Sin eco

Anne Holt · Capítulo 68 de 75

Páginas del PDF

Sin eco

Capítulo 63

63

 

Eran las dos de la madrugada de la víspera de Nochebuena de 1999. La nieve se había

posado sobre las calles. En el aire aún bailaba algún que otro copo, pero durante la

última hora el cielo se había despejado. La calle Markveien ya estaba decorada para

la Navidad desde hacía dos meses, con guirnaldas de luces que cruzaban de farola a

farola. Pero las estrellas de mentira y las lunas de plástico no conseguían eclipsar a

sus originales. Hanne Wilhelmsen levantó la vista y vio el carro, que se deslizaba

despacio sobre Torshov. Impulsada por una vieja costumbre buscó la estrella Polar,

apenas visible en el cielo iluminado del norte. Las tiendas gastaban la electricidad

con generosidad. La nieve parecía cálida bajo tanta luz. Al día siguiente se desharía

en una masa grisácea.

Billy T. ya no estaba enfurruñado. Parecía apático. Cuando Hanne lo llamó para

quedar con él no la rechazó, pero se mostró indiferente. No quería que fuera a su

casa. Tone-Marit y Jenny dormían. Hanne tuvo la impresión de que él llevaba tiempo

sin dormir. Tampoco quiso que se vieran en la comisaría. Cuando le propuso que

dieran un paseo por Løkka contestó con un sí casi inaudible antes de colgar.

Billy T. no la saludó. Un leve movimiento de cabeza cuando salía del portal fue la

señal de que la había visto, al otro lado de la calle, bajo una farola. No fue a su

encuentro. Enfiló por la acera, arrastrando los pies. Hanne tuvo que correr para

alcanzarle. Era muy tarde, y ni siquiera le preguntó para qué le había llamado. Iba

bien abrigado; llevaba levantado el cuello de su chaquetón marinero, la gorra calada

sobre los ojos, una enorme bufanda roja. Hundió las manos en los bolsillos y no dijo

nada.

—No puedes dejar de ser policía —le dijo Hanne.

Desde una ventana decorada en exceso les observaban los ciegos ojos de un perro

afgano de porcelana de metro y medio de altura; un rey Melchor montaba en un reno

con cornamenta de alce. Hanne intentó caminar más despacio.

—Comprendo que estés cabreado, pero te pido que no lo dejes todo por mí.

Billy T. se detuvo de golpe.

—¿Por ti? —Se sorbió los mocos y tuvo que secarse con la manga—. Esta sí que

es buena. Como si tuvieras algo que ver con todo esto.

Se pusieron en marcha de nuevo. Cruzó el paso de peatones hacia la calle

Sofienberg sin mirar. Un taxi le pitó antes de derrapar como consecuencia del

frenazo. Billy T. no pareció darse cuenta de nada. Cruzó la plaza de Olaf Ryes.

—¿Podríamos sentarnos?

Hanne le agarró de la chaqueta. Se encontraban junto al estanque redondo de la

plaza, medio lleno de nieve y basura. Un perro suelto trotó hacia ellos. El bóxer temblaba de frío mientras movía el rabo con optimismo y metía el morro entre las

piernas de Hanne.

—Fuera —dijo Hanne apartándolo—. Toma, he traído esto.

Dejó dos gruesos periódicos sobre el banco.

—Siempre alerta —dijo Billy T. acariciando al perro—. Nuestra scout.

Pero se sentó. Le dio la espalda a Hanne. Miró fijamente hacia el restaurante

Entré. Los pelados árboles invernales le tapaban algo la vista, pero podía ver que

alguien estaba apagando las luces después de una larga noche. Así que seguía abierto.

A pesar de que uno de los dueños había sido asesinado y el otro estaba en prisión

preventiva acusado del crimen. Billy T. volvió a sorberse los mocos y siguió con la

mirada al bóxer, que iba de arbusto en arbusto mientras lloriqueaba y temblaba de

frío. De pronto olió algo y galopó por la calle Thorvald Meyer hasta dar la vuelta a la

esquina y perderse por la calle Grüner camino del parque de Sofienberg.

—¿Nunca podremos volver a ser amigos? —Hanne dejó que se quedara sentado

en el extremo del banco. Quería acercarse, pero no lo hizo. Ni siquiera le miraba,

lanzó la pregunta al aire seguida de una nube blanquecina que desapareció muy

deprisa. Tal vez se había encogido de hombros, no era fácil saberlo—. Por supuesto

que podría pedirte perdón una vez más, pero no serviría de nada. En mi defensa solo

puedo decir que sé que te traté mal. Y que no lo hice a propósito, que no supe hacer

otra cosa. No estaba en condiciones de…

Contuvo la respiración. Billy T. no la escuchaba. Había cerrado los ojos y movía

los labios de forma casi imperceptible sin emitir sonido alguno, como si estuviera

rezando a alguna divinidad.

—¿Nunca te has arrepentido de haber hecho algo mal, Billy T.? ¿Nunca has

traicionado a nadie? Quiero decir traicionado de verdad.

Se quedó sin voz. Las luces se fundieron en una niebla estrellada y parpadeó con

fuerza. Las lágrimas le quemaban las mejillas como si fueran de hielo. Él seguía sin

contestar, pero había dejado de mover los labios.

—Me arrepiento, Billy T. Me arrepiento de tantas cosas… Pero no puedo partir

mi pasado en pedacitos y quemarlo en la chimenea. Está ahí con todas las tonterías

que he cometido, todas las veces que he hecho daño a las personas que quería.

Todo… toda la angustia. Siempre tengo miedo, Billy T. Miedo de que alguien… —

Rebuscó en sus bolsillos hasta dar con un pañuelo de papel—. Siempre he tenido

miedo de que me vieran. Todo el mundo cree que me da vergüenza ser lesbiana, creen

que eso es lo que escondo. Lo que no entendéis es que me paso el tiempo intentando

esconderme entera, no me atrevo a otra cosa. Para mí no tiene más importancia que si

alguien se entera de que… me gusta que me rasquen la espalda. O que mi plato

favorito son las tortitas con sirope y beicon. Todo eso soy yo y es mío, mío.

Estaba llorando. Intentó calmarse, respiró profundamente y se clavó la uña del

pulgar en la palma de la mano en el interior de la manopla. Aun así las lágrimas no

cesaron.

—A la mierda —dijo con dureza y se puso de pie—. El caso Ziegler está resuelto,

por eso necesitaba hablar contigo.

Por fin la miró. Muy despacio levantó la cabeza y se apartó la bufanda de la

barbilla. Hanne sintió un escalofrío al ver sus ojos. No se correspondían con el resto

de su rostro descompuesto que tan bien conocía. Teñidos de azul pálido la miraban

como si nunca la hubiera visto.

—Qué —dijo con voz ronca—. ¿Qué quieres decir con que está resuelto?

No le llevó más de cinco minutos explicárselo. Todo resultaba tan evidente… La

solución era por sí misma un reproche a Billy T., a la escandalosa manera en que

había llevado la investigación, a todo lo que no había hecho. Hanne no fue capaz de

sostenerle la mirada. Se dio cuenta de que intentaba arreglarlo un poco, darle crédito

de manera totalmente inmerecida.

—Así son las cosas —concluyó al tiempo que hacía chocar los pies, más por la

incomodidad que sentía que para entrar en calor—. Por la mañana procederemos a la

detención. ¿Qué opinas tú?

Billy T. se obligó a sonreír. Al ponerse de pie se tambaleó un poco. Empezó a

caminar con movimientos agarrotados. Estaba claro que quería irse a casa. Después

de dar un par de pasos se dio la vuelta.

—Me has preguntado si alguna vez he traicionado a alguien. Mi respuesta es sí.

Deseaba hablarle de Suzanne. Quería cogerle la mano, volver a sentarse en el

banco helado, recibir el calor del cuerpo de Hanne, de sus ojos y de sus manos, y

confiarle que toda la investigación se había torcido cuando se encontró con una mujer

en la puerta de Entré menos de veinticuatro horas después del asesinato.

Cuando conoció a Suzanne ella solo tenía quince años; era una niña de buena

familia que se había hecho mujer antes de tiempo. Él era un desastroso alumno de la

academia de policía, y ya había cumplido los veintidós. Se lanzó de cabeza a una

historia de amor más profunda de lo que era capaz de manejar. En cuanto se le pasó el

deslumbramiento de los primeros momentos empezó a sentir un miedo atroz al pensar

que su relación era delito. El temor tiraba de él y fue apartándole de Suzanne. Billy T.

aspiraba a ser policía y fumaban marihuana. Huyó. Cambió de número de teléfono.

Se mudó dos veces mientras Suzanne enfermaba cada vez más. Cuando se recuperaba

de un brote psicótico le encontraba. Nunca supo cómo. Le llamaba, casi siempre de

noche. Le mandaba cartas. Cartas llenas de reproches y de amor en las que suplicaba

su ayuda. Le buscaba, huía del hospital y arañaba la puerta de su estudio hasta

ensangrentarse los dedos. Billy T. se mudaba otra vez. Por fin, tras dos años de

angustia por la posibilidad de ser descubierto, castigado, expulsado de la policía y

deshonrado, se hizo el silencio.

Había olvidado a Suzanne porque tenía que hacerlo. Por su propio bien, no tenía

elección. Así lo sentía entonces.

—Yo he… —No pudo decir nada más.

Tomó aire un par de veces deseando hablar. El rostro de Hanne le iluminaba, al final solo veía sus ojos. El aire frío dañaba sus pulmones mientras se esforzaba por

respirar, pero no era capaz de hablar. Nunca sería capaz de hablar de Suzanne, aunque

llevara dos semanas mirando por encima del hombro dondequiera que fuera. La

historia de su traición a Suzanne era suya y no podía compartirla con nadie. Se limitó

a abrazar a Hanne.

—Gracias —fue todo lo que fue capaz de decir con los labios pegados a la fría

oreja de Hanne.