Sin eco
Capítulo 6
6
Hacía doce minutos que debería haber empezado la reunión de la mañana, y Billy T.
seguía sin aparecer. Karianne Holbeck tenía la mirada fija en un gancho clavado en el
techo junto a la puerta. Evitaba mirar el reloj. El agente Karl Sommarøy había sacado
una navaja suiza y tallaba con cuidado la cazoleta de una pipa.
—Es demasiado grande —le explicaba a quien quisiera escucharle—; no encaja
bien en la mano.
—¿Llevas neumáticos de pinchos o no?
—¿Eh?
Karl Sommarøy levantó la vista y se sacudió el serrín de la pernera del pantalón.
—Yo desde luego que no voy a dejar los neumáticos con pinchos —dijo Severin
Heger—; pagaré esa maldita tasa mientras sea legal. Ayer por la mañana, por
ejemplo, cuando iba a salir de…
—Buenos días a todos. —Billy T. entró por la puerta y tiró una carpeta de anillas
sobre la mesa—. Café.
—Di la palabra mágica —ordenó Severin.
—¡Café!, por todos los demonios.
—Vale, vale. Puedes quedarte con el mío, no lo he probado.
Billy T. se acercó la taza a los labios pero enseguida la dejó sobre la mesa con una
mueca.
—Hagamos un resumen de lo que hemos averiguado y luego nos repartiremos el
trabajo para los próximos días. Severin, empieza.
Severin Heger llevaba muchos años paseándose por las plantas altas de la
comisaría. Estaba a gusto en el servicio de inteligencia de la policía. Trabajar en
vigilancia era interesante, variado, y le parecía que tenía sentido. La serie de
escándalos con que la prensa noruega los había atacado en los últimos tiempos no
había hecho mella en el entusiasmo que había sentido por aquella profesión desde que
tuvo edad para comprender a qué se dedicaba su padre. Severin Heger estaba
satisfecho con su trabajo, lo que no le impedía tener miedo.
A los dieciocho años había acabado por aceptar a regañadientes su
homosexualidad, pero había decidido que esta no le impediría alcanzar las metas que
se había propuesto. Al cumplir los veinte, tras una adolescencia en la que
menudearon los deportes de contacto, el fútbol y las pajas, había resuelto que nunca
desvelaría su condición, consciente de que si su padre llegaba a enterarse se
suicidaría. Su padre había navegado con el gran héroe de guerra conocido como el
Larsen de Shetland, y había recibido varias condecoraciones por los servicios
prestados a la patria. En las décadas de 1950 y 1960 había trabajado en el Servicio de Inteligencia. Eran los años en que los comunistas se ocultaban en todos los sindicatos
y la Guerra Fría pasaba por su momento más gélido. Severin era hijo único y un niño
de papá, y su impecable fachada solo se había agrietado en una ocasión. Había
intentado ligarse a Billy T., que le había rechazado con mucho tacto. Billy T. no había
vuelto a mencionar aquel episodio nunca más.
Cuando el director del Servicio de Inteligencia había tenido que dimitir a causa
del escándalo Furre, una mujer había asumido el mando por primera vez. Había
durado poco, pero antes de renunciar había llamado a Severin Heger a su despacho.
—Que seas marica no supone ningún riesgo para nuestra seguridad, Severin; lo
que da miedo es que hagas tantos esfuerzos por ocultarlo. Mira a tu alrededor. Se
avecina un nuevo milenio.
Severin no le había contestado. Se había ido a casa, había dormido muchas horas,
y al despertarse se había dado una ducha; esa misma noche había entrado en el bar de
ambiente Castro oliendo de maravilla. Tras recuperar el tiempo perdido en una sola
noche, había pedido que le trasladaran a la Policía Judicial. Su padre había muerto
dos años antes. Severin Heger se sentía libre al fin.
—Lo único que sabemos con seguridad es lo siguiente… —dijo golpeando con
los dedos sobre la mesa—. El fallecido se llamaba Brede Ziegler. Nacido en 1953, sin
hijos. Cuando le asesinaron llevaba más de dieciséis mil coronas en la cartera. Para
ser exactos, dieciséis mil cuatrocientas ochenta y dos coronas y cincuenta céntimos.
—Dieciséis…
—Además de cuatro tarjetas de crédito, nada menos. American Express, VISA,
Diners y MasterCard. Oro, platino y Dios sabe qué…
—O sea que podemos descartar el móvil del robo —murmuró Karianne.
—No necesariamente.
Severin Heger se enderezó las gafas.
—Tal vez el ladrón fuera visto por algún testigo antes de poder hacerse con el
botín, por así decirlo. Pero si era un atracador, eligió un arma muy extraña, un
Masahiro 210.
—¿Qué es eso? —Karianne se tragó el terrón de azúcar que tenía en la boca—.
¡Pero si lo acuchillaron! ¿Un Masa qué?
—Un Masahiro 210, un cuchillo. Un vistoso y caro cuchillo de cocina. Deberían
registrarlos como armas, es una herramienta muy peligrosa.
—El ayudante de cocina se ha referido a eso —dijo Silje Sørensen con
entusiasmo—. ¡Iba a regalarles uno de esos cuchillos por Navidad!
Billy T. miró a Karianne malhumorado.
—Si no te tomas la molestia de venir a las reuniones y te dedicas a interrogar a
testigos intrascendentes, al menos podrías enterarte de lo que decimos.
—Pero… si el que ha llegado tarde has sido tú…
—Corta el rollo. De eso nos enteramos ayer.
Billy T. esbozó una sonrisa forzada y Karianne decidió interpretarla como una especie de disculpa, pero siguió mirándole a los ojos hasta que él apartó la mirada.
—Ya ayer por la mañana el Anatómico Forense informó de que en la hoja del
cuchillo se lee la inscripción «Masahiro 210». Deberían habérnoslo comunicado al
instante, después de que le sacaran el cuchillo del pecho el domingo por la noche.
Esperemos que en el próximo milenio esos malditos médicos entiendan que tienen
que hablar con nosotros.
—Bueno, tú estabas durmiendo… —murmuró Karianne de forma casi inaudible.
Severin Heger se puso de pie y abrió los brazos con gesto teatral.
—Amigos míos, mis honorables colegas, ¿cómo pretendéis resolver este caso si
lo único que os importa es machacaros los unos a los otros?
—Pues yo estoy feliz como una perdiz. —Silje Sørensen esbozó una amplia
sonrisa e hizo un brindis con su taza de café.
Era una agente de la promoción de ese año y el hecho de haber ido a parar
directamente a la Policía Judicial la llenaba de satisfacción. Sus compañeros de curso
estaban pateándose las calles al servicio del orden público.
—Tú sí, pero aquí el detective… —Severin le puso la mano en el hombro a Billy
T., que se apartó— está de muy mal humor. No sé a qué se debe, pero no puede
decirse que resulte muy productivo. Y tú, hermosa mujer… —apuntó con un dedo a
Karianne Holbeck y dibujó una espiral en el aire—, parece que estás experimentando
una tardía rebeldía frente a la autoridad. ¿Puede tener causas hormonales? ¿El
síndrome premenstrual, tal vez?
Karianne se puso coloradísima e hizo amago de protestar. Billy T. sonrió, esta vez
de verdad.
—Me atrevo a sugerir que dejemos la discusión para otro momento, que Karl
abandone sus preciosas manualidades, que alguien haga más café, a poder ser
bebible, y que luego se me permita sentarme con toda tranquilidad a compartir mis
conocimientos sobre el arma del crimen con este eminente aunque algo malhumorado
grupo de investigadores.
Severin dedicó una sonrisa a cada uno de los presentes. Karianne seguía
sonrojada, Silje Sørensen ocultó una risita con la mano. En el anular llevaba un
solitario que debía costar el sueldo de seis meses de un policía. Karl vaciló, pero
acabó por doblar la navaja y meterse la pipa en el bolsillo de la chaqueta. Annmari
Skar, la abogada de la policía que hasta ese momento había estado concentrada en sus
documentos, le miró de una forma que Severin no supo cómo interpretar. De pronto
soltó una carcajada.
—Eres una joya, Severin. De verdad, una auténtica joya.
El agente Klaus Veierød se acercó a la cafetera.
—¿Quién quiere café?
—Todos —dijo Severin sonriente—, todos vamos a tomar café. Así que… —Se
sentó y respiró profundamente—. En la hoja del cuchillo hay grabado algo más.
Revolvió entre sus papeles y se acercó una nota amarilla a la cara.
—Me temo que tendré que aprender a usar gafas. «Molybdenum Vanadium
Stainless Steel». Lo que significa algo así como acero espacial. Resistente e
increíblemente ligero. Fundido de una pieza. Todos los restaurantes de postín los
tienen. Digamos que es de lo más in. En GG Grandes Cocinas de Torggata cuesta mil
veinticinco coronas con ochenta y dos céntimos. En otras palabras, el tipo de cuchillo
que no te encontrarías en la cafetería de la comisaría.
Severin señaló el techo con el pulgar.
—En Entré solo utilizan esos cuchillos. El problema es que también los usan
otros diez o doce restaurantes de la ciudad. Incluso más. Por cierto, la hoja del
cuchillo mide doscientos diez milímetros, de los cuales ochenta y dos estaban dentro
del cuerpo de Ziegler. La punta le perforó el corazón, por muy poco.
Guardó silencio. Nadie habló. El cansino zumbido del viejo sistema de
ventilación le daba dolor de cabeza a Billy T., y se frotó entre los ojos.
—Es ligero —dijo con un suspiro—. Así que el cuchillo es extraordinariamente
ligero, ¿no?
—Sí. Ayer pasé por GG para probar uno. Lástima que se salga de mi presupuesto,
¡joder, menudo cuchillo! Pensaba que los más apreciados eran los Sabatier, pero qué
va.
—Así que es ligero —repitió Billy T. con una mueca—. En otras palabras, no
podemos descartar que la asesina fuera una mujer.
—No podríamos en ningún caso —dijo Karianne. Era evidente que se esforzaba
para no parecer arisca—. Quiero decir que un cuchillo nunca pesa tanto como para
que una mujer no pueda utilizarlo como arma en un asesi…
—O un niño —dijo Billy T. pensativo.
—Exacto. El arma nos dice muy poco, salvo que el asesino puede permitirse un
gasto de ese calibre o pertenece al ambiente de la restauración de la ciudad.
Karianne se sonrojó otra vez. Se frotó las mejillas para hacer desaparecer el rubor.
—Trabaja en un restaurante —repitió Karl—, o tal vez es alguien que quiere que
lo parezca.
—Lo normal.
Billy T. se pasó la tarjeta de identificación por el cuello como si se estuviera
afeitando.
—Pero anima un poco, ¿no? —Silje Sørensen había levantado la mano para pedir
la palabra, aunque no era necesario—. Bueno, me refiero a que si el cuchillo fuera de
IKEA o un sitio así lo tendríamos mucho peor. Debe de haber un número limitado de
esos cuchillos en el país. ¿Alguna huella dactilar?
—Sí —confirmó Severin Heger—. Aunque los de Medicina Legal vayan lentos
como siempre, les he dado prisa a los de la Policía Judicial. De momento apenas han
encontrado nada, el mango está limpio salvo por algo de sangre y unas fibras de papel
fino. Debieron de secarlo con un pañuelo de papel, por si quieres saber mi opinión.
—Pues sí que quiero saberla —dijo Billy T.—. ¿Cuánto tiempo llevarán los análisis de ADN?
—Demasiado. Dicen que seis semanas. Pero intentaré reducirlo todo lo posible.
Además no han aparecido otras cicatrices o marcas de pinchazos en el cuerpo de
Ziegler. La jeringuilla sí tenía huellas. La Policía Judicial las está comparando con las
huellas que tenemos registradas. Pero no debemos tener demasiadas expectativas. Se
me olvidaba, el forense comentó que Ziegler tenía un color de cara extraño. Nos
preguntaron si bebía mucho. ¿Qué sabemos de eso?
Las miradas convergieron en Karianne, a quien le habían asignado la
responsabilidad de coordinar la investigación táctica. La mujer negó con la cabeza.
—Hemos tomado declaración a veinticuatro testigos, y aun así no sabría decir si
el hombre bebía o no. El nuevo sistema de grabar las declaraciones está muy bien,
pero resulta absurdo cuando no hay personal para transcribirlas. De momento solo
tenemos tres. Silje y Klaus han hecho un trabajo estupendo, y hemos reunido más
declaraciones en un día que las que hayamos conseguido nunca, pero de qué nos
sirven si están en esas cintas marrones. Hasta que no estén transcritas las que ya
tenemos hechas no pienso tomar más declaraciones.
—Por supuesto que lo harás. —Billy T. la miró a la cara y prosiguió—: Entiendo
el problema y veré lo que puedo hacer. Pero mientras no te diga lo contrario tú
seguirás tomando declaraciones. ¿Queda claro?
—Amigos —dijo Severin Heger en tono de advertencia—, no volvamos al punto
de partida, ¿de acuerdo? ¿Qué has querido decir, Karianne? ¿Que no sabes nada en
absoluto de los hábitos de consumo de alcohol de Ziegler?
A Karianne se le tensó el rostro antes de empezar a hablar de nuevo.
—Unos dicen que bebía a diario; no hasta emborracharse, sino que bebía solo con
las comidas. Algunos dicen que prácticamente no probaba el alcohol; otros que se
ponía ciego.
Se abrió la puerta y una racha de aire fresco recorrió la sala sin ventanas. A la
entrada del director de la policía, Hans Christian Mykland, le sucedió el ruido de las
patas de las sillas al correrse.
—No os levantéis —murmuró sentándose cerca de la cafetera y dirigiéndole una
sonrisa a Billy T.
El detective enderezó la espalda de forma casi imperceptible y le hizo a Karianne
una señal para que continuara.
—Bueno, no he leído las declaraciones de los testigos —dijo volviéndose hacia el
director, y añadió—: No hay gente para transcribir las declaraciones, así que…
—Eso ya lo hemos oído —dijo Billy T. en tono neutro—. Continúa.
—Pero me he hecho una idea de cómo era el tipo, o mejor dicho, no he podido
hacérmela. —Se llevó la mano al cuello y movió la cabeza de un lado a otro—. Es
complicadísimo. Por ejemplo… Al menos la mitad de los testigos dicen haber sido
buenos amigos de Ziegler. Pero cuando les hacemos hablar un poco resulta que han
estado con él, en realidad solo dos o tres veces en los últimos años. Y luego está el asunto de su mujer. Casi nadie sabía que fueran novios, hasta que regresaron de
Milán con gruesas alianzas de oro, y de pronto estaban casados.
—¿Ese trasto era una alianza? —preguntó Billy T. sorprendido—. ¿Esa cosa
enorme con una piedra roja? Tenemos… ¿Hay un consulado noruego en Milán?
—Tal vez los italianos tengan unas leyes distintas de las nuestras —dijo Karianne
secamente—. A lo mejor no exigen tener permiso de residencia, a lo mejor uno puede
ir a Italia y casarse, si reside en un país del Espacio Económico Europeo. Tal vez
sepas que pertenecemos a…
—¡Oh! ¡Déjalo! —Tras la llegada del director de la policía, Annmari Skar estaba
mucho más atenta—. Sigue con lo que estabas diciendo.
—Sí, sí —dijo Karianne tomando aire—, me limito a contestar a las preguntas del
jefe. En cuanto a la mujer, Vilde Veierland Ziegler, me produce bastante frustración,
la verdad. Ayer hablé con ella por teléfono dos veces y en las dos ocasiones prometió
venir a Oslo en cuanto tuviera ocasión. Pero aún no ha aparecido. Si no viene hoy a
las 12.00 como hemos acordado iré a Hamar para hablar con ella, pero… —se le
iluminó la cara y levantó el dedo índice—, he contactado con el Registro Civil de
Brønnøysund y no hay nada registrado a nombre del matrimonio Ziegler.
—Bienes gananciales —dijo Annmari Skar despacio—. Ella se queda con todo, él
no tiene hijos.
Se oyeron varias exclamaciones de sorpresa en torno a la mesa.
—Error —dijo Karianne—, o al menos no es exacto. La joven viuda no debe de
estar muy contenta, porque no heredará el restaurante.
—¿No? —intervino el director de la policía Mykland por primera vez desde su
llegada—. ¿Por qué no?
—No… —Karianne se tomó su tiempo para responder—. No soy ninguna experta
en la parte legal pero… parece que hay un acuerdo comercial. ¿Puede ser?
Annmari Skar y el director asintieron.
—El caso es que… —Karianne cogió un folio en blanco y lo partió por la mitad.
Agitó una de las mitades y prosiguió—: Ziegler era el propietario del cincuenta y uno
por ciento de Entré. El resto, es decir, el cuarenta y nueve por ciento restante —Billy
T. puso los ojos en blanco cuando Karianne sacudió la segunda mitad del papel—, era
propiedad del maître Claudio… —Tuvo que consultar sus notas—. Claudio
Gagliostro. ¡Menudo nombre! Muy pocos de los testigos conocían su apellido. Y
parece que tampoco sabían que tenía parte del negocio. Claudio es el maître y el
gestor, y en el acuerdo que firmaron se especifica que en caso de que uno de los dos
fallezca antes del 31 de diciembre de 2005 el otro heredará sus acciones.
—Así que quien se hace rico es el colega Claudio —dijo Karl Sommarøy, que sin
darse cuenta había empezado a tallar la pipa otra vez.
—Bueno —Karianne vaciló—, aún no sabemos qué valor tiene en realidad el
restaurante. En todo caso a la señora le queda mucho. Ziegler compró el piso de la
calle Niels Juel en el noventa y siete por más de cinco millones de coronas. La hipoteca es de tres millones pero aún no hemos tenido tiempo de comprobar con el
banco cuánto ha amortizado. En cualquier caso queda una cantidad más que digna.
Por cierto que el banco ha actuado de un modo retorcido, puede que tengamos que
pedir ayuda al juzgado.
—¿Por qué un cuchillo? —dijo Silje en voz baja como si no quisiera que los
demás la oyeran.
—¿Eh? —Karl Sommarøy la miraba con los ojos entornados.
—Quiero decir… Brede Ziegler ha sido asesinado con un cuchillo. Un cuchillo
muy especial. De una sola puñalada. Una sola. Las muertes a cuchillo suelen ser
grotescas. En un caso que revisé el otro día hablaban de cuarenta y dos cuchilladas.
Un asesino furioso que hunde el cuchillo una y otra vez. Quiero decir que suele ser
así. Este tipo solo le ha asestado un golpe, con un cuchillo muy especial. Eso tiene
que significar algo.
—Joder —murmuró Billy T. sacudiendo bruscamente la cabeza—, es increíble
que nadie sea capaz de hacer funcionar este sistema de ventilación. Intentar pensar
aquí dentro da dolor de cabeza. Seguid trabajando. Severin… acompáñame al piso de
Ziegler. Karl, llama a la Policía Judicial y al Anatómico Forense e insísteles en que…
—He olvidado una cosa —interrumpió Karl Sommarøy dejando caer la pipa al
suelo—. Puede que no tenga importancia pero… —Se levantó de la silla y sacó un
folio doblado del bolsillo del pantalón—. Otros hallazgos del lugar de los hechos —
leyó—. Dos preservativos usados, dieciséis colillas de diversas marcas de tabaco,
cuatro latas de cerveza, Tuborg y Ringnes, un pañuelo, amarillo y usado. Un gran
trozo de papel de regalo con cinta azul, un envoltorio de helado Pin-up.
Dobló el papel y se lo metió de nuevo en el bolsillo.
—Gracias por nada —dijo Billy T.—. ¿Tienes un archivo en el culo o qué? —
preguntó antes de hacer un gesto a Severin Heger para que lo acompañara, saludar
con la mano al director de la policía y salir de la sala.
—¿Qué le pasa a este tío? —inquirió Karianne, y acto seguido se respondió ella
misma—: Padece un síndrome pos-Hanne Wilhelmsen. ¿No debería haber superado
ya el asunto de la tía esa?
Nadie contestó. Cuando percibió la mirada del director de la policía se arrepintió
amargamente de su exabrupto.
—Deberías hablar de asuntos de los que sepas algo —dijo el director con calma
—. Saldrías ganando.
Era el martes 7 de diciembre de 1999 y afuera había empezado a nevar.