Una casa sin reflejos
Capítulo 27
Olga no respondía a ninguna de sus llamadas. Jota pensó por un momento presentarse a la salida del ensayo, pero recapacitó dándose cuenta que aquella irrupción no haría más que empeorar la situación y cercenar cualquier posibilidad de acercamiento futuro. Sentía una rabiosa curiosidad por saber qué era lo que Olga había visto al otro lado del reflejo. Cualquier cosa que ella hubiera experimentado podía ayudarle a descubrir algo más sobre lo que él mismo había vivido, por extraño o terrorífico que le hubiese resultado. Pensó, por tanto, que era mejor dejar pasar algo de tiempo, y que volvería a acercarse a ella cuando todo se hubiera calmado; cuando la obra de teatro se hubiese estrenado y las emociones estuvieran apaciguadas y pudieran analizarlo con la perspectiva suficiente.
No pudo quitarse la sensación de ansiedad durante todo el día. Se encerró en casa e intentó dormir en varias ocasiones, pero su mente no estaba por la labor de desconectar. La imagen de su padre se iba diluyendo en su mente, como si lo que hubiese visto de esa forma tan lúcida no fuese más que un sueño que volvía a desvanecerse y a formar parte del subconsciente, oculto y seguro entre los huecos internos de la memoria. No quería olvidarlo de nuevo, a pesar de que su mente se empeñaba en ello.
Notaba que estaba luchando contra el olvido, que usaba su magnánimo reseteo como un mecanismo de defensa al que estaba habituado.
Si a priori el psicomanteum tenía como objetivos principales servir de catalizador de un duelo y ayudar a superar traumas del pasado, aplicado a su caso había tenido el efecto contrario. Había avivado los recuerdos del pasado, eso sí, pero no le había permitido comunicarse con su padre de la hipotética y civilizada forma que creyó que sería.
Ángela y Nerea aún no habían regresado a casa, lo que a Jota le hizo pensar que su madre no quería enfrentarse a una nueva conversación con él.
Sin embargo tendría que hacerlo, tarde o temprano, por mucho que se refugiara de nuevo en Víctor, que no dejaba de ser una relación ya perdida y sin remedio. No sintió lástima por Víctor, pero todo aquel paripé no le parecía propio de su madre, que no acostumbraba a ser complaciente con nadie.
Recibió la llamada de Eric en mitad de la tarde. Había llegado ya a Jálivas y estaba cargando la furgoneta para hacer la mudanza. Eric le comentó que se iba a pasar por las oficinas de la tele local y que podían aprovechar para recoger sus cosas y tomar algo después. Jota no se lo pensó dos veces. Necesitaba buena compañía, y sobre todo necesitaba salir de casa y dejar de pensar en el asunto.
Eric y Jota entraron en las oficinas de la televisión local y percibieron una austeridad aún mayor que la de la última vez. Se habían llevado los muebles, los cuadros e incluso la única planta que aún no se había secado.
—Si siguen llevándose cosas… esto va a terminar siendo de nuevo una carnicería — dijo Eric, dirigiéndose a Rocío e intentando resultar gracioso.
Rocío lo miró sin inmutarse y siguió consultando durante un rato más el muro de su perfil.
—¿Qué es lo que queréis? —preguntó Rocío.
—Venimos a por nuestras cosas —dijo Eric acercándose al mostrador y apoyándose en él con un aire seductor.
Rocío lo miró con desprecio.
—Aquí ya no hay nada vuestro.
—Sí que lo hay —apuntó Eric.
—Vuestro programa se ha cancelado. Saúl ya no trabaja aquí y por lo que me han dicho vosotros tampoco.
—Pero aun así, nuestras cosas son nuestras y están aquí.
—Te he dicho que se lo han llevado todo —dijo Rocío, elevando la voz y mostrando claramente que estaba dispuesta a perder la paciencia si seguía por ese camino.
—¡Parte del equipo era mío! Tenía ahí un trípode, la mochila de la cámara… hasta un portátil que le dejé a Saúl y que no me devolvió — dijo
Eric indignado.
—¡Qué quieres que te diga…!
—Déjanos echar un vistazo. Quizá no se lo hayan llevado todo
— comentó Jota intentando calmar el ambiente.
Rocío tomó aire y los miró, empezaba a resignarse. Soltó al fin el teléfono móvil y se levantó con las llaves en la mano.
—Total, si a mí me queda aquí un telediario…
Jota y Eric se miraron triunfales y la siguieron.
Entraron comprobando que Rocío no les engañaba cuando les aseguraba que se lo habían llevado todo. No había rastro de los viejos ordenadores de sobremesa, ni de los portátiles, ni de los libros de Saúl. Comprendieron que era verdad que Saúl estaba deseando irse de aquel tugurio y que no había perdido el tiempo en sacar todas sus cosas de aquel antro.
Eric se acercó al rincón que usaban como set de rodaje de las entrevistas y allí encontró su trípode y su mochila tirada en el suelo.
—¡Joder! El trípode tirado en el suelo. ¡Qué es de rótula!
Jota no tenía intención de recoger nada, pero se acordó de repente del mueble archivador de Saúl donde guardaba los expedientes de los casos que llevaba en el pasado. Nadie le había echado cuenta a aquella oxidada cajonera y al abrirla vio que aún quedaban algunas carpetas, viejas y rotas, colgando de las guías. Jota comenzó a buscar entre ellas por si había algo rescatable.
No había rastro documentos en ninguna de las carpetas. Nada de ninguno de los casos que habían llevado en los últimos meses, incluso los que él mismo había redactado. No había nada.
—¿A dónde habrán ido a parar los archivos y los documentos?
— preguntó Jota a Eric, que seguía buscando su portátil.
—Son propiedad de Saúl, así que se los habrá llevado. Tenía un acuerdo con la cadena. La marca del programa también es suya.
Rocío apareció por la puerta junto con un joven, que arrastraba una carretilla, y los miró como si ella fuera la heredera de aquellas ruinas.
—Tenéis que salir ya. Van a terminar de desmontar.
—Si ya no hay nada —dijo Eric con una risotada, mientras agarraba su trípode y se colgaba su mochila que tenía a la vista varios descosidos.
—Ese archivador y las estanterías —dijo Rocío, ignorando a Eric —.
Este sitio lo van a utilizar ahora para otro programa. Uno de Semana Santa.
El carretillero entró y se acercó a los archivadores, ajustando la pala para cargarlos.
—Pues quiero que me devolváis el portátil — amenazó Eric.
—Eric, de verdad… Habla con Saúl y me dejas a mí tranquila — dijo Rocío, saliendo de la sala con una expresión hastiada.
Jota y Eric salieron tras ella con lo poco que pudieron salvar del desalojo.
Desahogaron su indignación con unos cuantos botellines y varios montaditos de carne mechada a la pimienta en la abacería de la plaza de abastos.
—Entonces… Te vas definitivamente —dijo Jota.
—Correcto —masculló Eric, dándole un bocado al montadito —. Aún no sé si me van a coger, pero yo me largo de Jálivas. Si no entro en Alerta 51 me buscaré otra cosa. Espero que Saúl no me joda.
—¿Por qué iba a hacer eso? Habéis trabajado muchos años juntos.
—Ya. Precisamente… Nos conocemos muy bien y sabe que a mí ya no me controla. No sé. A lo mejor al final no quiere tenerme por allí rondando.
Me espero cualquier cosa de él.
—¿Lo tienes ya todo montado en la furgo?
—Todo listo. Mañana temprano me piro. Y si me da la vena… me voy esta misma noche.
—¿Y tienes ya sitio para quedarte? —preguntó Jota, interesado por la decisión de Eric de abandonarlo todo y empezar de nuevo en la ciudad.
—¡Sí! —respondió Eric, tras darle un sorbo al botellín —. A una de las becarias que trabaja en el programa se le ha ido su compañero de piso y hablando el otro día, en el desayuno del equipo, surgió la conversación y…
de momento… esa será mi casa.
—¿Vas a vivir con Valentina? —preguntó Jota intrigado.
—¡Sí! ¿La conoces o qué?
—Es mi… bueno, somos amigos de la facultad — respondió Jota, aun asimilando la extraña sensación que le suponía que Eric se fuera a vivir con su mejor amiga.
—¿En serio? ¡Qué bueno! No lo sabía…
Jota siguió bebiendo con cierta sensación extraña de que la vida iba a unir a dos personas tan diferentes entre sí y tan cercanas a él, y curiosamente él ni siquiera había mediado entre ellos para presentarlos.
Eric se lanzaba a una nueva aventura laboral, a vivir nuevas experiencias en Madrid y lo haría viviendo con Valentina. Se conocerían, se harían muy amigos (no le cabía duda) y saldrían juntos a beber y a compartir nuevas experiencias. Jota sintió ciertos celos de que fuese Eric, y no él, quien hubiera tomado esa decisión y de repente sintió una poderosa sensación de estar encerrado en Jálivas, atrapado buscando un pasado oscuro y que no tenía visos de aclararse; intentando superar y olvidar una relación que ya nunca sería posible. Y se sintió solo.
Intentó alegrarse por Eric, el único amigo que le quedaba en todo ese caos, pero no pudo evitar sentirse mal porque su alegría no era total. De repente pensó que nunca sería una persona normal, con relaciones normales, que todo aquello que arrastraba en su cabeza no le iba permitir romper las barreras y dejarse ver tal y como era. Y la gente eso lo nota.
—¡Ah! Por cierto… Antes de que se me olvide — dijo Eric, tras limpiarse la boca con una servilleta—. Me comentaste que estabas interesado en el tema ese del psico…
— Psicomanteum —completó Jota—. Sí, lo estoy investigando por mi cuenta.
—¿Y eso? —preguntó Eric extrañado—. No por nada, sino porque me pareció todo un poco pantomima. Estaba todo muy guionizado y allí nadie vio nada en el espejo… Te lo aseguro. Ya te lo dije.
Jota no pudo evitar volver a ver la imagen de su padre en su mente.
—Pero… ¿No recuerdas que hablaran de algo más? No de la sesión de las jornadas sino de lo que ocurrió en aquella casa a finales de los noventa.
—¿Pues sabes qué? —dijo Eric con un tono profesional —. Lo curioso es que cuando me lo dijiste ayer por teléfono no caí, pero hoy metiendo mis cosas en las cajas me puse a guardar la cámara, el micro… y recordé que sí que estuvieron hablando de esa sesión de la que hablas.
—¿Ah sí? ¿Y qué comentaron? —preguntó Jota, poniendo todos sus sentidos en lo que Eric iba a decirle.
—Hablaron sobre el informático… creo. Que había hecho la sesión esa y que empezó a ver cosas raras en los espejos.
—¿Y comentaron algo más de ese informático? ¿O de la familia?
—Pues eso… Poco más. Que intentó estrangular al hijo y que cuando, al parecer, tuvo un momento de lucidez se tiró por el balcón para evitar hacerle daño al niño. Decían que lo que vio en el espejo le cambió… Pero eso son leyendas.
—¿Quiénes estaban hablando de esto? —preguntó Jota, con la cara desencajada.
—Saúl… con la doctora esa.
—¿Lourdes Medina?
—Sí, ella. Yo estaba con la cámara en la otra esquina del salón, no los escuché directamente, pero recordé, al meter el micrófono digital en la caja, que el micro había estado grabando toda la sesión. Incluso cuando yo no tenía los cascos puestos. Con lo cual…
—¡¿Se grabó todo el audio?! —gritó Jota.
—Eso es. Incluso más allá de la sesión, pues lo apagué cuando me di cuenta, al recoger el material.
—¿Y lo tienes?
—La grabación en vídeo se la quedaron ellos para el programa, pero la tarjeta de audio se quedó metida en el micrófono digital.
—¿Y crees que podría escucharla? —preguntó Jota exaltado, pero intentando no parecer desesperado ante la revelación.
—Tengo que devolverla al programa, pero hoy la he pasado completa al ordenador. Ya sabes… por si hay algo vergonzoso sobre Saúl y le tengo que chantajear en el futuro — bromeó Eric.
—Me gustaría escucharla… si no te importa.
—No hay problema. No sé si usaran esa información para el programa, pero ni se te ocurra colgarla en ninguna parte.
—No tranquilo. ¿Y dónde tienes la grabación?
—Dejé mi equipo en casa de Valentina. Te pasaré enlace de descarga por correo electrónico en cuanto llegue mañana.
—Te lo agradeceré…
—Lo que me resultó curioso es que Saúl da a entender que él ya investigó ese tema en los noventa y que su informadora era la doctora Medina.
—¿Informadora? —preguntó Jota extrañado e intrigado.
—Me pareció entender que la doctora Medina había tratado a esos niños. Que fue su terapeuta o algo así… — Jota se quedó de piedra—. En fin… Oye, por cierto, cambiando de tema, ¿qué vas a hacer ahora que ya no tienes que aguantar a Saúl?
—Irme contigo a Madrid —dijo Jota dándole un largo trago al botellín.
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