Sin eco

Anne Holt · Capítulo 45 de 75

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Sin eco

Capítulo 41

41

 

Daniel había encendido una varita de incienso para intentar contrarrestar el intenso

olor a rancia humedad. No servía de mucho. El aire dulzón y nauseabundo se le

pegaba al cuerpo, y quiso arrancarse la camisa. Necesitaba ducharse, pero no tenía

permiso para utilizar el cuarto de baño más que media hora por la mañana y un cuarto

de hora por la tarde.

—Necesito ese dinero ya, Daniel. Me estás tomando el pelo. Mil coronas por aquí

y otras dos mil por allá… no puede ser.

Eskild ni siquiera se había sentado. Daniel quitó la ropa sucia de una butaca.

—Siéntate, venga.

—No, tengo que irme. Pero tienes una pinta horrible. ¿Te estás metiendo algo?

Mierda, necesito ese dinero. Ya. Tengo que pagar la matrícula antes de Nochevieja.

Para ti solo son veinticuatro mil coronas, para mí es medio curso en la universidad.

No puedes esperar que te diga a todo que sí y sea tu colega, Daniel. Eso no fue lo que

me dijiste.

Daniel sabía bien lo que un semestre de estudio significaba para Eskild. Se había

esforzado por matricularse en medicina desde que Daniel le conocía. Thale le llamaba

«Doctor Eskild» desde que cumplió los trece. Aunque no se le daban bien las

asignaturas de ciencias había luchado por conseguir una plaza en Hungría

volviéndose a presentar a cuatro asignaturas en la escuela privada Bjørknes. A la vez

trabajaba en Horgans por las noches y Daniel apenas le había visto el pelo en un año.

Cuando por fin llegó la carta de Budapest y Eskild se encontró con la perspectiva de

cinco años de estudio en el extranjero lo habían celebrado durante cuatro días.

Daniel iba a devolverle todo lo que le había prestado en cuanto regresara para las

vacaciones de Navidad, pero había vuelto un poco antes de tiempo. Se había

presentado el 2 de diciembre, le habían quitado las amígdalas en el hospital de

Ullevål después de estar un año en lista de espera. Estaba hecho polvo por los dolores

y no se alteró mucho porque no pudiera darle el dinero de inmediato. Ahora estaban

casi en Navidad y Eskild estaba cabreadísimo.

—Esa cantidad no es nada para un adulto. ¿No se lo puedes pedir a tu madre o a

tu tía? Tres días, Daniel. Tres días. Si para entonces no me has dado el resto iré a

hablar con Thale o Taffa.

Eskild se subió las solapas. En su mirada apareció un gesto de compasión cuando

vio cómo Daniel se encogía ante la idea de que su madre o su tía supieran en qué lío

se había metido. Hizo una mueca y murmuró:

—Tres días, o sea, el lunes.

Se marchó.

Daniel tenía que conseguir el dinero. Podía vender uno de los libros del abuelo.

No quería, podía ver al anciano en su butaca, con las cejas despeinadas como

minúsculos cuernos sobre sus pequeños ojos azul hielo.

«Hagas lo que hagas, Daniel, nunca vendas mis libros. Haz lo que quieras, pero

mis libros no debes venderlos nunca. Nunca».

Daniel cerró los ojos y notó los dedos como sarmientos que le acariciaban con

cuidado la mejilla. La peste a moho mezclado con sudor y con el dulzón incienso le

arrancó de la cama, y fue tambaleándose hasta la pared del fondo, junto a la puerta.

Había cinco cajas que contenían los libros del abuelo. En realidad no deberían estar

allí. La puerta del estudio tenía una cerradura anticuada que se podía abrir con una

tarjeta de crédito o una espátula. Además la casera tenía su propia llave. Abrió el

primer libro que vio en la segunda caja. Era una primera edición casi intacta de

Hambre, de Hamsun. Alguna que otra vez Daniel había sospechado que no eran solo

sus cualidades literarias lo que al viejo le entusiasmaba del pronazi Hamsun, pero lo

dejó estar. Daniel nunca había hablado de política con su abuelo.

En una cajita, envuelto con sumo cuidado en un plástico, estaba La canción del

rubí rojo. Su abuelo le había explicado que nunca debía tocar la portada. El estado

impoluto de la misma así como la dedicatoria convertían aquella primera edición en

algo especial. El dibujo de una mujer observaba al lector a través de una estrecha

grieta. Daniel nunca había entendido del todo ese simbolismo. En la primera página

el autor había escrito: «Para Ruth, de Agnar». A su abuelo nunca le había

entusiasmado La canción del rubí rojo.

Daniel no tenía ni idea de cuánto podía valer. Pero acababa de leer la extensa

biografía del autor Agnar Mykle recién publicada y comprendió que la dedicatoria

era más especial de lo que había supuesto.

Dejó el libro en su sitio y bajó la tapa con cuidado. Aunque no fueran más que las

cuatro y media necesitaba darse una ducha, que la casera se pusiera como quisiera.

Cuando ya se había decidido a vender uno o dos de los libros del abuelo esperó

sentir cierto alivio, pero no fue así. Aun así, se mantuvo firme. Necesitaba

veinticuatro mil coronas y sabía cómo conseguirlas.