Sin eco

Anne Holt · Capítulo 9 de 75

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Sin eco

Capítulo 9

9

 

Daniel se arrepentía de haberse dejado las botas de invierno. Era la noche del martes

7 de diciembre y las temperaturas habían vuelto a bajar. Los últimos días habían

alternado la nieve con la lluvia y el sol. Ahora una nieve semicongelada se pegaba a

sus zapatos buenos, y él golpeaba un pie con otro para entrar en calor. Se le estaba

acabando el tiempo. Llegó el autobús de IKEA. La gente de la parada frente a la

facultad de Derecho se abalanzó hacia el cálido interior del vehículo y Daniel

consultó la hora.

Ella no soportaba que llegara tarde. Así había sido desde que Daniel tuvo edad de

ir al teatro. Thale siempre había querido que viera la tercera función después del

estreno. En ese momento la función aún conservaba lo que ella llamaba «tensión

creativa» pero los nervios de la primera noche estaban superados y los errores que

solo se descubren en contacto con el público se habían corregido.

Asistir a las funciones de Thale era una de sus obligaciones.

Pertenecía a la misma categoría que vaciar el lavaplatos al volver de clase y

fregar el suelo los viernes. Lo de limpiar la escalera y el portal se había acabado dos

años antes, cuando se fuera a vivir a un estudio. La obligación de asistir al teatro

permanecería mientras su madre pudiera mantenerse en pie en un escenario. Otra

costumbre arraigada consistía en poner huevos fritos y leche con cacao en la mesa de

la cocina después de la función, al punto de que nunca se había atrevido a

cuestionarla. Ni siquiera cuando el cumpleaños de su novia coincidió con la tercera

función.

—Si quiere puede acompañarte —le había dicho Thale con voz serena en aquella

ocasión—. Tú tienes que venir, en todo caso.

Cuando era más joven creía que su madre lo hacía por él. Eso decía ella.

Aseguraba que el teatro le beneficiaba. Hacía poco que había entendido que en

realidad esa tradición cubría su imperiosa necesidad de hablar con alguien.

Thale siempre se expresaba con gran intensidad después de una función. Hablaba

de los personajes de la obra en cuestión como si fueran sus mejores amigos. En

general no le gustaba hablar de otras personas. Normalmente era una mujer de pocas

palabras, salvo aquellas noches en que bebían leche con cacao y comían tostadas con

huevo y tomate hasta que él no podía más y se iba a dormir.

Daniel se subió el cuello de la chaqueta para protegerse las orejas cuando sintió la

nieve húmeda en la nuca. Se sentía como un crío por esperar que ella dijera algo, pero

por otro lado en su interior crecía una sensación de rebeldía, su madre debería

entender que él estaba pasando dificultades. No había dicho una sola palabra del

incidente, cuando la había llamado por la mañana solo se había preocupado de que llegara a tiempo a la representación.

—Egoísta —murmuró, y se asustó de su propia voz.

Tenía mucha prisa. Miró arriba y abajo por la calle Karl Johan pero no vio lo que

buscaba. Volvió a mirar la hora. En cinco minutos tendría que irse.

Daniel siempre había sabido que su madre no era como las demás. Desde la

guardería se había sentido un niño diferente porque ella se empeñaba en que la

llamara Thale y no mamá. La mayor parte del tiempo le dejaba en paz. Nunca le

preguntaba por los deberes ni quería saber con quién andaba. Durante su adolescencia

había sido estricta con las horas de vuelta a casa y las visitas al teatro, y le había

inculcado que siempre debía cumplir sus promesas. Por lo demás le dejaba hacer lo

que quisiera.

Su madre no había dicho una palabra del incidente.

No era extraño pero aun así se sentía ofendido.

Y lo peor era que Taffa aún no le había llamado, la verdad es que eso tampoco

resultaba sorprendente. Tal vez debería llamarla al día siguiente, o ir a verla.

—Hola. Perdona que llegue tarde.

Daniel dio un respingo y dejó caer el sobre que sujetaba con fuerza. Se agachó a

la velocidad del rayo y lo recogió de la nieve sucia y medio derretida.

—Vale. Toma, mil coronas. Te daré más dentro de un par de semanas.

—Mil… —El otro joven hizo una mueca.

—Ahora mismo no tengo más —dijo Daniel tomando aire—. Además tengo que

irme. Te lo prometo. Dos semanas.

Le dio un golpecito en el hombro y cruzó la calle a la carrera. Le entraba agua a

borbotones por los zapatos. Tuvo el tiempo justo para encontrar su asiento en el

Teatro Nacional pocos instantes antes de que se levantara el telón; en ese momento se

dio cuenta de que había pillado un catarro de campeonato.