Sin eco

Anne Holt · Capítulo 42 de 75

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Sin eco

Capítulo 38

38

 

El doctor Felice apenas acababa de empezar su jornada laboral y ya se sentía

exhausto. La epidemia de gripe estaba en fase de expansión y él llevaba retraso con el

papeleo. Tenía cercos de sudor en la camisa. Había dos camisas limpias y recién

planchadas colgadas en el armario. A la primera que cogió le faltaba un botón.

Irritado, se puso la otra mientras respiraba por la nariz con la sensación de poder oler

a sus pacientes a través de la puerta.

Debería llamar al tal Billy T. Cuanto más lo pensaba más convencido estaba de

que lo correcto era llamar. La primera vez que revisó su historia clínica, después de la

llamada de la policía, no le había dado importancia. No lo incluyó en el resumen que

le había entregado al enorme agente. En aquella ocasión la consulta no había tenido

consecuencias y era muy poco probable que tuviera algo que ver con el asesinato.

Además, habían pasado muchos años. En realidad ni siquiera sabía de qué iba el

asunto, pero tenía una sospecha, podía ser importante.

Un padre entró en la consulta con un desconcertado niño de la mano. El pequeño

de cinco años se detuvo nada más entrar y se puso a berrear. Los mocos se mezclaban

con las lágrimas y los restos de una chuche que le caían por las comisuras de los

labios. El padre soltó un taco. Consolaba y regañaba, pero no servía de nada. El crío

se había plantado, con las piernas abiertas y sin dejar de gritar, y Øystein Felice no se

le podía acercar.

—Ya vamos con retraso —dijo la señora Hagtvedt con aire malhumorado y negó

con la cabeza al pasar junto al obstinado niño—. Padres…

Øystein Felice sacó un coche de bomberos del armario, le dedicó al crío una

sonrisa forzada y se preparó para afrontar otra jornada laboral de diez horas.