Sin eco

Anne Holt · Capítulo 57 de 75

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Sin eco

Capítulo 52

52

 

Parecía que sobre los libros del abuelo pesaba una maldición. Daniel había dedicado

el fin de semana a organizarlos un poco. En cuanto tocaba un ejemplar notaba la

mirada de su abuelo en la nuca. Aunque el viejo se había jugado honor y hacienda,

estaba claro que para él los libros habían sido sagrados. Tenía que haber sido muy

tentador para el anciano hacer efectiva parte de esa fortuna encuadernada. Sobre todo

cuando las deudas alcanzaron el hogar en que había criado a sus hijas y donde su

mujer había cuidado del jardín hasta hacer de él una obra maestra de la botánica. Le

había llevado más de treinta años. El comprador de la propiedad, un promotor, había

arrasado la casa y el jardín inmediatamente y había construido cuatro chalets

individuales en fila.

Daniel estaba decidido.

Había entrado en el anticuario Ringstrøm. A la derecha estaba la sección de

vinilos. Daniel podía ir al apartado de los Beatles, buscar The White Album, comprar

el disco y volverse a casa con los dos libros del abuelo debajo del brazo. Aún tenía

elección.

Un hombre que vestía unos gastados vaqueros apareció tras una cortina al fondo

del local. El cartel escrito a mano donde se leía «Privado» estaba a punto de

desprenderse de la gruesa tela. El hombre tenía aspecto de no haber salido de la

tienda en toda su vida. Su piel era de una palidez malsana y no parecía importarle que

el jersey se le estuviera deshaciendo por las costuras.

El dependiente le lanzó una mirada indiferente a Daniel y atendió a una anciana

que buscaba la novela de Garborg Los estudiantes campesinos. Daniel se quedó

indeciso, sin dejar de mirarles. Cuando la mujer se marchó con el libro enterrado en

las profundidades de un amplio carrito de la compra, no quedó nadie más en la tienda.

—Dime —dijo el hombre con amabilidad—: ¿qué puedo hacer por ti?

—Tengo un par de libros —murmuró Daniel, y notó que se había sonrojado—.

Solo quería saber… He pensado que… saber su precio. ¿Qué valor tienen?

—Déjame ver.

Daniel sacó la caja plana del interior de la mochila, del lado que daba contra su

espalda, para que no se estropeara. Quitó la tapa con cuidado y sacó el primer libro de

su funda de plástico.

—Toma —dijo en voz baja.

—Ajá.

El dependiente se bajó las gafas que llevaba en la cabeza. Sus manos eran largas,

sus dedos delgados y expertos. Los pasó con cuidado por la impecable cubierta.

—Fram por el mar del Norte —leyó para sí mismo—. De 1879. Un librito encantador. Un ejemplar muy bonito. De hecho es…

No dijo más. El libro que tenía en las manos era el octavo de una edición especial

numerada de cien ejemplares. El dependiente conocía bien la serie, pero nunca había

visto un ejemplar. Cuando vio la dedicatoria volvió a observar a Daniel antes de leer

otra vez:

—«Para Hjalmar Johansen, con mi agradecimiento por su valiente participación

en la travesía. Fridtjof Nansen».

Daniel miraba fijamente el libro como si acabara de descubrirlo y no supiera de

quién era.

—Déjame ver el otro —dijo el dependiente bruscamente y casi se lo quitó de las

manos—. Pero la vida sigue —dijo en tono adusto—. Knut Hamsun, 1933. Bello

ejemplar. Veamos qué tontería se te ha ocurrido poner aquí.

A pesar de que por alguna razón el dependiente estaba furibundo, las aletas de su

nariz vibraban levemente y habían aparecido dos manchas lilas debajo de sus ojos;

sus manos eran delicadas, casi amorosas, al tocar el libro.

—«Señor comisario del Reich Josef Terboven, reciba este libro con mi

agradecimiento y la esperanza de contar con su ayuda futura. Nørholm, enero de

1941. Knut Hamsun».

Daniel sonrió con prudencia.

—¿Sabes lo que has hecho? —siseó el dependiente sosteniendo el libro en el aire

como si pensara golpear a Daniel con él.

—¿Qué he hecho?

—Has estropeado unas maravillosas primeras ediciones con tus tonterías. ¿Y de

dónde has sacado esos libros?

—Yo… eran de mi abuelo materno…

Daniel sudaba. El olor a polvo y a libros le daba ganas de estornudar, pero no se

atrevía y moqueaba con fuerza.

—¡Aficionado! —gruñó el hombre—. Hamsun habría escrito un saludo así en

alemán. Hablaba un alemán perfecto, y en enero de 1941 acababa de ver a Terboven

para pedirle…

De pronto se contuvo. Abrió el libro de nuevo y acercó la dedicatoria a sus ojos

mientras movía la página bajo la luz de la lámpara del techo. Daniel sentía cómo el

sudor corría a chorros por sus axilas, y la nariz le picaba de una manera insoportable.

Estornudó con fuerza, varias veces. Moqueaba y se secó la nariz con la manga del

jersey. Las tiesas fibras de lana le hicieron estornudar otra vez. El dependiente cerró

el libro de Hamsun de golpe y volvió a coger el de Fram por el mar del Norte y

también lo observó durante varios minutos. Su voz sonó totalmente diferente cuando

por fin exclamó:

—Estos libros valen una pequeña fortuna, jovencito. Ten la amabilidad de esperar

un poco, voy a buscar los impresos necesarios.

Daniel casi no podía respirar. Rebuscó en la mochila la medicina para el asma. Se debía de haber dejado el inhalador en casa y cada vez respiraba con mayor dificultad.

El hombre se hacía esperar. Daniel quería marcharse, necesitaba aire. El polvo se le

pegaba a la boca y a la garganta y le impedía respirar más que con breves hipidos.

Pero el dependiente se había llevado los libros del abuelo. Daniel necesitaba

recuperarlos, y gimió con voz ronca:

—¡Oiga! Necesito… que… me devuelva… mis libros.

Cuando aparecieron dos policías uniformados en la puerta, Daniel comprendió

por qué todo había llevado tanto tiempo. Por fin volvió el dependiente de la

trastienda, y le dio los libros a uno de los agentes.

—Todo tiene un límite —dijo indignado cuando se llevaban a Daniel hacia el

coche de policía que esperaba en la puerta—, no es tan fácil tomarme el pelo.