Sin eco

Anne Holt · Capítulo 29 de 75

Páginas del PDF

Sin eco

Capítulo 26

26

 

Había cinco personas trajinando en la cocina. Sus movimientos eran rápidos y

eficientes. Aun así la habitación estaba sorprendentemente silenciosa y el zumbido de

la enorme campana extractora colgada sobre la cocina de gas solo se veía

interrumpido por algún golpe de metal contra metal. Billy T. había estado en la

Marina. Había hecho el servicio militar en la Guardia Costera y había desempeñado

tareas de control de la pesca en el mar del Norte. La cocina de Entré le recordaba a la

del barco. Aunque era un poco más grande, resultaba estrecha y había acero

inoxidable por todas partes.

—El plato del día —dijo risueño uno de los cocineros, y sacó una bandeja

humeante del horno—. Corvina. Los colocamos sobre un lecho de huevos revueltos

al baño maría, con trufas picadas.

Señaló a un pinche que, muy concentrado, batía huevos en un enorme bol de

acero inoxidable. Billy T. se inclinó sobre el recipiente para olisquear.

—Ja, huele bien —comentó—. ¿Las trufas no son carísimas?

—Esa… —dijo el cocinero señalando con el cuchillo un bultito negro sobre una

tabla—, esa de ahí ha costado ciento sesenta coronas, pero la verdad es que cunde

muchísimo.

Billy T. había decidido volver a dejarse el bigote que Tone-Marit había

conseguido que se quitara seis meses atrás a base de ruegos. Ahora se rascó el ralo

bigote y dudó si afeitárselo de nuevo.

—Parece costo y cuesta lo mismo. Pero ¿dónde está Claudio? —El cocinero se

encogió de hombros sin mostrar interés alguno—. ¿Está aquí o no?

Nadie contestó y no pareció que se sintieran incómodos por no decir nada. Los

cinco empleados de la cocina sabían lo que tenían que hacer, y continuaron picando,

removiendo, escurriendo y friendo sin dedicarle una mirada a Billy T. Este cogió al

cocinero del brazo con una brusquedad innecesaria.

—¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Pasar todo el día en esta cocina viendo

cómo preparáis la comida? ¿O crees que a tu jefe le dará la gana de pasar por aquí?

¿Puedes, por favor, informar al tal Gaglinosecuántos, dondequiera que se encuentre,

de que la policía tiene el capricho de que se presente ya?

Se arrepintió antes de acabar la frase. El cocinero había sido amable y, por

supuesto, no era responsable de que Claudio Gagliostro ya hubiera faltado a dos

citaciones para declarar. Billy T. debía tener cuidado. Habían llegado quejas. El

director de la policía se había pasado por su oficina la tarde anterior para pedirle muy

educadamente que se controlara. De ninguna manera se trataba de una advertencia,

era un consejo amistoso.

Tal vez su estallido hubiera surtido efecto después de todo. Un hombre, que no

mediría más de metro sesenta y cinco, apareció en el umbral. Llevaba pantalones de

cuadros bajo un enorme delantal blanco. Su cara parecía hinchada y pesada, y

conjuntaba mal con su cuerpo menudo y sus hombros estrechos. Casi no tenía

pestañas y los grasientos mechones de su pelo moreno se le pegaban a la frente. Billy

T. recordó que ya había visto a aquel tipo, el lunes siguiente al asesinato de Ziegler,

cuando se topó con Suzanne saliendo de Entré. La impresión de encontrarse con ella

no le había permitido fijarse mucho en su extraña figura.

—Me buscas a mí —dijo el hombre—, ven conmigo.

Billy T. olvidó todos sus buenos propósitos.

—¿No tendrías que haber estado en mi despacho a las…?

—Chsss, aquí no. Vamos a la oficina.

Billy T. se dejó llevar agarrado por el brazo a pesar de que Claudio Gagliostro

apenas le llegaba al pecho. Observaba fascinado la cabeza de Gagliostro. Tenía algo,

tal vez hidrocefalia, el caso era que las proporciones no eran normales.

La oficina resultó ser una gran mesa de trabajo cuadrada situada en la bodega.

Estaba pegada a la pared y había una sola silla de respaldo alto. Un flexo iluminaba

cuatro grandes pilas de papeles, un teléfono y un batiburrillo de notitas amarillas y

sobres.

—Pues sí que hace frío aquí —comentó Billy T. malhumorado.

—Once grados, bueno, once y medio para ser precisos.

Gagliostro pareció sentirse mejor. Los mechones grasientos empezaron a

desprenderse de su frente, que se enjugó con un pañuelo de un blanco inmaculado.

Tomó asiento y le dedicó al comisario una tensa sonrisa.

—Lamento que…

Billy T. buscó otra silla, pero no había ninguna. Puso de pie una caja de refresco

de manzana y se sentó en ella. Se miró entre las piernas.

—¿Servís esto?

—¿Qué quieres?

—¿Qué quiero?

Billy T. estudió las paredes de la bodega. Allí abajo debía de haber varios miles

de botellas. La mitad del espacio estaba ocupado por estanterías como en un archivo

antiguo, el resto eran anaqueles que iban del suelo al techo. Estaban en penumbra y

hacía frío.

—Te he citado para tomarte declaración dos veces —dijo respirando

profundamente—. Y todavía preguntas qué quiero. Vale. ¿Abres las cartas? —Golpeó

con el puño un montón de sobres sin abrir—. La verdad es que me la suda lo que

hagas con tu correo, pero cuando el remitente es la policía del distrito de Oslo, más te

valdría abrirlos. ¡Hace tres horas que tendrías que estar en mi despacho!

En el delantal blanco de Gagliostro había aparecido una mancha verde; Billy T.

no conseguía explicarse cómo. El hombre se mojó un dedo con saliva y frotó la mancha, que se hizo más grande y pálida.

—Es que no tengo tiempo —murmuró—. ¿No lo entiendes? ¡Estoy haciendo el

trabajo de dos!

—Y yo trabajo para la policía. —Billy T. se levantó despacio, se acercó a las

estanterías y pasó un dedo por los cuellos de las botellas—. Lo que estás diciendo —

comentó con voz neutra— es que es más importante servir corvina con trufa a tu

finísima clientela que aclarar el asesinato de tu socio. ¡Por todos los santos! —Se

frotó la cara con las manos y sorbió muy alto. Sacudió la cabeza con fuerza y se

obligó a sonreír—. Da la sensación de que a todo el mundo le importa una mierda

quién mató a Brede Ziegler. Pero yo no puedo pasar, lo entiendes, ¿verdad?

Agarró una botella al azar y apuntó a Gagliostro con el cuello.

—Lo que más me apetece es llamar a una lechera y que te lleven a la calle

Grønlandsleiret 44 ahora mismo. Pero en vista de que no tienes obligación de

declarar, no voy a hacerlo. Te lo preguntaré educadamente una vez más. ¿Quieres

hablar conmigo o le pido al juzgado que te cite? ¡Entonces tendrás oportunidad de

explicarle al juez que no tienes tiempo! Y podrás abrirte paso hasta el juzgado entre

los fotógrafos de la prensa y los periodistas sedientos de información. Tú decides.

Gagliostro miraba la botella con expresión airada.

—Déjala en su sitio —susurró—, por favor, devuélvela a su lugar.

Billy T. se acercó la botella a la cara y miró la etiqueta con los ojos entornados en

la penumbra.

—Es importante para ti, ¿no? ¡Uy! —Soltó la botella que tenía en la mano

derecha y la volvió a capturar con la izquierda—. Vaya, casi hemos tenido un

pequeño accidente.

—¿Es esto un interrogatorio?

Gagliostro volvía a sudar de forma sorprendente. Tenía la frente perlada de sudor

y Billy T. empezaba a pensar que tal vez estuviera muy enfermo.

—Mira —propuso conciliador—, vamos a tomarte una breve declaración aquí

mismo… —Sacó una grabadora de bolsillo y se la mostró a Gagliostro—. Y luego

me dices una hora, dentro de las próximas veinticuatro, en que puedas ir a la

comisaría. Por mí como si es a las seis de la mañana, ¿vale?

Gagliostro manoseaba la mancha, que ya había adquirido el tamaño de una

moneda de cinco coronas de las antiguas. Tal vez su movimiento de cabeza pudiera

interpretarse como una afirmación. Billy T. encendió la grabadora y despachó las

formalidades que se sabía de memoria. Sin embargo, no mencionó el hecho de que

estuviera hablando con un testigo en una bodega de Grünerløkka.

Hora y media más tarde a Billy T. le castañeteaban los dientes. La temperatura

ambiente fue lo único que le impidió perder los estribos otra vez. El hombre del otro

lado de la mesa toqueteaba todo lo que estaba a su alcance: la mancha del delantal, un

bolígrafo que perdía tinta y le tiñó los dedos de azul, un elefante de cristal que había

sacado de un cajón y un abrecartas de plata con piedras rojas incrustadas en el mango. Daba respuestas breves y poco detalladas. Cuando intentó resumir el

interrogatorio Billy T. estaba cansado de verdad.

—Así que conociste a Brede en Milán hace once años y luego te mudaste a

Noruega. Hablas muy bien, por cierto, casi sin acento.

—¿Cómo?

—Hablas noruego b-i-e-n.

—Ah, sí. Mi abuela era noruega, yo solía venir aquí de vacaciones cuando era

niño.

—Brede trabajaba en el restaurante… —Hizo una señal con la mano derecha para

que el testigo reticente le ayudara.

—Santini.

—Santini, eso es, en Milán. Os hicisteis amigos y tú te mudaste a Noruega poco

después, no sin antes vender un local que tenías en Verona, ¿es así?

—Mmm.

La trompa del elefante se partió. Gagliostro, indeciso, siguió sujetando las partes

unidas, como si creyera que con un poco de paciencia volverían a juntarse.

—Y cogiste el dinero y viniste a Noruega para ganar más junto a Brede.

—Sí.

—Pero eso llevó bastante tiempo, ¿no? Quiero decir que tardasteis en abrir este

local. Y mientras tanto da la impresión de que cambiaste de opinión. Brede y tú

participasteis en un proyecto en Italia hace seis o siete años, ¿correcto?

—Sí.

—¿No puedes dejar en paz ese bicho?

Gagliostro, desconcertado, dejó el elefante sobre la mesa con la trompa entre las

patas. Billy T. se pasó una mano por las lumbares y apagó la grabadora con la otra.

—Vamos a intercambiarnos los sitios —dijo levantándose.

—¿Qué?

—Cambiaremos de sitio, te digo. Se me va a lesionar la espalda. Venga, siéntate

en la caja y déjame la silla.

Gagliostro no protestó por dejarle el asiento más cómodo. En lugar de sentarse en

la caja abrió una silla plegable que estaba empotrada en la pared y era imposible de

ver si no se sabía de su existencia. Billy T. cerró los ojos. Se quedó reclinado en su

asiento durante varios minutos. Solo se oía el ruido lejano del entrechocar de

cacerolas y la risa repentina y aguda de una mujer desde la primera planta.

—Sindre Sand —dijo Billy T. sin volver a poner la grabadora en marcha—. ¿Le

conoces?

—Sí.

—¿Bien?

—Un poco.

—¿Bastante bien o un poco?

Gagliostro no contestó. Se tiró del lóbulo de la oreja y entreabrió la boca para cerrarla de golpe. Se quedó mirando al suelo.

Billy T. llevaba cuatro días durmiendo muy poco. El regreso de Hanne

Wilhelmsen le había perturbado más de lo que hubiera creído posible. Había estado

ensimismado en sus pensamientos y todavía no sabía qué impulso le había hecho

levantar la vista hacia la galería de la séptima planta. Cuando vio que ella se inclinaba

sobre la barandilla y percibió su mirada, demasiado lejos para distinguir su expresión,

pero lo bastante intensa como para que Billy T. sintiera la antigua intimidad que

llevaba seis meses tratando de olvidar, estuvo a punto de caerse. Se sintió enfermo,

enfermo de verdad. Las náuseas solo remitieron cuando vomitó en la papelera tras la

puerta cerrada de su despacho. Desde entonces se obligaba a no pensar en ella, en su

olor, su perfume, la costumbre de frotarse la sien derecha cuando pensaba guiñando

un ojo. No quería acordarse de sus manos, los pulgares que le masajeaban entre los

omóplatos cuando estaba detrás de él en la cafetería, el beso que le daba en la cabeza

mientras se metía con él porque gemía. Se negaba a oír el sonido de sus botas de

vaquero, siempre botas vaqueras, restallando sobre el gastado linóleo de

Grønlandsleiret 44; oía el sonido de sus tacones contra el suelo y la odiaba.

La amaba y hasta ahora no se había dado cuenta.

—¿Conoces a Sindre Sand bien, algo, poco o nada? A, B, C o D. Elige.

No tenía fuerzas para abrir los ojos y sabía que estaba a punto de perder el

control. Se encontraba en un sótano helado intentando sonsacarle la verdad a un

testigo reticente que tal vez fuera el asesino. No tomó notas. No se sentía capaz de

alargar la mano para encender la grabadora. No quería estar allí, deseaba irse a casa.

Dormir, dijo despacio para sus adentros.

—Algo —contestó Gagliostro—, el que le conocía era Brede. Es bueno, se ha

hecho un nombre poco a poco. Está con Stiansen y le va bien.

—¿Y el dinero? ¿Sabes algo de él?

Billy T. casi susurraba.

—¿Te refieres al que se iba a invertir en Italia?

—Sí.

—Yo también estuve metido en ese negocio. No tenía mucho que aportar, solo un

par de millones. Todavía no sé muy bien cuánto invirtió Brede, pero Sindre…

entonces no era más que un chaval. Puso cuatro o cinco millones, algo así.

Diez, pensó Billy T., pero dijo:

—¿Qué pasó?

—Fue un mal asunto. Todo salió mal, así como suena. El dinero desapareció

arrastrado por el desastre, incluido el mío. Creo que Brede salió más o menos bien

parado, al menos no se quedó sin nada, como nosotros. Yo tuve que empezar desde

cero, por eso nos llevó tanto tiempo llegar hasta aquí.

Billy T. abrió los ojos. Claudio Gagliostro señaló el techo con el pulgar y sonrió

por primera vez. Su dentadura era muy uniforme y blanca, y contrastaba con el resto

de su cara.

—¿Y ahora por qué te has decidido a hablar? —dijo Billy T. intentando levantar

la mano.

No fue capaz. Tuvo un intenso ataque de ansiedad. A lo lejos oyó a Gagliostro

responder:

—Ya no me das tanto miedo. ¿Sabes que puedes parecer peligroso?

—¿Me podrías dar un vaso de agua? —pidió Billy T. con dificultad—. Un vaso

de agua, por favor.

No tenía sed pero quería estar solo, se sentía morir. Se concentró en respirar, en

relajarse.

—Respira —se dijo tomando aire—. ¡Respira!

Soltó aire, lo volvió a tomar.

Sintió que le llegaba la sangre a la cabeza; no moriría, pudo abrir los ojos y

levantar la mano. Cuando Gagliostro regresó con un vaso de agua, Billy T. oyó el

tintineo de los cubitos de hielo desde el principio de la escalera de la bodega. Pudo

cogerlo y beber sin derramar una gota.

—¿Te encuentras mal?

—Solo un poco cansado. Tenemos que acabar. ¿Por qué no trajisteis aquí a Sindre

Sand? Como una forma de compensarle por todo el dinero que perdió…

—Se lo comenté a Brede y no quiso. Tal vez estaba un poco avergonzado por lo

de Vilde. No lo parecía, pero tal vez… No estoy seguro.

La angustia disminuyó un poco más y Billy T. tuvo ganas de ponerse de pie, pero

no se atrevió.

—¿Vas a quedarte con las acciones de Ziegler o vas a dar entrada a otro socio?

—¿Quedarme…? ¡Ese es el problema! Resulta que probablemente sea Vilde

quien herede las acciones. ¿No lo sabíais?

Billy T. arrugó la nariz y bebió un poco más de agua.

—¿Saber qué?

—Brede y yo teníamos un acuerdo clarísimo. No es que pensáramos que uno de

nosotros fuera a morir, pero quiero decir que… Accidentes de avión y de coche…

esas cosas pasan. Queríamos estar seguros. Brede y yo siempre habíamos colaborado

sin problemas, y las funciones en Entré estaban bien repartidas, y ahora resulta que

esa niñata, que no tiene ni idea de nada, y menos aún de restauración, llegará y…

Ahora era Gagliostro quien se encontraba mal. Se llevó las manos al pecho.

—¿Cuándo lo supiste?

—Ayer. Bueno, no, en realidad fue la semana pasada. Llamó una abogada y ha

montado un auténtico follón y no sé qué coño…

—Pero cuando mataron a Brede estabas convencido de que lo heredarías todo.

—¡Todo no! El restaurante. Brede tiene otras muchas cosas y serán para Vilde,

por supuesto, pero…

Un joven vestido de blanco bajó corriendo por la escalera. Al llegar al último

escalón se le cayó el gorro de cocinero.

—¡Tienes que venir, Claudio! Hay un error en el menú y Karoline dice que tú has

dicho que…

—Irá enseguida —dijo Billy T. haciendo un gesto para que el chaval se marchara

—, danos cinco minutos más.

—Por mí, vale —dijo mientras sacudía el polvo del gorro y subía por la escalera

arrastrando los pies—. Yo no soy el responsable.

—Solo necesito aclarar una cosa antes de que nos marchemos —dijo Billy T. en

voz baja inclinándose sobre la mesa—. La noche del domingo 5 de diciembre, cuando

asesinaron a Brede… En aquel momento tú creías que te quedarías con el restaurante

si Brede moría.

—Pero…

—¿Sí o no?

—Sí. Pero…

—¿Y dónde estabas la noche del domingo 5 de diciembre?

—El domingo por la noche… Estaba… déjame que lo recuerde.

—Tonterías —dijo Billy T. con calma, e intentó respirar más profundamente—.

No pretenderás decirme que tienes que intentar recordar dónde estabas la noche en

que tu socio y mejor amigo murió acuchillado. Yo aún recuerdo dónde estaba cuando

asesinaron a Olof Palme y pronto hará quince años, ¡joder!, y ni siquiera le conocía

de nada.

—En casa.

—En casa, a pesar de que Entré abre los domingos. Vale.

—Llevaba cinco semanas sin coger un solo día libre.

—¿Qué hiciste?

Gagliostro había empezado a sudar otra vez. Debía de tener alguna enfermedad y

Billy T. pensó sin darle mucha importancia que debía de ser un problema serio para

un maître y restaurador tener hidrocefalia y sudar como un cerdo con una temperatura

de once grados.

—Vi la televisión y me fui a dormir pronto.

—¿Solo?

Su gesto de desesperación fue respuesta suficiente. Billy T. se arriesgó a

levantarse de la silla. Tenía las piernas entumecidas y las sacudió con cuidado, cogió

la grabadora y se dirigió a la escalera.

—Mañana por la mañana a las nueve en punto. En la comisaría, pregunta por

Billy T. —En ese momento cayó en que no había llegado a presentarse—. Billy T. —

repitió—, ese soy yo.