Sin eco

Anne Holt · Capítulo 7 de 75

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Sin eco

Capítulo 7

7

 

Hanne Wilhelmsen no iba de negro porque estuviera de luto. Resultaba práctico. La

cazadora de cuero tenía cuatro grandes bolsillos y no necesitaba llevar bolso. Antes

de salir de casa había metido dos vaqueros negros y cuatro camisetas oscuras en la

mochila junto con bragas y calcetines. Era todo lo que tenía limpio, y no sabía cuándo

tendría ocasión de lavar la ropa durante el viaje.

Se vio reflejada en un escaparate.

Volvía a tener el pelo largo. Unos meses antes había empezado a peinarse el

flequillo hacia atrás, pues ya había crecido lo suficiente. La imagen que el cristal le

devolvía le resultaba casi irreconocible.

Hizo caso omiso de su reflejo y se fijó en el interior del establecimiento. Era una

tienda de ropa. No tenían muchos artículos a la vista. La decoración era sencilla y

severa, y unas pocas prendas colgaban de un perchero de acero. Dos maniquíes

delgadísimas, sin cabeza, vestían pantalones ceñidos y camisetas que dejaban el

ombligo al aire. Sobre una pequeña mesa de largas patas, en el centro del local, había

un par de guantes de un rojo intenso. Entró. Eran los guantes más rojos que Hanne

hubiera visto nunca.

Despacio, sin hacer caso de la joven que probablemente le estaba preguntando si

necesitaba ayuda, se los puso.

Estaban hechos para ella. Se ceñían a sus manos como una segunda piel. Hanne

sintió que el calor subía por sus brazos y se tocó la cara.

—Duocentomila lire.

Sin contestar, y sin quitarse los guantes, Hanne sacó la cartera. Sacó la VISA y

contempló la cara sonriente de la dependienta, que probablemente felicitaba a la

clienta por su elección y su buen gusto. Hanne firmó el recibo con los guantes

puestos.

Al salir de la tienda notó por primera vez el aire cálido que corría por las

callejuelas. Por encima de los edificios de color terracota, vio que el cielo se estaba

poniendo azul. Un color extraño y veraniego que no era propio de diciembre. Fijó la

vista en los guantes y echó a andar. Solo pensaba en los guantes. De pronto se abrió

frente a ella una plaza alargada con una fuente de mármol en el centro rodeada de

terrazas de restaurantes abiertas incluso a aquella hora y en esas fechas. Se sentó a

una mesa protegida por un muro y pidió un cappuccino. Por un momento sintió algo

parecido a la calma. Voces exaltadas, risas y broncas, el entrechocar de los vasos y

una ópera farragosa que salía de un altavoz situado sobre su cabeza se mezclaron

hasta convertirse en Italia, esa Italia de la que se había refugiado durante los meses

que pasara apartada del mundo. Sacó un cigarrillo sin quitarse los guantes. Cuando consiguió encender el mechero oyó una voz:

—Scusi…

Hanne apartó la vista del cigarrillo muy despacio y la detuvo sobre un par de

manos rojas. Por un momento vaciló, tenía que cerciorarse de dónde estaban sus

manos, si seguían siendo suyas. Una persona sujetaba un cigarrillo entre los dedos y

le pedía fuego. Llevaba los mismos guantes que Hanne. Exactamente los mismos

guantes de piel de ternera y de color rojo intenso por los que acaba de pagar una

pequeña fortuna.

—Scusi —oyó otra vez y levantó la vista.

Una mujer le estaba sonriendo. Al ver que Hanne no hacía ademán de darle fuego

la desconocida le cogió el mechero de las manos y se encendió el cigarrillo. Se quedó

allí. Hanne la observaba. La mujer ya no sonreía. Se quedó de pie con el cigarrillo en

la mano, sin moverlo, hasta que este se transformó en ceniza.

—¿Puedo sentarme aquí? —preguntó la desconocida por fin y dejó caer la colilla

al suelo—. ¿Solo un minuto?

—Por supuesto —contestó Hanne y le ofreció la silla que tenía al lado—. Por

favor, siéntate.

Luego se quitó los guantes lentamente y se los guardó en el bolsillo.