Sin eco

Anne Holt · Capítulo 67 de 75

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Sin eco

Capítulo 62

62

 

Cuando la mujer abrió la puerta dio la sensación de que les esperaba, de que les había

estado esperando precisamente a ellos. Aunque la decoración parecía haberse

detenido en 1974, el piso estaba limpio y ordenado. Una depresión en el asiento de

una de las butacas indicaba que alguien acababa de estar allí sentado, pero la

televisión estaba apagada. En el piso el silencio era absoluto, pero no se veían ni un

libro abierto ni periódicos. Parecía que había entendido que iban de camino y se había

limitado a esperarles. Cuando Hanne Wilhelmsen le enseñó su placa, asintió con un

ligero movimiento de cabeza y se quitó una mota invisible de polvo de la pierna del

pantalón.

—He intentado hacer lo correcto, pero me equivoqué.

Esas fueron sus primeras palabras. No les dijo hola ni les invitó a pasar. Se limitó

a ir hacia el salón y dio por descontado que la seguirían. El sofá era de elaboración

casera y estaba tapizado con una tela de la marca Marimeko. Las flores habían sido

de color lila oscuro, ahora eran de un tono pálido y en varios sitios sobresalía el

relleno. Una palmera en el rincón que daba a la calle hacía las veces de árbol de

Navidad, adornado con cestitas hechas en casa, dos bolas de cristal rellenas de nieve

artificial y una ristra de luces que no funcionaba. Al final del salón Silje Sørensen

vislumbró una cocina de paredes color naranja y electrodomésticos pintados de verde.

—Si no hubierais venido a verme me habría puesto en contacto con vosotros —

dijo la mujer con calma—. No es bueno para Daniel que las cosas estén así.

Hanne le lanzó una mirada a Silje y esta se tragó las preguntas que tenía

preparadas. Se limitó a reclinarse en el sofá y jugueteó con su solitario.

El silencio que siguió no pareció afectar a Thale Åsmundsen. Llevaba la cara

lavada. Era como si se hubiera dejado sus rasgos en el teatro y no le quedaran

expresiones para uso privado. Estaba encogida en la butaca con las piernas dobladas.

Llevaba una media melena lisa, no era un peinado. Se llevó una taza de té a los labios

y tardó mucho en volver a dejarla sobre la mesa.

—Todo empezó cuando conocí a Freddy —dijo serena—. Por supuesto que sabéis

que ese es el verdadero nombre de Brede Ziegler, Freddy Johansen. En realidad no

me gustaba.

Por primera vez vieron la sombra de un gesto en su cara lavada, algo que Hanne

interpretó como ironía dirigida a ella misma.

—Pero solo tenía dieciocho años y aquello fue una especie de protesta. Contra mi

padre, y también contra Idun. Es mucho mayor que yo y ya estaba licenciada en

filología. Mi padre quería que yo estudiara derecho. Yo solicité plaza en la Escuela de

Arte Dramático y me junté con un… no universitario. Se armó un pequeño escándalo en nuestra casa de Heggelig, cosa que me encantó.

La ironía había desaparecido, pero Hanne estaba extrañada. Podía parecer que la

mujer de pantalones de pana verdes recordara un antiguo dolor, pero entonces se

encogió de hombros y continuó:

—Así fueron las cosas. En realidad lo habíamos dejado bastante antes de que me

quedara embarazada. Pero yo no supe verlo. Freddy estaba cuando menos… —una

sonrisa asomó a sus labios por unos instantes y ocultó el rostro tras la taza de té—

poco interesado. A mí me dio igual, quería tener al niño. La última vez que vi a Brede

en aquella época fue en 1977, en la calle. Yo estaba embarazadísima. Él me dijo hola

y siguió su camino. No me preguntó nada, nunca me llamó. No quiso saber si había

sido padre o si había nacido un niño o una niña. Le mandé una carta, para que

estuviera informado. Le conté que el niño había nacido y que se llamaba Daniel.

Nunca me contestó. Fue lo mejor que podía pasar. Freddy no estaba preocupado por

quién era, sino por quién quería llegar a ser. Eso lo había entendido mucho antes.

¿Queréis…? ¿Queréis una taza…?

Les enseñó la suya con gesto interrogante. Silje asintió, pero Hanne descartó su

ofrecimiento con un movimiento de la mano y mintió:

—Uy, no, gracias. Acabamos de tomarnos una taza enorme de café.

—En la época en que corté con Freddy él también cortó consigo mismo.

Thale Åsmundsen rio sin alegría. Hanne ni siquiera estaba segura de que quisiera

reírse, tal vez fuera una especie de gruñido.

—Había empezado como aprendiz de cocina para poder embarcarse, pero

entonces descubrió la vida mundana de la restauración. Él también quería ser un

hombre fino. Se reinventó. Fue cuando se convirtió en Brede Ziegler. —Esta vez su

risa sonó más sincera—. ¡Imagínate! Freddy Johansen era Brede Ziegler. Casi parecía

que el actor era él, no yo. Lo he visto… —Estiró las piernas e hizo una mueca, como

si se le hubieran quedado dormidas—. He visto cómo se colocaba delante del espejo

y ensayaba distintos papeles. ¿Habéis visto esa película de Woody Allen, Zelig?

Hanne asintió, Silje negó con la cabeza.

—Así era Brede. Una tarde podía estar en la reunión de los jóvenes

conservadores, vestido de pijo con jersey y abrigo loden. Por la noche, en el club de

moda entre los intelectuales, era un excéntrico sensible. Pero su mejor papel era el de

hombre de mundo con tendencias artísticas. Con el tiempo lo perfeccionó. ¡Maldito!

Resultaba chocante que maldijera. No encajaba con su manera inexpresiva y

monótona de hablar. Hanne Wilhelmsen preguntó con cuidado:

—Pero ¿no te dio pena que no quisiera saber nada de su hijo?

Thale Åsmundsen parecía sinceramente sorprendida.

—¿Pena? ¿Por qué iba a darme pena? No quería a Freddy Johansen y no me

habría acercado a Brede Ziegler por nada del mundo. Freddy era como… ¿Conocéis

el mito de Narciso?

Posó su mirada en Hanne, como si hubiera desistido de hablar con Silje Sørensen. Hanne se encogió de hombros.

—Un poco. Fue el que se enamoró de su propio reflejo, ¿verdad?

—Exacto. Y así era él. Yo no tenía ningún interés en convertirme en la Eco de

Freddy. Además contaba con Idun. Ella fue la única que pareció alegrarse de verdad

del nacimiento de Daniel. La llamó Taffa casi antes de aprender a decir mamá. —Se

puso de pie de forma repentina—. Tengo hambre —dijo con naturalidad—. Esta es

mi hora de cenar. Después de la función. Bueno… tenga función o no. Esta noche

libro, pero tengo hambre…

Esbozó una sonrisa y fue descalza a la cocina. Silje agarró a Hanne por la

muñeca.

—Debería tener un abogado, deberíamos…

—Chsss, comeremos con ella.

La mesa de la cocina estaba pintada de naranja, igual que las paredes. Thale

Åsmundsen sacó una tetera y tres tazas de gruesa cerámica.

—No me gusta perder mi tiempo haciendo cosas nuevas. Me gusta la rutina, que

las cosas sean como siempre han sido.

Silje la observaba fascinada. No solo su casa sino toda su persona parecían restos

de una tardía era hippy. Aunque era evidente que Thale Åsmundsen tenía una cara

bonita, iba sin maquillar, descuidada, con pantalones de pana que hacían bolsas,

descalza, con una camisa ancha de estampado hindú. Silje la había visto en el papel

de la Señorita Julia en un programa de teatro de la televisión sueca y le costaba creer

que se trataba de la misma persona.

—Se puede decir que Idun y yo nos repartimos el papel de madre —dijo Thale

Åsmundsen cascando tres huevos en una sartén—. Daniel y yo siempre comemos

huevos fritos y bebemos cacao, se ha convertido en una especie de… Bueno. Aunque

Daniel vivía aquí, por supuesto, pasaba casi el mismo tiempo con ella. En cuanto me

atreví a dejarle salir solo cogía el tranvía hasta la parte antigua de la ciudad. Y cuando

Daniel enfermó…

Se apartó el pelo de la frente con el dorso de la mano. Tenía los dedos manchados

de grasa.

—Ella cogía días libres cuando yo no podía. Funcionaba bastante… ¿bien?

Las miró enarcando las cejas como si se preguntara si les parecería insensible.

—Pero Freddy… entonces ya Brede Ziegler… No pensé en él hasta que no tuve

más remedio. Daniel necesitaba un riñón, el mío no servía.

Los huevos siseaban en la sartén. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo de la

camisa y les preguntó si les molestaba. Hanne sacó su propia cajetilla y le hizo

compañía.

—En realidad… —dijo Thale pensativa—. En realidad fue la única ocasión en la

que tuve algo parecido a un sentimiento auténtico hacia él. Le odié. Durante dos

semanas. Le mandamos una petición a través del hospital y su médico de cabecera

para que se hiciera unas pruebas para saber si podía ser donante. La rechazó de plano. Por completo. Ni siquiera se puso en contacto con el hospital. Pero…

Echó los huevos sobre tres rebanadas de pan. El cacao estaba a punto de salirse

del cazo.

—Pero se solucionó —dijo en tono despreocupado y agarró el recipiente con la

leche teñida de marrón—. El riñón de Idun era compatible. Daniel recibió un riñón de

Taffa y está sano. Daniel lo sabe todo. Cuando cumplió los dieciocho le conté quién

era su padre, y cómo se había comportado. Le dije que no merecía la pena. Tomad.

Comieron. Thale se echó kétchup en el huevo frito y Silje tuvo que tragar saliva

para no vomitar. Apartó el plato murmurando una disculpa.

—Para ser sincera me da igual que cojáis al que haya matado a Freddy —dijo

Thale Åsmundsen—. Pero quiero que Daniel reciba el dinero, la herencia. Tiene

derecho a ella, ¿no creéis?

Volvió a mirar a Hanne.

Silje no entendía nada. Carraspeó y dejó la servilleta tapando la comida. Se dio

cuenta de que Hanne no apartaba la mirada de Thale. A Silje el silencio le resultaba

muy desagradable y dio golpecitos en el borde de la mesa con el cuchillo sin darse

cuenta. En cambio Thale encendió otro cigarrillo, dio una profunda calada y lanzó al

techo un aro de humo perfecto.

—¿Os parezco insensible?

—Entenderás que tengo que hacerte esta pregunta —dijo Hanne Wilhelmsen—.

¿Dónde estabas la noche del 5 de diciembre de este año?

Thale esbozó una sonrisa, como si la pregunta fuera totalmente irrelevante.

—Estaba organizando los discursos en el cincuenta cumpleaños de una amiga —

dijo serena—. El domingo no hay función y mi amiga Lotte Schweigler celebró una

fiesta en casa con veintitantos invitados. La fiesta empezó a las siete y no me marché

a casa hasta cerca de las cinco de la mañana. Vive en Tanum, en el barrio de Bærum.

Está bastante lejos, lejos de la comisaría, quiero decir.

Silje había sacado su cuaderno de notas e intentaba ser discreta. Resultaba difícil

porque el silencio era tan absoluto que se oía cómo la punta medio seca del rotulador

raspaba sobre el papel. Hanne miró su reloj con disimulo. Eran casi las diez y media.

Se puso de pie para recalcar que había llegado a la última pregunta.

—No entiendo muy bien eso de la herencia —dijo—. Está claro que hasta ahora

no te has preocupado por el dinero. Brede Ziegler no te habrá pasado ninguna pensión

puesto que en ningún momento le registraste como padre. ¿Por qué es tan importante

ahora? Tan importante que tenías intención de venir a vernos para contarnos este…

secreto.

—Daniel lo está pasando mal por falta de dinero. Lo veo. Idun me contó que el

otro día le arrestasteis.

No había reproche en su voz, más bien hacía constar los hechos, como si no le

molestara que su hijo hubiera pasado varias horas en una celda sin motivo.

—Daniel jamás habría intentado vender los libros de su abuelo si no necesitara el dinero de verdad. Además… —se encaminó hacia la puerta como si diera la visita por

terminada—, ya es hora de que Freddy pague. ¿De acuerdo?

Esta vez miró a Silje Sørensen. La joven agente murmuró algo inaudible y metió

la libreta en el bolso. Estuvo a punto de volcar una pequeña figura de bronce de un

bebé en posición fetal. Estaba sobre una cómoda blanqueada con lejía.

—Bonito —dijo Hanne pasando el dedo por el culito del bebé con forma de

huevo—. Una escultura muy bella.

Thale Åsmundsen le dedicó una de sus escasas y cálidas sonrisas.

—¿Verdad que sí? Me la regaló Idun cuando estaba embarazada de Daniel.

Hanne se fijó en una foto de familia colgada junto al espejo de la cómoda. Un

hombre mayor estaba en el centro, en una butaca, rodeado de dos mujeres y un joven.

Thale, Idun y Daniel sonreían al fotógrafo. La mirada del anciano era grave y seria.

—¿Foto de familia?

Hanne tocó levemente el cristal.

—Sí, de hecho es la última que tenemos de todos juntos. La hicieron en el

ochenta cumpleaños de mi padre, el año pasado, poco antes de su muerte.

Hanne se inclinó para observar la foto. Silje ya había abierto la puerta de la calle

y se movía impaciente, medio de espaldas, mientras se abrochaba la chaqueta.

—O sea que hace menos de un año que tomaron esta foto —dijo Hanne en voz

baja sin apartar la vista de ella.

—Sí.

Hanne Wilhelmsen no sintió alivio alguno. Sentía un ardor bajo la piel del rostro.

Intentó incorporarse, pero se quedó apoyada en la cómoda estudiando la foto que

apenas tenía un año. Daniel sonreía como si nada pudiera dañarle. Era joven, fuerte, y

estaba rodeado de personas a las que quería. Hanne pasó el dedo por el marco, un

listón estrecho de color negro con el cristal roto en una esquina. Tal vez se había

caído al suelo. Colgaba un poco torcida y la enderezó con cuidado. Por fin se

incorporó del todo. Se volvió hacia Thale. Hanne debería haber sentido alivio, pero

en lugar de eso la invadió una gran e incomprensible decepción, a pesar de que el

caso estuviera resuelto.