Sin eco

Anne Holt · Capítulo 58 de 75

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Sin eco

Capítulo 53

53

 

—¡Ahí estás!

Annmari Skar estaba sola en la cafetería. Un árbol de Navidad, tan desangelado

que bien podría ser del año anterior, se apoyaba sobre una silla, al otro lado de la

mesa. Alguien se había divertido llenando las cestitas de las ramas más altas de

preservativos. Otros se habían tomado la molestia de dibujar caras en las bolas

navideñas con líquido corrector. Una de ellas recordaba sospechosamente al director

de la policía.

—¡Te he buscado por todas partes! —Silje Sørensen limpió la silla de agujas de

abeto y se sentó frente a la abogada policial—. No te vas a creer lo que tengo que

contarte. Estoy buscando a Billy T. pero no lo encuentro, y esto es tan importante

que…

—Otra más no —suspiró Annmari Skar desanimada.

—¿Otra más?

—Olvídalo. ¿De qué se trata? —Se limpió la boca, apartó el plato con un trozo de

tortilla nada apetitosa y le dedicó una mueca a su taza—. Este café ya está bastante

malo recién hecho, pero a estas horas…

—Sindre Sand está metido en un buen lío —interrumpió Silje Sørensen—. Acabo

de tomarle declaración a la vieja usanza, es que… no quiero esperar a… Las

transcripciones tardan muchísimo y… ha mentido sobre… —Tomó aire y se rio—.

Veamos —empezó de nuevo—; su declaración anterior hace agua por todas partes.

—¿Sí? —Annmari Skar se masajeó la nuca.

—¡Su coartada tiene un punto débil! Más que un punto débil, es que no vale nada.

Parece mentira que no lo hayamos visto antes. He… —Empujó los papeles de la

declaración hacia la abogada.

Un minuto después el interés con que sus palabras eran acogidas al otro lado de la

mesa se había incrementado de forma significativa.

—Supuestamente se le había olvidado que se marchó de la Televisión NRK más

de media hora, ¿no?

—Dice que como mucho fueron veinte minutos. Otros dicen que más o menos

una hora. Como ves, tuvo un descanso entre grabaciones. Cogió la Vespa para

comprar tabaco en la gasolinera de la calle Suhm. Según él, allí se encontró con un

antiguo amigo del colegio, que…

—Del que por supuesto no recuerda el nombre —dijo Annmari esbozando una

sonrisa—. No es la primera vez que nos cuentan esa historia.

—Solo el nombre de pila, Lars, o Petter, «o algo así».

Silje rio alegremente y añadió:

—Le daba vergüenza no recordar su apellido y no quiso preguntárselo. Se supone

que iban a clases distintas pero en el mismo curso durante la primaria. Lo

comprobaremos, claro, pero llevará tiempo. Al principio creí que podríamos obtener

información útil de las cámaras de vigilancia de la gasolinera, pero solo se ve a

Sindre llegar a las once menos veinte y volver a salir dos minutos más tarde. El

supuesto amigo estaba fuera del área filmada. Pero sea como sea… Sindre Sand tiene

un punto débil en su coartada.

Annmari Skar se colocó el pelo detrás de las orejas. Por primera vez Silje se dio

cuenta de que la robusta abogada policial era guapa. Tenía algo poco noruego,

grandes ojos castaños y tez latina. Silje ladeó la cabeza y continuó dubitativa:

—Aunque parezca un exceso de sangre fría comprar tabaco antes de ir a matar a

un tipo para luego volver a una grabación de televisión…

—Quien asesinara a Brede Ziegler debió de tener mucha sangre fría —dijo

Annmari Skar cortante—. ¡Pero aquí hay más!

Pasó las páginas de la declaración y arqueó las cejas. Silje le vio una cicatriz

sobre uno de los ojos. Le daba a su mirada un aire más triste que sorprendido.

—Esto está muy bien, Silje —dijo con tono serio.

Silje Sørensen estaba exultante. Quien le había susurrado al oído que quizá

mereciera la pena investigar más a fondo a Sindre Sand no había sido otra que Hanne

Wilhelmsen.

—No es que crea que lo hiciera él —le había dicho encogiéndose de hombros la

tarde del viernes anterior—, pero he leído su declaración varias veces, y apesta. Es

demasiado chulo, se le ve demasiado seguro. Si tienes tiempo libre este fin de semana

y no te importa demasiado trabajar gratis, comprueba esta declaración. Mientras

esperamos a Tussi. El buen trabajo policial deja abiertas todas las posibilidades, ¡no

lo olvides, Silje!

Silje no tenía nada en contra de trabajar sin cobrar. Después de un no muy

entusiasta intento de dar con Billy T. el sábado por la mañana, se había puesto en

marcha sin su aprobación. Tras dos días de investigación solitaria, que en su mayor

parte consistió en llamar a gente con la que ya habían hablado, se sentía mucho

menos culpable. Billy T. le habría parado los pies, aunque solo fuera por la falta de

presupuesto para horas extraordinarias. A Silje le importaba un pepino el presupuesto.

Ya no tenía mareos, al contrario, cuando el domingo por la noche había escrito un

informe de cinco páginas se sentía genial. Llevaba nueve anexos y estaba guardado

en una carpeta verde con un índice cuidadosamente caligrafiado. Al pasar la mano

por la portada con delicadeza se había echado a reír. Silje Sørensen estaba a gusto en

la policía. Le encantaba el trabajo, y cuando por fin llegó a casa y cayó en la cama se

durmió profundamente junto a un marido cada vez más preocupado. Menos mal que

no se había cuenta de que ella ponía el despertador a las cuatro de la mañana.

Sindre Sand no solo había mentido sobre sus movimientos la noche del domingo

5 de diciembre. El tipo de la gasolinera podía ser real, era la clase de cosa que los testigos, por desgracia, tendían a olvidar. Vale. No pasaba nada. Pero lo peor para el

joven era sin duda haber sido visto en compañía de Brede Ziegler el sábado por la

noche.

—¡En varios sitios!

Annmari Skar se golpeó la frente con la mano.

—¿Cómo se nos ha podido pasar? ¿Cómo demonios hemos sido capaces de pasar

esto por alto?

—¿No recuerdas lo que dijo Hanne Wilhelmsen cuando nosotros…?

Annmari le dirigió una mirada enojada.

—Hanne dice muchas cosas —dijo malhumorada—. Ten cuidado con esa mujer,

Silje. No es oro todo lo que reluce.

—Pero es muy buena.

Annmari no contestó.

—De verdad —dijo Silje a un volumen muy poco habitual en ella—, ¿no te das

cuenta de que te has dejado manipular por Billy T.? ¿A ti qué te ha hecho Hanne

Wilhelmsen?

—Olvídalo.

—¡No! Estoy hasta las narices de que todo el mundo trate a Hanne como si

tuviera… el sida o algo así. No soy tan tonta como para no ver que esos dos tienen

algo pendiente, ¡pero no es de nuestra incumbencia!

—Todo el mundo se deja fascinar por Hanne Wilhelmsen —dijo Annmari Skar—.

Es como si todos se… —titubeó, de pronto su rostro se iluminó con una sonrisa

desconocida—, se enamoraran un poco de ella.

—¡Se enamoraran!

Silje sintió calor y frío a la vez y se levantó a medias de la silla.

—Sí, se enamoraran de ella —repitió Annmari tozuda—. Hanne Wilhelmsen es

buenísima, quiero decir desde el punto de vista profesional, policial. Tal vez la mejor.

Además tiene verdadero talento para impresionar a los jóvenes de la casa. Estos se

sienten privilegiados, reconocidos. Como si la misma reina hubiera…

—Voy a decirte una cosa, abogada Skar. —Silje se había puesto de pie y se

inclinaba sobre la mesa, apoyándose en las palmas de las manos—. Soy una mujer

felizmente casada y además estoy embarazada. Amo a mi marido, y no siento nada,

insisto, nada… —Le dio un sonoro golpe a la mesa. La bola de Navidad con la cara

que recordaba al director de la policía vibró asustada, y un empleado de la cafetería

con una bandeja de tazas de café sucias se paró en seco—. Eres, de verdad, eres… —

Se incorporó. De pronto se sentía cansada. Las náuseas recorrieron su cuerpo y tragó

con fuerza—. Eres mayor. Demasiado mayor, eso es.

—No he cumplido los cuarenta.

Las dos se volvieron hacia el chico que recogía las mesas como si fuera una señal

secreta. Se había quedado parado con la bandeja en las manos y la boca abierta.

Annmari se echó a reír. Reía muy alto. Silje la miraba estupefacta y parecía dudar si volver a sentarse. Le dolía la espalda y se reclinó en la silla.

—Siento decírtelo —dijo por fin Annmari—, pero no conoces a Billy T. como yo.

Cuando Hanne se marchó se hundió. Se quedó destrozado. ¿Sabías que iba a ser la

madrina de su boda pero no dio señales de vida? Esperó hasta el último momento y el

día antes de casarse se lo pidió a su hermana.

Silje negó despacio con la cabeza y levantó las palmas de las manos como si no

quisiera saber nada más.

—Tienes razón —dijo por fin Annmari—, no es cosa nuestra, pero es más difícil

para mí que para ti, ¿entiendes? Vale. ¿Qué te dijo en realidad?

—¿Quién? ¿Cuándo?

—Hanne. Has empezado diciendo que fue ella quien…

—Ah, sí, claro. Dijo que nos habíamos concentrado demasiado en el domingo 5,

que también deberíamos haber pensado en el sábado 4 y el viernes y el jueves… Y en

las semanas anteriores al asesinato. Pero no lo hicimos, al menos hasta que Hanne

volvió, por eso no hemos tenido esta información hasta ahora. —Señaló la carpeta

cerrada—. Anoche me planteé pedir una citación, pero luego pensé que podía ser un

poco más original. —Apartó la mirada avergonzada, como si hubiera cometido una

grave infracción en el ejercicio de sus obligaciones profesionales—. De modo que le

llamé esta mañana a las cinco y le pedí que viniera a declarar.

—¿Que hiciste qué?

—¿Está prohibido?

—No.

Annmari Skar daba vueltas a su taza de café.

—Así que vino —prosiguió Silje en tono despreocupado—. Y ahí estábamos los

dos. No admitió haber estado con Brede el sábado por la noche hasta que saqué la

artillería pesada. No está muy claro ni dónde ni por qué pero… también había

mentido sobre Vilde, y yo tenía que…

—Escúchame —dijo Annmari Skar consultando la hora—. Tengo que irme ya,

pero te prometo que voy a… ¿Dónde está ahora?

—En comisaría. Iba a pedirte que firmaras una orden de detención y…

—Voy a contarte algo —dijo Annmari inclinándose sobre la mesa.

El camarero había desaparecido con su bandeja. Silje y Annmari estaban solas en

la enorme cafetería. De la cocina llegaba el zumbido lejano de un friegaplatos y el

sonido de alguien colocando cacharros.

—Ahora mismo los bajos de la comisaría parecen una sala de espera recalentada

para todos los testigos del caso Ziegler.

—¿Qué quieres decir?

Annmari sacó una nota del bolsillo de su chaqueta y empezó a leer en voz alta:

—Claudio Gagliostro. Según los artículos 233, párrafo 49, además del 257 y 317

del Código Penal. —Levantó la vista y buscó sus gafas de cerca en el bolso mientras

explicaba—: Intento de asesinato y robo, tal vez encubrimiento. Vilde Veierland Ziegler: artículo 21 de Ley sobre Tráfico, Circulación de Vehículos a Motor y

Seguridad Vial, además del 22 y del 31. Conducir bajo los efectos de las drogas, en

otras palabras. Tussi Gruer Helmersen: artículo… —Tiró la lista de detenidos del día

sobre la mesa y puso los ojos en blanco—. Esa mujer sí que está completamente loca.

Tu amiga… perdón, Hanne…, se limita a sacudir la cabeza y decir que tenemos que

registrar su piso por si acaso, pero que ese monstruo probablemente solo se esté

haciendo la interesante. De momento está en los calabozos con una acusación

bastante rebuscada, pero qué vamos a hacerle cuando…

—¿Toda esa gente está en comisaría? Pero ¿qué ha pasado? Sindre Sand, Claudio,

Vilde y…

—Y esa Tussi. Me duele la cabeza solo de pensar en el día de mañana. No

podemos pedir cárcel para todos. Es…

—Pero ¿tú apuestas por Sindre?

—Sí, apuesto por Sindre. Al menos de momento.

—Eres un cielo —dijo Silje recogiendo sus informes—. Te dejaré un juego de

copias en tu mesa. ¡Adiós!

Salió lanzada hacia la puerta sin darse cuenta de que tenía el pelo lleno de agujas

de abeto. Eran las cinco de la tarde del lunes y tendría que llamar a Tom para decirle

que ese día tampoco iría a cenar.