Sin eco

Anne Holt · Capítulo 35 de 75

Páginas del PDF

Sin eco

Capítulo 32

32

 

—Es Felice, con ce italiana, como en chelo. No se pronuncia Felise.

—Disculpe, doctor Felice.

Billy T. se frotó el brazo y se bajó la manga de la camisa.

—Un nombre curioso. Øystein Felice. Un poco… una mezcla extraña.

El médico tiró la jeringuilla al contenedor y se lavó las manos a conciencia bajo el

grifo abierto.

—Tu cita no ha sido inútil del todo. Con esto deberías librarte de la gripe este

invierno. Mi madre es noruega y mi padre italiano. En realidad me iban a poner

Umberto, como mi abuelo, pero al final se impuso el nombre de mi abuelo materno,

que era de Valdres.

Sonreía distraído, como si estuviera tan acostumbrado a explicar el origen de su

nombre poco común que lo hiciera de forma automática. Se secó con cuidado en una

toallita de papel y guardó el historial actualizado en una funda de plástico.

—Aquí tienes —dijo entregándoselo a Billy T.—. Esto es lo que puedo contar.

Como el paciente ha fallecido y no puede liberarme del deber de confidencialidad,

depende de mi criterio. A juzgar por lo que me contaste por teléfono no hay nada en

la historia clínica de Brede Ziegler que pueda ser de interés para la policía.

—Esa es tu opinión —dijo Billy T. malhumorado y cogió la delgada carpetilla—.

Parece que haber conocido al tal Ziegler ya es motivo de confidencialidad.

—¿Cómo?

—Nada, no me hagas caso. Pero… —Pasó las páginas con mucha prisa—. Tenía

dolores de cabeza y una rodilla lesionada, eso era todo —resumió—. Nada más.

—Yo no he dicho eso, pero tampoco lo he negado. Lo único que puedo decir es

que…

Billy T. gimió y se inclinó hacia delante. La silla era demasiado estrecha para él y

escondió la cabeza entre las manos mientras se balanceaba emitiendo leves quejidos.

—Lo siento, pero no soy psiquiatra —dijo el doctor Felice en tono seco—. Pero si

lo necesitas puedo recomendarte a alguien muy profesional…

Billy T. se incorporó y respiró profundamente.

—O sea que los dolores de cabeza no eran jaquecas y no tomaba medicamentos

—dijo desanimado.

—No, yo diría que era lo más parecido que he conocido a un fanático detractor de

los medicamentos. La rodilla le molestaba mucho más que los dolores de cabeza, que

podían desaparecer durante meses. Debería haberse operado el menisco, se negaba y

tampoco quería tomar nada para los dolores.

Una mujer asomó la cabeza por la puerta.

—Vamos con media hora de retraso sobre las citas previstas —dijo en tono agrio

mirando a Billy T. antes de dar un portazo.

—¿Cuándo le viste por última vez?

Billy T. se arrellanó en su asiento, como si quisiera dejar claro que iba a tomarse

el tiempo que hiciera falta. Si el doctor Felice había sido tan arrogante como para

negarse a acudir a la comisaría sin una citación oficial, sus pacientes tendrían que

resignarse a pasar una hora de más en la sala de espera. El médico le ofreció un

caramelo de una cajita.

—Es curioso que me lo preguntes. Vino por última vez hace ocho meses. Fue por

un corte, se había cortado abriendo una ostra y cometió la tontería de no ir a

urgencias en el mismo momento. Prefirió venir aquí al día siguiente. Le pusimos la

antitetánica y le receté una cura con antibióticos. Para ti no tiene mucho interés, claro,

pero… —Cogió un caramelo de la cajita y se dedicó a darle vueltas entre el índice y

el pulgar—. Lo que supongo que sí te interesará saber es que me llamó por teléfono el

domingo en que fue asesinado.

Billy T. se tragó el caramelo entero.

—Te llamó —repitió en tono neutro—. El domingo 5. Vaya. ¿Y qué quería?

—La verdad es que no lo sé. Me llamó a casa, a mi número particular. Nunca lo

había hecho antes. Yo no estaba en casa y me dejó un mensaje en el contestador. Me

pedía que le llamara al… —El doctor Felice observó su amplia mesa de trabajo, que

delataba un gran sentido del orden. Tres pilas de documentos se alineaban

cuidadosamente bajo tres pisapapeles que reproducían al mono que no ve, ni oye ni

habla—. Al número 22 98 53 99 —leyó de una nota—. Luego he averiguado que es

el número de su casa.

—¿Cuándo te llamó?

—No lo sé. Mi contestador es uno corriente y no informa de la hora de la

llamada. Y él tampoco dijo nada al respecto. Tampoco dijo lo que quería, solo que le

llamara antes de las ocho de la noche. «Antes de esta noche a las ocho». Esas fueron

sus palabras. Como estuve fuera de casa desde las dos de la tarde del domingo hasta

la tarde siguiente, no puedo precisar la hora de su llamada.

Billy T. se había sacado una libreta de su amplia cazadora y tomaba notas con aire

indolente.

—Te dijo «antes de las ocho» y no «cuando llegues a casa».

—No, dijo «antes de las ocho».

—¿Podrías proporcionarnos la grabación?

—No, lo siento, se ha borrado. Mala suerte. La hubiera conservado, por supuesto,

leí sobre la muerte de Brede Ziegler el lunes por la mañana y cuando oí su mensaje

por la tarde me quedé muy impresionado. Con el susto debí de darle a alguna tecla,

pero recuerdo muy bien lo que decía.

La contrariada enfermera volvió a entrar, esta vez sin llamar. Arrojó un

archivador sobre la mesa, y al salir a grandes zancadas de la habitación dejó la puerta abierta.

—¡Qué barbaridad! ¿No te importa que se comporte así? —preguntó Billy T.

A modo de respuesta el doctor Felice acercó el índice y el pulgar levemente

separados a sus ojos y esbozó una sonrisa forzada.

—Es muy eficiente. Y quien capea el temporal ahí fuera.

Billy T. se abrochó la cazadora.

—Es muy probable que te citemos para tomarte una declaración formal. Ya

veremos. Mientras tanto, si se te ocurre algo que creas de interés llámanos. Basta con

preguntar por Billy T. Ese soy yo.

—De eso me había enterado —dijo Øystein Felice—. En cierto modo tenemos

algo en común.

—¿Ah, sí?

Billy T. se giró y rozó una caja de guantes de látex, que cayó al suelo.

—Nombres raros.

—Claro.

Billy T. se acuclilló para recoger los guantes. Se ensució los dedos de talco y los

frotó contra sus pantalones con fuerza.

—Quizá haya una cosa más.

El doctor Felice parecía cansado. Billy T. advirtió que su corto cabello oscuro

lucía canas en las sienes y de que en su cara había empezado a asomar la sombra de

una barba.

Billy T. sacó su reloj de bolsillo y al ver que ya eran las cuatro y media soltó una

maldición.

—¿Qué? —preguntó impaciente.

—Yo… En ese historial no dice nada de… —El doctor Felice cogió otro

caramelo, pero tampoco se lo metió en la boca. Lo masajeó entre sus dedos hasta

convertirlo en una especie de blando guisante verde—. Brede Ziegler se había hecho

una vasectomía. Estará entre los resultados de la autopsia, por supuesto. Bueno, ya

han debido de hacérsela, ¿no? No estaba seguro de que fuera relevante para el caso,

así que no lo incluí en… —Indicó con un gesto la carpeta que Billy T. sostenía en la

mano—. En todo caso, quiso esterilizarse antes de contraer matrimonio. Antes de la

intervención se lo expliqué todo al detalle, claro, pero lo tenía decidido. Por su edad

no había nada que objetar, pero no tenía hijos e iba a casarse con una mujer joven y

seguramente fértil, así que yo… —Hablaba a trompicones y se apretaba los ojos

como si tuviera problemas para enfocar la mirada—. Supongo que no tiene interés.

—Claro que lo tiene —dijo Billy T.—. Ahora debo irme pero, si no me llamas tú,

dentro de unos días te llamaré yo. ¿De acuerdo?

El doctor Felice no contestó. Sonó el teléfono con un moderno pitido digital.

Descolgó y Billy T. se marchó.

—La que siempre pregunta por el doctor Felicidad está al teléfono —le informó

su secretaria—. ¿Le digo que llame más tarde?

Felice. Billy T. dedicó una sonrisa a una mujer negra que tenía en el regazo a un

niño de unos dos años que no paraba de lloriquear. En ese momento cayó en la cuenta

de lo que significaba Felice.

—El doctor Felicidad —murmuró—. Vaya nombre para un médico.

Olvidó pagar la vacuna.