Sin eco

Anne Holt · Capítulo 36 de 75

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Sin eco

Capítulo 33

33

 

Faltaban dos horas para la prueba en el teatro. Todavía no sabía casi nada del

personaje que iba a interpretar. Se había aprendido el texto enseguida, como era

habitual en ella. Ese no era el problema. Sus dificultades quedaban claras en la

portada del manuscrito, que ya estaba lleno de manchas de café y esquinas dobladas.

Narciso de juerga.

¡Chorradas! Thale había dedicado varias semanas a analizar el texto pero las

palabras seguían formando frases sin sentido escritas en una hoja. Su papel era

paradójico y paródico, sin que esa hubiera sido la intención del autor; tenía que

interpretar a una ninfa griega ansiosa de amor en un apartamento del nuevo barrio de

moda, Aker Brygge.

El director del teatro parecía haber decidido programar la obra por su sentido de

la responsabilidad hacia la nueva y joven dramaturgia noruega. ¿Por qué no

representaban al gran Jon Fosse? Era cierto que ya había interpretado un papel en dos

de sus obras, pero al menos él le daba algo que interpretar, un alma con la que

identificarse. Se había convocado un concurso con motivo del centenario del Teatro

Nacional. Lo ganó un autor de novela negra con ganas de figurar que había tenido

mucho éxito con novelas repletas de complicados asesinatos. La pieza era y seguiría

siendo muy mala. En el ensayo anterior el director le había echado la bronca. Dijo

que estaba harto de que empleara el escaso tiempo del que disponían para ensayar en

quejarse del texto, en lugar de intentar hacer algo con él. Acto seguido había aullado

al darle una patada a un foco. Se había roto el dedo pequeño del pie. Ahora iba dando

saltos con dos muletas y estaba de peor humor que nunca.

Thale se tumbó en el sofá y se arropó con la manta. Cerró los ojos. Dedicación…

tenía que intentar entusiasmarse con una obra en la que el mito griego de Narciso se

había trasladado al ambiente de los nuevos ricos noruegos del año 2000. Un grupo de

personas aparentemente trastornadas se movían por el escenario cultivando el vacío y

evitando el amor a nadie que no fuera ellos mismos. Thale ya podía oír las risas del

público cuando les presentaran a un agente de Bolsa llamado Narciso. Y lo peor era

que la pieza no era una farsa. Que ella tuviera que ir vestida de Spice Girl y responder

al nombre de Eco no provocaría más que sonrisas compasivas.

Intentó concentrarse y distanciarse del desprecio que la obra le merecía. No había

manera. Por mucho que lo intentara era incapaz de ver la relación entre el

conmovedor mito de Narciso y gente bebiendo whisky cinco horas seguidas en un

apartamento posmoderno. El verdadero Narciso se enamora de su propio reflejo y

rechaza el amor de Eco. Como su imagen en el espejo es un amante que Narciso

nunca alcanzará, su amor por sí mismo se convierte en su desgracia, en el motivo de su caída. Sin embargo, en el fondo el agente de Bolsa está bastante satisfecho de

amarse a sí mismo. La historia no tenía ni pies ni cabeza. No obstante, lo peor de la

obra eran las libertades que el autor se había tomado con Eco. En el relato mitológico

se marchita por la pena de haber perdido a su amor, pero su queja, su eco, permanece

con la humanidad para siempre. En la versión modernizada Eco es una activista

feminista. Thale tuvo escalofríos al recordar que en el quinto acto debía violar a

Narciso en la bañera. Todos tendrían lo que deseaban, aunque fuera necesario

emplear la fuerza.

Era indignante que un autor que evidentemente no había entendido nada del mito

la obligara a materializar sus retorcidas ideas.

Tenía que pensar en otra cosa. Se quedó dormida.

Veinte minutos más tarde se despertó. Estaba sudando y le faltaba el aire. Recordó

el sueño. Estaba en el estudio de Daniel para ayudarle a colgar unos cuadros. Sobre

una de las paredes había una fea mancha húmeda, que ella cubría con una foto. En

cuanto la colgaba la pared se agrietaba. Colgaba otra foto, y surgían nuevas grietas.

Cada vez iba más rápido, pero no podía impedir que el estudio estuviera a punto de

derrumbarse.

Thale se incorporó y consultó la hora. Se prepararía un café e iría al teatro dando

un paseo.

Su hijo la preocupaba mucho.

Nada había salido según sus planes. Daniel no había recibido lo que le

correspondía. Algo le pasaba. Dedicaba más tiempo a empleos temporales sin sentido

que a estudiar, y se le veía infeliz. Thale intuía que se trataba de algo mucho más

serio que el hecho de haber dejado la calle Bogstad para mudarse a un estudio lleno

de humedades y sin cuarto de baño. El sábado anterior, cuando él había querido

hablar con ella, Thale se había negado. No había querido rechazarlo, pero las

preguntas de su hijo resultaban demasiado directas, demasiado dolorosas para que

pudiera contestarlas. No quería oírlas. No era culpa suya que hubieran traicionado a

Daniel. Thale no quería que su hijo pensara en todo lo que había ocurrido. Le

ayudaría a mirar hacia el futuro, como siempre había hecho.

Bebió a sorbos media taza de café y fue al baño. La pesadilla se le pegaba a la

ropa como un olor amargo. Se la quitó y la echó a la cesta de la ropa sucia. El agua

caliente de la ducha que le caía por la espalda le sentó bien.

Se trataba de dinero.

Daniel no había recibido la herencia que le correspondía, la herencia que Idun y

ella habían acordado que sería para él. Daniel iba a ser el heredero de su abuelo. Idun,

a quien Daniel seguía llamando con el ridículo nombre de Taffa, como cuando era

niño, no tenía hijos. Quería a Daniel como si fuera suyo. Estaban de acuerdo. A Thale

nunca le había interesado el dinero ni la posibilidad de ganarlo. Se había mantenido

desde los diecisiete años. Nunca, ni una sola vez, le había pedido nada a su padre.

Pero el dinero de este le proporcionaba cierta seguridad. El chalet de Heggelig era un seguro para la familia que finalmente sería para Daniel. Nunca se le había ocurrido

pensar que su padre, abogado del Tribunal Supremo, pudiera tener problemas

económicos. Cuando murió a los ochenta años, tras una breve enfermedad, no

quedaba patrimonio alguno. El chalet estaba valorado en seis millones de coronas y la

deuda era de casi seis y medio. Thale no tuvo fuerzas para intentar averiguar qué

había pasado y fue Idun quien lo desveló todo. Su padre había sido un conocido

jugador, y el juego por internet había acabado por arruinarle del todo.

Thale tuvo dificultades para regular la temperatura del agua, seguramente se

había estropeado una junta; las tuberías hacían ruido pero del grifo solo manaban

unas gotas por muchas vueltas que le diera a la llave. Se dio con la pared y estuvo a

punto de caerse. Daniel había perdido su herencia y a ella le estaba costando mucho

aceptarlo.

La herencia.

Se quedó paralizada. Era extraño que no se hubiera dado cuenta antes, la única

explicación era que siempre intentaba alejarse de todo. Quería mirar al frente, solo al

frente. Era la primera vez que pensaba en ello. Se pasó la mano despacio por el

cabello mojado.