Sin eco
Capítulo 39
39
La alimentaba con una cuchara. La sopa de avena sabía a infancia enclaustrada y tras
la tercera cucharada se apartó.
—Algo tienes que comer —dijo Tom con decisión—. Venga, un poco más.
Ella se negó y se levantó de golpe.
—Esto es precisamente lo que me temía —dijo desesperada—. Me vas a tener
entre algodones los próximos siete meses. Soy adulta, Tom, y estoy embarazada, no
enferma. ¡Déjalo ya!
Él estaba medio sentado, medio tumbado en la cama con un bol de sopa de avena
en una mano y una cuchara en la otra. Se había quitado la corbata y remangado la
camisa. Tenía la cara sudada, las mejillas encendidas, y por la sonrisa que lucía su
rostro se habría dicho que el bebé ya había nacido. El hecho de que hubiera esperado
a que ella se despertara antes de ir a trabajar resultaba bastante llamativo, y que
hubiera llamado a la oficina para decir que se tomaba el viernes libre suponía una
auténtica revolución. Tom nunca se ponía enfermo ni faltaba al trabajo salvo las tres
semanas del verano y dos días en navidades.
—¿Sabes si será niño o niña? —preguntó riendo—. Me da lo mismo, pero ¿lo
sabes?
—Bobo —dijo Silje malhumorada—. Estoy de siete u ocho semanas.
Cuando salió de la ducha, con el pelo mojado y la bata de seda, Tom había hecho
la cama y ventilado la habitación a fondo. La rosa solitaria estaba perfectamente
centrada sobre su almohada. Fue hacia las puertas de la terraza atándose el cinturón.
Una de las puertas estaba entornada y la abrió del todo. Se le puso la piel de gallina y
se echó a llorar sin saber por qué. A lo lejos, colina abajo, tras el gran roble que se
inclinaba hacia el este y rozaba el garaje con sus ramas, se oía el rumor de Oslo.
Nunca había considerado la casa de la calle del Doctor Holm como parte de la
ciudad. Cuando su padre le regaló la propiedad por su vigésimo cumpleaños, sintió
sobre todo vergüenza. Le había llevado mucho tiempo hacerse a la idea, siempre fue
así. Era hija única e iba a heredar el impresionante chalet de sus abuelos. Su padre lo
había reformado antes de que ella se mudara. Él vivía en la finca colindante. La
familia era propietaria de más de una hectárea en la mejor zona de la ciudad y nunca
había considerado la posibilidad de vender.
Cuando estudiaba en la academia de policía nunca invitaba a nadie a su casa,
murmuraba algo sobre su dirección y se excusaba diciendo que estaba muy lejos. No
quería que nadie supiera que su dormitorio era el doble de grande que los estudios
que ocupaban la mayoría de sus compañeros. Y que ella era propietaria de cinco.
Afortunadamente su apellido era corriente, Sørensen. No resultaba evidente que su padre fuera el propietario de los Cruceros Sørensen. Hubiera sido mucho peor
apellidarse Kloster o Reksten, o Wilhelmsen, llegado el caso. Silje se secó las
lágrimas, pensó en Hanne y decidió vestirse para ir a trabajar.
Cuando Tom y ella se casaron conservó su apellido, Sørensen. El nombre
completo de Tom era Thomas Fredrik Preben Løvenskiold. Y aunque su padre era de
origen danés y no tenía nada que ver con los terratenientes Løvenskiold de Oslo, ese
apellido estaba asociado a una imagen con la que ella prefería no tener nada que ver.
—¿Qué te parece Catharina Løvenskiold? —preguntó Tom. Acababa de hacer té
y llevaba dos periódicos debajo del brazo; tan solo el diario Aftenposten había
acabado en la basura después de ser el principal afectado por su vómito—. Siéntate
en la cama, querida. Mi abuela por parte de padre se llamaba Catharina. O Flemming,
¿qué te parece? Si fuera un chico. Flemming Løvenskiold, eso sí que suena bien,
¿verdad, cielo? Siéntate, vamos.
—Yo había pensado en algo así como Ola Sørensen —dijo Silje cansada.
Thomas se quedó paralizado un momento y después esbozó una enorme sonrisa
que hizo desaparecer sus ojos tras sus altísimos pómulos.
—Ya hablaremos de eso más adelante, cariño. Mira, un té y la prensa. Los
periódicos a lo mejor huelen un poco a vómito pero el té está recién hecho.
Silje se tumbó contrariada y cogió el diario sensacionalista VG. En el último
momento Tom salvó a la rosa de morir aplastada. Cerró las puertas de la terraza y se
acercó a un panel oculto junto a la puerta del baño. Encendió la chimenea de gas de
esteatita y cobre, y bajó la intensidad de la luz del techo antes de prender la lámpara
de la mesilla.
—Parece Navidad —dijo de buen humor, se tumbó a su lado y abrió el diario
Dagbladet.
Silje ya no tenía náuseas. En realidad no le molestaban mucho, tan solo por las
mañanas, y por la noche si había dormido poco el día anterior. Tal vez había hecho
bien; aunque las atenciones de Tom resultaran un poco pesadas, sería un alivio no
tener que fingir. Además era encantador. Su entusiasmo por el embarazo era aún
mayor que el que demostrara al pedirle matrimonio dos años atrás con un solitario,
cincuenta rosas y dos billetes de avión a Roma preparados en el bolsillo de la
chaqueta.
—Escucha esto —rio entre dientes—; me encantan las cartas al director.
—¿Encantar? Estás enganchadísima. ¿Qué te parece Johannes? —Se mordió el
índice y cerró los ojos—. ¿O Christopher? De niño me encantaba Winnie the Pooh.
—¡Escucha! —Silje se incorporó y señaló con el dedo la sección «Cuéntalo en
VG»—. El titular es «La tarta tradicional Mor Monsen y los mormones». ¡Genial!
Escucha esto: «Nuestro país está invadido de costumbres ajenas. Dentro de una o dos
generaciones no quedará nadie que sepa lo que significa ser noruego. Tenemos que
empezar a luchar para proteger aquello que nuestros antepasados tardaron cientos de
años en construir».
—No, por favor —se lamentó Tom—. Otra de esas no, por favor.
Intentó rodear su barriga con el brazo, pero ella se lo quitó de encima y prosiguió:
—«Durante la guerra nos poníamos un clip en la solapa para mostrar nuestra
oposición a los invasores. Pongámonos ahora una pluma blanca en la solapa. Una
pluma que simboliza limpieza, la Noruega sin contaminar».
—Eso es puro racismo, Silje, no tiene gracia.
—Ahora empieza lo divertido, espera. «La comida, por ejemplo. La comida es
una parte importante de toda cultura y estilo de vida. Ahora hay hamburguesas y
kebabs apostados en cada esquina. ¡El enemigo nos ha conquistado! En este dulce
tiempo de Navidad debe oler a repollo agridulce y pastas navideñas en todos los
hogares y cocinas. Vivo en Majorstuen y la otra mañana, mientras horneaba mi pastel
Mor Monsen, llamaron a la puerta. Eran dos mormones que me querían “redimir”, ¡y
ni siquiera sabían hablar noruego! Como haría cualquier persona educada les ofrecí
un pedazo de la tarta recién hecha. Cuando me preguntaron si llevaba alcohol
comprendí que debemos llevar nuestra lucha por la cultura a todos los frentes.
¿Queremos poligamia y fanáticos abstemios en las comunidades de propietarios de
Noruega? ¡La tarta Mor Monsen lleva dos cucharadas de coñac y dieciséis buenos
huevos NORUEGOS! ¡Únete! ¡Ponte la pluma blanca!». —Silje se echó a reír y se
golpeó el muslo con el periódico—. ¡Alguien debería escribir un libro con esto!
—Ya lo han hecho.
Tom intentó taparla con el edredón, ella le apartó de nuevo y miró la carta al
director con los ojos entornados.
—«Proper Neve». Ella… está claro que la ha escrito una mujer y se hace llamar
«nieve inmaculada». ¿Qué querías decir con que ya está hecho?
—Hay un libro que recoge cartas al director imposibles. Lo publicaron hace unos
pocos años.
—Pues deberían hacer otro —dijo Silje decidida—. ¿Qué quiere decir Proper
Neve?
Tom se rindió. Se dejó caer de espaldas sobre la cama e hinchó las mejillas.
—¿No podríamos hablar del bebé? —gimió—. No hace ni tres cuartos de hora
que me contaste que voy a ser padre y a ti lo que te apetece es pasártelo bien leyendo
cartas al director de unos asquerosos racistas.
Silje se incorporó a toda velocidad y Tom se quedó enterrado bajo los edredones.
¡Proper Neve! ¡Estaba segura de que había visto esa expresión en algún sitio
hacía muy poco!
Se vistió en cinco minutos, se sentía despierta, rebosante de salud y animada.
Tom seguía tumbado en la cama, callado y contrariado.
—Hoy no llegaré tarde, te lo prometo. Pero ahora tengo que ir al trabajo.
Le dio un beso en la nariz y dos minutos después Tom oyó que arrancaba el
coche. Nunca había comprendido por qué se empeñaba en conducir un Skoda
Octavia. Él tenía dos coches: un Audi A8 y un estiloso BMW deportivo de dos asientos.
—Voy a ser padre, necesitaré un coche familiar.
Se estuvo riendo un buen rato, feliz.