Sin eco

Anne Holt · Capítulo 60 de 75

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Sin eco

Capítulo 55

55

 

El apartamento de Idun Franck, tal como lo vio aquella noche de lunes del 20 de

diciembre de 1999, no era como ella lo había imaginado. Cuando cinco días antes le

habían tomado declaración, la editora llevaba la ropa conjuntada, el pelo limpio y

brillante. La mujer de mediana edad tenía algo elegante, delicado y atractivo.

Además, la fuerza mental que había mostrado pese a las incómodas preguntas que le

habían formulado resaltaba su atractivo.

El cactus navideño de la ventana habría estado mejor en el desierto. Colgaba

desalentado rodeado de flores secas. El apartamento olía a cerrado y había ropa sucia

aquí y allá. Cuando Hanne y Silje Sørensen llegaron al tercer piso Idun Franck tenía

las mejillas encendidas. Era evidente que había empleado los segundos transcurridos

desde que llamaron al telefonillo hasta que subieron para quitar de en medio lo peor.

Todavía quedaba una taza de café usada en la mesa del salón. El cenicero olía mal,

hacía dos días que debería haberlo vaciado.

—Sentaos —dijo Idun Franck abatida sin preocuparse de quitar su gran bolso de

una de las sillas ni el montón de periódicos de la otra.

Hanne y Silje tomaron asiento en el sofá, la una junto a la otra.

—Traeré café —recordó de pronto Idun Franck y desapareció por la puerta de la

cocina.

—¿No vamos a perder mucho tiempo con el café? —susurró Silje, y se rascó la

barriga.

—Lo siento pero no tengo leche —dijo Idun Franck en voz muy alta y depositó

tres tazas sobre la mesa—. Hoy no he tenido tiempo de hacer la compra al volver a

casa. Ya solo faltan once días.

—¿Once días?

Hanne Wilhelmsen cogió la novela El cazador de sueños de Unni Lindell de una

mesita y lo ojeó.

—Para el fin del mundo, en cuanto empiece el año 2000 —dijo Idun Franck con

una risita—, si hacemos caso a los profetas del apocalipsis. Aunque tal vez no

deberíamos. ¿Lo has leído?

Hanne negó con la cabeza.

—No tengo mucho tiempo para leer.

—A menudo me pregunto si los policías leen novelas policíacas —dijo Idun

Franck; de pronto su voz sonaba más joven—. O si ya tienen bastante con el trabajo.

¿A qué habéis venido en realidad?

Silje cogió la taza vacía y la hizo girar entre sus dedos. En la cocina la cafetera

hacía mucho ruido y del vecino de abajo llegaban ecos de «Noche de paz».

—Jussi Bjørling —dijo con voz queda.

—¿Vamos a hablar de Jussi Bjørling?

Idun volvió a irse a la cocina sin esperar respuesta.

—No es que haya mucho ambiente navideño aquí —susurró Silje—. Mi casa

también está desordenada a veces, ¡pero no tan… —pasó un dedo por la mesa del

salón— sucia!

Tres de las paredes estaban cubiertas de estanterías del suelo al techo y de pared a

pared. Aun así no había sitio para todo; junto al pequeño balcón había tres altas pilas

de libros.

—Los libros atraen el polvo —dijo Hanne encogiéndose de hombros.

Pensó horrorizada en el aspecto que había tenido su propia casa el viernes por la

noche cuando apareció Nefis.

—Tomad —dijo Idun Franck sirviendo el café—. No me queda leche, como ya os

he dicho. ¿Azúcar?

Quitó el montón de periódicos y se sentó.

—Veo que tienes muchos libros —dijo Hanne mirando alrededor con una sonrisa

—. ¿Hay alguno valioso?

—¿Quieres decir desde el punto de vista literario? Sí, claro. —Idun les dirigió una

breve sonrisa e hizo un gesto de disculpa con la mano derecha—. Lo siento. Sí, tengo

algunos ejemplares con los que en una subasta se podría sacar un par de miles de

coronas, eso es todo.

Hanne se levantó y se sacó un papel amarillo del bolsillo del pantalón.

—¿Hay algún otro miembro de tu familia que coleccione libros? ¿Libros muy

valiosos, de anticuario?

Estaba claro que Idun Franck no sabía adónde quería ir a parar Hanne. Su cara

mostraba sincera sorpresa, un gesto muy distinto a la mirada alerta y forzada con que

las había recibido.

—Mi padre —dijo con prudencia—. Mi padre tenía una colección muy valiosa.

No sabemos su valor exacto, pero puede ascender a varios cientos de miles de

coronas, o tal vez más. Es Daniel, mi sobrino, quien…

Se calló el resto de la frase mordiéndose el labio con fuerza. El amplio escote de

su jersey dejaba ver que se estaba sonrojando.

—Precisamente queríamos hablar de Daniel —dijo Hanne como de paso, y

sonrió.

—¿Daniel? ¿Daniel? —Idun agarró la taza con fuerza sin llevársela a los labios

—. ¿Le ha pasado algo a Daniel? ¿Dónde está? ¿Está…?

Sus ojos se humedecieron y le temblaron los labios.

—Tranquila, no te preocupes —dijo Hanne, pensando que para tratarse de su

sobrino se comportaba demasiado como una gallina clueca—. Daniel está

perfectamente.

Silje sacó dos bolsas de plástico transparente marcadas como «Incautado 1» e «Incautado 2».

—¿Estos libros pertenecían a tu padre? —preguntó Hanne mientras Silje colocaba

los libros sobre la mesa, muy bien alineados, como si fuera a ofrecérselos a un

comprador poco entusiasta.

Idun Franck echó una mirada a los paquetes.

—Sin duda alguna. ¿Puedo abrirlos?

Hanne asintió y Silje sacó los libros de las bolsas y se los tendió a Idun.

—El libro de Hamsun tiene unos antecedentes muy especiales. —Cerró el libro

—. Mi padre era letrado del Tribunal Supremo. Defendió al ministro de Justicia

Riisnæs durante el juicio a los traidores a la patria después de la Segunda Guerra

Mundial. El hombre estaba completamente loco y se consideró que no era

responsable de sus actos. Que yo sepa estuvo recluido en el hospital psiquiátrico de

Reitgjerdet hasta finales de los años setenta. Le dio ese libro a mi padre en el año

cuarenta y seis. Nunca supimos cómo había llegado a sus manos. Pero jamás hemos

dudado de su valor. De hecho mi padre estuvo a punto de no quedárselo, por si era

robado. Pero —se encogió de hombros— hace tanto de eso… Este… —Abrió con

cuidado Fram por el mar del Norte—. Sí, mi padre lo compró siendo yo una niña. De

eso empieza a hacer mucho.

Sonreía débilmente, pero parecía más relajada, como si sintiera alivio pero no se

atreviera a mostrarlo.

—Entonces todo está en orden —dijo Hanne golpeándose los muslos—. Hoy han

detenido a Daniel cuando intentaba vender los libros, pero si… —Abrió los brazos y

le dedicó una amplia sonrisa a Idun Franck—. Ahora que has confirmado que Daniel

no estaba intentando vender mercancía robada ni ha falsificado nada, somos nosotros

los que le debemos una sincera disculpa.

—¿Daniel está…? ¿Habéis arrestado a Daniel?

—Tranquila. No ha sido más que un pequeño malentendido. Ahora mismo voy a

la comisaría para dejar en libertad a tu sobrino.

Cuando Idun Franck volvió a hablar Hanne y Silje ya habían llegado al rellano.

—¿Es normal…? —dijo y se interrumpió—. Tras haber arrestado a un joven

por…

—Robo, fraude o falsificación —la ayudó Hanne.

—Exacto. ¿Es habitual mandar a dos policías, de noche, para hablar con un

posible testigo? ¿Es lo normal?

—Buena observación —dijo Hanne—. El chico no tiene antecedentes, no tiene

sentido que se quede encerrado en plenos preparativos navideños por algo que no ha

hecho.

—Pero ¿no podíais haber…?

Hanne empujó a Silje y las dos iban ya por la planta siguiente cuando oyeron que

añadía:

—¿… sencillamente llamado por teléfono?

Ninguna de ellas contestó, pero cuando ya estaban en la calle, Hanne hizo un

gesto de rabia.

—¡Mierda! ¡He olvidado algo!

Llamó al telefonillo.

—¿Ha gastado Daniel mucho dinero últimamente? —preguntó cuando Idun por

fin contestó a la llamada.

—No… Daniel es cuidadoso con el dinero. Pero me invitó a un viaje a París hace

unos meses. Dijo que llevaba mucho tiempo ahorrando para hacerme un buen regalo.

Fuimos solos él y yo, lo pasamos tan…

Idun Franck se echó a llorar y por el telefonillo sonó como una interferencia.

Hanne murmuró una disculpa poco creíble y corrió hasta alcanzar a Silje.

—La tía está llorando —dijo Hanne en tono lúgubre, y le dio una vuelta extra a la

bufanda que llevaba alrededor del cuello.

—No me extraña —dijo Silje—. Estoy de acuerdo con ella. ¿Por qué teníamos

que invadir su casa…? ¡Y dos policías! Podías haberte limitado a llamar, Hanne, es

un asunto sin importancia. —Miró de reojo a su colega—. Me has prometido que

echarás un vistazo a lo que tengo sobre Sindre Sand. Dijiste que lo harías esta noche.

Es increíble, él…

—Annmari ha dicho que le llevarán al juzgado mañana.

—¡Sí! Ya verás que…

—Esperaremos —dijo Hanne, y le pasó el brazo por los hombros—. Si le

presentan ante el juez quiere decir que ya tienes una respuesta y no necesitas mi

opinión, ¿no?

Silje Sørensen se zafó de su brazo.

—No —dijo ofendida—. No me vale. Podríamos haber empleado esta hora en…

No entiendo por qué tenemos que desperdiciar un tiempo precioso en…

—Algo le pasa a Idun Franck —volvió a interrumpir Hanne—. O tal vez…

Se detuvo de golpe. Habían entrado en el parque al oeste de la cárcel y al sur de la

comisaría. Una nevada compacta había envuelto las embarradas superficies del día

anterior. Hanne paseó la mirada por los muros de la cárcel. Sus ojos no se detuvieron

hasta que tropezaron con la escalera trasera en la que hacía quince días habían

encontrado asesinado a Brede Ziegler.

—O tal vez…

Silje se detuvo. Levantó los hombros para protegerse del frío y golpeó los pies

entre sí mientras bostezaba con fuerza.

—Tal vez sea a Daniel a quien le pase algo. Algo, pero no consigo imaginarme

qué puede ser. Si… ¡Te echo una carrera!

Corrían y reían, se tropezaban y se empujaban, se tiraban nieve y se pusieron la

zancadilla hasta que Silje plantó una manopla mojada en la puerta metálica del

Distrito Policial de Oslo.

—¡Estoy vieja! —se quejó Hanne jadeando—. ¡Vete a casa! ¡No quiero verte nunca más!

Daniel fue puesto en libertad antes de la medianoche. No llamó ni a su tía ni a su

madre. Cuando se estaba quedando dormido recordó que los libros del abuelo se

habían quedado en la comisaría. Ya los recogería al día siguiente, de todas maneras

ya no podría venderlos.

A las cinco de la mañana se despertó llorando.