Sin eco

Anne Holt · Capítulo 47 de 75

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Sin eco

Capítulo 43

43

 

El resto de los alojados había terminado de cenar hacía rato. Sobre la larga mesa de

pino sin lijar había una limitada variedad de alimentos. Té de hierbas, sopa de avena

y fruta. Tussi Gruer Helmersen estaba siguiendo una dieta especial y solo debía

ingerir agua de patata. Su taza estaba mediada y el contenido casi frío. Junto al plato

tenía un montón de periódicos. La señora Helmersen se puso las gafas. Los cristales

hacían que sus ojos parecieran enormes en proporción con su delgado rostro. No

parecía percatarse de la presencia de los camareros que recogían los restos de una

cena más cara que el generoso bufet de un hotel de lujo. La clínica de salud ofrecía a

sus pacientes comida escasa y mucho ejercicio, y cobraba un dineral por ambas cosas.

Tussi Helmersen había acabado de leer las cartas al director y se disponía a

abordar las páginas de sucesos. La prensa vespertina aún publicaba dos o tres páginas

del caso Ziegler al día. El robo a mano armada en una oficina de correos en Stavanger

ocupaba media página y estaba relegado al interior del diario, y casi de paso se

mencionaba una brutal violación en Enerhaugen.

La señora Helmersen miraba el diario Dagbladet con los ojos entornados.

—«De fuentes habitualmente bien informadas —murmuró mientras seguía el

texto con el dedo—, Dagbladet ha podido confirmar que Brede Ziegler tenía fuertes

lazos e intereses económicos en Italia, pero sus inversiones en empresas italianas no

son públicas». ¡Ja!

Miró desconcertada a su alrededor, como si estuviera buscando alguien con quien

hablar. El personal se había retirado. A la declinante luz del atardecer pudo ver por

los grandes ventanales a tres de los huéspedes enfilar un sendero que se abría al final

de la pradera. Hizo ademán de levantarse, pero cambió de opinión y siguió leyendo.

—«El director de la policía de Oslo declinó pronunciarse sobre los rumores que

apuntan a que el fallecido pudo estar implicado en blanqueo de capitales. Hans

Christian Mykland afirma que se trata de especulaciones». ¡A mí no me engaña!

Una jovencita entró con un trapo en la mano. Sin mirar en dirección a la señora

Helmersen empezó a pasarlo por la mesa del bufet con poco entusiasmo.

—«Dagbladet ha podido saber de fuentes de la Interpol que los asesinatos

cometidos por la mafia con frecuencia tienen un contenido simbólico. Estas fuentes

no descartan que el lugar elegido para el asesinato de Brede Ziegler pueda

interpretarse como una advertencia dirigida a la policía noruega. El Ministerio de

Justicia, junto con la Unidad de Delitos Económicos, ha estado al frente de varias

iniciativas europeas encaminadas a combatir el blanqueo de capitales procedentes de

actividades criminales».

Tussi dedicó una amplia sonrisa a la limpiadora, que iba vestida de blanco hospitalario.

—¡Ves! —dijo alterada—. La mafia, es lo que siempre he dicho.

La joven se encogió de hombros y sacudió el trapo en el interior de una enorme

chimenea de granito gris.

—La importación de alimentos. No hay manera de escapar de la mafia. ¿Qué

opina usted del príncipe heredero, jovencita?

—Es bastante guapo —dijo la chica sin entonación.

—¿Guapo? ¿No lee usted la prensa? Noruega corre el riesgo de quedarse sin

reina. ¡El príncipe ha estado en un bar de homosexuales!

—Pues hablan mucho de las chicas con las que va —contestó la chica y empezó a

mostrar más entusiasmo por la limpieza.

—No se lo tome usted tan a la ligera, jovencita.

Tussi se ajustó una especie de gorro morado con forma de turbante.

—El príncipe heredero debería haberse quedado en el ejército, como su padre.

Vaya idea, educar a un príncipe heredero en Estados Unidos. Ahora solo falta que se

vaya a estudiar a… ¡Pakistán! A ese chico parece que le preocupan más esos

inmigrantes que nosotros, los mayores que construimos este país.

—Tengo que trabajar —dijo la chica contrariada.

—Sí, queda mucho por hacer.

El gorro se le deslizaba sobre los ojos. La señora Helmersen se lo echó para atrás

y se dejó el cabello al descubierto. Con las puntas rojas y las raíces grises.

—El teléfono para quien tenga alguna información que dar —dijo pasando

deprisa las páginas del diario VG—. Como si eso fuera a ayudar a la policía lo más

mínimo…

Dobló los periódicos con esmero y bebió un pequeño sorbo del agua de patata.

Estaba muerta de hambre y se alegró al pensar en el chocolate que tenía escondido en

el armario. Y por la noche se iba a dar una fiesta con media bolsa de patatas fritas.

Y una copita, por el corazón. Y para celebrarlo un poco. Se lo había ganado.