Sin eco
Capítulo 31
31
El camión con remolque y sin carga al que seguía le impedía la visión; dejó la calle
Tollbu y tomó traqueteando la calle Prinsen, con Hanne detrás. Por costumbre pensó
en anotar la matrícula y revisó el salpicadero con la mirada, pero conducía un coche
de alquiler y no tenía una libreta a mano. Y la verdad era que el conductor no había
cometido ninguna infracción, aunque recorriera por tercera vez el antiguo barrio de
Kvadraturen. Hacía rato que debería haber aparcado en el almacén del puerto para
cumplir con las horas de descanso que marcaba el código de circulación. En lugar de
eso ocupaba toda la calle y se tomaba su tiempo para valorar la escasa oferta que se le
ofrecía desde las aceras. Cada vez que el camión frenaba Hanne también echaba un
vistazo a las siluetas que se dibujaban bajo la luz amarilla de las farolas. Las chicas
que había visto hasta el momento eran demasiado jóvenes, la mayoría casi niñas.
Aparcó sobre la acera. El ruido del camión le daba dolor de cabeza. Bajó la ventanilla
y encendió un cigarrillo.
Debería haber ido a visitarles mucho antes. Había olvidado preguntarles por el
funeral y seguía sin saber dónde estaba la tumba de Cecilie. Consultó la hora, era la
una y cuarto de la madrugada.
—Girls night?
Hanne pegó un respingo y se vio frente a un rostro más afilado de lo que
correspondía a su voz rasposa. La persona que había metido la cabeza por la
ventanilla tenía problemas con la peluca que se deslizaba sobre su frente y casi le
tapaba los ojos.
—Looking for company?
Tenía un fuerte acento y su sonrisa dejaba al descubierto una dentadura recién
comprada o, mejor dicho, robada. No le encajaba bien en la boca y acompañaba sus
palabras con un fondo de saliva en movimiento.
—¿Hablas noruego? —preguntó Hanne apartándose; el mal aliento y una rica
selección de perfumes baratos invadía el interior del coche.
—Yo hablar todos idiomas.
Hanne vio la sombra de una barba que se abría paso bajo la capa de maquillaje.
Negó con la cabeza y sacó un billete de cien coronas del bolsillo de la chaqueta.
—Toma. No me interesas, tú no.
Arrancó el coche. El transexual agarró el billete y movió el culo con gesto
ofendido. Hanne vio en el retrovisor cómo se alejaban sus largas piernas haciendo
equilibrios sobre unos tacones de diez centímetros de alto.
Hanne había empezado su carrera como todos los policías, patrullando la calle, y
sabía que era inútil preguntar. Las prostitutas se podían matar a golpes entre ellas por su sitio en una esquina, pero la información no le salía gratis a nadie que apestara a
pasma, y Hanne era consciente de que desprendía ese olor. Siguió por la ruta que
había abierto el enorme camión. Afortunadamente el tipo ya había elegido compañía.
Tan solo quedaba en circulación un Volvo modelo familiar que llevaba un asiento de
niño bien visible. Circulaba despacio por el barrio chino. Se acercaba lo que podría
considerarse la hora del cierre. El coche frenó suavemente en la calle Mynt. Una
figura menuda, vestida con un abrigo de piel sintética, se deslizó al asiento del
copiloto después de una breve negociación sobre el servicio que iba a prestar y el
precio. La niña probablemente cabría en el asiento infantil.
Una figura solitaria iba cojeando hacia la plaza Bank. La iluminación de la
fachada de la logia masónica se reflejaba en una chaquetilla de lentejuelas plateadas.
Hanne redujo la velocidad, volvió a bajar la ventanilla y dijo:
—Eh, eh, tú.
La mujer se giró y tardó algunos segundos en enfocar la mirada.
—Llevo mucha prisa —dijo bruscamente. Hanne paró el coche y se bajó—. No
hablo con la pasma. —La mujer siguió con su monólogo. Caminaba de una manera
extraña, como si se diera media vuelta cada dos pasos—. No tengo tiempo y no me da
la gana.
—¡Harrymarry!
A pesar de que la mujer no pareció darse por aludida, Hanne supo que había
encontrado a la prostituta que buscaba. Esa misma mañana había comprobado los
datos disponibles sobre Harrymarry. La mujer cumpliría los cincuenta y cinco en
enero. Aquella mujer aparentaba ochenta. Pero había una fuerza envidiable en su
manera de moverse, una especie de rebeldía contra todo pronóstico, que la había
mantenido en pie mucho más tiempo del esperable. Hanne intentó ponerle la mano en
el hombro.
—¡Suéltame!
Harrymarry lanzó un bufido y apretó el paso. Su cojera se hizo más evidente;
daba la impresión de que tenía una lesión en la cadera derecha.
—¿Quieres comer algo? ¿Tienes hambre?
Harrymarry se detuvo por fin. Miraba a Hanne con ojos entornados como si no la
entendiera.
—¿Comida? —Pareció saborear la palabra. Chasqueó la lengua y se rascó el
muslo. Hanne tuvo que apartar la mirada cuando vio la costra infectada que rascaban
sus uñas, largas y sucias, a través de las medias de rejilla—. Comida. Vale.
Harrymarry no desperdiciaba nada, ni siquiera las sílabas. Hanne supo que había
tenido más suerte que la que se merecía. Tentar a aquella mujer con comida era una
idea estúpida. Podría haberse ofendido y haberse cerrado como una ostra. Ahora el
principal problema de Hanne era encontrar comida para una puta agotada en plena
noche. Podrían ir en coche hasta una gasolinera, pero esos quioscos bien iluminados
no eran el mejor sitio para hablar con Harrymarry.
Harrymarry hizo un gesto con la cabeza en dirección a la calle Dronning y echó a
andar. Hanne, aliviada, supuso que sabía adónde iba. Unos minutos más tarde
ocupaban sendas sillas de duro plástico rojo junto a un puesto del que eran los únicos
clientes. Hanne fumaba y Harrymarry engullía. Tenía un churretón de salsa rosa en la
barbilla y no le quitaba la vista de encima al cocinero, como si quisiera asegurarse de
que había más kebab disponible. Se bebió la Coca-Cola de un trago.
—Más, gracias.
Hanne encendió otro cigarrillo y esperó pacientemente a que se hubiera terminado
el segundo kebab. Harrymarry eructó tapándose la boca con el puño y, por primera
vez, sostuvo la mirada de su benefactora. Apenas visibles tras sus pesados párpados,
sus ojos castaños tenían reflejos dorados, pero estropeaba el efecto que el blanco de
los ojos también fuera amarillo.
—Fuiste tú quien llamó —afirmó Hanne en lugar de preguntar, cosa de la que se
arrepintió al instante.
—No he hecho na malo.
—Lo sé.
Harrymarry estaba inquieta e hizo ademán de marcharse. Parecía que la comida se
había llevado la poca capacidad de concentración que le pudiera quedar.
—Tengo que currar. Adiós.
—Espera un poco. Si hubieras hecho algo malo hace mucho que te habría
detenido, y lo sabes. Solo quiero que me cuentes lo que viste.
La comida casi había acabado con Harrymarry. Se le cerraban los ojos y su
cuerpo parecía encogerse para dormir. Al oír el raspado de una espátula sobre la
plancha se despertó de golpe. Cogió un cigarrillo del paquete que estaba sobre la
mesa.
—Qué bueno.
Hablaba con la mirada puesta en los restos de la comida y dio una profunda
calada al cigarrillo antes de que se le volvieran a cerrar los ojos.
—Necesito saber qué viste. Si había alguien más allí. Si… ¿Encontraste algo? ¿Te
lo llevaste?
—Un tipo muerto y mucha basura. Tengo que dormir.
Harrymarry se puso a balbucear con la cabeza hundida en las solapas de la
chaqueta y de pronto soltó una tos que sonaba fatal. Hanne se planteó intentar llevar a
la agotada mujer hasta el coche, que estaba aparcado lejos, en la calle Mynt.
—¿Dónde vives, Harrymarry?
La pregunta sonó tan absurda que Harrymarry pareció despertarse unos instantes.
Parpadeó en dirección a un tubo de neón.
—¿Vivir? De momento vivo aquí.
Se quedó dormida. De su garganta surgían leves ronquidos y sus labios se abrían
en breves soplidos; Hanne la miró y sonrió. La miserable figura se apoyaba de lado
en el cristal con las manos en el regazo. El cigarrillo hacía equilibrios entre dos de sus dedos. Hanne lo cogió con cuidado y lo aplastó en el cenicero.
—Esa no puede durmiendo aquí —dijo el cocinero en sueco y con acento turco
—. Tú la llevas.
—Voy a por mi coche y vuelvo enseguida, ¿vale?
Harrymarry tenía mucha práctica en subir y bajar de los coches. Medio dormida
se acomodó en el asiento del copiloto y siguió roncando hasta que pasaron junto a la
comisaría de Oslo.
—¿Adónde vamos?
—A casa —dijo Hanne—. Yo voy a casa y tú me acompañas.
Cuando aparcó frente a la casa en Tøyen el reloj ya pasaba de las dos de la
mañana del miércoles. Afortunadamente no había luz en ninguna ventana.