Sin eco
Capítulo 61
61
Billy T. tenía las rodillas atrapadas debajo de la mesa y temió que la silla no resistiera
el peso de sus ciento siete kilos. Tenía calambres en las rodillas como consecuencia
de su intento de no sobrecargar la silla y además no tenía apetito.
—¿Qué razón puede haber para llamar Franckies a un restaurante noruego? —
dijo malhumorado, y bebió un traguito de su cerveza; la espuma se le pegó al bigote y
tuvo que quitarla con la lengua—. ¿No podría ocurrírseles algo noruego? Como
Hambre, por ejemplo. Hambre es un buen nombre.
—Si hubiéramos ido allí todavía estaríamos esperando a que nos dieran mesa.
Parece que ahora lo chulo es que haya cola. Urbano, joven y democrático… qué
chorradas. Encima se forran; la gente apenas ha tenido tiempo de pasarse la servilleta
por los labios cuando el cliente siguiente ya le está dando golpecitos en el hombro.
Aquí en Franckies, por el contrario…
Severin Heger le dedicó una sonrisa a la propietaria. Una esbelta señora de
Bergen que se movía entre las mesas.
—Carpaccio y espaguetis con almejas para los dos —pidió al devolver la carta.
—Yo no quiero espaguetis con bichos —dijo Billy T.
—Sí que los quieres. Y un vino blanco italiano.
La mujer sugirió un nombre y Severin se embarcó en una larga discusión. Billy T.
bostezó. Intentaba olvidarse de la reunión de aquella mañana pero era imposible.
Llevaba todo el día medio alucinado. Si Hanne no hubiera reaccionado como lo hizo
habría presentado su dimisión. Allí mismo. Y que los niños se murieran de hambre.
No podía ni empezar a imaginarse lo que habría dicho Tone-Marit. Llevaba varias
semanas sin apenas hablar con ella. Llegaba tarde a casa, les dedicaba un gruñido al
bebé y a ella y se levantaba el primero a la mañana siguiente.
—No tengo tiempo para esto —se quejó cuando la mujer se alejó.
—Yo invito —dijo Severin, y brindó con él—. ¿Un mal día? ¿Algo de lo que
quieras hablar?
—Navidades blancas —dijo Billy T., y señaló apático los grandes ventanales por
los que se veía caer la nieve arrastrada por el viento.
Si las temperaturas bajo cero se mantenían, pronto toda la ciudad estaría cubierta
de nieve. Billy T. bostezó y se arrepintió de haberles comprado herramientas a sus
hijos. Iban a sentirse decepcionados y además tenía que conseguirle otro regalo a
Jenny, una triste sillita para el coche no era suficiente.
—Te equivocas —dijo Severin Heger de pronto, como si hubiera estado a la orilla
de un frío fiordo en el mes de mayo y por fin se hubiera atrevido a tirarse de cabeza
—. Vilde no puede ser hija de Brede.
Billy T. vació su vaso. Al dejarlo sobre la mesa sacudió la cabeza despacio.
—Y eso lo has descubierto tú —dijo en tono cortante.
—Sí.
—¿Cómo?
Severin se puso una lámina de queso parmesano sobre la lengua.
—El padre de Vilde se llama Viktor Veierland y es ingeniero. Sigue casado con la
madre de Vilde. Se llama Vivian Veierland.
—¿Es que en esa familia están obsesionados con las uves o qué? ¿Y qué? Estar
casado nunca ha sido un impedimento para que la gente tenga hijos con otros, ¿no?
El camarero sirvió el vino y retiró los vasos de cerveza.
—Pero escúchame —dijo Severin desanimado—. Vilde nació en el año setenta y
cinco, en Osaka, Japón, de todos los lugares posibles de este mundo. Su padre trabajó
allí entre 1974 y 1977. En aquella época nunca viajaron a Noruega. El hombre me
explicó que habían estado ahorrando. El objetivo de su estancia en Japón era reunir el
dinero suficiente para comprarse una casa en Noruega. El tipo estaba bastante
exasperado por mis preguntas, por cierto. En aquellos años no vinieron a Noruega y
sabes perfectamente lo que eso quiere decir, igual que yo. Por si acaso, y por ti,
comprobé si había algún indicio, por leve que fuera, de que Ziegler pudiera haber
hecho una escapada a Japón en aquella época. Nada. No ha estado en Asia en su vida.
Les sirvieron los espaguetis.
—Vale, vale.
Billy T. levantó las palmas de las manos y puso los ojos en blanco.
—Tampoco hace falta que me lo restriegues. Mi teoría se ha caído como… —
Irritado dejó caer el tenedor en la comida y tiró la servilleta de lino al suelo.
El móvil de Severin dejó escapar una versión digital del clásico popular «La vieja
del bastón».
—¿Dígame?
Billy T. estaba agotado. Se le cerraban los ojos. Tenía la sensación de que la
habitación giraba sobre sí misma. La nieve que caía al otro lado de los cristales
cambió de color. Ahora los copos que bailaban a la descarnada luz de las farolas
parecían de color violeta. Le faltaba el aire. El dinero, pensó embotado. ¿Por qué un
tipo se pasearía por Oslo, en plena noche, con dieciséis mil coronas en el bolsillo?
¿Por qué daba vueltas por Oslo? Tenía dolores, era domingo por la noche. Brede
Ziegler debería haber estado en un hospital, o en su casa. Hanne tenía razón. Debió
de encontrarse con alguien, alguien con quien se había citado. Billy T. intentó comer,
pero los espaguetis se escurrían del tenedor. Intentó ayudarse con la cuchara, pero sus
manos no le obedecían. Se quedó mirando el plato casi intacto con la boca abierta.
—Era Karianne —dijo Severin desanimado y devolvió el móvil a su bolsa de
cuero marrón—. Sebastian Kvie ha muerto hace tres cuartos de hora. Pobre infeliz.
Faltaban exactamente dos días para la Nochebuena. Billy T. no conseguía quitarse
de la cabeza que el juego de herramientas era un regalo completamente equivocado para los críos.