Sin eco
Capítulo 24
24
—Hemos tardado una eternidad. Hemos tenido que esperar más de una hora al último
testigo. ¿Hay medias de reserva? —La abogada Karen Borg fue a la pata coja hasta el
mostrador mientras se miraba la pantorrilla izquierda. Tenía una carrera que iba del
hueco de la rodilla hasta el zapato—. ¿Han llegado los documentos del Registro
Mercantil que solicité?
Sonó el teléfono.
—Despacho de la abogada Borg. No, lo siento, aún no ha llegado. ¿Quiere que
tome nota de un recado? —La secretaria tapó el auricular con la mano y susurró
señalando el archivador de la esquina—: Las medias están el tercer cajón de la
izquierda, y la documentación sobre tu escritorio, y… toma. —Le tendió un
montoncito de post-it—. Gracias —dijo volviendo a hablar por teléfono—, he tomado
nota del número.
La secretaria colgó. Karen Borg miró los mensajes a toda velocidad.
—Cuatro recados de Claudio Gagliostro, un tipo impaciente.
—Me temo que más bien cabreadísimo. Ha llamado ocho veces, al final ni me he
molestado en escribir sus recados, sería buena idea llamarle antes de que entre la
próxima clienta. Faltan… —miró su reloj con los ojos entornados sobre las gafas de
miope que llevaba en la punta de una nariz imponente— dieciséis minutos para la cita
con Vilde Veierland Ziegler. El tal Gagli… Galci…
—Gagliostro.
—Eso. Amenaza con denunciarte ante el Colegio de Abogados.
Karen Borg bufó.
—Me puede denunciar ante el mismo rey, si quiere, con tal de que conteste a mis
preguntas. Le llamaré y… oye… —Hizo equilibrios con la documentación, el
maletín, la gabardina, el nuevo par de medias y una taza de café camino de su
despacho. La taza cayó al suelo—. ¡Mierda! Perdón.
—Yo lo recojo; ve a tu despacho.
Johanne Duckert era más de veinte años mayor que su jefa. Era su vecina más
próxima en Vinderen y, el verano anterior, durante una fiesta, había aceptado la oferta
de un trabajo de diez a tres. La señora Duckert nunca había trabajado fuera de casa,
pero el tiempo que podía dedicar a su inmaculado jardín tenía un límite. Tras la
muerte de su marido, dos años antes, había pensado con frecuencia en la posibilidad
de buscarse otra ocupación, y entonces Karen había mencionado que estaba muy
necesitada de ayuda pero bastante escasa de dinero.
—Dinero no me falta —dijo la señora Duckert feliz, y se instaló en la plaza de C.
J. Hambro con sus macetas y las fotos de sus nietos.
Cuando Karen Borg, muchos años atrás, había sido socia de un importante bufete
del puerto de Aker, tenía dos secretarias. Eran jóvenes, tenían títulos y formación,
controlaban cuatro versiones diferentes de procesadores de textos y coqueteaban
discretamente con los clientes. La señora Duckert apenas se había acercado a una
máquina de escribir antes de cumplir los sesenta y uno, pero tenía una ortografía
admirable, un lenguaje muy florido al que a Karen le había llevado tiempo
acostumbrarse, y además trabajaba hasta las seis y las siete de la tarde sin reclamar
horas extra. La señora Duckert había florecido al mismo tiempo que las rosas de las
macetas y jardineras que invadían la recepción.
Los clientes de Karen Borg ya no eran caballeros con trajes hechos a medida.
Pero sus esposas venían a verla. Entraban en su despacho arrastrando los pies y
deshechas en lágrimas. Tras treinta años de matrimonio iban a ser reemplazadas por
mujeres más jóvenes, listas y bellas. Se desmoronaban ante una propuesta de reparto
de bienes de su pareja que las arrancaría de raíz de su existencia y las trasladaría, en
el mejor de los casos, a un pisito de un barrio obrero. Cuando se sentaban en la silla
para las visitas de la abogada Borg, con una caja de pañuelos de papel en el regazo,
acababan de enterarse de que su esposo, tras una larga convivencia y tres hijos
adultos, por fin creía haber encontrado el amor de verdad con una joven de
veintiocho.
Estas clientas no querían que nadie coqueteara con ellas. Necesitaban las
galletitas de la señora Duckert y el café con un chorrito de coñac, solo para calmarse
un poco. Necesitaban la mano cálida de la señora Duckert en la suya y una charla
tranquilizadora sobre los cuidados del jardín, las nueras, ¡y los maravillosos nietos!
Los hombres que llegaban al despacho de la abogada Borg apenas sabían lo que
era un coqueteo. Tenían piernas esqueléticas embutidas en pantalones ceñidos y los
brazos cubiertos de pinchazos. A ellos también les daba café, galletitas y
conversación la señora Duckert, pero les ahorraba el chorrito de coñac.
—El licor no les sienta bien —decía con frecuencia—, les pone enfermos.
Karen Borg escuchó la voz que le llegaba a través del teléfono durante un buen
rato. El hombre estaba alterado y lo mejor era dejarle hablar. Por fin se calmó un
poco.
—Entiendo que te resulte desagradable, Gagliostro —dijo serena—, pero este
asunto no es solo tuyo. Puedes contestarme ahora o esperar a que el tribunal de
sucesiones se ponga en contacto contigo.
Gagliostro volvió a alterarse y Karen Borg se vio obligada a interrumpirle.
—No vale decir que todo te pertenece —repuso sin perder la calma—, no es
suficiente. Como esposa, Vilde tiene derecho a conocer la situación económica de su
marido. Es lo que dice la ley, Gagliostro. Puedo…
La tremenda perorata que siguió la obligó a apartar el auricular veinte
centímetros.
—Escucha. —Enderezó la espalda y levantó la voz, y surtió efecto—. Si crees que todas las acciones son tuyas, ¿por qué no me pasas la documentación por fax? Si
es así, no hay ninguna razón para discutir. Bien, pues quedamos en eso.
Karen Borg marcó otro número.
—Johanne, ¿podrías traerme el fax de Entré en cuanto llegue?
Se descalzó y empezó a quitarse los pantis mientras echaba un vistazo a los
documentos que tenía sobre la mesa. Acababa de ponerse las medias nuevas cuando
Vilde Veierland Ziegler llamó a la puerta.
La joven viuda estaba muy pálida, aun teniendo en cuenta la época del año. Karen
tuvo la sensación de que había adelgazado aún más en los cuatro días que habían
pasado desde la última vez que se vieron. Le sirvió una taza de té de un termo y mojó
una pequeña cuchara de madera en un cuenco de miel.
—Toma —dijo removiéndolo bien—, bebe esto.
Vilde observaba la taza con gesto apático sin hacer ademán de cogerla. Karen
comprendió que, si intentaba consolar a la chica, esta se desmoronaría. Ni siquiera
estaba claro que la menuda mujer que ocupaba la silla de las visitas estuviera en
condiciones de asimilar la información que debía darle. Tendría que simplificar.
—Ánimo, las cosas no van tan mal. Lo primero es el apartamento de Sinsen.
Resulta que es propiedad del restaurante Entré, S.A.
Vilde la miró por primera vez.
—Entonces… entonces no tengo dónde vivir.
Karen levantó la mano y le dedicó una sonrisa de ánimo.
—Tienes el piso de la calle Niels Juel y…
—No quiero vivir allí. ¡Odio esa casa! —Se le quebró la voz y parecía a punto de
echarse a llorar.
—Tranquila. No te alteres hasta que te lo haya explicado. Nos llevará algún
tiempo reunir toda la información, pero lo que puedo decirte con total seguridad… —
Karen volvió a ofrecerle la taza de té— es que heredarás mucho dinero.
Vilde Veierland Ziegler puso despacio la mano alrededor de la taza caliente.
—¿Yo voy a heredar mucho dinero?
Dos manchas rojas se dibujaron en sus mejillas y Karen creyó intuir una sonrisa
en su rostro.
—Es evidente que tu marido quería que tuvierais separación de bienes. He
hablado con su abogado, es un viejo conocido mío. Le había encargado que preparara
el acuerdo, pero Brede no había concretado cuándo iríais a firmar. Y así es todo muy
sencillo. Si las capitulaciones no están firmadas por los dos, no tienen validez y estáis
en régimen de bienes gananciales.
Karen pasaba las páginas. Por alguna razón ver cómo se transformaba su clienta
ante sus ojos le resultaba chocante.
—Como Brede no tenía hijos, tú eres su heredera. En cuanto al restaurante…
Entré es una sociedad anónima. Brede y Claudio tenían más o menos el cincuenta por
ciento cada uno. Hay un acuerdo sobre quién decide qué en la compañía y además está contemplado que, en el caso de que uno fallezca, el otro asume la gestión. —
Volvió a mirar a su clienta, que parecía estar replegándose de nuevo en su
introversión—. Pero un acuerdo así no tiene por qué resultar definitivo. Un acuerdo
en el que… Si uno quiere dejar por escrito lo que pase con sus pertenencias una vez
fallecido, solicita el certificado de «últimas voluntades», y hay ciertos requisitos
formales. Eso quiere decir que debe hacer testamento, y eso quiere decir que,
probablemente, heredes las acciones de Brede en Entré, además del piso de la calle
Niels Juel. Aunque haya deudas, debe de tratarse de bastante dinero, unos cuantos
millones.
Karen siguió estudiando los documentos y vio por el rabillo del ojo que Vilde se
llevaba la taza a la boca.
—Y además… hay otros bienes, cosas… Valores. Entre otras, bastantes acciones
en una compañía italiana. ¿Sabes algo de ellas?
Vilde negó con la cabeza. Era demasiado joven. No era capaz de ocultar el hecho
de que se estaba mordiendo el labio para no sonreír. Karen Borg sintió un leve
escalofrío. Ya había tenido esa sensación en su primer encuentro unos días atrás: esa
joven no estaba del todo bien.
—Entonces volvemos a hablar muy pronto.
Karen forzó una sonrisa.
Vilde Veierland Ziegler salió del bufete y la señora Duckert entró con una taza de
café.
—Debes de haber hecho milagros por esa joven —dijo sirviendo la leche de una
jarrita de porcelana—. Cuando llegó parecía un fantasma y al marcharse me ha dicho
adiós con una sonrisa radiante.