoneta. Ambos se dijeron adiós levantando la mano, y Jota percibió algo especial en aquella despedida, con la mano en alto y mirándose a los ojos, debía haber durado más que ninguna otra anterior en sus vidas.

Eric se montó en la furgoneta y Jota se despidió de la familia con un saludo en la distancia. Nunca antes había reparado en la familia de Eric y apenas los conocía, a pesar de que la madre de Eric y su propia madre eran amigas del colegio.

Eric arrancó el motor y aprovechó el ruido para carraspear y deshacer el nudo de su garganta.

—Mi madre se piensa que Valentina es mi novia — dijo Eric para quitar tensión al momento—, y yo creo que le van solo las tías. ¿Tú y ella alguna vez…?

Jota escuchó perplejo la pregunta y volvió a la realidad.

—No. Solo hemos sido amigos.

—La he llamado hoy y hemos hablado de ti.

—¿Ah, sí? —dijo Jota, fingiendo poco interés.

—Ya le comenté que te quedarías hoy allí a dormir en el piso y le pareció genial.

—Puedo quedarme en otro sitio… no hay problema.

—¿Qué dices? Val es la ostia de guay. Además también es mi piso y hay un sofá muy cómodo… o eso me han dicho sus colegas. Te quedas el tiempo que necesites.

Jota sintió que no le gustaba la sensación de ser el agregado en aquella relación a tres. No pudo evitar sentirse incómodo y desvió la mirada hacia su ventanilla.

—Me contó que estudiabais juntos en la facultad. No me habías dicho que tenías un blog de investigación…

—Todo el mundo se hacía un blog en aquella época.

—Tuvieron que ser unos años alucinantes. Val es una tía de puta madre… y una profesional…

—Y ¿crees que te contratarán al final? —preguntó Jota cortante.

—No sé. A eso voy. Ha sido todo verbal… pero supongo que sí…

—No sé cómo has dado este paso de mudarte sin tener nada seguro.

—Bueno, me han dado algunas garantías…

—¿Garantías?

—Son gente seria. Me han hablado de mantenerme toda la temporada.

—Ya, pero sin algo por escrito…

—Bueno… Val me ha dicho que les había gustado mucho mi prueba.

¿Por qué iba a desconfiar?

—No es por desconfiar, pero no deja de parecerme sorprendente.

Eric dejó unos segundos de mirar la carretera para observar a Jota, esperando que el lenguaje no verbal le diera alguna pista de lo que le pasaba a su compañero.

—Sorprendente… ¿Por qué?

—Hombre… que te den un trabajo viniendo de una tele local. Con toda la oferta de profesionales que hay en Madrid.

Eric puso de nuevo la mirada en la carretera, intentando con todas sus fuerzas no sentirse ofendido. Y ahí terminó esa conversación.

Pararon para repostar en la misma gasolinera de la salida sur de Jálivas donde Jota se había encontrado con Olga en la puerta de los aseos. Y el viraje de la memoria fue inevitable. Allí, sin ser entonces consciente, había empezado toda una suerte de deriva para enfrentarse con un pasado enterrado. Ese viaje a Madrid supuso al mismo tiempo un viaje hacia el origen de sí mismo, un viaje de autoconocimiento que hizo tambalear la poca estabilidad emocional que le quedaba a él y a su familia. Pensó entonces que tal vez sería en ese viaje de vuelta a Madrid el que serviría para cerrar el círculo.

Observando a Eric, que ajeno a sus pensamientos apretaba el surtidor de gasoil para llenar el depósito, tuvo una extraña y clarividente sensación de que, después de aquel viaje, no regresaría nunca más a Jálivas. Fijó la mirada en las continuas ráfagas de los faros del carril contrario de la autovía y sintió que no retornaría nunca por ese camino de vuelta.

Jota abrió su mochila y sacó la caja de zapatos dispuesto a hacer frente a su contenido. Respiró hondo y dudó al verse vulnerable por la incertidumbre.

La vibración del móvil, que había vuelto a encender, le bajó a la realidad.

Era su madre.

Jota dejó la caja y su mochila a los pies de su asiento y salió del coche para atender la llamada mientras Eric terminaba con el surtidor.

—¿Dónde estás? —preguntó Ángela intentando disimular que no estaba nerviosa.

Ambos se quedaron en silencio durante unos segundos.

—Estoy… —dijo Jota haciendo una pausa—. Voy camino de Madrid.

—No lo hagas.

Jota dio una risotada por la frustración.

—Tendré que encontrar respuestas allí, ¿no? Si aquí nadie me las da…

—No necesitas respuestas, créeme. Vuelve. Lo hablaremos.

—Déjalo, mamá. ¿Cómo está Nerea?

—Asustada, preocupada, atemorizada, pero es fuerte y se le pasará.

—A mí no. No se me pasa. Tengo que saber por qué me pasa esto.

—Acudiremos a un profesional…

El silencio se volvió a materializar entre ellos.

—Dime que no has hecho nada extraño, Jota…

—¿Extraño? ¿A qué te refieres? —preguntó Jota entre risas.

—Ya lo sabes.

—No, no sé. Cuéntame…

—Jota… Podría ser muy malo para ti que…

—¿Qué?

—Revivir todo aquello. No lo hagas… —dijo Ángela, sonando más a una súplica que a una orden.

Jota se llevó la mano que le quedaba libre a la cabeza mientras el surtidor rompía el silencio de la noche deseándoles un buen viaje.

—No puedo evitarlo. Hay algo… dentro de mí que no puede parar esta maquinaria. Algo ha cambiado y no puedo dejar de pensar en ello. Necesito saber algo… lo que sea.

—Deja al menos en paz a tu hermano, Jota — dijo Ángela tajante.

Jota se observó a sí mismo en el reflejo de la cristalera de la gasolinera y observó que sus ojos se habían encendido de ira, casi no los reconocía, pues mostraban una furia incoherente con su estado real de ánimo. La ira del Jota del reflejo se fue despertando en su propio ser y se canalizó hasta su boca.

—No podemos molestar al inestable de mi hermano, ¿verdad? No vaya a alterarse el pobre… — dijo Jota con sarcasmo.

Ángela se quedó en silencio, mientras Jota seguía andando próximo al túnel de lavado, mientras observaba como Eric pagaba en la ventanilla.

—Jota, mañana irán a buscarte —dijo Ángela sin pensar.

—¿Quiénes?

—Víctor tiene previsto ir a denunciarte mañana e irán a buscarte para encerrarte.

—¿Encerrarme?

—Es mejor que vuelvas y lo aclaremos aquí. Seguro que entra en razón.

Hablaremos todos juntos.

Jota colgó la llamada y explotando de ira golpeó con furia la marquesina del túnel de lavado. Se miró en el reflejo y, detrás de él, apareció una figura que lo observaba inmóvil. Una figura semierguida con su cara ondulante y grotesca, que poco a poco fue tomando las facciones de su padre.

Jota se acercó decidido a la furgoneta, abrió la puerta del copiloto, agarró con violencia la caja de zapatos, se la puso bajo el brazo y cerró dando un portazo. Regresó al escaparate y allí se quedó esperando a que el reflejo volviera a aparecer, pero no lo hizo.

Puso la caja allí en el suelo la abrió y empezó a sacar su contenido como un poseso que ha perdido el control. Bajo la luz azulada de la estación de servicio vio aparecer los manuscritos de aquellos cuentos suyos, sus dibujos del Señor Tiritas y otros personajes siniestros que se alternaban con el resto de los miembros de la familia. La caja guardaba fotos de los cuatro, de su padre en la mili, en la casa de la abuela en Reinalto; fotos de la boda de sus padres, de ambos con un bebé en brazos… El rostro de su padre en las fotos

se superpuso sobre el de sus recuerdos y, sin dudar, supo que era él quien aparecía en los reflejos.

Jota volvió a mirar hacia el cristal y vio definida y amenazante la figura de su padre. Agarró una a una las fotos y empezó a romperla con furia frente al reflejo, dejando caer los trozos en la caja. Cuando terminó con las fotos siguió con los cuentos y dibujos, haciendo trizas todo aquello que fue encontrando. Jota no se detuvo a reparar en lo que rompía y destrozó todos los recuerdos con rabia.

Vio que tras el túnel de lavado había un canal y aprovechó para esparcir en él los restos de esos despojos. Volvió a la luna de la marquesina y buscó nuevamente a su padre en el reflejo. Pero era Eric el único que aparecía reflejado en el cristal con un gesto mezcla de perplejidad y preocupación.

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