Sin eco

Anne Holt · Capítulo 32 de 75

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Sin eco

Capítulo 29

29

 

Sindre Sand no estaba muy seguro de qué había esperado encontrar, pero sin duda no

era eso. Al entrar en el pequeño estudio olía a cordero y salvia. Vilde vestía un

pantalón negro y un escotado jersey de punto de seda. Había por lo menos veinte

velitas repartidas por la habitación en pequeños cuencos y sintió que retrocedía en el

tiempo. No había pasado nada, Vilde se había ido a vivir a un sitio nuevo, pero era

provisional y se casarían en verano.

—Tenía que acabar de prepararlo todo antes de dejarte entrar —le dijo mientras le

ofrecía vino tinto en una copa gigantesca—. Siéntate.

Él no hizo ningún comentario sobre lo bonito que estaba todo, ni siquiera

preguntó cómo podía saber que llamaría a su puerta precisamente esa noche, en aquel

instante. Solo veía a Vilde, Vilde tal y como era antes de Brede. Se quitó la chaqueta,

la bonita que Vilde le había regalado mucho tiempo atrás, antes de Brede.

Ella siguió quitándole la ropa, él la desnudó.

Nada había cambiado, y después se quedaron dormidos.

—¡Mierda! ¡El cordero relleno!

Vilde saltó de la cama en el minúsculo dormitorio y corrió hacia la cocina

americana. Cuando el agua del grifo impactó en la cazuela de hierro llena de comida

quemada un humo espeso llenó la habitación. El detector de humos empezó a aullar.

—¡Abrid la ventana! —Vilde rio mientras atizaba todo lo que podía el ruidoso

mecanismo con un periódico—. ¡Aire! ¡Socorro!

Abrió la puerta de par en par y empezó a tiritar en la violenta corriente que

invadió el estudio. La cazuela se quedó en el fregadero y ella corrió a envolverse en

el edredón. Seguía riéndose y le hizo una señal con un dedo asomado sobre el borde

del edredón.

Sindre ni siquiera sonrió. Empezó a ponerse las prendas desperdigadas aquí y

allá.

—¿Qué te ocurre, Vilde?

Su voz sonaba queda, como si acabara de recordar que nada había cambiado

desde el momento en que Brede se había quedado con lo que era suyo.

—Te comportas como si fueras la viuda alegre, la verdad.

Encontró su jersey colgado del respaldo de una silla y con gran esfuerzo pasó la

cabeza por el cuello estrecho.

—Ven, siéntate, hablemos.

Ella también se había puesto seria. Él dudó, pero prefirió ponerse los pantalones.

—En realidad no tenemos nada de lo que hablar. Lo hecho hecho está, y lo

comido por lo servido.

—Pues de comer no ha habido mucho —respondió ella—. Si no querías hablar

conmigo, ¿a qué has venido?

—Para ver cómo estabas, cómo… llevabas todo esto. —Sus palabras quedaron

vibrando en el aire como un reproche; tenía la mirada perdida en el infinito—. Veo

que estás bien —dijo de pronto, y se abrochó el cinturón—. Pero no me esperaba que

me invitaran a… una fiesta esta noche.

Se agachó para coger sus calcetines. Cuando se incorporó tuvo la impresión de

que la cabeza se había encogido tras el edredón.

—Pero, Sindre, ¡el dinero! ¿No te das cuenta de que ahora todo se ha arreglado y

tenemos dinero y podremos…?

Sindre se echó la chaqueta sobre el brazo y salió por la puerta.