Una casa sin reflejos

Sergio Requejo · Capítulo 47 de 62

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Una casa sin reflejos

Capítulo 47

Jota tomó la fotografía que le acababa de dar su amigo Eric y se quedó observándola en silencio. Aquel día en la gasolinera tenía tanta rabia contenida que quiso acabar con lo poco que quedaba de aquel niño feliz.

Todas las horas de terapia y los esfuerzos por hacerle olvidar fueron fructíferos en cuanto a que durante muchos años lograron hacerle olvidar los fatales sucesos, pero sin embargo, no lograron nunca recuperar esa sonrisa que lucía en la foto que ahora contemplaba.

—¿Por qué tienes tú esta foto?

—Me la encontré entre el sillón y la puerta — contestó Eric—. Se te debió caer anoche.

Jota cerró los ojos y se dejó llevar por el vaivén de la furgoneta, pero un pensamiento catártico le devolvió la vista hacia la fotografía. Alzó la vista y observó la alameda por la que circulaban y algo le llamó la atención de aquella avenida, con los edificios y la arboleda. La simetría de aquel paisaje urbano le llevó a mirar de nuevo la fotografía, hallando una clave que se le había escapado hasta entonces y que debía corroborar en cuanto llegara a su destino.

—Gracias —dijo Jota a Eric, notándose aún afectado por los calmantes.

Eric se limitó a asentir, sin parar siquiera el motor de la furgo.

—Te irá muy bien… —continuó Jota, sin saber bien qué decir.

—Ya lo sé, Jota.

Eric se puso en marcha y se alejó avenida arriba.

El portal del bloque número catorce de la avenida de los Descubrimientos estaba cerrado. Jota alzo la vista hacia las persianas del 2.º

B y comprobó que estaban bajadas, al igual que el día después de las jornadas. El cartel de la inmobiliaria continuaba colgado, ajeno al tiempo.

Se acercó al portal y tocó en el telefonillo el pulsador del 2.º A, mientras observaba, anhelante de respuestas, la acera de aquella avenida. Puso atención en la distribución de los portales y le pareció significativo el orden de asignación, así como las etiquetas colocadas, con cinta dymo, junto a cada pulsador.

No se sintió ansioso a pesar de tener la sensación de que estaba ya llegando al final de un trayecto. Caso de que no respondiera nadie estaba dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario, si no era su vecina o su hijo alguien aparecería más tarde o temprano y podría pedirle alguna indicación.

De repente le vino a la cabeza el recuerdo de ciertas tardes de verano en la ciudad, jugando en la calle frente al local de su padre, reconvertido ahora en una triste y anticuada copistería. No tenían dinero para irse de vacaciones y sus padres tampoco contaban con mucho tiempo para entretenerlos, ya que la apertura de la tienda de informática era su única prioridad, para poder captar clientes a la vuelta de las vacaciones en septiembre. Jota recordó que las tardes de los viernes eran los únicos días que su madre se los llevaba a la piscina del centro deportivo, el resto de la semana se lo pasaban en la calle, soportando las altas temperaturas de las baldosas hidráulicas de los acerados; jugando con los amigos de su hermano a las chapas o a la guerra de los pica-pica. Las plataneras de la avenida, cubiertas de hojas y llenas de vainas verdes repletas de semillas a punto de caer, le recordaron a esas batallas con sus semillas en forma de esfera que, aún verdes, eran un arma arrojadiza perfecta. Las vainas estaban cubiertas de protuberancias en forma de pinchos y su largo cabo funcionaba como lanzadera. Una vez que maduraban, las bolas adquirían un tono marrón y las semillas se desprendían, convirtiéndose en arma por la pelusilla que desprendían y que tenía una alta carga de picor si se frotaban contra el cuello de los enemigos de la calle. Jota sonrió, aún con la mirada perdida, y sintió añoranza por aquel tiempo, que era lo más parecido a una infancia feliz que había conocido. Se sorprendió, de nuevo, de cómo había sido capaz de soterrar todos aquellos recuerdos; incluso los felices.

Nadie contestó al telefonillo y Jota dio unos pasos atrás en la acera para volver a mirar hacia los pisos superiores. Sacó la fotografía que había

recuperado Eric, en la que aparecía él, con su padre, su madre y Yago en el interior de su salón, junto al ventanal desde el que se había precipitado su padre. Jota alzó la foto y la comparó con el exterior de la fachada.

Había algo que no le cuadraba: se dio cuenta que los bastidores de la carpintería de aluminio, que delimitaban los cristales de la ventana en dos partes, eran dobles en la parte central del edificio. En el piso con el cartel de

«se vende» los bastidores estaban situados en la parte izquierda mientras que en la foto estaban colocados en la parte derecha. Supuso que sería la forma que tenían antes de la rotura del ventanal, pero se percató que esa era la disposición tanto en el primer piso como en el tercero, por lo que no tenía lógica.

El piso de la fotografía parecía ser el simétrico al que había visitado en las jornadas del misterio.

Jota intentó recordar al resto de los vecinos del portal, pero solo había podido definir con claridad a Delfina y a su hijo, y también a un vecino enfermo que vivía en el primero.

Allí en la espera en el portal decidió que tenía que entrar fuese como fuese de nuevo en ese piso, pero no en donde se habían celebrado las jornadas del misterio, sino en el otro, el supuesto piso de Delfina y Felipe.

En ese piso debía ser donde todo había comenzado veinte años antes, y allí haría una última sesión. Dejaría que el reflejo de su padre terminara su misión.

Había empezado a oscurecer y las farolas cobraron vida. Apoyado en uno de los árboles de la alameda, Jota, no pudo evitar mirar hacia su propio reflejo estático y huesudo. Hipnotizado, y como esperando una señal, observó cómo empezó a materializarse la figura de un hombre tendido sobre la acera.

Como si de fotogramas superpuestos sobre el reflejo en el cristal del portal se tratase, vio a su padre tumbado, con la cabeza aplastada contra las baldosas, con un charco de sangre cubriendo el pavimento. La imagen daba saltos atrás y volvía al principio una y otra vez en bucle. El reflejo del portal repetía la misma escena sin cesar, pareciendo querer atormentar a Jota o mandarle una advertencia o alguna clave que intentó descifrar.

Jota se alejó del reflejo del portal y comenzó a dar pasos hacia atrás.

Llegó hasta el borde de la acera y siguió retrocediendo. Los coches atravesaban la avenida a gran velocidad. Un claxon le hizo detenerse. La imagen seguía reproduciéndose en el reflejo y entonces Jota se dio cuenta de que algo no cuadraba con la situación de la caída. Algo que confirmaba su teoría: aquel cuerpo en la acera estaba situado bajo el ventanal del 2.º A, el piso simétrico al que había albergado las jornadas del misterio. Su padre había caído desde el otro piso.

En ese instante, en que Jota empezaba ya a impacientarse por entrar dentro, se encendió el rótulo luminoso de la copistería y entonces se dio cuenta de cómo haría.

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