Sin eco
Capítulo 56
56
Harrymarry no volvió arrastrándose, sino cojeando. Harrymarry era incapaz de
comprender por qué Hanne se ponía así por un chute de nada.
—Cuidadito con echarme la bronca, que no voy a pasar ni esto —murmuró sin
dejar de ir hacia Lille Tøyen.
El piso de Hanne estaba muy lejos de Bankplassen. Harrymarry no tenía dinero
para un taxi. Su pensión se había retrasado, lo que probablemente quería decir que el
aviso andaba perdido entre los domicilios que había abandonado mucho tiempo atrás.
Era la tarde del lunes y las dos noches que llevaba a la intemperie habían sido las más
duras que recordaba. Sobre las cinco de la madrugada del domingo había dado con
una salida de aire caliente detrás de los cubos de basura de una gasolinera. Había
sufrido alucinaciones con sábanas limpias y comida caliente y, por primera vez en su
vida, había tenido miedo de morirse. El chute en el baño de Hanne había sido un
error. La próxima vez tendría cuidado y bajaría al sótano. Había una llave colgada de
un clavo detrás de la puerta, en una cajita decorada con la foto de un candado.
Harrymarry ya había estado en el trastero, donde había encontrado un par de botas,
que había cogido prestadas. Le estaban grandes y después de tres días en la calle le
daba lo mismo ir con manoletinas. Aún no eran las nueve de la noche. En
Bankplassen el negocio iba de capa caída. Los atontados padres de familia iban de
aquí para allí con sus mujeres e hijos ultimando las compras de Navidad, y era
demasiado temprano para los borrachos de las cenas de empresa navideñas que
querían acabar la noche con un polvo barato. Unas jovencitas pretendían quedarse
con su esquina. Harrymarry no había tenido fuerzas para pelearse con ellas. Le
costaba fijar la mirada y no estaba segura de si eran tres o cuatro.
—No voy a pasar ni una, joder —dijo Harrymarry enfadada.
Le faltaba el aire. Se sacó la llave del sujetador y abrió la puerta. Fue cojeando a
la cocina como si estuviera en su casa. Abrió la nevera e hizo una mueca cuando vio
un platito de aceitunas negras. Luego descubrió una bandeja de salmón ahumado que
le hizo salivar entre los tristes restos de su dentadura.
Tras cuarenta y cinco años haciendo la calle sus recuerdos de infancia se habían
perdido en una neblina gris. El único recuerdo que conservaba de verdad era el de la
familia que la acogió entre los siete y los nueve años. Tenían un ahumadero. Mamá
Samuelsen era buena y gorda como un tonel. Tenía dientes comprados en Tromsø y
un generoso regazo, y acogió a cuatro bastardos a falta de hijos propios. Por la noche,
cuando papá Samuelsen entraba en el salón y lo llenaba de un fuerte olor a salmón
ahumado, echaba la piel del salmón en una sartén colocada sobre el fuego de la
chimenea. Los niños saciaban su apetito con la crujiente piel del pescado y el graso salmón, y bebían cacao caliente. Marry aprendió a leer y escribir. Papá Samuelsen
reía y daba palmas cuando la pequeña le corregía las cuentas con un lápiz de punta
blanda; ella sonreía feliz con la boca manchada de azul y recibía dos caramelos como
premio.
Entonces mamá Samuelsen murió y los niños tuvieron que mudarse. Papá
Samuelsen lloró y protestó, pero las autoridades no dieron su brazo a torcer. Marry
tuvo dos años buenos en su vida, desde los siete hasta dos días antes de cumplir los
nueve.
Harrymarry puso el salmón, cuatro patatas, dos huevos, una cebolla y media taza
de queso fresco en la encimera de la cocina. Seguía llevando el abrigo de piel de
nailon y tenía más frío que vergüenza.
—Chivata —murmuró cuando vio a Nefis en la puerta.
—Hola, ¿cómo estás?
Harrymarry se limitó a mover la cabeza de lado a lado. Fue pura buena suerte que
no hubiera nadie en casa cuando llegó. Había tenido la esperanza de que le diera
tiempo de comer y con suerte entrar en calor antes de que la volvieran a poner de
patitas en la calle. Las cosas buenas iban y venían en la existencia de Harrymarry, y
nunca duraban mucho.
—El destino lo da y el destino se lo lleva —se dijo, y decidió hacer como si nada.
La mujer se sentó a la mesa de la cocina. Harrymarry le dio la espalda y revolvió
entre los cacharros, pero no consiguió que la sudaca esa se moviera. La piel del
pescado se churruscaba en la mantequilla de la sartén. Harrymarry echó leche en una
cacerola y encontró cacao en la despensa. Luego cascó dos huevos sobre las tiras de
piel de pescado.
—Huele bien —dijo Nefis.
—¿Qué querrá la tía? —murmuró—. No le voy a dar nada a la finolis esa.
Harrymarry sonrió a los huevos. Luego echó una montaña de ensalada de patata y
tres trozos de pescado cubiertos de tiras de piel crujiente en el plato. Lo remató con
dos huevos fritos. Cuando se sentó a comer, Nefis salió de la cocina. La comida
estaba buena, lo mejor que Harrymarry había probado desde que le faltaban dos días
para cumplir los nueve.
—Y lo he preparado yo solita —suspiró satisfecha, y se quedó dormida con la
comida en la boca.
»¡Mierda! —dijo al despertarse porque Nefis había vuelto.
Había metido la manga en la ensalada de patata. Nefis la agarró con decisión y la
llevó al baño. Allí empezó a quitarle la ropa.
—No me vendo a bolleras —dijo Harrymarry dejándose meter desnuda en la
bañera.
La espuma le llegaba al cuello. Sintió un calor desconocido, muy distinto al que
le proporcionaba la heroína. Cerró los ojos, pero volvió a abrirlos cuando se dio
cuenta de que la finolis no tenía intención de marcharse. Estaba doblando ropa. De pronto le enseñó un par de vaqueros suavecitos. Harrymarry asintió atontada. No
entendía nada, pero la tía podía hacer lo que quisiera mientras la dejara estar allí
tumbada. Ahora Nefis le enseñaba una blusa. Harrymarry asintió y sonrió dócilmente.
Volvió a cerrar los ojos.
—¿Y qué te parece esto?
Harrymarry levantó un párpado. Nefis le estaba enseñando un precioso juego de
ropa interior. El sujetador tenía encajes y la braguita era blanca y de corte alto.
—Yesss —dijo Harrymarry comprendiendo por fin lo que quería la mujer.
Nefis señaló el montón de ropa sucia de Harrymarry en el suelo y movió el dedo
hacia la lavadora.
—Lavar —dijo vocalizando mucho—. Mañana, shopping.
Shopping. Por fin una palabra con sentido. Este año la Nochebuena se había
adelantado y Harrymarry sonrió feliz mientras Nefis le mostraba la ropa que habían
elegido con aire triunfal. Unos preciosos vaqueros de diseño, una blusa morada, un
jersey gris y la ropa interior más blanca del mundo. Nefis echó una mirada al abrigo
de piel sintética del suelo. Por la manga asomaba el extremo de un pañuelo de seda.
—Bonito, del mismo color que la blusa.
El pañuelo era morado y verde y quedaba perfecto.
Harrymarry miraba embelesada a Nefis. En el cuarto de baño hacía calor. El agua
estaba limpia y olía a verano. Tenía ganas de ponerse la ropa limpia inmediatamente
pero no tenía fuerzas para levantarse. Observó a Nefis. Nefis era la mujer más bonita
que Harrymarry hubiera visto nunca, al menos desde que le faltaban dos días para
cumplir los nueve años y tuvo que separarse de papá Samuelsen. Hacía tanto
tiempo… Fue en otra vida y Harrymarry se arrepintió de no haber dejado que Nefis
probara la comida.
—Ai lof yu —gimió bajito.
Era la primera vez que Harrymarry decía algo en inglés. Estaba segura de que eso
era lo que había que decirle a una nueva amiga.