Sin eco

Anne Holt · Capítulo 25 de 75

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Sin eco

Capítulo 22

22

 

Era la mañana del lunes 13 de diciembre y Hanne Wilhelmsen rebobinó la cinta por

enésima vez.

—La policía, central operativa.

—Eh, mmm… —Una tos prolongada e intensa salió por los altavoces.

—¿Oiga? ¿Oiga? ¿De qué se trata? ¿Quién llama?

—… un tío la ha palmao. En vuestras escaleras.

—¿Puede hablar con más claridad?

—Fuera. ¡Ay, joder! —Algo se había caído al suelo—. ¡Mierda! Ahí fuera, ya te

lo he dicho, ¿vale? ¡No se puede ser tan lerda! Hay un tío muerto, ahí fuera. ¡Atrás

de la comisaría!

Eso era todo.

Hanne apagó el reproductor y se giró hacia el profesor de universidad Even

Hareide, que no había podido ocultar su entusiasmo por el encargo recibido. Se había

presentado en el mostrador de guardia de la comisaría tan solo media hora después de

que Hanne le llamara.

—Vulgar —dijo con firmeza, y puso las manos sobre las rodillas—. El auténtico

y antiguo dialecto de los barrios del este de Oslo. La forma de hablar, la supresión de

la «d», casi imposible de aprender para un adulto.

Hanne cerró los ojos para protegerse de la prolongada clase magistral que vino a

continuación sobre registros verbales, sociolingüística, dialectos y sociolectos. El

hombre no le contó nada que ella no hubiera adivinado la primera vez que escuchara

la grabación. La factura de la innecesaria colaboración del investigador en lenguas

iba a cabrear a Billy T.

—Gracias —le interrumpió de pronto—. ¿Tienes alguna idea de qué edad puede

tener esta persona?

—Una persona cansada, mayor. Está claro.

—Sí, eso lo he oído yo también. ¿Qué edad crees que tendrá?

—Ha vivido bastante.

—Te voy a decir lo que pienso —dijo Hanne desanimada—, y luego tú puedes

contarme si estás de acuerdo o no, ¿vale? Para empezar… —Tomó aire por la nariz

para resistir la tentación de encender un cigarrillo. El profesor universitario parecía

recién llegado del bosque con sus anticuadas gafas metálicas de estudiante, los

primeros botones de la camisa de franela sin abrochar, botas militares y un grueso

reloj de submarinista en la muñeca derecha—. Esta mujer fuma. Picadura Rød mix o

cigarrillos Teddy sin filtro. Tiene las cuerdas vocales cubiertas de una gruesa capa de

alquitrán.

Even Hareide asintió satisfecho, como si Hanne fuera una aplicada estudiante

haciendo un examen oral.

—Probablemente consume heroína —continuó.

Hareide abrió mucho los ojos pero no dijo nada.

—Lo noto en esa… presión característica, ¿se puede llamar así? —Hanne se

sujetó la nuez y pronunció las palabras siguientes con un jadeo—: Es como si lanzara

la voz hacia fuera y a veces hablara en falsete. Sobre todo cuando suelta un taco,

después de que se le caiga algo al suelo.

—Sí, bueno.

El profesor universitario ya no parecía estar tan seguro.

—Puede que no vocalice bien porque está borracha, o ha consumido heroína o

ambas cosas —dijo Hanne—. ¿Estás de acuerdo?

—Sí —concedió Hareide—. Así que se trata de una mujer mayor, heroinómana y

residente en Oslo. Entonces será…

—Una puta vieja, así de claro, puesto que sabemos que la llamada procedía de…

Gracias, Hareide. Has sido de gran ayuda.

Cuando el hombre salió por la puerta tras haberse asegurado de dónde debía

enviar su factura, Hanne se sintió mejor. Menos mal que un policía clarividente de la

Central Operativa se había hecho con la grabación después de que encontraran a

Brede Ziegler asesinado. Alguien había escuchado esa cinta a la mañana siguiente, el

día después del crimen de Ziegler. Desde entonces había permanecido olvidada, y

mal clasificada, en el archivo de pruebas. A Hanne le llevó dos horas dar con ella.

—Una puta vieja —susurró con voz queda.