Una casa sin reflejos
Capítulo 33
Entraron en silencio en el pequeño apartamento de dos dormitorios, delatados por la mercúrea luz que atravesaba una rendija de la persiana del salón. A pesar de la oscuridad de la madrugada, Jota comprobó que el espacio alcanzaba una categoría de hogar al que nunca había aspirado ninguno de sus pisos de estudiante.
Procurando ser buen anfitrión, Eric acompañó a Jota hasta el sofá y le hizo entrega de una almohada y una manta de rigor. Jota se había mostrado ausente el resto del viaje después del extraño episodio con la caja. Eric no había querido preguntar nada porque creía conocer a Jota y sabía que aquel era uno de esos momentos en los que era mejor alejarse hasta que regresara de donde quiera que su mente se perdiera.
Como era un hombre de palabra, Eric entregó a Jota la tarjeta de la grabadora digital que guardaba en su mochila de trabajo y se despidió, entre bostezos, mientras se encerraba en su dormitorio. Decidió dejar la mercancía de la mudanza en la furgoneta; su mente no contempló la idea de cargar con todas sus pertenencias a esas horas de la madrugada para despertar a todo el bloque en general, y a Valentina en particular, por muy silenciosos que pretendieran ser.
Todas las habitaciones, incluido el baño, daban directamente al espacio multifuncional y diáfano del salón-comedor-cocina, presidido por el tresillo de piel sintética cubierto con una colcha. Jota se tumbó en el sofá del salón, rodeado de puertas, ya cerradas, y con una gran ventana sin cortinas, a cuya persiana le faltaban las suficientes lamas como para no permitirle pegar ojo en toda la noche. De todas formas, Jota sabía que no iba a poder dormir.
Jota colocó la tarjeta en la grabadora digital, conectó los auriculares y boca arriba, tumbado con la cabeza apoyada en un cojín y tapado con la
manta, comenzó a escuchar, con la mirada perdida hacia las grietas del techo.
La conversación comenzaba tras varios minutos de murmullos, sonidos metálicos y golpes que evidenciaban que la grabadora estaba siendo ubicada en el atril del piso de la avenida de los Descubrimientos.
«Me alegro mucho de verte».
«Y yo a ti, Saúl».
Jota identificó al instante la voz de Saúl, aunque le extrañó ese tono amable al que no estaba acostumbrado. La réplica se la daba la voz grave de la doctora Medina, con un tono más distante y seco.
Tras varias frases cortesía y carentes de valor documental, Saúl y Lourdes comenzaron a hablar de sus actuales ocupaciones, llegando hasta lo que les había reunido aquella noche. Jota se acomodó y presionó los auriculares contra sus orejas.
«Me sorprendió mucho ver que se iba a tratar este tema en las jornadas y que iba a ser justo aquí. También ver tu nombre… Nunca fuiste muy dada a este tipo de cosas».
«Bueno, supongo que ha pasado el tiempo suficiente».
Una nueva voz irrumpió en la grabación, haciéndose cada vez más clara a medida que avanzaba la frase.
«Entonces… ¿Me levanto y directamente me tumbó ahí? ¿O me quedo junto a usted y me va indicando?».
Jota reconoció la voz de Valentina.
«Carlos me dijo que cuando acabe con la explicación pida un voluntario. Lo que hacemos es que levantas la mano, yo te señalo y te sientas en ese sillón. Luego ya te voy guiando en todo».
«¿Se va a hacer una sesión de verdad?».
Saúl, volvía a la conversación.
«No. Solo es una simulación. Hace mucho que no hago una de estas de verdad. No desde que lo intenté con los hermanos que vivían en esta casa».
A Jota se le abrieron los ojos de par en par tras el comentario de la doctora. Se apretó los auriculares y se acomodó poniendo toda su atención en lo que pudiera oír.
«¿Ninguna más desde entonces?».
«No. Lo intenté cuando pasaba consulta en la clínica de Reinalto».
«¿Qué pasó?».
«Al pequeño le sirvió para olvidarse de todo, pero al mayor… Siguió viendo la imagen de esa niña… Creo que aquella que había muerto en esta casa».
Jota no pudo evitar sentir un escalofrío.
«¿Vais a hablar de lo de la niña que apareció muerta?».
«Pero eso será para el reportaje de Alerta 51. Lo tocaremos como catalizador de todo. Sin duda fue lo que marcó más a los niños».
A Jota le vino un estremecimiento tan grande que sintió que se le helaba la sangre y se le detenía el corazón. La sensación vívida de aquel recuerdo le ausentó durante unos segundos del discurrir de la conversación.
«¿Y no sabes nada de aquellos niños? ¿Dónde están ahora?».
«Nada. Les perdí la pista por completo».
«Cuando queráis podemos empezar. Ya están las cámaras preparadas.
¿Está todo claro?».
«Sí, Carlos. Ya hemos hablado con la chica».
«Pero nos quedamos ahí, ¿de acuerdo? La sesión la hacemos cuando se vaya la gente y la grabamos más controlada. ¿Te parece?».
«De acuerdo».
«Hablo con la productora de un tema y empezamos. Te va a presentar el organizador de las jornadas».
«Muy bien, gracias, Carlos».
Se hizo un largo silencio en la grabación, pero Jota ya había dejado de escuchar desde el comentario de Lourdes Medina. Volvió en sí y prestó atención, pero tras el murmullo y jaleo de gente en la distancia, el presentador empezó a hablar para presentar las jornadas. Jota se quitó los auriculares y permaneció con la mirada perdida. Aquella frase liberada espontáneamente sin aparente intención de generar mayores consecuencias, sin intención de ser escuchada por quien verdaderamente la necesitaba, se habría perdido en el infinito espacio de lo digital de no haber sido por aquella sincronicidad de acontecimientos, que, de repente, daban un giro importante hacia una dimensión desconocida en la búsqueda y en la investigación de Jota.
Recordó vagamente a aquella niña en la acampada del salón la noche del cumpleaños de Yago. Recordó que habían contado historias de miedo y que la amiga de su hermano no había despertado (o eso era lo que le habían contado).
No comprendía cómo había podido olvidar todo aquello, aunque no hizo más que aumentar su desconcierto al no comprender si podía llegar a tener relación con lo que sucedió días después.
Jota intentó dormir pero no pudo. La maquinaria de su mente volvía a encender las calderas al máximo para localizar un hilo de recuerdo del que tirar y poder recrear aquella noche de la que solo le quedaba una vaga huella borrada por el olvido.
Se recostó de lado y se vio reflejado en la puerta acristalada de la única vitrina del salón. Observó su reflejo, integrado en el canto de los libros, como una imagen superpuesta, o un holograma. Una cara definida por la indiscreta luz de las farolas, pero que Jota no reconocía como suya. La expresión que, desde la sesión, mostraban los reflejos de su propio rostro, le resultaba desconocida e incómoda, llenándole de pensamientos negativos.
Sus propios ojos le miraban fijamente, queriendo decirle algo que aún no llegaba a entender, inundándole de un sentimiento de angustia y desasosiego y arrancándole de cuajo de la realidad tal y como él la percibía.
Sintió que aquellos ojos hostiles, iluminados en la noche, le iban a su manera seduciendo, como para tratar de invitarlo a sentirse cada vez más cómodo en esa reciprocidad de miradas. La periferia de su campo de visión se volvió oscura y, centrado en aquellos ojos, se quedó dormido.
Los primeros rayos de sol empezaron a colarse por la rendija de la persiana atascada y Jota se despertó teniendo su propio reflejo como primera visión de un nuevo día. Escuchó ruido tras la barra que dividía el espacio con la pequeña cocina y observó que había alguien dentro, a través de las sombras reflejadas en los azulejos blancos de las paredes.
Valentina apareció en el salón con una sudadera gris de capucha y un pantalón de pijama con topos morados. En la mano una taza humeante.
Llevaba el pelo recogido en una coleta alta, que le dejaba al descubierto el rapado de una de las sienes.
—Buenos días. ¿Cómo ha dormido nuestro polizón? — le dijo sonriendo.
Jota se desperezó y, aún tumbado, se giró para colocarse boca arriba y ver bien a su compañera.
—No sé cuánto he dormido. Creo que no mucho…
—¿Quieres café?
—No. Tienes que arreglar esa persiana.
—Si me la arreglas tú no te cobro la noche.
—¿Dónde vas tan temprano?
—A trabajar. Tengo que ir a la redacción.
—¿Y Eric?
—Pues… estará a punto de despertarse, porque también curra hoy. Qué fuerte eso de que os conozcáis, ¿no?
—Sí…
—Es supermajo.
—¿Podríamos quedar esta tarde después del trabajo y salir a tomar algo los tres?
—Hoy va a ser imposible. Esta noche ponen el programa. El que grabamos en aquella casa en la que te colaste. Y hemos quedado con el equipo en casa de Carlos Navas para verlo juntos… Viene Eric también…
El muchachito ha congeniado muy bien con todos los del equipo.
—Me alegro por él —dijo Jota, intentando parecer razonable, a pesar de la quemazón que le producía aquella situación y que cada vez podía disimular peor —. ¿Van también Saúl y la doctora…?
—¿Lourdes Medina?… No. Creo que ha estado en Barcelona dando unas conferencias y que vuelve mañana. Al menos eso espero porque tengo que reunirme con ella. Si te parece dejamos para mañana lo de tomarnos algo, ¿no? — indicó Valentina, intentando captar la atención de la ausencia momentánea de su amigo, que se había quedado pensando en una estrategia para poder hablar con la doctora—. ¿Y qué te trae de nuevo por Madrid,
«Jotagrismota»? ¿No vas a ir al estreno de la obra tu madre?
—¿Cómo sabes eso?
—Eric me lo dijo. Le extrañó también que vinieses y te lo perdieses.
—No podía quedarme. Estoy investigando algo…
—Mmm… Jota y sus misterios.
—No es nada…
—Ya. Nada que puedas contar…
Jota miró a Valentina buscando comprensión. Le hubiese gustado contarle todo lo que le estaba pasando por la cabeza. Era la única persona con la que podría hablar de cualquier cosa, pero no podía dejarse llevar y exponerse. Era su amiga pero, ahora más que nunca, era el peor momento para fiarse de alguien.
Tras una larga mirada cómplice, Jota relajó su tensión y colocó su cabeza en el regazo de Valentina, que le empezó a acariciar su pelo negro.
—Olga actúa en la obra —confesó Jota después de un tremendo suspiro.
—¡Vaya… Jota abriéndose al mundo!
—¡La he cagado! ¡Y esta vez es definitiva!
—«Jotagrismota», tu madre estrena una obra de teatro con tu ex, de la que sigues pillado, pero tú decides huir para resolver uno de tus casos de Scooby Doo, en lugar de estar allí para, de un solo tiro, ser un buen hijo y demostrarle a ella que le importas…
—Es más complicado que eso…
—¡Tú sí que eres complicado! Vamos… que sin conocerla la entiendo perfectamente.
—Esta es mi manera de resolverlo. Y es la mejor, créeme.
—Ya. Ese es el famoso estilo Jota: me quito de en medio y todo resuelto.
—¿Por qué nunca llegamos a vivir juntos? — preguntó Jota, desviando la mirada hacia su reflejo en el cristal.
—Pues… Porque estaba Rober aquí viviendo — respondió Valentina tras titubear—. Y antes estuvo Ana… y Claudia… y Borja antes de ellas…
—Ya… Siempre había alguien viviendo aquí.
—Y ahora Eric.
—Sí. Y ahora Eric —repitió Jota apesadumbrado —. Me hubiese gustado vivir una temporada aquí contigo durante la facultad.
Jota se giró hacia ella y ambos se miraron con una mezcla de ternura y nostalgia irremediable.
—Posiblemente la persiana estaría arreglada — dijo Valentina, intentando quitar intensidad a la conversación.
—¿Crees que hubiese sido un buen compañero?
Valentina se quedó un instante seria y desvió la mirada mientras daba otro sorbo a su café.
—No lo sé —respondió Valentina—. Siempre he pensado que tu cabeza estaba en otro sitio. Te quiero, Jota… pero, creo que no hubiese funcionado.
Yo estoy aquí, ahora… pero tú nunca estás donde estás. Siempre parece que estés en otro sitio. A ver… ahora estás físicamente aquí, pero no te siento…
cerca. No sé. No lo pones fácil. Y siempre te lo he dicho. Te volviste a Jálivas cuando terminamos la carrera y entendí que tenías cosas que resolver allí. Pero ahora estás aquí y no parece que se haya resuelto nada.
De hecho parece que aún vienes con otras movidas añadidas a las de siempre. Igual me equivoco… pero es lo que me parece ver, que sigues sin acabar de resolver, la verdad…
Jota se incorporó sin poder levantar la mirada del suelo, sintiendo un pudor inusual en él. Valentina le acababa de dar un repaso y él no tenía argumentos con que defenderse, avergonzado intentó centrarse en el objetivo que le había llevado hasta allí y trató de recomponerse rápido, aunque fuera solo en apariencia.
—Creo que me voy a ir ya…
—Espero no haberte molestado con lo que te he dicho, Jota. Ya sabes cómo soy… A veces me gustaría saber cómo es eso de morderse la lengua, pero joder, me quema… y lo siento, soy así, te aprecio mucho Jota y por eso te digo las cosas tal como las pienso.
—No… Está bien.
—Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras…
Jota se levantó, sin decir nada más, para ir al cuarto de baño.
Valentina se quedó mirándolo sosteniendo su taza aún humeante y sin poder evitar sentirse culpable.
Jota cerró tras de sí la puerta y al instante un fuerte estruendo se escuchó en el salón.
Cuando recuperó el sentido, se vio reflejado en los cientos de fragmentos de espejo que le devolvían su imagen, como un fractal casi
infinito. Jota en un impulso incontrolable había hecho añicos el espejo asestándole varios golpes. Miró a Eric, que había irrumpido en el baño alertado por el ruido y que traía en los ojos una mirada mezcla de ironía e incomprensión. Entró también Valentina que no daba crédito a lo que había pasado.
Jota permaneció inmóvil, con cortes en las manos y en el brazo. Apenas quedaba nada del bote de colonia roto al que se había aferrado y que acabó por soltar sin que le preocupara mucho el hecho de que iba a terminar estallando como colofón contra la pila del lavabo ensangrentada.
Eric le practicó la cura de los pequeños cortes de las manos, mientras los tres permanecían callados durante toda aquella improvisada sesión de enfermería. En ese rato Jota no fue capaz de mirar a ninguno a la cara. Le hubiera supuesto comenzar una conversación que ni le apetecía tener ni hubiera podido sostener. Le vino nuevamente a la cabeza ese pensamiento recurrente de querer proteger a las personas a las que quería evitando salpicarle con sus males. Ya había cometido el error de hacer partícipe a Olga y había comprobado cuáles eran las consecuencias.
—¿Quieres que vayamos al hospital? —dijo Eric, rompiendo el silencio.
Jota con un leve gesto de cabeza negó de forma sutil pero concisa.
—No parecen muy profundos pero… por asegurarnos — insistió Eric.
—Deja que te ponga unas tiritas… —dijo Valentina, mientras buscaba en su neceser y se acercaba con la caja de apósitos.
Jota dio un manotazo a la caja y la dejó caer al suelo ante la mirada perpleja de sus amigos. Se levantó del sofá un poco mareado y se puso la cazadora.
—Es mejor que me vaya —indicó Jota, con un hilo de voz apenas audible. Se colgó el macuto y se dirigió a sus amigos sin mirarles a la cara —. Lo siento. No sé… No sé qué me ha pasado. Te pagaré el espejo, Val…
—Jota, por favor…
Jota alzó la vista y los miró por última vez. Se dio media vuelta y salió del apartamento.
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